Corrientes

El mar siempre ha estado ahí, nos recuerda Mariana Ruiz, marcando las estaciones e influyendo en el clima. En esta segunda parte a su anterior columna habla de las corrientes marinas, las marejadas, los ciclones y el misterioso equilibrio que nos une a todos bajo el influjo de la marea, estemos cerca de las zonas costeras o no.

Dos cosas deben entenderse para comenzar, siquiera, a comprender las corrientes marinas: Primero, somos una amalgama de continentes que constantemente, a lo largo de millones de años, se unen y desunen, abriendo corredores allí donde no hay y a veces generando nuevos contactos territoriales, como el que permitió el gran intercambio biótico americano, ─cuando la fauna terrestre migró entre América del Norte y América del Sur, tras unirse mediante el istmo de Panamá─, allá por el Pleistoceno.

Segundo, somos un cuerpo celeste que afecta y siente los efectos de otros cuerpos celestes que gravitan cerca de él, desde nuestra rotación en el sistema solar, hasta la influencia gravitacional de la Luna. Resulta que el mar fluye y refluye de acuerdo a este proceso en dos mareas altas equidistantes en los lados opuestos del mundo y dos mareas bajas, (con una sorprendente regularidad de doce horas y veinticinco minutos), un ritmo que influye en todos los seres vivos, estemos conscientes de él o no. 

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Imagen: 88 Grados

Ni siquiera vamos a hablar del efecto de Coriolis: baste decir que, al rotar la Tierra sobre su propio eje, también tiene efecto en cómo se mueve el agua (si gira hacia la derecha o hacia la izquierda).

Y ahora sí, hablemos de las corrientes: enormes masas de agua que se mueven como ríos, y que son determinantes tanto para navegar como por su relación con el clima.

Las corrientes responden a las bandas de viento que dividen al planeta, y que pueden dividirse entre alisios (que fluyen en una imaginaria banda horizontal) y polares, que bajan verticalmente de los polos hasta el ecuador. También su recorrido es afectado por la disposición actual de los continentes y el efecto de Coriolis. Hay diversas corrientes con distintos recorridos, siendo las más conocidas la de Humboldt y la del Golfo. 

Por esta relación entre vientos y corrientes es que se dan fenómenos que ahora nos resultan familiares como El Niño o la Niña, ya que la humedad, las tormentas, las sequías y los monzones tienen todo que ver con el comportamiento de las corrientes marinas. En sencillo: donde se mueven las corrientes, se acumulan las nubes. Donde hay calor y humedad en la superficie del mar, hay chance de tormenta. Dependiendo de si hay mucha diferencia de temperatura es que se forman los ciclones.

Además, bastaría con que una de estas corrientes marinas colapse para que cambie hasta la mismísima atmósfera. Se especula que una nueva “era de hielo” podría suceder si la circulación de retorno atlántica, por ejemplo, deja de transportar aguas calientes y frías, estabilizándose en una temperatura uniforme. Este colapso provocaría un aumento severo del nivel del mar y alteraciones catastróficas en los monzones globales y las sequías tropicales.

Es increíble para mí haber logrado hablar de la extinción humana sin haber mencionado más que de pasada el cambio climático, pero ahora no me queda otra opción que adentrarme en este espinoso asunto, cargado de susceptibilidades y políticas públicas, muchas de ellas contradictorias entre sí.

Comencemos por el lado de la polémica: Michael Crichton, respetado autor de novelas de ciencia ficción sorprendentemente prescientes, como “Jurassic Park” y “Congo”, escribió en el 2004 un libro titulado “El estado del miedo”, donde argumentaba que el tema era exclusivamente político, y que no había suficiente evidencia para demostrar nuestra influencia en el clima. Su libro sí que dio que hablar en su momento, y convenció a muchos legos como yo de que todos los escrúpulos referidos a la atmósfera no eran para tanto y que la influencia del hombre con su entorno no podía llegar a tener un impacto global.

Y resultó que Crichton, en ese aspecto, estaba espectacularmente equivocado. Él pensaba que el domo de calor de las ciudades era una de las principales fuentes de lectura de emisión de gases en la atmósfera, y argumentaba que no había suficiente información acerca de un calentamiento global a escala planetaria.

Sin embargo, se ha demostrado que el cambio climático calienta la atmósfera por los gases de efecto invernadero y que son los océanos quienes absorben más del 90 % de ese exceso de calor y regulan el clima del planeta. Al calentarse el mar, se altera la evaporación, se intensifican las tormentas y se eleva el nivel del agua. Esto podría derivar en un ciclo alterado de las corrientes marinas, ya que estas se mueven principalmente por las diferencias de temperatura entre masas de agua caliente y masas de agua glaciar.

En lo que Crichton tenía razón, coincide Luis Miguel Ariza, que conversó con él acerca del libro antes de su muerte, es en lo extraordinariamente complejo del asunto: Explicar cómo se hacen los modelos climáticos ─en base a sofisticados programas y el uso de superordenadores─, los márgenes de error, el riesgo de atreverse a predecir el futuro y la tentación del catastrofismo, son temas políticos. Ahora que Europa no sabe cómo enfrentarse a un continente que progresivamente es cada vez más caliente, y está indeciso entre permitir la instalación de aire acondicionado y las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, por ejemplo, el tema es parte de la agenda pública y los noticiosos de todo el planeta.

Lo cierto es que nuestra madre, la mar, ─de donde salimos hace tan poco, para aventurarnos en cuatro patas sobre el lodo─, continuará sujeta al ritmo de las mareas, a la atracción de la luna sobre la marejada, al giro del eje planetario. Es una maravilla saber que existen seres, como lo fue Rachel Carlson, a los que no solo las guía la sed de conocimiento, sino también el asombro y el respeto por todas las formas de vida, de las que dependemos y formamos parte. Sin embargo, como un ente mundial, como el enorme bicho interconectado en el que nos hemos convertido, todavía no hemos logrado determinar cómo actuar de manera colectiva.

¿Tenemos efecto sobre el clima del planeta? Pues claro. ¿Sabemos qué hacer al respecto? Ahí está la madre de todas las batallas.

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