La crisis del diente de caballo
Entre las etapas que nos toca vivir hay ciertos matices; por ejemplo, no hay una edad exacta en la que se deja la niñez para convertirse en adolescente. Sin embargo, puedo asegurar que no hay nada peor que la década de los 30 años, pues es una zona completamente gris. En cierta forma, quedan energías para sentirse y actuar como una persona joven, pero al mismo tiempo ya es momento de consolidarse como un adulto maduro. Es una especie de batalla entre dos opuestos y toca elegir si disfrutar un poco más de la libertad o aceptar un aburrido (pero estable) futuro.
La crisis de la mediana edad me estaba pegando con todo y la Maga de Cortázar (un poco cansada con mi comportamiento) me recomendó muy sabiamente leer una novela de Bioy Casares titulada Diario de la guerra del cerdo, que aborda el tema. En el libro, el personaje principal vive en un pueblo extraño en el que los jóvenes deciden atacar a los viejos sin ninguna causa ni motivo. Era una guerra entre generaciones y los viejos tenían todas las de perder. El autor confesó que escribió la obra en una crisis existencial y sentía que ya no tenía fuerzas ni el ímpetu de la juventud.
Gracias a esa novela logré rescatar tres pautas bien precisas para saber si alguien es viejo o joven. La primera es que, si se realiza un cambio físico, como teñirse el cabello o estirarse la cara, definitivamente ya no se es joven. La segunda es que los viejos tienen la tendencia de repetir las mismas actitudes, anécdotas y, sobre todo, frases, capaz como un síntoma de la falta de memoria. Finalmente, la tercera es que (seguramente por una fuerte nostalgia) la gente vieja jura que todo tiempo pasado fue mejor.
Fue así que una mañana, mirándome al espejo, pensé en esas pautas y sonreí, ya que no era viejo. Había pasado la prueba y todavía podía considerarme joven. Me quedaban algunos años de gloria hasta llegar a los 40. De hecho, vi en el reflejo que tenía una hinchazón debajo de la nariz y pensé que pronto iba a tener un granito de acné, algo que me dio mucha más alegría, pues me hizo sentir como quinceañero. Ya con una nueva actitud hacia la vida, di por finalizada esa crisis y con el paso de los días me sentía renovado, aunque algo me inquietaba: el grano de acné no salía nunca.
Una tarde me tocó ir a un chequeo de limpieza dental y, según la dentista, todo parecía normal. Le comenté sobre ese granito y miró con algo de sospecha. Entonces hizo una radiografía al diente de adelante y pude ver cómo su rostro cambiaba de uno distendido a uno de extrema preocupación. Dijo que tenía una infección galopante que ya estaba en el hueso y llamó inmediatamente a su colega, el Dr. Dubois (quien supuestamente es el mejor odontólogo quirúrgico del centro de Francia) para que me atendiera.
Al día siguiente fui a un viejo edificio que estaba en las afueras de la ciudad. El consultorio no tenía ningún letrero, tan solo un timbre con el nombre del doctor. Era un tipo muy delgado y bajito, de lentes circulares y un corte de cabello militar. No tenía ningún asistente y me hablaba siempre de usted, con una voz muy firme, directa y clara. Nada de lo que decía estaba fuera de lugar; cada palabra era exacta y no daba lugar a ninguna conversación informal o amistosa.
Después de realizarme unas radiografías en la zona, se quedó varios minutos en silencio frente a su computadora, analizando todas las imágenes, girándolas una y otra vez. No dudaba, solo procesaba la información. Finalmente me miró y dijo: “Señor, tiene usted una de las peores infecciones que he visto. Ya está en el hueso y por fracciones de milímetro no ha pasado a otro tejido, porque podría llegar a su cavidad nasal y de ahí al cerebro. Veo que es por un tratamiento de conductos mal hecho y esa es la razón por la que seguramente no ha sentido dolor, pero esto requiere tratamiento urgente. Primero voy a quitarle el implante y lo que queda de diente, luego voy a realizar la limpieza y después de unos días de recuperación veremos cómo proceder. Aquí tiene una cotización de mis servicios, son alrededor de 3500 euros, pero normalmente el seguro social y su mutual se encargarán de la mayor parte. Llene estos formularios y nos vemos mañana a las 15:30”.
