Música de abajo: el arte de persistir

Anselmo Beltrán hizo un documental, 'Música de abajo' (2026), y Guillermo, más que reseñarlo, examina el significado de hacer arte desde la periferia, la precariedad y, especialmente, la persistencia.
Editado por : Adrián Nieve

“Bolivia es under”, afirma Pepe (José Alberto Morales), cantante de La Logia, en Música de abajo, el documental de Anselmo Beltrán sobre Scoria, una de las bandas de punk/hardcore más longevas de El Alto. La frase parece una mera ocurrencia, pero contiene buena parte de lo que viene después. Porque under no designa aquí solo una estética musical, una manera de vestir o una escena que se desarrolla al margen del circuito comercial. Alumbra una posición en el mundo: estar abajo, lejos del centro, de los focos, de las instituciones que deciden qué merece ser visto, escuchado o recordado. Hacer arte desde ahí implica una aventura quijotesca.

A Beltrán le tomó ocho años hacer esta película. La cifra importa menos como dato de producción que como primera clave de lectura: Música de abajo habla de una banda que lleva más de treinta años haciendo música y de un cineasta que necesitó casi una década para convertir esa historia en una película. Karen Veizaga ha contado el recorrido de la producción: el anuncio publicado por Edgar Mendieta en redes sociales, la respuesta de Anselmo, los años de trabajo con una cámara, un micrófono y una computadora, la llegada posterior de Transbordador y, por fin, la primera exhibición under de la película. Isabel Navia, por su parte, ha destacado que el documental reconstruya mediante testimonios, archivos y animaciones una parte de la historia de la escena underground que el tiempo había dejado sin imágenes. 

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Portada: 88 Grados

Tal vez lo más interesante sea que la precariedad de la película termina reflejando la de aquello que cuenta. No porque el documental sea pobre –no lo es–, sino porque parece hecho desde una condición semejante a la de sus protagonistas: avanzando con lo que hay, inventando cuando falta algo, haciendo del obstáculo una parte más del proceso.

Los primeros Scoria no tenían instrumentos y apenas sabían tocar. Eran adolescentes de El Alto que habían decidido hacer música con la obstinación de quien todavía no ha aprendido que ciertas cosas, en principio, no están a su alcance. Después vendrían los pedales, las consolas, los amplificadores. Conseguirlos sería una pequeña odisea; transportarlos, otra. No había vehículo. No había plata. Lo que había era una voluntad inquebrantable, difícil de explicar desde afuera. 

¡La cantidad de energía necesaria para hacer algo que, visto desde afuera, puede parecer tan inútil! Una banda de punk en El Alto. Una película sobre esa banda. Unos músicos que durante años ensayan, componen, graban como pueden, organizan conciertos, buscan instrumentos, transportan equipos, limpian después los locales y vuelven a empezar. 

¿Para qué?

La pregunta recorre Música de abajo de forma subterránea. ¿Qué lleva a alguien a dedicar buena parte de su vida a una actividad que no garantiza dinero o reconocimiento, ni siquiera unas condiciones mínimas para desarrollarse? ¿Qué queda de un artista cuando desaparecen casi todos los indicadores con los que hoy acostumbramos a medir el valor de una obra: ventas, seguidores, visibilidad, presencia mediática?

Scoria ofrece una respuesta tácita: seguir. Seguir haciendo, seguir tocando, seguir encontrándose.

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Fotografía: Anselmo Beltrán

Hay una escena reveladora. Después de los conciertos, los integrantes de la banda se quedaban hasta la madrugada limpiando el local. El “mosh mutante” había dejado su rastro de suciedad y desperdicios; durante la noche habían circulado los turriles de alcohol Caimán –mezclado con polvos de sabores Yupi– que el grupo ponía a disposición del público. Después de la tocada, la limpieza: difícil encontrar una imagen más concreta de la condición del artista under.

Karen Veizaga habla de los “trajines, dificultades, éxitos y anécdotas” de Scoria como parte de una trayectoria sinuosa. La expresión resulta precisa. La historia de la banda no avanza en línea recta: sus integrantes entran y salen, la formación cambia, las circunstancias económicas obligan a tomar decisiones, aparecen las responsabilidades familiares mientras el país también se transforma. Desde los años noventa, Scoria atraviesa distintas etapas de nuestra historia sin dejar de evolucionar.

