Nosotros, El Eternauta

De ídolos al héroe colectivo, Adrián Nieve nos habla de ese “nosotros” que mueve la trama de 'El Eternauta', del desaparecido Oesterheld, y que quizá podría mover el espíritu de Bolivia.
Editado por : Fernanda Verdesoto Ardaya

Maaa-raaaa-doooo-naaaaa. 

Unos con odio, otros con amor, pero millones de bocas alrededor del mundo pronuncian esas sílabas sabiendo la importancia de ese nombre. Y los que no lo saben, terminan por enterarse que perteneció a uno de los mejores futbolistas de la historia, una figura polémica que tiene un seguimiento casi de culto en Italia, en Bangladesh y, por supuesto, en Argentina, su tierra natal.

2109
Imagen: 88 Grados

Pero este artículo no se trata de Diego Armando Maradona, aunque sí empieza reconociendo a una persona que, jugando y triunfando, logró juntar a personas de distintas clases, regiones, posiciones e historias. Más que eso, los hizo abrazarse cuando metió sus goles más famosos (llamados la Mano de Dios y el Gol del Siglo) y por un instante hizo que toda esa gente, un país entero, sienta lo mismo. 

Casi puedo ver algunas bocas llenarse de espuma mientras gritan “ese era un zurdo de mierda”, o “un drogadicto acabado”, incluso “un violador y pedófilo”. Pero este artículo tampoco se trata de eso, sino de uno de sus logros más importantes: Maradona fue un ídolo, especialmente de su país. Y un ídolo no es solo alguien que triunfa y es admirado, ni alguien a quien se pueda o se deba imitar; un ídolo tampoco es una fórmula moral o matemática. Un ídolo, en realidad, es alguien en el que una sociedad puede reconocerse. Y un ídolo de verdad, como lo fue Maradona, es alguien que obliga a la gente de esa sociedad a reconocerse entre sí y darse cuenta que se pertenecen los unos a los otros.

Y, en parte, de eso se trata este artículo: de darnos cuenta que nos pertenecemos los unos a los otros. 

En Bolivia cuesta encontrar ídolos verdaderamente nacionales. Lo más cercano que estuvimos a ello fue el Bigotón Azkargorta (que era español). Nuestro momento de mayor unión, o al menos uno que una gran parte de la población pueda recordar actualmente, son los festejos del 93 por la clasificación al Mundial del 94, cuando las calles de todo el país se llenaron de rojo, amarillo y verde, y miles de personas sonriendo, gritando y festejando. Lo sé, era un niño y uno de mis recuerdos más vívidos es la alegría en las calles de La Paz cuando clasificamos. Por eso el deporte tiene algo lindo, porque algo tan chico puede ser grande y lograr que desconocidos se abracen y se quieran.

Seguramente hubo otros momentos, pero es revelador lo difícil que resulta nombrar uno sin que enseguida empiece la discusión sobre qué región, partido o sector puede apropiárselo. Para colmo, después del 94, entre la corrupción sindicalista que rodea al deporte nacional y la falta de triunfos y trofeos consecuentes, no hubo otro gran suceso que nos una. Ojo, sí hubo triunfos, sí hubo sucesos sociopolíticos, figuras notables bolivianas, pero no hubo esa unión que hace la fuerza. Es más, creo que podemos ir más lejos y decir que en Bolivia lo que prima son los regionalismos: no somos tan bolivianos como somos cambas, paceños, chuquis, cochalas, chapacos, etcétera.  

Bueno, hablábamos de Maradona. Entre argentinos hay más que nada un fuerte centralismo, pero igual hay unidad nacional. Vistos desde afuera, dan la impresión de estar todos tan subidos al tren de la argentinidad, de pertenecer tanto a una misma identidad sustentada en logros e ídolos, que el resto de Latinoamérica les decimos arrogantes. Tarde o temprano en una charla con un argentino, es bastante probable que se hable de cómo son la nación que inventó el bolígrafo y el dulce de leche, o que a sus tierras pertenecen nombres notables como Borges, Cortázar, el Papa Francisco, Messi y, claro, Maradona. 

“Pertenecer” es una palabra peligrosa porque, por lo general, es usada para crear burbujas. Si tú practicas alguna religión, ideología o militas en un partido político, incluso en un club de fútbol, ya perteneces a una burbuja, ya eres parte de un “nosotros” que busca una oposición. Pero pertenecer también puede aplicarse a sentidos más comunitarios, algo que capture el espíritu de varias personas y evidencie que tienen algo en común más allá de sus diferencias. Eso suele ser el ídolo: un deportista u obra o personaje, incluso un suceso (como a su modo lo fue la Guerra del Chaco) que destruye las verticalidades y los polos y pone a todos a un mismo nivel, aunque sea momentáneamente. En otras palabras, algo que nos permita decir “nosotros” sin dudas ni ironías, ni que pensemos lo mismo o nos sintamos iguales, pero sí unidos. 