En ese momento tenía un sinfín de preguntas, pero temía tanto al doctor que decidí solo hacer una, la más tonta: “¿Cuánto tiempo voy a estar sin diente?”. Y su respuesta fue demoledora: “Estamos hablando de al menos unos 8 meses, pero no se preocupe, en una semana podremos ver si le puedo colocar una carilla”.
Al imaginarme sin uno de los dientes de adelante, mi crisis de la mediana edad se convirtió rápidamente en una crisis de la tercera edad. No pude dormir toda esa noche pensando que ya se había acabado el fuego de mi juventud. Recordaba los mejores momentos para consolarme (una que otra fiesta, algunos viajes memorables, amores intensos), pero en el fondo me reprochaba por todo el tiempo desperdiciado. Al día siguiente volví a su consultorio con el ánimo en el piso; solo recuerdo saludarle escuetamente y posteriormente sentarme en esa silla y sentir como si fuera una eléctrica. Era el funeral de mi juventud, mientras sentía esos horribles taladritos dentro de mi cabeza, hice un balance y pensaba en qué cosas pude haber hecho mejor o qué cosas no cambiaría por nada de mi pasado. Durante esa letanía, vi de reojo los pedazos de mi diente en la bandeja de metal y me quebré; era como si todas mis penas estuvieran ahí, en esas piedritas, listas para algún basurero.
Cuando acabó el procedimiento, el Dr. Dubois me dio algunos minutos para que me recompusiera y luego, ya en su oficina, explicó la manera de proceder. Hablaba muy rápido y de cosas muy técnicas, mientras yo me distraía jugando con mi lengua y ese nuevo vacío bucal. Después se puso aún más serio y me dijo: “Señor, ahora viene lo importante. Tiene usted una cavidad en el hueso y necesitamos rellenarla. Existen tres formas de hacerlo: la primera es con una pasta sintética, la segunda es con tejido animal y la última, y más recomendada, es con tejido humano”. Lo miré de frente y no pude aguantar mi curiosidad: “¿Ese tejido humano es el hueso molido de algún muerto?”. A lo que escuetamente respondió con un “Señor, no se preocupe, tenemos fuentes confiables. Igual esto es preliminar, debemos esperar unos meses a ver la evolución. Vuelva el martes, que su carilla ya estará lista”.
En ese tiempo aprendí a no reír, a no saludar, a no hablar y a comer solo, lejos de todos. Era un paria dental. No quería que nadie (fuera de la Maga de Cortázar) se enterara de mi terrible condición. Ella no ayudaba mucho, pues simplemente se mataba de risa cada vez que yo le contaba algo y, al no poder controlar mi nueva dicción, acababa con la camisa toda babeada. Además, se despanzurraba con mi pesar de rellenar la cavidad con tejido animal; decía que seguramente me iban a tener que poner un diente de caballo para tapar tremendo hueco.
Yo estaba destrozado y, cuando finalmente acabaron las dos semanas, fui a que me instalaran la bendita carilla, pero me llevé una sorpresa al saber que era solamente un diente falso medio amarillento que tenía que acomodar con un poco de presión para que se quede en su lugar.
Era incómodo tener ese plástico en la boca, pues no solamente no podía mascar, sino que había perdido medio alfabeto al hablar. Letras como la “h” o la “j” desaparecieron de mi léxico; la “s”, “c” y “z” se unieron en una especie de shzz. Cuanto más esfuerzo hacía por hablar correctamente, menos presión le daba al diente y se desprendía, cortando mis conversaciones a la mitad para evitar tragármelo. Para colmo, llegó la primera factura del tratamiento y, como la burocracia francesa no es muy distinta de las otras burocracias mundiales, me quedé sin nada de dinero por el resto del mes hasta que llegue el reembolso de la seguridad social. Las pesadillas se hicieron constantes; en algunas se me caían todos los dientes, en otras tenía una dentadura de caballo y no podía cerrar la boca.
