Y una canción me trajo hasta aquí
De cierto modo, la gente siempre ha subestimado el potencial literario que atrae la música, desde su letra hasta su propio contenido. La mayoría se reduce, más que nada, al manejo de ritmos y sonidos sin atender, precisamente, a sus mensajes. Ahora, no digo que esto sea inherentemente malo, pero el disfrute es, evidentemente, menor.
Por eso la idea de ciertas antologías como A Todo Volumen (Editorial 3600, 2026), compilada por Alan Santos y Karen Veizaga, se aplauden; libros con una extensa cantidad de voces que guíen sus narrativas hacia el encanto propio que todos tienen con la música. Más interesante aún es la idea de que esta no sea solo una antología de cuentos sino también de crónica, como dos lados diferentes de la cinta magnética, propuestos para ser escuchados uno a la vez, o de forma intercalada, o como uno quiera, hasta el punto máximo del desgaste en el que los sonidos de la cinta le pertenezcan a un infierno sonoro más que a un audio limpio.
Cuento
Si queremos llegar al punto clave de calidad en cuanto a la creación de un cuento, tomando solo a un representante dentro del lado A de este extraño álbum, podemos concentrar nuestra atención en el cuento L’amour est un oiseau rebelle de Ariadne Ávila, cuya asociación con la ópera Carmen de Georges Bizet no es menor. De hecho, el inicio del cuento no me resultaba muy halagador, puesto que mis temores con respecto al texto yacían sobre la idea de que la historia sería de nuevo un Cisne Negro o, quizás, una historia paralela con la maraña de celos que nos cuenta el propio Bizet. Nada que ver. Si expongo este cuento como el mejor, es justamente porque el desenvolvimiento de la historia es fluido y certero, llevándonos como en canoa hasta caer en una cascada desconocida a primera vista, pero evidente ante una segunda lectura. Es eso el cuento. Por eso reniego muchas veces de “cuentos” como El Pozo de Céspedes, que se sobrevaloran hasta el hastío, pero que en realidad hacen burla de las maniobras y los elementos que uno puede realizar con maestría sobre un formato tan corto. El Pozo no es otra cosa que una novela resumida; un texto demasiado enredoncio para ser disfrutado como cuento, demasiado escueto para disfrutarse como una novela. En cambio, el cuento de Ariadne nos pone en situación, sin alargar las cosas hasta puntos infatigables, y así es que nos quedamos con su protagonista, sentimos el ambiente pesado que le pertenece, tanto a la energía del backstage como a su odio salierioso contra quien suponemos es la antagonista de la historia, un Doppelganger de nombre o, a nuestro modo de ver, su tocaya.
Esta manera de narrar nos conecta de inmediato con la situación preponderante, sugestionándonos de forma subliminal varias teorías sobre cómo podría acabar el cuento en cuestión, pero el final es inesperado a más no poder. Y eso gusta, gusta demasiado. Es, a fin de cuentas, una historia triste sobre aquellas superficialidades tan absurdas en el mundo, que sobrecogen enteramente a cosas mucho más elevadas como el propio talento. Al final, podríamos quedarnos con la idea de que la narradora fue la villana involuntaria de la historia, haciendo alarde de una suerte sin mérito. ¿Cuenta al final el talento? ¿Vale la pena el esfuerzo? O, más bien, si uno piensa con cuidado... ¿realmente es suerte lo que tiene la narradora, o solo un placebo para compensar carencias más fuertes? Excelente cuento, y un punto de referencia representativo de su género, al menos dentro de este lado A.
Igual sorpresa me causó La melodía de la borracha de Leaño Martinet, cuento que nos lleva hacia un territorio desagradable y conocido, pero su planteamiento es puramente místico. Esa mística es transportada mediante la música como arma, haciendo de este, un cuento bastante inquietante. Todos nos hemos topado con la imagen de la pobre chica adormecida por el alcohol en una fiesta y del “amigo” que se aprovecha de ella en tan penosa circunstancia. A menudo, este tipo de situaciones no son simplemente un azar, son acciones intencionadas, llevadas a cabo desde la malignidad y haciendo uso de drogas u otras estrategias para concretar el asunto. De eso hemos escuchado varias historias, pero... ¿alguna vez se usó la música como arma para estos fines? El planteamiento musical ya ha sido usado en otras historias, pero en esta ocasión, al asociar el tacto de una guitarra maldecida por bajas intenciones en un escenario moderno y vivencial, esa es una idea maravillosa, genialmente ejecutada. Y, sin embargo, el final no deja de ser tiernamente esperanzador. Me remito pues, a la frase final del cuento, que a más de uno le generará un pensamiento:
“Aunque mi casa parezca un desastre, todo está siempre en su lugar”.
