En el Obrero
En el Hospital Obrero, las paredes no eran delgadas, pero aquella tarde dejaron pasar la voz apagada de una enfermera.
El sol traspasaba las ventanas y caía sobre el pasillo con una claridad excesiva. Me daba en la cara. La superficie contra la que apoyaba la espalda era áspera y fría. Permanecía en las gradas que conectaban el tercer piso con el cuarto, con un pie en un escalón y el otro en el siguiente, como si todavía no hubiera decidido si subir o bajar. Del otro lado del muro, mi madre hablaba con alguien. Las palabras atravesaban el concreto y llegaban hasta mí.
La adolescencia comenzaba a pesar sobre mis hombros. Desde la escalera podía ver una parte del pasillo, la esquina de una puerta y el tránsito intermitente de las batas blancas. No veía a mi madre ni a quien hablaba con ella. Solo escuchaba la conversación, incompleta, filtrada por una superficie que no lograba contenerla.
La mujer le explicaba a mi madre cómo había muerto mi padre.
No recuerdo su cara ni sus gestos. Recuerdo el tono: una voz que intentaba hacer comprensible algo que no lo era. Apenas retengo la respuesta breve —o quizá el silencio, o un sollozo— de mi madre. Quedaron algunas palabras sueltas: el aparato que marca los signos vitales, la hora, la respiración, el paro.
No formaban una frase completa, pero tenían el peso de las cosas definitivas. Se mezclaban con los sonidos del pasillo, el golpe de una puerta y el chirrido de una camilla. Yo escuchaba sin comprender del todo. Sabía que mi madre estaba recibiendo una noticia, que algo había ocurrido y que no podía deshacerse. El resto lo completaba el cuerpo: el frío en la espalda, la luz sobre la cara, el estómago hecho un nudo, las piernas inmóviles como si les hubieran retirado el suelo.
Hasta entonces, la muerte había sido una cosa de adultos. Algo que ocurría lejos: a los viejos, a los desconocidos, a los personajes de las películas que podían desaparecer en una escena y volver en la siguiente. Era una palabra dicha en voz baja por otros, en habitaciones donde los niños no entraban.
Yolanda Reyes, escritora, educadora y una de las autoras colombianas que mejor ha sabido hablarles a los niños sin reducir el mundo para ellos —y a los adultos sin volverlo solemne—, llama “la expulsión del paraíso” al momento en que un niño descubre que la muerte está tan cerca de la vida. No como una idea abstracta, sino como una presencia que irrumpe en lo cotidiano: entra en una casa, se sienta a la mesa y cambia la manera en que los adultos pronuncian los nombres de quienes aman.
Ese descubrimiento no llega de frente. Se filtra. Pasa por debajo de una puerta, queda suspendido en una llamada telefónica, se esconde en la pausa de un adulto antes de responder, en un teléfono que suena de madrugada, en una visita con los ojos hinchados. La infancia está hecha de esas filtraciones. Los niños no siempre entienden lo que oyen, pero reconocen la forma del miedo.
En los hospitales, esas filtraciones encuentran un lugar propicio. Allí siempre hay algo que se descompone sin llegar a pudrirse: el olor, la comida que permanece demasiado tiempo en una bandeja, las flores dejadas junto a una cama y que empiezan a inclinarse antes de que alguien se atreva a retirarlas. También se desordenan las medidas habituales: una hora puede durar una semana; una noticia puede ocupar una vida entera.
Ahí seguía yo. El Obrero parecía una ciudad desconocida: pasillos que se perdían a medias, puertas cerradas, escaleras, ascensores que subían y bajaban, rostros tensos, distraídos, resignados. La vida continuaba con una eficacia casi ofensiva, sin saber que ahí también perdían su forma el tiempo, el sueño, la noche. Aquel edificio viejo, blanco y ya amarillento, pesado, con la pintura descascarada, seguía funcionando.
No sé cuánto tiempo permanecí en aquellas gradas. La memoria no conserva la duración de los momentos decisivos; conserva su forma. Recuerdo la intensidad del sol, la temperatura de la pared y el metal del pasamanos. Hubiera preferido no escuchar para no llenar con imágenes lo que las palabras dejaban incompleto; imaginar fue convertir una noticia en una escena.
Sé que, al otro lado, una mujer le explicaba a mi madre cómo había muerto mi padre.