Me vi de nuevo al espejo y recordé ese glorioso día en el que me sentía joven y vigoroso, con un prospecto de grano en la cara. Ahora era otro, estaba completamente demacrado, pobre y sin diente.
La Maga de Cortázar no me iba a aguantar muchos meses en total depresión, así que diseñó un plan para que comenzara a abrirme al mundo. Invitó de a poco a nuestras amistades más cercanas y creo que los preparó, pues todos fueron bastante empáticos y me dieron la confianza suficiente para superar ese episodio. Es más, ya tenía controlado el tema de la baba y me permitía dejar de usar ese diente falso con ellos. Hasta me animé un par de veces a matarme de risa mostrando ese vacío en mi ser.
Cada vez que iba a los controles con el Dr. Dubois, él se veía más y más entusiasmado con la recuperación. Creo que estaba orgulloso de su trabajo, pues no paraba de repetir que me había salvado la vida por fracciones de milímetro. La verdad me parecía que estaba exagerando un poco, pero era igual. Mi preocupación era si iba a vivir con el hueso de otra persona en mi cara. Quería saber al menos si era chica o chico, o de qué parte del cuerpo le sacarían el hueso. Un poco me torturaba pensar que iba a pasar el resto de mi vida con la rodilla de alguna viejita o el codo de un renegón en mi nariz.
En todo caso, creo que toda la situación sirvió para que valorara un poco más mi vida. La valoré tanto que quise darle un giro y retomé algunas actividades que había abandonado, comencé a hacer mucho más ejercicio, a comer más sano y hasta busqué un nuevo empleo. Estaba listo para ser una nueva persona. Ya era claro que había dejado la juventud atrás; ahora era un adulto pleno y derecho.
En ese nuevo impulso de vida me llamaron para una entrevista laboral y no estoy seguro por qué, pero me derrumbé nuevamente. Toda esa imagen que había construido era una fantasía, la autoestima se me vino al piso y era el peor momento, porque necesitaba venderme si quería obtener un nuevo empleo. Para esa época, el enganche del diente ya estaba muy desgastado y no funcionaba nada bien. Quise posponer el encuentro, pero me dijeron que necesitaban a alguien con urgencia.
Agarré coraje y fui, al llegar tenía a cinco personas enfrente: dos de recursos humanos y tres técnicos. Al principio dieron una explicación del trabajo y después me pidieron que me presentara; luego me bombardearon con preguntas. Con los nervios comencé a balbucear y, con el balbuceo, el diente se desprendió. Traté de esconderlo bajo la lengua y fue peor; para salvar la cosa, dejé de hablar. Los entrevistadores se miraron entre sí, extrañados, y, en mi desesperación, me puse la mano en la boca y saqué el diente falso para poder continuar. Era todo tan incómodo que comencé a reír sin parar, me acordé de la Maga y su comentario del diente de caballo y fue peor. La entrevista claramente había terminado y regresé a casa resignado.
El doctor llamó unos días después para decirme que ya tenía el material del relleno listo. Dijo que finalmente había decidido ponerme un tejido sintético, pero creo que mintió. Seguramente tengo el fémur de quién sabe quién en la cara, pero ya no era relevante. No pasó mucho tiempo más para que me colocara un perno y una carilla permanente, así que, al volver a casa, fui corriendo al espejo y efectivamente la pesadilla había terminado.
Se sentía raro ya no tener un hueco, hablar raro o poner la mano en la boca todo el tiempo. Por unos días guardé el diente falso como un souvenir, hasta que, en un acto de desprendimiento, lo lancé al basurero.
Eventualmente me llamaron de esa nueva empresa, preguntando si seguía interesado en el puesto. Al parecer, la persona que habían contratado no era muy buena, pero por protocolo necesitaban una entrevista adicional y me pidieron explícitamente que guardara la compostura esta vez.
Claro que fui a venderme lleno de confianza. Es más, no paraba de sonreír y mostrarles todos y cada uno de mis dientes.

