Érase una vez el beat
Dessau es una ciudad de unos 75.000 habitantes, situada a hora y media en tren desde Berlín, en el estado federado de Sachsen-Anhalt, hoy presa de la extrema derecha. No parece, a primera vista, el lugar desde el cual contar una parte decisiva de la modernidad. Y, sin embargo, pocas ciudades alemanas permiten observar con tanta claridad una idea que atravesaría el último siglo: que la tecnología no tenía por qué ser únicamente una herramienta, sino que podía convertirse en lenguaje. Por eso no existe un escenario más apropiado para un concierto de Kraftwerk que el edificio de la Bauhaus en Dessau. La correspondencia entre ambos es histórica.
Fundada por Walter Gropius en Weimar en 1919, después de la Primera Guerra Mundial, la Bauhaus se propuso renovar la enseñanza, la arquitectura, el arte y los oficios hasta desembocar en una fórmula que encontraría precisamente en Dessau una de sus expresiones fundamentales: arte y tecnología como una nueva unidad. Cuando la escuela se trasladó aquí en 1925, Dessau era una ciudad industrial en expansión. El Bauhausgebäude, proyectado por Gropius e inaugurado al año siguiente, hizo visible aquella idea mediante una arquitectura funcional, racional y concebida para dialogar con la producción industrial. No se trataba de decorar la función, sino de encontrar belleza en ella; de hacer del diseño no un recurso estilístico añadido a los objetos, sino una manera de resolver las necesidades de una sociedad que intentaba imaginarse de nuevo.
La aventura duró poco. El ascenso del nacionalsocialismo convirtió aquella modernidad en objeto de persecución política. En agosto de 1932, a instancias de la NSDAP, el Ayuntamiento de Dessau decidió cerrar la escuela. Ludwig Mies van der Rohe intentó mantenerla como institución privada en Berlín, pero después de una redada de la Gestapo sus profesores terminaron disolviéndola en julio de 1933. Muchos de sus maestros y estudiantes marcharon al exilio y llevaron consigo unas ideas que terminarían extendiéndose mucho más allá de Alemania. Décadas después, otra generación alemana volvería a preguntarse cómo construir algo propio a partir de máquinas, industria, repetición y modernidad. Esta vez, sin embargo, el material sería el sonido.
Desde los años cincuenta, la música electrónica alemana había encontrado un extraordinario laboratorio en el estudio de la WDR de Colonia. Allí, Karlheinz Stockhausen experimentó con generadores de ondas sinusoidales, cinta magnética, voces manipuladas y sonido electrónico. Obras como Studie I, Studie II y posteriormente Gesang der Jünglinge demostraron que una composición ya no necesitaba depender exclusivamente de instrumentos convencionales y que el propio sonido podía ser construido. A finales de los sesenta y comienzos de los setenta, aquella búsqueda coincidió con una generación de músicos alemanes empeñados en encontrar una identidad distinta de la hegemonía angloestadounidense del rock. Bajo la etiqueta, siempre imperfecta, de krautrock aparecieron universos tan distintos como Can, Neu!, Tangerine Dream y Kraftwerk. Más que un género cerrado, aquello fue un territorio experimental hecho de repetición, cinta, electrónica, improvisación, ritmos mecánicos y estudios de grabación convertidos en instrumentos.
En Düsseldorf, Ralf Hütter y Florian Schneider pusieron en marcha Kraftwerk en 1970. Los tres primeros discos, Kraftwerk (1970), Kraftwerk 2 (1972) y Ralf und Florian (1973), pertenecen todavía a esa etapa de exploración, pero en 1974 ocurrió algo decisivo. Autobahn dejó atrás buena parte de aquella abstracción inicial y encontró un lenguaje que ya resultaba inequívocamente Kraftwerk. La autopista se convirtió en música. No era una elección menor: uno de los grandes símbolos de movilidad de la Alemania contemporánea dejaba de ser solamente infraestructura y pasaba a formar parte de una composición en la que el automóvil, la carretera, la velocidad, la señal, el paisaje y el movimiento eran materia musical. Kraftwerk comenzaba así a levantar una constelación propia donde los objetos de la modernidad adquirían voz.