Si menor inquietud me trajo el único cuento propiamente de terror de esta mitad del libro, es porque Término medio, por favor de Rodrigo Simons actúa más como una fantasía de humor negrísimo que una obra perturbadora. El autor expone distintos clichés, desde el principio hasta el final, donde subvierte a todos estos y nos genera un desenlace que no nos resulta tan horroroso como se espera, pero tremendamente divertido. Y apetecible... digo, ¿a quién no se le antoja un poco cocinar los tentáculos de Cthulhu a la parrilla? Bordeamos el canibalismo, en el cuento de Simons, pero también a los asesinos en serie, a los pactos con el Diablo, y terminamos con un modelo de negocio maldito que, en realidad, no tiene por qué afectarnos demasiado, si quien la pasa peor justamente es el cocinero que tiene que efectuar los rituales para que no le falte la carne. Antes de hacernos a los exquisitos, reflexionen cuantas veces comieron algo sin estar totalmente seguros de su procedencia. Y me refiero a cosas que gusten, ojo, no cuentan las malas experiencias.
Y una terrible experiencia es la que pasa (o, bueno, pasó) la protagonista de La Fiesta de Karen Veizaga. No es peor experiencia que ser violada por un hechicero musical, o comer carne de Wendigo en una parrilla de mala muerte. Pero, de cierto modo la experiencia nos remite a la dolorosa superficialidad que vive Carmen (la otra Carmen) en el cuento de Ariadne Ávila. Y es que, el método que utiliza Karen Veizaga nos golpea de peor forma al ponernos en la situación de una madre contándole una vieja experiencia a su hija pequeña. Para ese entonces, todas las heridas (se supone) ya sanaron, ya no queda más dolor, o ya no se lo vive como se vivió aquella vez hace tantos años. Pero aún quedan las canciones, que Karen nos ofrece —de manera cruel— mediante un link que nos permita asociarlas directamente con la tristeza nostálgica de su protagonista, para quien las canciones del pasado están eternamente cosidas con el evento de la decepción, una traición que ni siquiera podría catalogarse como tal al no existir una relación de por medio, pero es la crueldad de la esperanza y la expectativa lo que más nos duele.
(Doblemente cruel, Karen, pues el lector tiene que anotarse con nombre y apellido de manera manual todo el link para entrar a la playlist, solo para darse cuenta que era más inteligente solo buscar las canciones por los nombres que el cuento ya tiene anotados como capítulos).
Si l’amour est un oiseau rebelle, entonces llega a aletear con mayor fuerza sobre nuestras cabezas, pero también nos lleva a cometer estupideces de las cuales ya es muy tarde para arrepentirse. Esta es la imagen con la que se queda el protagonista de Solo por ella de Mauricio Rodríguez, cuando la aventura terminó y solo queda el peso frío del destino, expresado por una serie de cumbias que suenan con indiferencia hacia la perdición de sus conductores. Es quizás el cuento más entretenido y divertido del Lado A, pero no guarda el rastro del humor que nos ofrece Rodrigo Simons. Solo por ella es un cuento que nos lleva a la devastación desde el principio, desde una persecución de la que sabemos todos que no acabará bien. No hay tiempo para hacer muchos chistes, para subvertir la trama de manera graciosa, nosotros somos tan indolentes del destino de sus protagonistas como lo es la radio del minibús que no para de sonar. Muera o viva gente, la radio no para de sonar.
La injusticia en Solo por ella no nos llega a parecer cansina ni sentimentaloide, justamente porque el detalle principal está en la mortalidad, evidente desde las pistas escuetas que nos ofrece el autor con respecto al cáncer de esa “ella” por la que empezó todo este zafarrancho. Y es la muerte también la que nos conduce a la pena y al duelo musical que nos ofrece Lourdes Reynaga en Pez que apunta al sur al manejar un juego de tocayos, pero la justa esencia de la música como el recorrido por el que transita una relación que tristemente se apagó no por los motivos banalmente humanos, sino por la inevitable mortalidad. Si bien es el cuento más estático del Lado A, eso no impide que encontremos belleza en sus palabras, o, de ser el caso, un consuelo/desahogo hacia aquellos que debieron vivir una pena parecida. Es San Juan, una fogata intensa... se extingue y el frío cala los huesos... pero una canción también puede reavivarla, al menos de manera empírica.
