Las palabras y los días

Las usamos a diario, hablando o texteando (que, a propósito, es una nueva palabra), pero generalmente no sabemos su origen ni su edad. Homero Carvalho nos invita a pensar en las palabras y nos comparte el “acta de nacimiento” de algunas de ellas.

Todos los días de nuestras vidas usamos, gastamos e inventamos palabras; a veces son mezquinas y tardan en venir a nuestra mente, otras aparecen como un prodigio, en una conversación, una canción, un libro, un letrero o en la pantalla del cine, el televisor, las computadoras y/o los teléfonos móviles. Rara vez nos preguntamos por su origen y sus significados los damos por sobreentendidos. En mi novela La maquinaria de los secretos concebí un personaje, Zacarías, apodado el “Palabrero” o el “Buscapalabras”, de oficio analista del lenguaje, obsesionado por las palabras al punto de conocer el origen, historia y significados de las mismas y, a través de ellas, conocer a las personas. “Por sus palabras los conoceréis”, dice el versículo perdido del Antiguo Testamento.

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Las palabras tienen el poder de configurar nuestro mundo y de crear muchos otros. / Fotografía: archivo.

Las palabras estuvieron desde el principio en la creación del todo, son el todo, por eso configuran el horizonte de nuestra imaginación y sabemos que no tienen límites. Para seguirles la huella y escribir una biografía de las palabras, mostrar cómo nacen, crecen, se diversifican y mueren, la Real Academia Española (RAE) produjo el Diccionario Histórico de la Lengua Española. A propósito de este catálogo lingüístico, Santiago Vargas escribió un artículo en el que pregunta: “¿Sabías que la palabra mercachifle se registró por primera vez en 1615? ¿Sabías que la palabra cotilleo solo tiene 99 años, nació en 1922? ¿O que voltaje, en su concepto de ‘intensidad’, aparece oficialmente en 1950? ¿O que la palabra del momento, coronavirus, fue atestiguada por primera vez en inglés en 1968 y en español en 1980?[1]”.

En 2012, el profesor Dr. D. Gregorio Hinojo Andrés, catedrático de Filología Latina de la Universidad de Salamanca, brindó una conferencia titulada “La invención de las palabras” –que luego se publicó en libro–, en la que, entre otras cosas, afirma: “Pienso que las palabras no fueron «inventadas» ex nihilo nunca; «se encontraron» a partir de los sonidos, de los pensamientos y de las experiencias humanas que, por imitación o por metáforas y metonimias, se convirtieron en tales. (…) Además, las palabras nos han causado siempre fascinación y encanto; son en alguna medida mágicas: ‘hada’ deriva de fata, participio latino del verbo defectivo fari «decir, hablar»; ‘dicha’ es una expresión de la felicidad y, a la vez, el participio femenino del verbo decir, deriva del latín dicta «palabras dichas»; en el Génesis las palabras de Dios fueron suficientes para crear el universo; entre los dogon, un pueblo de Malí, las palabras se consideran parte del semen de los dioses; idea que con otros términos expresa el gran filósofo alemán Martin Heidegger cuando afirma «la palabra es el acontecer de lo sagrado». El poder taumatúrgico, positivo o negativo, se observa todavía en nuestros días por el cuidado que tenemos en no mencionar la muerte y algunas enfermedades graves, recurriendo a eufemismos o perífrasis”[2].

Luego, Hinojo cita al Brocense Francisco Sánchez de las Brozas, en su libro Minerva, o de las causas de la lengua latina, para seguir de cerca a Julio César Escalígero, quien mantenía que las palabras eran pura invención, totalmente arbitrarias: “No hay duda, pues, que, de todas las cosas, incluso de las palabras, hay que dar una explicación racional; si, tras preguntarnos, la desconocemos, es preferible que confesemos que nosotros no la sabemos, antes que afirmar continuamente que no existe ninguna”. Así es, el estudio de cada una de ellas nos revelará orígenes misteriosos al mismo tiempo que sencillos y/o poéticos, como que ventana viene de la palabra ‘viento’, del latín ventus, porque fueron hechas para que el viento entrara a las casas. Hinojo concluye que las palabras fueron creadas por convención, por acuerdo, implícito o explícito, de los hablantes de una comunidad. Desde entonces hasta ahora, han sido muchos los estudiosos, mujeres y hombres, que se han dedicado a desentrañar los orígenes de las letras, las sílabas, las palabras mismas, las oraciones, los párrafos…

