El amor que vuelve a nombrarlo todo

En su columna para 88 Grados, Vero Delgadillo habla de “El amor, sus resurrecciones” de Vilma Tapia, un poemario que aborda al amor como una fuerza transformadora y renovadora.

“Las palabras que archivamos son como las piedras recogidas en los viajes a los que concurrimos encendidos, llenos de esperanza. Piedras pequeñas, piedras ligeras… desde antes destinadas a uno”, se dice en un momento de este libro.

Cualquier forma de amar que hubiese conocido en la vida resulta un chiste al lado del amor en la manera en que lo describe la poeta Vilma Tapia en este libro.

Imagen: 88 Grados

Me provoca pensar que uno necesita morir de alguna manera -o quizá de muchas- para poder amar así. De ahí que entienda el sentido del título de este libro: El amor, sus resurrecciones. Porque este es un libro sobre lo que el amor hace con nosotros después de atravesarnos. Sobre lo que muere y lo que, contra toda evidencia, vuelve a nacer.

Vilma Tapia hace algo muy hermoso con las palabras: les da vida, las guarda en sobres, en postales, en papeles, en cuadernos; se releen, se copian, se heredan, se tachan y se vuelven a escribir. Hace que todo el tiempo estén transformándose. Y en esa transformación algunas palabras se materializan, y lo que alguna vez fue una palabra dicha al oído puede convertirse en una piedra, una semilla, un árbol, una canción, una herida, un jardín.

“Llovía, el agua caía en paz y nuestras palabras caían en paz. Se inauguraba un tiempo de sembrar. Descendí al jardín. Como de un canasto lleno de semillas, tomé sílabas de mi morral. Las diseminé en la tierra húmeda. Brotaron jacarandás, algarrobos.”

Esta es una de las imágenes que más me conmovió y que creo contiene, además, el secreto de este libro: las palabras que primero fueron guardadas terminan siendo sembradas. De las sílabas nacen árboles, dice ella, y con eso nos está diciendo que el amor no es algo que se conserve intacto; es algo que busca transformarse en otra materia. 

Yo creo que la escritura de Vilma Tapia tiene eso: esa capacidad de hacer que las palabras no solo nombren las cosas, sino que se conviertan en las cosas.

Otra dimensión del libro que a mí me conmovió muchísimo, y me conmovió con estremecimiento, es que el amor se hace presente muy ligado a la idea de los ojos, de lo que vemos, de lo que no vemos y de lo que ven los otros. Yo le mandé un audio a Vilma, después de leer el libro, con mucha emoción en la piel, porque esa forma de presentar al amor, de revelarlo -mejor dicho-, me devolvió a mí el recuerdo de cómo es amar por primera vez, de esa inocencia valiente en la que también se ama a través de lo que se mira desde el otro y con el otro. 

Ella describe al amado que le enseña árboles, mares, pájaros, pinturas, poemas, canciones; es casi una iniciación. Y yo pienso, siento, quiero creer que eso es lo que el amor hace:  transformar. Amar a alguien debería ser aprender a mirar lo que el otro ve, y descubrir que el mundo puede tener otra luz cuando pasa por los ojos del otro.

“Yo pude ver con tus ojos” y, después, “tú también pudiste ver con los míos”. 

El amor como una forma de conocimiento, pero un conocimiento extraño, íntimo, casi místico, porque conocemos al otro hasta modificar la manera en que vemos lo que existe. Y esto es sumamente conmovedor porque esta idea supone que amar no es solo tener una vida junto a otra persona, es permitir que esa persona deje algo de sí mismo en nuestra manera de estar en el mundo.

Y ese mundo es percibido por ella como un jardín. Este libro está lleno de jardines.  Yo no sé si existe una definición más hermosa del amor que esa que ella plantea: tener la vida para hacer un jardín.  

Porque hacer un jardín implica saber que para que algo brote, algo tuvo que caerse primero; que para que exista resurrección, hay una muerte anterior. Es un movimiento infinito, el amor está siempre moviéndose, como la vida, sobre la base de una partida y un retorno, como late un corazón, naciendo y muriendo…, como todo lo que crece en un jardín. 

Y cuando regresa, cuando vuelve a nacer, siempre trae algo nuevo, regalándonos la posibilidad de volver a nombrar todo.

Hay que agradecer a Vilma Tapia por escribir este libro. Es un regalo maravilloso a la poesía misma, y por supuesto, a las letras bolivianas. Además, me parece muy necesario mirar al amor de esta manera, en este preciso momento de nuestra historia como sociedad. Creo que poco a poco nos estamos olvidando de cómo se ejecuta ese verbo (AMAR), para que se manifieste esa poderosísima capacidad que tenemos los seres humanos para transformar.

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