Y esto en Argentina es notorio. Hay una religión en torno al Diego, su funeral fue una locura multitudinaria (en plena pandemia) que sacudió a todas las clases sociales. Mientras que a los bolivianos nos cuesta mucho imaginar la locura que debe ser ganar un Mundial cuando nuestro momento de mayor gloria fue solamente haber clasificado. ¿Te imaginas lo que es ganar tres? ¿Te imaginas lo que sería nuestro país si fuera más valioso ser boliviano que ser del occidente o del oriente?

No está mal amar tu ciudad, tu región, las idiosincrasias de vivir en ellas. De hecho, es importante amar y sentir orgullo de ellas para tratar de hacerlas crecer. El problema es cuando esa identidad parcial no te permite tener una identidad nacional común en un país de tanta diversidad como el nuestro.         

Hablaba de Maradona no porque Maradona haya sido un capo —que lo fue—, sino porque fue un héroe de lo colectivo. Su grandeza no está en la moral, sino en lo que hizo sentir a su gente. Muy pocas personas logran unir tanto a una nación, muy pocos logran ser ídolos que se cargan encima a toda una sociedad. Ojalá la Bolivia de hoy tuviera eso: ese alguien o algo que nos invite a abrazarnos entre nosotros y reconocernos, porque nadie se realiza en una sociedad dividida y sin identidad común. 

Bolivia existe, pero quizás la bolivianidad no es una idea/sentimiento tan fuerte como para contener a las múltiples identidades que habitan el territorio boliviano. Si algo han demostrado las reacciones antes/durante/después de los conflictos de años recientes es que el compatriota deja de serlo ni bien dice algo con lo que estamos en desacuerdo. Lo cual no tiene sentido. De nuevo, sin caer en trampas morales, no se trata de evitar tener posiciones fuertes. Qué aburrido un mundo donde no se puede tener posiciones políticas duras, en el que no puedes creer que otra ideología es desastrosa y eso te motive a combatirla desde tus acciones. Todo eso debería ser posible sin que tengas que convertir a tu rival en tu enemigo. Sin que tengas que sentir que, si no son tu equivalente identitario, regional o político, ya no comparten nada. Ni casa, ni barrio, ni ciudad, ni país.  

Desde 2019 que Bolivia tropieza de crisis en crisis que parecen agravar el cisma, como si no supiéramos que vivir en democracia significa lo contrario a negar la humanidad, el “pertenecer” del otro. Pero ahí aparece una duda instintiva: será posible ser parte de una sola comunidad en la que diferentes personas actúen juntas sin tener que ser iguales. Y la respuesta es sí, pero cuesta.

Necesitamos un ídolo. Ojo, no un caudillo, sino nuestro propio Maradona. Pero lo cierto es que no le tiramos bola a los varios campeones que tenemos en otros deportes y disciplinas. Estamos obsesionados con el fútbol, y, viendo el estado de nuestra selección nacional, no creo que haya un gran triunfo gestándose; no hay ídolos en el horizonte. 

Entonces, ¿qué hacemos?

A lo mejor, podemos hablar de Oesterheld. 

Héctor Germán Oesterheld, nacido en 1919 y desaparecido en 1977 por la más reciente dictadura militar argentina. Sí, otro argentino. No un ídolo, pero casi. Él fue un guionista y escritor, figura central de la historieta latinoamericana por ser el autor de El Eternauta junto al dibujante Francisco Solano López. En esa historieta concibió una de sus ideas más poderosas: en lugar de ensalzar al héroe individual, en su trama, el verdadero protagonista es el grupo humano que resiste y sobrevive en conjunto: el héroe colectivo.

El Eternauta, tanto en el cómic como en la adaptación a serie de Netflix con Ricardo Darín, el mensaje es ese: nadie se salva solo. Y esto Oesterheld lo lograba mostrando cómo cada miembro del grupo humano contribuía a la supervivencia, pero también poniendo a Buenos Aires de escenario para cautivar a sus lectores. Si fuéramos argentinos, nos pegaría más duro ver a nuestras calles y a nuestra gente enfrentando todas esas adversidades. Porque no solo son los escenarios, también son los estereotipos de personas representadas, los arquetipos de las diferentes clases sociales en una historia donde el héroe colectivo se levanta contra los opresores que son aliens que nunca se ven, ni tienen nombre, pero son los opresores de todos los tiempos. 

¡Caray! ¡Qué raro que la dictadura lo haya desaparecido! 

