Efecto Cerimedo: Paz en evidencia
Al ganar las elecciones de 2025, Rodrigo Paz se había mostrado como el sujeto del “nuevo ciclo”, que recorrió unos 230.000 kilómetros del país (un equivalente de seis vueltas completas la Tierra) y que se gastó cuatro pares de zapatos en esa travesía de cinco años.
En ese su recorrido político y electoral citó a su hija Catalina, de quien dijo que fue la artífice de su victoria; destacó de ella su corta experiencia en la gestión de la comunicación digital.
Sin embargo, detrás de Catalina había un hombre del que echó también mano Paz: el consultor político argentino Fernando Cerimedo. “Era el ‘profe’ de mi hija”, admitió el entonces candidato presidencial.
Y el profe, al ser distinguido el consultor político hispano de Latino Wall ST, a inicios de febrero en Estados Unidos, recordó cómo trabajó con Catalina y saludó a la madre de ésta y esposa de Paz, María Elena Urquidi. “Con un teléfono y mucha humildad me sumé a ese equipo y pudimos ganar esa batalla en Bolivia, muy dura”, dijo.
Contó lo que meses después no quiso admitir Paz. “No se trata de ganar elecciones, eso hasta puede parecer fácil; si no ayudamos a gobernar a nuestros candidatos para que nunca más la izquierda vuelva a esos gobiernos, nuestro trabajo no va a estar terminado”, dijo el consultor.
La condición de asesor presidencial de Cerimedo fue vox populi. Sin embargo, sus vínculos con Javier Milei o Jair Bolsonaro lo delataban.
Cuando estalló el escándalo, el ataque con tres disparos contra Nadia Beller, Cerimedo fue el primer señalado y luego aprehendido. Según contó la mujer, hasta el día del incidente, el 17 de agosto, el argentino era asesor de Paz.
Sin embargo, luego de nueve días de silencio, el mandatario negó a su asesor, aunque admitió que lo acompañó en el inicio de su gobierno, que —se supone— podrían ser los meses de noviembre, diciembre y enero. “Nunca hubo relación de trabajo”, dijo Paz.
¿Nunca? Luego de esas declaraciones aparecieron fotografías, como la de la reunión de Paz —acompañado de Cerimedo— con Marco Rubio, el 7 de marzo, o las que develó el fotógrafo Manuel Seoane, del 23 de mayo; o audios, como el de Cerimedo y el ministro Marco Antonio Oviedo, luego del 6 de junio, o el de Cerimedo y Paz, el 7 de junio, en el fragor del bloqueo de 53 días. También el de Cerimedo y la Primera Dama, hace unas semanas, antes de la destitución del entonces comandante de la Policía Boliviana, Mirko Sokol.
Tanta evidencia, Paz quedó al descubierto, sin opción a la redención política, menos a la credibilidad de su gobierno, cuyos ministros —a tono con el jefe— decían conocer poco al argentino o no tenían contacto.
Quizás mascullando de bronca ante la monotemática agenda mediática (es un decir, no todos los medios), el mandatario tuvo que decir basta: “Si le van a dar titular a eso (Cerimedo), (...) no estamos entendiendo cuál es el problema”.
Puesto en evidencia, no solo por haberlo negado, sino también por haber mentido, Paz se declaró decepcionado de su asesor. “Sí, me apena que, habiendo depositado confianza en ese caballero, esa confianza no se haya retribuido en el sentido correcto o no se haya entendido”, admitió.
Ahora es el “caballero”, no su asesor. Aún así, Paz tuvo que decir que Cerimedo le ayudó “a poner a Bolivia en el mundo”, en alusión al lobby que pudo construir el estratega.
Cerimedo también está en boca de todo el mundo: de Argentina y Brasil pasó a incomodar a los gobiernos de José Antonio Kast, en Chile, y Keiko Fujimori, en Perú.