Aquí aparece una pregunta antigua: la del barco de Teseo. Si reemplazamos una por una todas las piezas de un barco, ¿sigue siendo el mismo barco? Scoria parece responder que sí, no porque conserve intactos sus componentes originales, sino porque está viva. Cambian sus integrantes, cambia su sonido, cambian sus circunstancias y cambian ellos mismos. Lo que permanece no es la materia, sino algo más difícil de nombrar: una fidelidad a cierto impulso inicial, a una manera de habitar el mundo.

Hacia el final, Scoria habla de sí misma como de “una familia muy boliviana”. La frase tiene algo de doméstico y de melancólico. Han envejecido. Han adquirido responsabilidades. Han visto desaparecer a personas y etapas de sus vidas. Han aprendido a tocar mejor y, al mismo tiempo, han aprendido que ninguna banda dura para siempre.

Pero todavía están ahí.

En ese sentido, Música de abajo es también una película sobre el tiempo. Lo que empezó como una aventura adolescente se convierte poco a poco en una forma de vida adulta: una pasión que debe convivir con el trabajo, las necesidades económicas y las responsabilidades familiares. La respuesta no es romántica. Los miembros de Scoria no pueden entregarse al arte como si el resto no existiera; han tenido que compaginar el trabajo ganapán con una actividad que no podía sostenerlos materialmente. Pero sí los sostuvo de otra manera, construyendo durante décadas algo que no puede medirse en cifras.

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Fotografía: Anselmo Beltrán

Recuerdo ahora dos experiencias muy distintas. En 2007, Joshua Bell, uno de los grandes violinistas contemporáneos, tocó de incógnito durante unos cuarenta y cinco minutos en el metro de Washington, en un experimento organizado por The Washington Post. Más de mil personas pasaron frente a él y solo unas pocas se detuvieron a escuchar. La anécdota suele utilizarse para demostrar que la gente no sabe reconocer la belleza. Sugiero otra posibilidad: nuestra percepción del arte depende del momento y el lugar en que esperamos encontrarlo. El violinista en una sala de conciertos es un virtuoso; el mismo violinista en un pasillo del metro puede convertirse, para casi todos, en un pobre hombre que hace llorar el violín.

Algo parecido ocurrió con Banksy en 2013, cuando hizo instalar en Central Park un puesto en el que se vendían obras originales firmadas por él a sesenta dólares. El puesto pasó buena parte del día prácticamente desapercibido; una de las piezas fue incluso objeto de regateo. El valor de aquellas obras cambió de forma vertiginosa cuando se supo quién era su autor.

¿Qué cambia, entonces: la obra o nuestra mirada?

Esta pregunta ilumina Música de abajo, porque hacer música under implica hacerla sin las condiciones que permiten que una sociedad la reconozca fácilmente. No basta con componer. Hay que encontrar al que escucha. No basta con escribir. Hay que encontrar al que lee. No basta con filmar. Hay que encontrar al que mira. Scoria lo sabe. Edgar asegura que la banda seguirá viviendo mientras haya alguien dispuesto a escucharla. Así, el sentido de treinta años de música radica en haber establecido una y otra vez ese breve e intenso espacio de comunicación entre quienes tocan y quienes escuchan. Aunque sean pocos. Aunque estén abajo. Aunque nadie más se entere.

Así, Música de abajo deja de ser solo un documental sobre Scoria y se convierte en una reflexión sobre el arte. No sobre el arte institucional, legitimado, catalogado y protegido, sino sobre esa actividad que comienza mucho antes de que aparezcan las instituciones: alguien quiere decir algo y, a pesar de los obstáculos, encuentra la forma de hacerlo. Por eso resulta tan importante la pregunta que atraviesa el documental sobre qué es exactamente lo under. La respuesta de Pepe –“Bolivia es under”– puede leerse como una definición geográfica, económica y cultural del país, pero también como la condición misma de la creación de los artistas bolivianos. Hacer arte desde un país situado lejos de los grandes centros de circulación cultural significa hacerlo desde una posición periférica; hacerlo desde El Alto añade aún más capas de distancia y dificultad.

Sin embargo, la película evita convertir esa situación en una simple historia de víctimas. Scoria no aparece como un grupo que pide permiso para existir. Existe. Toca. Graba. Denuncia. Electriza al público. Se equivoca. Cambia. Se pelea con el mundo. Y luego vuelve a tocar.