Crónica
Es, tristemente, con el Lado B de la cinta, donde encuentro un problema bastante común tanto en antologías como en poemarios, problema que parece inevitable por cómo se repite en diversos escenarios. Y es que, muy a diferencia del lado de los cuentos, donde las asociaciones son mínimas y cada cuento explora un universo diferente, con las crónicas ya podemos apreciar fuertes parecidos. Leer dos relatos similares entre sí genera, inevitablemente, una triste competencia entre historias, puesto que nos queda en el recuerdo aquella que sintamos que exploró las mismas maneras de una mejor forma. Este es un problema porque ahora, en vez de recordar las dos historias como diferentes, tu mente priorizará a una de estas como la “superior”, y así ya no recuerdas dos historias sino una.
Nos ocurre con Cigarros Rojos: Un mapeo a la distancia de Humberto Pinto y con Eterno Retorno de Alan Santos. Ambas crónicas nos dirigen hacia un relato vivencial dentro de una actividad musical, más precisamente dentro de las actividades que ejecuta una banda. Pero, además, yace por ahí la carga de la despedida y la nostalgia, y aunque Alan Santos es más esperanzador, su crónica también huele a despedida. El conflicto con respecto a esta dinámica radica en el “cómo” y no en el “qué”; sería injusto criticar una crónica por los sucesos que acontecen en esta, pues hablamos de situaciones reales que escapan a la voluntad de sus autores. Alan Santos, pues, genera una prosa mucho más deliciosa y un estilo mucho más efectivo que Humberto Pinto, quien tiende demasiado a la repetición de situaciones y conceptos. La crónica de Alan no se hace redundante porque no para de construir, mientras que Pinto sigue en el recuerdo e intenta reforzar y quedarse en la nostalgia en vez de construir, darle un paso a la creatividad de la prosa para describir mejor sus sentimientos de pérdida antes de anotarlos bajo ese nombre, ese manto de nostalgia.
Pasa lo mismo con De la música a la palabra de Claudio Ferrufino-Coqueugniot y El perseguidor de Vadik Barrón. En el caso de ambas crónicas, nos acercamos al grato despilfarro de referencias y medios musicales, y de cierto modo a la conexión de dichos autores con todo el tremendo catálogo que el lector agradece con gusto. Sin embargo, en cuanto a las maneras del relato, lastimosamente la crónica de Ferrufino, aunque tremendamente interesante al ligar las asociaciones musicales de su propia literatura, resulta demasiado desordenada como para disfrutarse del todo. Nos plantea en la misma línea tres referencias pictóricas, cuatro de cine, ocho de música, siete de arquitectura, y así, y así. A riesgo de quien no lea mi sarcasmo, esta es una evidente hipérbole, pero no está lejos de la realidad de la crónica de Ferrufino, de dulce prosa pero muchísima concentración artística como para disfrutarse a pasos ligeros. Es la decisión que ejecuta Barrón, con respecto a la división de capítulos en su crónica, lo que nos permite disfrutar enteramente de sus referencias sin miedo a enloquecer o a perder de vista todo el panorama en una sola vuelta.
En este sentido, alejados de este tipo de duelos literarios, las crónicas que más he disfrutado de este Lado B son, justamente, las que no tienen conflicto alguno entre el tipo de historias que quieren contar. Crónicas diferentes que pueden brillar por sí mismas.
En el caso de Los gringos bandoleros de Claudia Daza, nos acercamos a la única crónica que hace el papel de “crónica” dentro de la antología. Puesto que su manera es una manera periodística, con datos relevantes, escrita desde la tercera persona, de cierto modo desligada a nivel personal con su relato, pero que no desestima ni mucho menos la importancia del mismo. Daza no necesita una prosa elevada o una exposición más amplia de sus propios sentimientos para conmoverme con la historia de Favré y los pintorescos personajes que, nacidos de Europa, se hicieron más bolivianos que el chuño y cultivaron nuestra música con un valor completamente pasional. Si tuviera algo que criticar, criticaría la cortísima extensión de la crónica que, a mi parecer, necesitaba de muchos datos, muchísimos más, pues esta historia invita a más.
