Tiempo Suspendido

Val Urrutia hace su primera colaboración a 88 grados con esta lectura del conservadurismo boliviano a través de Arguedas y H.C.F Mansilla.
Editado por : Adrián Nieve

Hace ocho años llegué a Bolivia. En 2023 conocí la pluma de Alcides Arguedas y recién a mediados de este 2026 leí por primera vez a H. C. F. Mansilla. Me resulta inquietante comprobar que un escritor de 1909, otro de 2003 y una extranjera que ha vivido ocho años en este país hayan terminado formulando preguntas tan parecidas sobre la sociedad boliviana. Durante ese tiempo acumulé observaciones que no supe bien cómo ordenar. Permanecieron como intuiciones dispersas hasta que entablé un diálogo anacrónico entre estos dos autores y mis propias vivencias descubriendo que, a pesar del siglo que nos separa, estábamos discutiendo exactamente lo mismo. Pero fue Mansilla quien le puso nombre a muchas sospechas que pensé que eran solo mías...

Arguedas escribe poco después de la Guerra del Pacífico. Bolivia aún estaba sangrando, y el auge de las teorías raciales en Europa hizo lo suyo también. Sin embargo, me cuesta restarle mérito cuando habla de ciertos problemas cuyas raíces se hunden en la geografía y en la herencia histórica. Creo, de hecho, que el componente racial termina siendo secundario; esto va mucho más allá de la raza (Pueblo enfermo, Alcides Arguedas, 1909).

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Imagen: 88 Grados

Mansilla publica El carácter conservador de la nación boliviana en 2003, en medio de un periodo marcado por la multiculturalidad y el resurgimiento del movimiento indígena. Le doy todos mis respetos, porque publicar un ensayo como este en ese contexto fue, por lo menos, un acto kamikaze. Y es precisamente ahí donde veo el mayor punto de encuentro entre él y mis propias observaciones: esto va mucho más allá de la raza. Habla de una cultura política y de hábitos sociales profundamente arraigados.

Y aquí discúlpenme la intromisión y arrogancia de intentar exponer mi punto frente a un escritor de esta talla. Para mí, la explicación está en otra parte. Bolivia aprendió determinadas formas de relacionarse con el poder como consecuencia de siglos de conflicto, dominación, desconfianza y supervivencia. No hablo únicamente del siglo XX, eso sería ignorar una parte importante de la historia de la nación. Hablo de una herencia histórica que, a mi juicio, comienza a gestarse desde el período colonial, en el siglo XVI, y que termina transmitiéndose de generación en generación hasta convertirse en hábitos sociales actuales que rara vez se cuestionan.

Pierre Bourdieu lo llamaría habitus: disposiciones aprendidas desde la infancia que terminan reproduciéndose de manera casi automática (Le sens pratique, Pierre Bourdieu, 1980; traducido al español como El sentido práctico). Esa idea explica mejor, a mi juicio, muchas conductas sociales tan arraigadas como la tendencia a la externalización de responsabilidades, la devoción mesiánica hacia líderes políticos y la naturalización de la corrupción mucho más que cualquier explicación exclusivamente racial, ideológica o económica.

Aunque Arguedas y Mansilla llegan a conclusiones distintas, ambos parecen coincidir en un punto esencial: existe una matriz cultural que ayuda a explicar la persistencia de muchos de los problemas bolivianos. Para Arguedas era una enfermedad; para Mansilla, un profundo conservadurismo. ¿Y para mí? Quizá ambas ideas no sean tan distintas como parecen.

Tal vez el verdadero problema del conservadurismo no sea únicamente una postura política, sino la incapacidad de una sociedad para someterse a un ejercicio honesto de autocrítica. Cuando una cultura deja de cuestionar sus propios hábitos, termina normalizando conductas que perpetúan su propio deterioro. Una sociedad que no se observa difícilmente puede transformarse; una que no reconoce sus propias grietas tampoco puede aspirar a repararlas.