Después llegarían Radio-Aktivität en 1975 y Trans Europa Express en 1977. El ferrocarril europeo se transformó entonces en ritmo, elegancia mecánica y movimiento continental. Con Die Mensch-Maschine en 1978 y Computerwelt en 1981, la mirada se desplazaría todavía más lejos, hacia robots, modelos, computadoras, números, calculadoras y las relaciones cada vez más ambiguas entre seres humanos y máquinas. Kraftwerk no estaba componiendo simplemente canciones sobre tecnología: estaba construyendo música con la imaginación de la tecnología, apropiándose de los objetos, signos y transformaciones de su tiempo para otorgarles una dimensión sonora.
Por eso resulta tentador pensar la historia de Kraftwerk como una historia del beat. La electrónica había avanzado desde osciladores, generadores de señales, filtros y enormes sistemas experimentales hasta sintetizadores cada vez más manejables y secuenciadores capaces de organizar electrónicamente el tiempo. Las primeras grandes máquinas de síntesis, como el RCA Mark II instalado en 1957 en Columbia, ocupaban una habitación; durante los años sesenta, Robert Moog y otros diseñadores contribuyeron a transformar la síntesis electrónica en una herramienta cada vez más accesible para los músicos. Lo que antes exigía laboratorios comenzaba a caber en un estudio y, con ese nuevo material a su alcance, Kraftwerk entendió pronto que aquellas máquinas no tenían por qué limitarse a imitar el mundo conocido. Podían servir para construir otro.
Más de medio siglo después, contemplar a Kraftwerk frente a la Bauhaus produce una extraña sensación de continuidad. Por un lado, está la historia de un proyecto nacido en una Alemania dividida, empeñado en proteger su voz propia; por otro, la sucesión vertiginosa de tecnologías que transformaron nuestra relación con el sonido, la información, el movimiento y, finalmente, con nosotros mismos. El sábado 29 de agosto, el escenario parece haber sido sometido a una operación de limpieza radical: no hay baterías, guitarras ni esa maraña de cables, pedales, micrófonos y estructuras metálicas que suele delatar la maquinaria de un concierto. Frente al Bauhaus quedan cuatro estaciones electrónicas perfectamente alineadas y, detrás de ellas, una pared digital, un gran lienzo que ayudaría con la toma de nuestros sentidos. La propia plataforma escénica prolongaría las imágenes hasta convertir gráficos, músicos y arquitectura en partes de una misma composición. Todo parece reducido a lo esencial, minimalismo puro, duro y bruto, como si algunos de los principios que dieron forma al edificio hubieran terminado, un siglo después, convertidos en concierto.
Minutos antes de las ocho la gran pantalla empieza a mostrar cuatro figuras geométricas en movimiento, anuncian que la máquina está despertando. De ese universo digital emergen finalmente Ralf Hütter, Henning Schmitz, Falk Grieffenhagen y Georg Bongartz para ocupar sus posiciones. Al frente permanece Hütter, fundador del proyecto junto a Florian Schneider y, a sus ochenta años, último integrante de aquella célula original de 1970, un jabato del sintetizador, un pionero. Hay algo extraordinariamente coherente en su presencia: el tiempo parece haber terminado de aproximarlo al personaje que Kraftwerk inventó décadas atrás, ni completamente hombre ni enteramente máquina, sino habitante de esa frontera que el grupo lleva más de medio siglo interrogando.
Los cuatro visten trajes oscuros atravesados por líneas cuadriculadas que irían cambiando de color, una versión más intensa y real que la de Tron. Las figuras se recortan contra las proyecciones, la arquitectura desaparece y reaparece y, por momentos, cuesta distinguir dónde termina el músico y comienza la imagen. Es entonces cuando llega el beat. Nummern y Computerwelt abren el recorrido; después aparecen Heimcomputer, Spacelab, The Man-Machine y Electric Café. Cuando irrumpe Autobahn, aquella carretera imaginada medio siglo atrás vuelve a ponerse en marcha frente a un edificio levantado bajo otra concepción radicalmente moderna del mundo. Más tarde llegan Computer Liebe, Das Model, tema que años más tarde Rammstein interpretaría agregándole una L al nombre y sendos riffs al cuerpo de la canción. Cada tema despierta una reacción diferente en un público que reconoce no solamente canciones, sino fragmentos de su propia memoria en un concierto que es la penúltima fecha de un tour de dos años celebrando más de medio siglo en la autopista.
