Amar sin remedio

En su columna de 88 Grados, Carmen Beatriz Ruiz explora la historia de una extensa parentela, marcada por amores vehementes, a menudo prohibidos o cruzados por lazos familiares, que se repiten a lo largo de las generaciones

“El amor puede ser destructivo, puede ser tormenta, antes que refugio” 
-Gemma Solsona

I

Elías y Leonor eran primos hermanos. Él, soltero renuente a los lazos estables, ya había regado una corte de quince hijos que a la larga iría reconociendo, si no en papeles, en la aceptación tácita de que formaban parte de su casta y, como tales, se incorporarían al hogar estable que algún día él iba a formar. Mientras ese momento llegaba, un abundante chiquillerío con el sello inconfundible de la familia se criaba a medias entre la protección de las faldas de sus madres y la libertad irrestricta de los canchones del caserón en el pueblo y de los potreros de las haciendas. 

Leonor, joven y viuda, aportó a esa unión sus cuatro hijos, con lo cual la pareja comenzó su andadura con una prole numerosa y bullanguera, cuyos miembros eran fácilmente reconocibles porque ostentaban sin lugar a dudas los rasgos que distinguían a la mayoría de los miembros del clan: ojos vivaces, piel color caramelo, apetitos insaciables y pasiones desmedidas; recato obligado para las mujeres y sexualidad desenfrenada y aceptada en los hombres. 

La pareja no sólo amplió su descendencia sino sus propiedades. La casa del pueblo creció hasta un tercer patio donde se criaban chanchos y gallinas para proveer la mesa que en el primer patio estaba siempre llena de comensales de la extensa parentela y a la cual eran bienvenidos forasteros de todo pelaje. Los potreros de la estancia debían ser ampliados con la multiplicación de las pariciones y el horno del segundo patio tragaba interminables cargas de leña para cocer la abundancia de panadería usando la producción de harinas de yuca, maíz y arroz de la región. Un pequeño imperio fue alimentado con la venta de rosquetes, panquetes, cuñapés, bizcochos de maíz, panes de arroz, enroscados, redondos, planos, inflados y de toda otra laya, que salían humeantes y a diario hacia las casas del pueblo y sus alrededores. 

Como luego se iría repitiendo en las siguientes generaciones, la profusa estirpe de Elías y Leonor fue interrumpida por la muerte temprana, que a ella la sorprendió con la agresión de un ataque cardiaco súbito en plena faena alimentando el horno. A Elías la viudez aún le dio tiempo para formar otra familia y añadir media docena de niños a su ya larga prole. Murió convertido en un patriarca deslucido viendo cómo su abultada hacienda se iba reduciendo por falta de cuidados.

En esta familia que parece tan al uso, tan corriente, hubo desde siempre amores vehementes y hasta trágicos cruzando lazos de sangre y de generaciones. Sus historias corren como leyendas y se usan para mostrar el peligro a los hijos y nietos en cuanto entran a la adolescencia, con advertencias premonitorias como: “entre primos y primitos…”, “mejor fuera de la familia”, “no por conocido es mejor”, o con resignación: “de amor nadie se muere”, “mejor malo conocido que nuevo por conocer”, “todo queda en familia” y otras máximas por el estilo. 

Pero, el amor sigue sus propios derroteros, más aún cuando las costumbres de la extensa y variopinta familia incluían las visitas de casa en casa. Además de las obligaciones por los propios vínculos que unieron al tronco originario de los bisabuelos, siempre había motivos para encontrarse regularmente en los bautizos, cumpleaños, matrimonios, velorios, entierros, aniversarios y la larga lista de fechas del abultado santoral y fiestas de guardar. 