En esta historia de las palabras podemos citar a Platón, que en la Séptima Carta a Crátilo señala: “Decimos que ningún nombre de ningún (objeto) es firme y que nada impide que lo que se llama ahora redondo hubiera sido llamado recto y lo recto, redondo, y (esa designación) no tendría menor firmeza en absoluto para los que tras cambiar (los nombres) llaman (las cosas) al revés”. A propósito de esta discusión, Michel Foucault, en su libro Las palabras y las cosas[3] advierte: “El volver a sacar a luz el origen del lenguaje es encontrar el momento primitivo en que era pura designación”. Y de allí podríamos encontrar la raíz, por ejemplo, de las diferentes derivaciones de la palabra árbol; sin embargo, ese núcleo primitivo no siempre es accesible.

Para George Eliot, “una palabra designa muchas cosas y muchas palabras, una sola cosa. Los matices sutiles del significado, y los todavía más sutiles ecos de las asociaciones, hacen del lenguaje un instrumento que a duras penas nadie que no sea un lumbreras puede blandir con precisión y certeza”. Las palabras, para mí, son la magia del lenguaje, porque articulan el conocimiento a través del tiempo y del espacio y nos permiten pasar de su significación concreta a la abstracción y a todas las acciones que la gramática le otorga al lenguaje en particular; en esta ruta, la poesía puede denominarse como “el idioma dentro del idioma”.

La curiosa historia de las palabras

Fernando Navarro, en el prólogo al libro La fascinante historia de las palabras[4], de Ricardo Soca, afirma: “De igual manera que en una vida —lo aprendemos con los años— caben muchas vidas, también en una palabra caben muchas palabras”, es decir que, así como los seres humanos tenemos nuestra historia o historias, las palabras también las tienen, y muchas de esas historias pueden ser apócrifas, al igual que las nuestras; esa es la tarea que emprendió Soca cuando decidió compilar este diccionario etimológico de palabras, buscar el origen, su incorporación a una lengua, así como las transformaciones en la forma y significado de muchas palabras de nuestro repertorio diario.

“Acompañar paso a paso la historia de las palabras a través de siglos y milenios, recorriendo continentes, cruzando océanos y visitando civilizaciones extintas, cuya memoria permanece semioculta a veces bajo las brumas del Neolítico, es seguir de cerca la propia aventura humana y la evolución cultural de nuestra especie, una experiencia emocionante que los invito a emprender a través de estas páginas (…) Espero que el lector disfrute de los infinitos reflejos de los «espejos mágicos» de que nos habla Valle-Inclán: las palabras, esa milagrosa creación del cerebro humano, capaz de expresar todas las imágenes del mundo y todos los conceptos que nuestra mente puede concebir”[5].

En la obra de Soca descubrí que brújula también es un verbo: “La Real Academia registra también el verbo brujulear, cuyo significado principal es «descubrir por indicios y conjeturas algún suceso o negocio que se está tratando»; así que veamos de qué trata este artículo y repasemos algunas palabras usadas cotidianamente que están incluidas en este diccionario:

“Almohada: Es una de las palabras de origen árabe —más de cuatro mil— que enriquecieron el castellano durante la Edad Media. Proviene del árabe hispánico almuhadda, y este del árabe clásico mihaddah, cuyo núcleo es hadd «mejilla». De manera que almohada es, literalmente, colchoncillo para reclinar la mejilla”.

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Muchas de las palabras del español vienen de vocablos árabes. / Fotografía: archivo.

“Anillo: La palabra anillo aparece documentada por primera vez en el siglo XIII por Berceo y llegó al español procedente de la voz latina anellus, «anillito», diminutivo de anulus, «anillo», «sortija para el dedo o para sellar», derivado de anus, «anillo» y también «ano». De anulus nuestra lengua heredó el adjetivo anular, «con forma de anillo», usado también para calificar los eclipses incompletos de sol, en los cuales una parte del astro permanece visible como si fuera un «anillo» luminoso alrededor de la luna”.