Hay alegría, reconocimiento y también algo profundamente alemán para lo cual quizá exista una palabra precisa: Sehnsucht (añoranza). No se trata simplemente de nostalgia por un pasado confortable, sino de la conciencia de estar escuchando piezas que alguna vez pretendieron describir el futuro y que ahora forman parte de la memoria cultural del país. Pero esa memoria hace tiempo que dejó de pertenecer solamente a Alemania. Los beats de Kraftwerk viajaron, alimentaron el electro, el hip-hop, el synth-pop y el techno; aquellas máquinas de Düsseldorf terminaron resonando en Nueva York, Detroit y, posteriormente, de regreso en Berlín. Lo que alguna vez pareció una música fría y rigurosamente germánica acabó convirtiéndose en uno de los alfabetos universales de la música electrónica.
En Dessau, sin embargo, el concierto abandona por unos minutos la celebración tecnológica cuando Ralf Hütter recuerda a su amigo Ryūichi Sakamoto. La relación entre ambos se remontaba al primer concierto de Kraftwerk en Tokio, en 1981. Hütter apenas necesita unas palabras, “Friends forever”, antes de que suene Merry Christmas Mr. Lawrence, la composición de Sakamoto. Después aparece el sonido del contador Geiger y comienza Radioaktivität. La pieza nació en 1975 jugando todavía con la ambigüedad entre radio y radioactividad, pero con el paso de los años se transformó en un manifiesto de la banda. Desde 1991, su versión renovada incorporó nombres que bastan para describir una geografía del desastre: Chernóbil, Harrisburg, Sellafield, Hiroshima. Después de Fukushima, Kraftwerk volvió a modificarla para interpretarla en Japón en 2012, incorporando un texto japonés preparado con la colaboración de Sakamoto y una exigencia inequívoca contra la energía nuclear.
Aquella noche en Dessau, Radioaktivität adquirió otra dimensión. El beat ya no acaricia, golpea los sentidos de la vista, el audio, cada beat toca los órganos vitales mientras el escenario se llena de advertencias nucleares. En primera fila, los decibelios se sienten en el pecho, en los huesos, en la respiración. Durante los días siguientes todavía queda la impresión física de haber estado en frente de aquel motor. Es allí donde Kraftwerk abandona cualquier posible apariencia museística y suelta toda la potencia de sus máquinas y de su creatividad. Puede ser cerebral, conceptual y minimalista, pero cuando decide hacer rugir su electrónica recuerda algo elemental: esta música nació también para ser experimentada con el cuerpo.
Así transcurren algo más de dos horas en las que bits, melodías, señales, números, autopistas, trenes, computadoras, modelos, átomos, hombres y máquinas forman parte de una misma narración. Cerca de las 10 de la noche comienza a cerrarse el círculo y aparecen los robots. Die Roboter, publicada en 1978 dentro de Die Mensch-Maschine, vuelve a plantear una imagen que entonces parecía ciencia ficción: cuatro figuras humanas convertidas en autómatas, movimientos programados, voces sintéticas e identidades intercambiables. Recuerdo haber contemplado aquellas imágenes en mis tiernos años de infancia, con la sorpresa que provocaba entonces observar seres humanos representándose a sí mismos como máquinas.
La luna llena también es testigo de estos cuatro hombres y su obra, y surge, inevitablemente, el factor algoritmo, capaz de escribir, hablar, componer, traducir, reconocer rostros, fabricar imágenes e imitar voces humanas. La inteligencia artificial ha convertido aquella vieja provocación artística de Kraftwerk en una pregunta cotidiana, mientras la frontera que durante décadas separó herramienta y creador, cálculo e intuición, máquina y pensamiento, se vuelve cada vez más difícil de distinguir. Quizá por eso, mientras las luces se apagan en la Bauhaus de Dessau, tras el vértigo del beat, Kraftwerk sigue formulando la misma inquietud desde sus sintetizadores; lo relevante ya no es preguntarnos cuánto territorio hemos entregado a las máquinas, sino: ¿cuánto de humano queda en nosotros?