Mi crónica favorita del Lado B es la de Adrián Nieve, Cerati en un soundtrack. Y me resulta raro, la verdad no esperaba que la suya fuese la única crónica que cubriese un desamor. Esperaba a varios autores haciendo uso de la palabra para desahogarse libremente de aquellos escenarios conflictivos y así ejecutar el comando básico de todo cantante muerto, vivo, o por nacer. ¿No es la música sino un desahogo amoroso? Pero me alegra que, en este caso, los conflictos narrativos no se hayan repetido, para disfrutar enteramente de esta crónica y de todo el viaje que, de manera ficcional, abarcaría mil páginas, pero que para Adrián solo fueron dos canciones. Casi como si Cerati mismo, aprovechando el coma, diese un viaje astral para sopapear al Adrián al principio y darle un abrazo después, haciendo uso de un intermediario extraordinario. Que esta crónica naciese de la radio, nos llevaría a un contacto frío, casi helado con la situación. Al contrario, ese Adiós lo transportó un ser humano, de guitarra y voz en vivo.
Música
La crónica de Adrián Nieve es el perfecto cierre para esta antología, porque me permite concentrar mis ideas en lo que es el corazón de la misma y, posiblemente, su razón de ser.
En cuestiones literarias, no hay por donde perderse, el cuento supera enormemente a la crónica, por las razones ya expuestas. Sin embargo, cabe preguntarse... ¿el Lado A realmente le hace un servicio a la música?
Me imagino, en un minibús, a alguien que llegue a escuchar la extensa playlist que componen las canciones que han resaltado durante este viaje de cuentos. Y me imagino a los autores de dichos cuentos por detrás, escuchando y reconociendo al instante lo que escucha. En sus rostros, una evidente sonrisa maligna.
Porque todos podemos cantar felizmente Carmen en la ducha, sin percatarnos que en su letra se guarda una historia de celos, muerte y tragedia, que su reproducción señala una historia de envidias y superficialidades. Porque tanto el Grupo Iberia como una versión del Siluy Anjila vuelven inevitablemente a la fatalidad de aquellos que no vivieron para cantar otra vez. Porque uno hace oídos sordos a la magnificencia de los Rolling Stones cuando está concentrado en morfar el bife que tiene enfrente. Porque es preferible olvidar letra, canción y rapeo, antes de que estos te regresen a la imagen de un beso maldito. Porque ser el violado durmiente es lo de menos... ¡Yo sí quería escuchar la puta melodía imposible!
Volvamos al minibús, pero ahora, con pasajeros diferentes que escuchan la playlist (todavía más extensa) que promueven los cronistas de la antología. Mientras que me imagino a los cuentistas con sus caras malévolas, sintiéndose como amos de las canciones que adornan los pequeños universos que formaron con sus cuentos, no puedo dejar de imaginarme a todos los cronistas acercándose de manera amena al extraño para charlar un poco sobre ese dilema tan bello que nosotros llamamos “música”.
Y es que hasta la crónica de Humberto Pinto —que me resultó la más débil— cumple su función: apenas terminé de leerla, igual me entraron ánimos para buscar y escuchar el homónimo álbum Cigarros Rojos. Y así con todas las crónicas, cargadas desde la realidad con un amor total hacia la música, ya no como un accesorio guiado por las narrativas que puedan controlar, sino como parte inexcusable de sus propias vidas, de esas vivencias que resuenan con mayor cariño, siendo la de Adrián Nieve la más triste de todas, no dejan de ser un canto de amor hacia estos territorios, en lugar de expresarlos desde una pena irresoluble como en los cuentos. Cada canción busca ser escuchada una o mil veces dentro de este lado, a ser parte de otras miles de vidas. Y también reconectar con canciones amadas que quedaron un poco varadas entre tantas otras por escuchar, como lo es la icónica canción de Jorge Drexler que titula este artículo.
Si lo vemos así, el Lado A contiene los grandes éxitos, los hits que seguiremos escuchando siempre hasta nuestro propio hastío por repetición. Mientras que el Lado B, un poco más olvidado —a menos que cinco segundos de la canción de Adrián Nieve se viralicen por TikTok—, contiene canciones mucho más personales que las anteriormente mencionadas. Temas que no se empeñan por crear algo revolucionario o pegajoso, sino que son formas para sacar por delante aquellos detalles personales que ya son bultos en el interior, pero que afuera, cobran vida una y otra vez mientras se rebobine la cinta.
Así que no sean posers y lean el libro, a partes iguales.