“Bálsamo: Los egipcios y los judíos embalsamaban a sus muertos con la savia aromática que extraían por incisión del tronco de algunos árboles. En contacto con el aire, los aceites esenciales contenidos en el líquido se oxidan y se convierten en resina y en los ácidos benzoico y cinámico, que se usan también para aliviar el dolor. Recordemos que María Magdalena untó con bálsamo los pies de Jesús. La palabra proviene del latín balsamum, y esta del griego balsamon, que tendría origen oriental”.

“Cielo: Esta palabra de luminosas evocaciones, usada hasta el cansancio por todas las religiones cristianas, se basa en el vocablo griego koilon, «hueco», del cual proviene la voz latina caelum, que designaba un hueco de magnitud gigantesca. En efecto, los latinos llamaban así a la bóveda celeste, que, debido a su extensión infinita, consideraban la concavidad por excelencia. Cielo aparece por primera vez en castellano en el Cantar de Mio Cid”.

“Galopar: El verbo que denota el andar rápido de un caballo no nos llegó del latín, sino que, más antiguo que los romanos, recorrió un largo camino desde la prehistoria hasta nuestros días. El rastro más remoto que se conoce de galopar aparece en la raíz indoeuropea hlaupan, que dejó en noruego antiguo hlaupa, con el sentido de «saltar». En el reino de los francos, antes de la llegada de los romanos, esta palabra significaba «correr» y se unió con wala, «bien», para formar el compuesto walahlaupan, «correr bien»”.

“Guitarra: Proviene del árabe kitara, que se originó a su vez en el griego kithara, el nombre de la cítara. Directamente del árabe fueron asimismo tomados el portugués y el catalán guitarra, y de este último se deriva el provenzal guitara, así como el italiano chitarra, ya usado en el siglo XV, aunque también se encuentran por esa época quintara y chitera en diferentes dialectos italianos”.

“Jardín: Aunque no procede del latín, esta palabra ya estaba incluida en el Diccionario latino español, de Antonio de Nebrija, con el significado de «huerta». Jardín llegó al español en el siglo XV, como calco del francés jardin, diminutivo del francés antiguo jart «huerto», y este del franco gart, «cercado», «espacio limitado por una cerca»”.

“Leyenda: El verbo latino legere significó originalmente «recoger, cosechar, robar», pero con el correr del tiempo fue adquiriendo el sentido de «cosechar con los ojos», especialmente «leer». En el latín medieval, se usó el gerundio de este verbo, legenda, con el significado de «algo para ser leído» y en esa época se aplicaba, sobre todo, a los libros sobre vidas de santos”.

“Macabro: Proviene del francés macabre, registrada por primera vez hacia 1832, en la expresión danse macabre, «baile de los muertos». El etimólogo francés J. Dubois afirma que se trata de una alteración de danse macabré, «baile de los muertos», empleada originalmente por Jean Le Fèvre en el siglo XIV para referirse a la universalidad de la muerte, un tema que dio lugar bajo ese nombre a expresiones artísticas en literatura, pintura y escultura”.

“Melancolía: Los antiguos creían que el temperamento de las personas dependía de las secreciones, o sea, de los humores segregados por el organismo, de los cuales cada persona tenía uno predominante. Así, aquellos en los que predominaba la bilis negra, que los griegos llamaban melán kholé, eran propensos a la depresión, un estado de ánimo que se llamó melancolía o humor melancólico”.

“Misterio: Mysterion provenía de mystes, «iniciado en ritos secretos», con origen en myein, un verbo que significaba «cerrar la boca o los ojos», del cual se derivó también mystikós, la palabra griega que dio origen a nuestra mística. La más famosa de estas ceremonias era la que se realizaba en el templo de la diosa Deméter, en la ciudad griega de Eleusis, un rito reservado a los iniciados que se comprometían a no revelar nada de lo que vieran y oyeran”.

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Somos seres de palabras. Nuestras palabras nos definen. / Fotografía: archivo.

“Nostalgia: Palabra creada hacia 1668 por el médico suizo Johannes Hofer, que quería dar nombre al «deseo doloroso de regresar» que había visto en algunos de sus pacientes. Hofer buscaba una palabra que expresase en todas las lenguas el significado del vocablo alemán Heimweh, «deseo intenso de estar en casa», «sufrimiento por estar separado de la familia». El médico suizo formó nostalgia mediante la yuxtaposición de las palabras griegas nostos «regreso» y algos «dolor», (como en neuralgia). Nostos está vinculada al verbo griego neisthai «venir», «ir», «volver», cognado del sánscrito násate, «él se acerca»”.

