Rosazul: El interín entre el primer grito y el último suspiro

Karen Veizaga nos guía a través de la experiencia sensorial que pasó antes, durante y después de leer Rosazul (Editorial 3600, 2026) de Avril Pol.

Si bien leer es una acción, hoy no quiero referirme a ella desde el verbo, sino desde las sensaciones que produce el contacto con un libro.

Cuando me compro un libro nuevo, sobre todo uno que deseaba mucho desde hace tiempo o uno que captó mi atención, así como “un amor a primera vista”, realizo una serie de acciones previas a su lectura. Contemplo su tapa, las ilustraciones que se muestran, leo la contratapa e imagino a qué pueden referirse los comentarios que hacen los autores que lo presentan o la editorial. Si viene envuelto en plástico, lo quito de forma pausada, como si buscara evitar la más leve molestia que pudiese alterar el sueño de un niño pequeño. Acaricio las tapas, el lomo, trato de atrapar las diferentes texturas y temperaturas en mi memoria táctil. Luego lo abro, introduzco mi nariz entre sus páginas y juro que el olor que despiden es como un anticipo de la historia que vendrá. Hay olores que imitan la crueldad, el terror, otros la compasión, la melancolía y a veces, pareciera que el amor también se esconde. Si el libro es muy especial, duermo con él, lo abrazo, continúo regalándole caricias, como si se tratara de un amante. Puedo salir de rato en rato, de ese estado de vigilia y sueño, estirar el brazo para comprobar que no lo imaginé, que está ahí, que existe y que yo también existo en el mismo tiempo y espacio que él. Y llega el día, el siguiente u otros, semanas, meses más tarde en que me pongo en contacto con esa primera página en blanco que viene después de la tapa. 

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Después lo leo. Lo siento. Lo vivo. 

Penetra en mí y me hace suya de algún modo… 

Me transforma.

La lectura de Rosazul (Editorial 3600, 2026), colección de cuentos de Avril Pol, me hizo recuerdo a todas esas sensaciones que, en toda su gama, implican una pulsión, un disfrute no siempre ligado a lo placentero.

Para el psicoanálisis, una pulsión es una fuerza interna que impulsa al ser humano a actuar, desear y buscar satisfacción. Sigmund Freud observó, a partir de su trabajo clínico, que muchas conductas humanas no podían explicarse únicamente por la búsqueda del placer. Las personas, en ocasiones, repetían experiencias dolorosas, fracasos o relaciones destructivas, incluso cuando les hacían sufrir. A partir de estas observaciones, desarrolló la teoría de las pulsiones de vida y las pulsiones de muerte.

La pulsión de vida, a la que denominaba Eros, representa todas las fuerzas que favorecen la conservación y el desarrollo de la vida. Incluye el amor, el deseo, la sexualidad, el cuidado, la creatividad, el aprendizaje y la construcción de vínculos con otras personas. 

Sin embargo, Freud advirtió que esta explicación era insuficiente para comprender ciertos comportamientos. Notó que muchos de sus pacientes revivían una y otra vez experiencias traumáticas o repetían situaciones de sufrimiento sin obtener placer alguno. También reflexionó sobre la violencia. Estas observaciones lo llevaron a proponer la existencia de una fuerza opuesta: la pulsión de muerte o Tánatos, que no significa simplemente el deseo consciente de morir. Se refiere a una tendencia profunda hacia la destrucción, la agresividad, la repetición. Puede dirigirse hacia uno mismo (autodestrucción, culpa excesiva, conductas de riesgo) o hacia los demás (violencia, odio, agresión). Freud consideraba que ambas pulsiones están siempre presentes y conviven en cada persona; ambas interactúan continuamente y ayudan a explicar la riqueza, las contradicciones y los conflictos de la vida humana.

A lo largo de las trece historias desarrolladas en Rosazul, Avril Pol nos narra de manera muy hábil, a través de sensaciones, imágenes, olores, sabores, texturas, sonidos presentes también a través de la música de Rosalía, a Eros y Tánatos, las pulsiones de vida y de muerte.

Los primeros siete relatos nos introducen en las pulsiones de vida, como si se tratara de un recién nacido que va poniéndose en contacto, primero, y luego ejerciendo dominio sobre sus sentidos conociéndolos, anticipándolos conceptualizándolos. Son relatos de búsqueda, de prueba, de descubrimiento, de despertar guiados por idealizaciones, por deseos, por fantasías. Nos ponemos en contacto con personajes curiosos, atrevidos, exploradores de su sexualidad, que dejan que la luz los penetre y de ellos salga transformada en color, como si de un cristal se tratara. Lo cual no implica que lo que sale de ese proceso de transformación sea necesariamente agradable.

Con el fin de no espoilear demasiado, me referiré a un cuento que me gustó bastante de esta primera parte es “Calistenia”, narrado en primera persona con fragmentos en segunda, recurso que me hizo vivir las sensaciones táctiles de la protagonista, quien fantasea sexualmente con el guía de un recorrido turístico.

Al cabo de estos siete relatos existe un interín, un quiebre entre la luz y la oscuridad. Un atardecer rosazul musical.

Los siguientes cinco relatos se relacionan con las pulsiones de muerte. Retratan personajes que llevan dentro de sí dolor, soledad, vergüenza, culpa, violencia hacia otros y/o hacia sí mismos.

“Implacable” es el relato que resalto en esta segunda parte, que desde lo táctil me produjo un fuerte sobresalto y dolor no solo físico, sino que me transportó a dolores emocionales guardados en mis recuerdos, dolores que también intenté detener de muchas maneras. Puede que me haya faltado poco para actuar como la protagonista. ¿Acaso no hacemos eso a veces cuando algo nos duele? ¿Lastimar a otros o a nosotros mismos una y otra vez hasta que el sufrimiento nos anestesie?

Un factor común entre ambos grupos de relatos es que sus personajes ocultan cosas. Guardan en lo más íntimo recuerdos, experiencias, deseos, fantasías a los que nadie más tiene acceso y que nosotros atisbamos, escudriñamos, rascamos o acariciamos y abrimos hasta humedecerlos placenteramente o hasta hacer sangrar esa herida rosazul a la que tenemos acceso.

Las imágenes visuales, coloridas de los cuentos me llevaron a recordar que, cuando un haz de luz pasa por un cristal se descompone en siete colores básicos: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Pero el rosa no existe, es una construcción que nuestro cerebro realiza cuando el rojo aparece junto al azul de manera simultánea sin presencia de la luz, como un mecanismo de juntar ambos estímulos visuales, como un cierre, como una especie de superposición.

Quizás, entre el primer grito al nacer y el último suspiro al morir, solo existe el azul y nuestras vidas están destinadas a la destrucción, al sueño eterno y el rosa es solamente un cúmulo de ilusiones con las que crecemos, jugueteamos y coqueteamos hasta que las heridas son una, dos tres, veinte, cincuenta, hasta que las rascamos y hacemos sangrar muchas veces, hasta que las cicatrices cubren nuestro cuerpo y somos nada.

Negro dicen. 

Puede que sea blanco, como la página que está inmediatamente después de la tapa de un libro.

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