En el pasado, la apacible vida rural se amenizaba con un calendario abultado de festejos, y los miembros de esta tribu no suelen perderse ninguno. Las visitas incluían a la familia en pleno y duraban varios días, acarreando niños, abuelos, vituallas y enseres. Las horas y los días pasaban vertiginosamente entre juegos, bailes, carreras de caballos y el incesante crepitar de los fogones de leña vigilados por la servidumbre bajo la atenta mirada de la dueña de casa, obligada a retribuir las atenciones que antes recibió o más temprano que tarde recibiría en la próxima festividad, le toque a quien le toque. 

Esos encuentros, que se iban haciendo multitudinarios a medida que crecían las familias propiciaban el marco para conocerse y enamorarse. Y así, de fiesta en fiesta y de estancia en estancia, creciendo y bailando bajo los mismos techos se enredaban amores adolescentes que las miradas suspicaces de algunas madres no lograban evitar. Como tampoco evitaban el sofocón de embarazos intempestivos que originaban matrimonios con los que las ya intrincadas relaciones de parentesco se enmarañaban más. 

Los problemas no vienen solamente por asuntos de sangre, sino por los ardores con los que viven sus romances. Se enamoran hasta las patas, se enferman si no son correspondidos, escriben sus esquelas con sangre de sus venas, amenazan con matarse o envenenar al motivo de sus cuitas si el amor no prospera o asaltan los cuerpos renuentes. Finalmente, le echan la culpa a la pasión de sus caracteres, al mal de amores o a cualquier otra circunstancia adversa de la vida, como las infidelidades, la herencia o las empresas desafortunadas. Y junto al estruendo de los escándalos acallados y aceptados viaja, de generación en generación, la huella invisible, el sello de una lotería que no perdona; al modo de la cola de chancho a la que tanto temía Úrsula Buendía, una maldición microscópica va detonando muertes prematuras.

II

El romance de Elodia y Humberto parecía cargar con todas las prohibiciones posibles. Ella era diez años mayor y los unía una maraña de relaciones de parentesco que se venía enredando desde varias generaciones antes a tal punto que costaba dilucidar si eran primos, tía y sobrino o abuelos de sí mismos.

También estaba el asunto de sus formas de ser. Elodia era decidida y laboriosa, trabajaba como un peón, respondía de inmediato a los desafíos sin importar cuan de improviso aparecieran y no se amilanaba ante los problemas, mientras que Humberto era calmo como un charco, de escasas ambiciones y andar descansado. Lo suyo eran una rutina medida y acompasada, leer diariamente de cabo a rabo el periódico local, visitar a horas fijas de la mañana a la parentela del vecindario y recibir las retribuciones cuando éstas llegaban con el fresco del atardecer.

Pese a la alerta de los vaticinios, la pareja funcionó, montó una empresa exitosa y crio una generación de mujeres tan emprendedoras como la madre, que se casaron, igual que ella, por amor e igual que ella trabajaron arduamente para consolidar el patrimonio. Cuando, ya maduros, se trasladaron a la capital a disfrutar de sus ganancias viajando y viendo crecer a los nietos, Elodia fue atacada por diarreas malignas y constantes que le fueron agostando el cuerpo hasta que, con el corazón exhausto, exhaló su último suspiro.

III

Isabel fue asaltada por la mala hora el momento exacto en que conoció a Eduardo y cayó rendida ante su figura trigueña y espigada y la mirada huidiza (¡ay, ese hubiera sido un presagio a tomar en cuenta) de sus ojos verdes. Aunque enfermera de profesión, Isabel nunca pudo diagnosticar su mal de amores, menos aún curarlo. Y es que necesitaba al menos aliviarlo porque Eduardo, aunque no estaba casado según la ley, tenía una familia (mujer, hijos, casa puesta) a la que nunca renunció. 

Fue un matrimonio contra todo y contra todos. En la familia advirtieron del fracaso de esa unión, no sólo por sentido común sino también basándose en historias rescatadas de la memoria común y, pese a todo, Isabel peleó con uñas y dientes por ese amor que muchos dieron por fracasado desde el principio.