“Oasis: Palabra proveniente del egipcio copto wahe, «lugar fértil», que dio lugar al griego oasis y al latín oasis, con la misma forma y significado. Los romanos llamaron así a dos lugares del desierto de Libia: Oasis mayor y Oasis menor, hacia donde eran enviados los criminales en la época del Imperio”.

“Ojalá: Aparece registrada por primera vez en nuestra lengua en el Diccionario español latino, de Nebrija. Proviene del árabe insh Alá, que significa «que Dios lo quiera». Insh es una partícula que denota deseo, voluntad, y Alá, como se sabe, es el nombre de Dios en árabe”.

“Olvido: La palabra olvido es más antigua que la propia historia de la humanidad. En efecto, sus orígenes se remontan a las lenguas prehistóricas indoeuropeas, en las cuales la raíz lei-w dio lugar en latín al verbo oblivisci, «olvidar», de cuyo participio pasivo oblitus se derivó en latín vulgar el verbo oblitare, a partir del cual se formó el verbo castellano olvidar, así como el francés oublier”.

“Parábola: Este vocablo tiene el mismo origen que palabra, que nos llegó inicialmente como parabla. Ambas provienen del latín parabola, «comparación», «símil», que se deriva, a su vez, del griego parabolé, «comparación», «alegoría». El sustantivo griego se formó a partir del verbo parabállein, que significaba «poner al lado, comparar», idea que, históricamente, está presente tanto en palabra como en parábola. A su vez, parabállein proviene de pará, «al lado», y bállein, «arrojar». Bállein también está en el origen de balística, palabra que, contra lo que se suele creer, no guarda ninguna relación con bala, que procede del germánico ball a través del italiano palla.

Parábola y palabra, ambas nacidas de un mismo seno, evolucionaron en forma paralela; palabra fue paravla y parávoa, además de la forma mencionada al comienzo, y en los poemas de Berceo, todavía aparece con el sentido de comparación; más tarde, «frase» y luego «vocablo»”.

“Peregrino: Aparece por primera vez en nuestra lengua en los poemas de Berceo, en la primera mitad del siglo XIII, para denominar a los cristianos que viajaban a Roma o a Palestina para visitar los lugares sagrados, a veces como castigo autoimpuesto para pagar determinados pecados y otras veces para cumplir penas canónicas. De estos peregrinos surgirá posteriormente la idea de las Cruzadas, enviadas para reconquistar los lugares que los cristianos consideraban sagrados y que estaban en poder de pueblos de otras religiones. El vocablo se originó en el latín, mediante la contracción de per-, «a través», y ager, «tierra», «campo», que dio lugar al adjetivo pereger, «viajero», y al adverbio peregre, «en el extranjero», el cual, a su vez, derivó a peregrinus, «extranjero», y peregrinatio, «viaje al exterior»”.

“Quijote: La palabra quijote se usaba en España por lo menos dos siglos antes de que naciera Cervantes, bajo la forma quixote, la misma empleada en la obra de Cervantes. En efecto, la palabra ya aparece registrada en 1335 como nombre de una «pieza del arnés destinada a cubrir el muslo». La voz parece provenir del antiguo cuxot, y este del catalán cuixot, con el mismo significado, derivado de cuixa, «muslo», que se formó a partir del latín coxa, «muslo», y sufrió el influjo de quijada. (…) El quijote era una prenda propia de caballeros andantes, por lo que Cervantes recurrió a ella cuando tuvo que dar un nombre de guerra a su héroe Alonso Quijano”.


[2] HINOJO ANDRÉS, Gregorio, 2012. La invención de las palabras. Universidad de Salamanca.

[3] FOUCAULT, Michel, 1968. Las palabras y las cosas, una arqueología de las ciencias humanas. Siglo XXI Editores, S.A. de C.V.

[4] SOCA, Ricardo. 2010, La fascinante historia de las palabras. Rey Naranjo Editores.

[5] SOCA, Ricardo. 2010. La fascinante historia de las palabras,

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