Cortázar, tu acento: un diccionario
1. Magia
La imagen que se mueve provoca un efecto de fascinación, la fantasía de lo estático que cobra vida, como la quimera de piedra, la gárgola que tras el impacto de un rayo despierta y se mueve. No, no me refiero al video, en tanto este no supone movimiento sino la ilusión de él mediante imágenes que se suceden a un mínimo de fotogramas por segundo. La imagen fantástica que evoco, la que se mueve, es la de los periódicos en Harry Potter. Una foto, magia y puff: movimiento. Lo estático ha dejado de serlo.
Está el sentir de la fotografía como una trinchera contra el tiempo. El que ha muerto ya no se mueve, pero su imagen se mantiene en el papel. Podemos apuntar a una foto y no decir “eso”: decir “él”. Incluso ese que ha dejado de ser nos mira desde el papel si es que en el momento justo volteó los ojos hacia la cámara.
¿Cómo no va a provocar entonces un escalofrío o cómo no va dejarnos maravillados la idea de una foto que se mueve, como si cobrara vida? Claro que esta sería pura imagen, vacía de ser.
2. Antiplagio / Plasticosa
Vi el último tramo de la fase de eliminación directa del Mundial 2026 en Argentina. En el entretiempo y durante las pausas de hidratación cada tanto salía el anuncio de una casa de apuestas: un Maradona joven, en blanco y negro, le habla a la cámara. Dice algo del tipo “Jugá con responsabilidad”. El Maradona del 86, sobre las apuestas deportivas, en una pantalla LED, en 2026. El Maradona del 86.
Algunos argentinos renegaron del uso de su imagen, esa imagen sagrada.
Uno de los entretiempos, antes de retomar el partido, un chispazo mental me mostró otro argentino exhumado. Es diciembre de 2025 y acabamos de cerrar el año escolar. Es viernes, creo. Antes de las vacaciones solo queda un taller, y ya está. Un señor entra al aula. Todos los profesores estamos en los asientos de nuestros estudiantes. Ahora la clase es de él. Conecta su computadora al data, busca las diapositivas y proyecta la primera. Es una foto de Cortázar, la típica. Un típico Cortázar joven en primer plano mira a cámara. Tiene su típica uniceja y el cabello peinado a un lado. El típico cigarrillo cuelga de sus labios.
El señor pregunta: “¿Está el profesor de lenguaje?”. Levanto la mano. “Profesor”, dice, “¿lo reconoce?”. “Cortázar”, digo. En lo que se prepara para hacer un clic pienso qué tiene que ver Cortázar con el tema del taller, que es sobre inteligencia artificial —repaso en mi mente algunos cuentos suponiendo que el señor se referirá a uno como premonición de la IA y no encuentro la relación—. Lo que sigue no lo veo venir.
En la proyección Cortázar toma el cigarro, sonríe y dice con el acento más porteño posible: “¡Hola, soy Julio Cortázar!” y algo más que no recuerdo. Seguramente una emocionante frase del tipo “¡Bienvenido al curso sobre inteligencia artificial!”, no lo recuerdo y lo prefiero así. Luego el señor, con la genuina ilusión de haber presenciado —o provocado— un milagro, dice que la tecnología y la IA han logrado hacer hablar a los muertos.
Y yo: ¡plop!
Hago algunos apuntes mentales:
- El hecho milagroso partía de un despojo. Estuvimos a poco, realmente a muy poco, es decir a casi nada, de oír a Cortázar con la tonada porteña decir “¡Hola, che!”.
- Naturalmente, ni un atisbo del acento afrancesado. No nos sorprende, la IA no se preocupa por el estilo.
- El antiplagio: poner palabras en la boca del otro.
- Es una oportunidad para bautizar este texto como “Tonada tomada”, pero no lo haré.
- Hay un paso de lo estático a lo estético. El Cortázar quieto es él, pero cuando se mueve luce una dentadura perfecta, hollywoodense, no cortazariana, plástica. Plasticosa.
- ¿Dijo que habíamos logrado hacer hablar a los muertos?
Solo los vivos hacen hablar a los muertos, pues son los mismos. Estando vivos escriben, pintan, graban, etcétera. Así, ya muertos, siguen hablando, desde luego no por ningún conjuro tecnologicoide.
Quevedo lo vio hace cuatro siglos:
“Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con los ojos a muertos”.
Ningún escritor necesita que la IA le preste voz: ellos hacen hablar a la IA. O sea, lo obvio. Estos despojos se presumen como si se tratara de magia negra, de un milagro, de una fantasía cual Harry Potter. Los muertos hablan por sí mismos. Todo lo demás es un mago de Oz.
Quevedo, en el mismo soneto:
“Las grandes almas que la muerte ausenta
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Josef!, docta la emprenta”.
A veces hoy, un papel y el alfabeto son tecnología suficiente.
3. Spectrum / Desfotograficación
Barthes también se ha preocupado por el carácter estático y fatal de la foto:
“En la fotografía una pipa es siempre una pipa, irreductiblemente. Diríase que la Fotografía lleva siempre su referente consigo, estando marcados ambos por la misma inmovilidad amorosa o fúnebre”. En consecuencia, el movimiento y los dientes rectitos rompen la foto y alejan al referente: Cortázar deja de ser al que representaba y ahora es un simulacro imperfecto. Y la pipa ya no es la pipa.
“Aquello que fotografiado es el blanco, el referente, [...] el Spectrum de la Fotografía porque esta palabra mantiene a través de su raíz una relación con ‘espectáculo’ y le añade ese algo terrible que hay en toda fotografía: el retorno de lo muerto”. Basta eso para entender el ejercicio antifotográfico: la desfotograficación propiamente dicha: ese iluso retorno a lo vivo.
Qué afán con querer despertar a uno que no puede. Hacerlo hacer cosas que no haría.
4. Performance
Acérquese usted a un ataúd abierto. Introduzca el dedo pulgar entre los labios del muerto, pegado a la comisura; repita con el dedo índice en el extremo opuesto. Mueva los dedos a voluntad propia, la suya. Abra y cierre la boca. Invente muecas y sonrisas. En paralelo, hable. Diga cosas que el muerto no diría. Use un acento que no es el suyo. Proclame que ha inventado un avance científico, llámese artista.
Es más, que el cadáver lo haga por usted, ya que estamos.
Y hay quien aplica el conjuro a la foto de un ancestro distante. Abuelas, tíos, padres, antepasados en sepia abandonan la quietud, abren los ojos y sonríen como en un reencuentro. Pero ya no son los nuestros.
5. Lexicográficamente
La palabra titiriterismo no está en la RAE.