La pareja armó casa, tuvo hijos, se separó una vez, luego volvieron, de nuevo se separaron, una especie de ruleta de la suerte que parecía no acabar. Hasta que todos los pronósticos se cumplieron y Eduardo volvió a la casa, la mujer y los hijos a los que nunca había renunciado…hizo borrón y cuenta nueva, e Isabel quedó a cargo para siempre de los hijos y de la inmensa congoja que ya nunca más la abandonó, aunque no logró matar su buen humor. “Amar demasiado fuerte y demasiado mal” no la amargó.

A poco de cumplir cincuenta años, un apagón repentino de su cerebro dejó a Isabel a oscuras mientras su corazón fue ralentizando sus latidos hasta que, dos días después, murió sin quejarse. Su romance triste quedó como parte de la pedagogía familiar, una advertencia siempre a mano para alertar en contra de romances parecidos.

IV

A Román, hermano de Isabel, la casualidad le pudo haber ayudado a escapar de la maraña, pero el destino es un animal que persigue dejando huellas sin equivocarse. Conoció a Rosalía en casa de amigos comunes y quedó de inmediato deslumbrado por su vivacidad y alegría; Rosalía parecía una lámpara que no paraba de chispear. 

Sin ninguna señal de parentesco a la vista, el romance parecía uno de esos casos inesperados y afortunados en que los polos opuestos se atraen. En la misma medida en que ella era alegre, él era taciturno. Si Rosalía parecía un vendaval, Román era un remanso de aguas quietas. Ella era un huracán que se lanzaba de cabeza a lo desconocido, él medía tímidamente cada paso que daba. Acordaron vivir en el pueblito que dormitaba en las cercanías de las tierras que Román tenía a su cargo.

Algunos años y cinco hijos después Rosalía comenzó a sentir que la calma chicha del pueblo la asfixiaba, que el dinero de la estancia jamás cubriría otras ambiciones que no fueran la de solventar a duras penas los gastos diarios y que su marido no escaparía jamás al letargo de una rutina de repetición infinita. Se le abrió el cielo cuando una prima le propuso viajar a los países vecinos a traer mercadería. 

Lo que comenzó como una aventura de prueba se convirtió en un negocio próspero. Sobre la marcha Rosalía aprendió los rudimentos del comercio y comenzó a ganar el dinero que mejoró la casa en el pueblo, pagaba el colegio privado de los hijos en la cercana capital “no quiero que mis hijos se adormezcan en este pueblito”, solía decir. Los viajes se fueron haciendo cada vez más frecuentes, el negocio se expandió hacia la capital y una siesta permanente ocupó la casa vacía de niños y visitas. 

Para Román el alcohol se volvió un recurso cada vez más seguido y cada vez en mayores cantidades. Primero llegaba la euforia que lo transformaba en ese extraño que reía a carcajadas, piropeaba a las mujeres y contaba chistes subidos de tono. Luego seguía el sopor de la resaca volviéndolo hacia dentro, apesadumbrado y cerril. 

Algunos años después, cuando su corazón se paró en seco a poco de cumplir 50 años, Román atinó a maldecir el nombre de quien lo había hecho más feliz y más desgraciado, en partes iguales, pero nunca se arrepintió de haberla elegido. 

Y el amor y la lotería genética siguen viajando a través de las generaciones… 

Es peligroso meterse con fantasmas, aunque sean benignos, aunque no nos amenacen, porque en su incorporeidad tienen algo nuestro, son como viejos espejos empañados que pese a su bruma nos reflejan. En sus borrosas aguas de cristal vemos apariciones fugaces, pero también nos vemos a nosotros mismos con los contornos que unas veces nos hacen sonreír y otras quisiéramos borrar sin lograrlo. Fui detrás de ellos buscando el origen de la “cola de chancho” y me metí en un trance de recuerdos, en un callejón donde peregrinan espectros que me recuerdan que, para bien y para mal, soy una de ellos. 

Cochabamba, septiembre 2026

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