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Fotografía: Anselmo Beltrán

Su relación con la política participa de ese mismo espíritu. La banda expresa una misma desconfianza hacia gobiernos de derecha y de izquierda, y encuentra en el anarquismo una posición propia. El documental registra también su desilusión ante ciertos procesos políticos. Lo que permanece es la obstinación de quienes, gobierne quien gobierne, tienen que conseguir un amplificador, ensayar, tocar y después trabajar para ganarse el pan.

Quizá por eso me impresionó tanto la historia de Edgar y su casi ahogamiento en el lago Titicaca, en diciembre de 2012, cuando se dirigía a un evento en la isla del sol organizado por el gobierno de la época, y la sensación de abandono total que la película asocia a aquel episodio, pues revela algo que se repite en muchas vidas: hay momentos en que el individuo queda completamente solo frente a sus circunstancias. 

Y, sin embargo, después de esos momentos, vuelve a la luz. Vuelve a la vida. Vuelve a tocar.

Los artistas bolivianos conocemos –con matices muy distintos– algo de esa condición. Casi nunca hay apoyo institucional. Con demasiada frecuencia no hay plata. Tampoco crítica. A veces no hay ni siquiera público. Y, sin embargo, aparecen libros, cuadros, películas, canciones. Se escriben novelas que casi nadie reseña. Se filman películas con equipos mínimos. Se organizan conciertos en lugares improbables. Se inventan soluciones allí donde faltan los medios.

No sé si esto convierte al artista boliviano en un héroe. La palabra me incomoda un poco. Pero sí creo que hay una forma de heroísmo cotidiano en esa persistencia en la que casi nunca reparamos. 

Hace unos días escuchaba a la poeta Claudia Pardo hablar del silencio de gran parte de la crítica literaria boliviana ante la producción de los escritores nacionales de los últimos lustros. Decía que ese silencio puede resultar más duro que una mala crítica. El “palo”, la burla o el rechazo son una forma de respuesta; el silencio, en cambio, no devuelve nada. Es un apabullante muro de hielo.

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Fotografía: Anselmo Beltrán

Y, sin embargo, los escritores seguimos escribiendo. Las editoriales siguen publicando. Los músicos siguen grabando. Los cineastas siguen haciendo películas. Las razones de la creación siguen siendo un misterio.

Contra viento y marea, creamos con una riqueza innegable, pero que no es la del capitalismo. Todo esto lo ilustra muy bien Música de abajo.

Arturo Carrasco, de D.A.S. Street Art, participa con excelentes animaciones que reconstruyen momentos de la historia de Scoria para los que no existen imágenes. Es uno de los aciertos formales de la película. Allí donde falta el documento aparece la imaginación. Y las animaciones hacen palpable y vívido aquello que no registró el tiempo porque estaba sucediendo en la sombra.

Es, en cierto modo, lo que hace toda la película. Rescata momentos destinados a desaparecer en el río furioso del tiempo: una banda, una escena, una ciudad, una generación, una manera de entender el arte. Y quizá también una pregunta: ¿qué queda de un artista cuando nadie lo está mirando?

Queda el artista, parece sugerir Anselmo. Queda la necesidad de hacer. Queda la canción. Queda la película. Queda, sobre todo, la posibilidad de que alguien escuche. Y tal vez eso sea suficiente para volver a empezar.

Karen Veizaga termina su crónica con una frase tomada del propio documental: “Todo país tiene una banda llamada Scoria”. Y añade: “Yo estoy segura de que ninguno tiene una como nuestra Scoria”.

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Fotografía: Anselmo Beltrán

Después de ver Música de abajo, uno entiende mejor por qué. Y es que la historia de este grupo condensa algo que pertenece a muchos artistas bolivianos: esa mezcla luminosa de precariedad, obstinación, lucidez y deseo que impulsa a seguir creando en un contexto tan adverso.

Por eso hay que ver esta película. No solo para conocer a una de las bandas más importantes de nuestra escena under o el inspirado trabajo de Anselmo Beltrán como documentalista, sino para recordar que, en algún lugar debajo de la superficie visible, siempre hay alguien ensayando sus primeros acordes, escribiendo entre dos obligaciones, filmando con lo que tiene. Siempre hay alguien haciendo algo que nadie le ha pedido, y que persevera sin saber muy bien para qué ni hasta dónde.

Y ahí, precisamente ahí abajo, empieza todo.

 

La avant-première de Música de abajo tendrá lugar el 2 de octubre en el Multicine de La Paz (Av. Arce #2631). El estreno tendrá lugar el 15 de octubre en Cinebol de El Alto (Av. Alfredo Sanjines #500).

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Fotografía: Anselmo Beltrán
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