Oesterheld y Bruno Stagnaro, showrunner de la adaptación de Netflix, nos dicen que la única manera de sobrevivir es afianzando los lazos de solidaridad. Que las individualidades del grupo permiten dar cuenta que el “yo” es con los otros y la diferencia es por temperamentos y capacidades. Que la verdadera lucha es la que posibilita unir a todos los humanos. Ahí aparece el héroe colectivo que no es una multitud de individuos idénticos, sino una comunidad de personas distintas cuyas diferencias no les impiden cooperar. Si el ídolo demuestra que puede existir un “nosotros” emocional, el héroe colectivo demuestra cómo es cuando ese nosotros se hace tangible. Cómo sería si los bolivianos fuéramos más que regionalismos, diferencias políticas y racismo. 

Y si no me creen, todo esto se ve en una de las mejores escenas de toda la adaptación, una que no está en la historieta, pero que de manera muy sutil captura todo lo que podría ser la identidad nacional y el héroe colectivo: la escena del shopping.

En un mundo donde los productos audiovisuales se parecen demasiado entre sí, porque tienen que apelar a un público global, no hay ciudadanías, no hay cultura local, hay lo que justamente temen quienes no quieren reconocer que existe un “nosotros”: uniformidad. Y la usual respuesta a esa uniformidad global sin sabor es un folclorismo extremo que impide que extranjeros puedan penetrar la burbuja. En El Eternauta pasa algo distinto: si bien es un show tremendamente argentino, como lo era la historieta de Oesterheld, sin querer también es tremendamente latinoamericano. Y, por lo tanto, un reflejo de lo que podemos lograr.  

En la escena del shopping pasa algo diferente e interesante. Es más que usual que una serie de ciencia ficción y fantasía tenga códigos comunes como el de la paranoia y el abuso de poder. Todas las series de horror, ciencia ficción o fantasía se amparan en ello: cuando viene la crisis, lo que despierta es la miseria humana. De pronto aflora lo peor de las personas y para sobrevivir tenemos que volvernos igual de miserables.  

¿Puede pasar lo mismo en una serie que habla del héroe colectivo? Por supuesto que no. De hecho, pasa algo sensacional, algo que me pareció más latinoamericano que solamente argentino: cuando nuestros protagonistas encuentran una comunidad de sobrevivientes asentada en un shopping, no entran para encontrarse con un líder cruel que les tiende una trampa, ni con un grupo de gente que les apuntan con pistolas para robarles los pocos suministros que tienen. TODO LO CONTRARIO. En la escena del shopping llegan a un lugar donde la gente está haciendo fogatitas, tocando música, comiendo como si hubiera reservas infinitas. El líder de la comunidad incluso les dice: “No hay ningún problema. Pueden comer lo que quieran, buscar el sitio que quieran, pero los fierros lejos de los pibes”. Qué importa racionar, qué importa que entren desconocidos armados, solo cuiden a los niños y listo, confiamos en vos. Hay para todos, para siempre. Si no era por el ataque de los controlados por los aliens, esa gente viviría en el shopping para siempre. 

¿Cómo compartir cuando tenemos motivos para desconfiar? Esta escena imagina una gran respuesta: si veo a un desconocido sufrir y pienso “no es mi asunto”, estoy coexistiendo sin formar vínculos. Pero si actúo con solidaridad, ya empiezo a formar un vínculo colectivo. La gente del shopping no se conoce, pero se encuentran y comparten recursos y cuidados como si se conocieran. Eso es comunidad. Ser compatriotas no debería ser que el destino de los que no son como nosotros sea irrelevante. Debería ser que cuando aparece la pregunta “¿qué tengo que ver yo con él?”, la respuesta sea: “me pertenece, es parte de mi nosotros”. 

Ser boliviano debería ser suficiente como para unirnos, pero no tanto como para exigirnos ser iguales. Quizás nunca tendremos nuestro propio Maradona. Quizás aparezca mañana. Tal como están las cosas, no podemos esperarlo. Si queremos sentir ese “nosotros” emocional, lo más fácil es hacer lo más difícil: vivir juntos, discutir juntos, aceptar derrotas juntos, construir juntos, ayudar a alguien que no piensa como nosotros.

Porque el ídolo nos hace sentir que somos parte de algo, pero el héroe colectivo asume la responsabilidad de construir un espacio suficientemente amplio para que podamos seguir siendo profundamente distintos, sin convertir esas diferencias en razones para dejar de reconocernos. Que los conflictos no deben destruir necesariamente la pertenencia. Que una nación no necesita borrar sus diferencias, sino impedir que esas diferencias borren la nación.

20 me gusta
275 vistas