Las sociedades, igual que las personas, solo cambian cuando son capaces de soportar el dolor de conocerse a sí mismas.

Es que no puede ser que estemos en 2026 y la educación siga siendo vista, en algunos sectores, como algo innecesario. Al fin y al cabo, si te metes al partido político correcto, tarde o temprano te darán trabajo, aunque no estés preparado. ¿Qué incentivo queda entonces para estudiar, para esforzarse, para intentar ser mejor? Basta recordar algunos de los cuestionamientos que han surgido alrededor de figuras como Lidia Patty y su desempeño en cargos de responsabilidad pública.

No puede ser que todavía existan sectores donde el valor de una persona siga midiéndose por su etnia o por el lugar donde nació. ¿De verdad se va a poner en cargos fundamentales a alguien por el color de su piel, su apellido o el lugar de donde viene, antes que por sus capacidades? Lo que me resulta más lamentable es ver cómo se está dispuesto a sacrificar el futuro de una nación por resentimientos heredados. El caso del Fondo Indígena es quizá uno de los ejemplos más recordados de lo que ocurre cuando la representación política y la administración de recursos públicos terminan entrelazándose de manera tan cuestionable.

No puede ser que, en 1909, en 2003 y, ahora, en 2026, siga existiendo esa misma incultura frente a la ley. Que cumplirla parezca opcional porque, al fin y al cabo, siempre habrá alguien lo suficientemente inescrupuloso como para ofrecer un soborno y otro dispuesto a aceptarlo. ¿Acaso ya olvidamos el escándalo de los llamados “autos chutos”, cuya circulación llegó incluso a involucrar a miembros de instituciones encargadas de hacer cumplir la ley? Si quienes deben combatir la ilegalidad terminan conviviendo con ella, ¿qué mensaje queda para el resto de la sociedad?

Es por eso que el tema de la justicia no cambia absolutamente nada. Se sigue creyendo más en la justicia por mano propia y, si no... bueno, volvemos al soborno.

Pienso en los movimientos sociales y se me desata una neurosis instantánea. No porque crea que sean malos en sí mismos, sino porque siento que el concepto ha terminado siendo profundamente mal utilizado, manoseado. Lo observo en lo cotidiano como una forma bastante cómoda de desligarse de las responsabilidades que implica ser ciudadano: leer, aprender, comparar, educarse, ejercer la autocrítica y construir un criterio propio. Pareciera que, para muchos, pertenecer a un movimiento social reemplaza la obligación de pensar. Es más fácil decir: "Todos en mi barrio apoyan a este candidato, así que yo también". Y si las cosas salen mal, siempre habrá alguien más a quien culpar. El dirigente, el partido, el vecino o el gobierno de turno. Cualquiera, menos uno mismo.

Y ahí vuelvo a la misma idea que me dejó Mansilla rondando la cabeza: una sociedad difícilmente puede transformarse mientras siga delegando no solo sus decisiones, sino también la responsabilidad de haberlas tomado.

Algo que me marcó muchísimo del ensayo de Mansilla fue su crítica a la falta de ética cuando recupera una observación de René Moreno —escrita en el siglo XIX con respecto a la clase política boliviana— donde decía que esta "tenía (tiene, según yo) una inclinación a corromper y ser corrompida". Es de una extravagancia absoluta que, lejos de haber desaparecido, esa descripción parece haberse exacerbado con el correr de los años.

También resulta casi sacado de un cuadro de Dalí que todavía persista esa idea de que el mundo entero envidia al suelo boliviano. Y no, no porque Bolivia no pueda ser un país extraordinario; de hecho, creo que tiene todo para serlo. Basta mirar el cacao boliviano, reconocido entre los mejores del mundo, o la notable industria cafetera que se está labrando en el país. Me resulta, por lo menos, curioso que se prefiera consumir un chocolate extranjero antes que uno nacional, o que un café de una cadena como Starbucks parece adquirir mayor prestigio simplemente por venir de fuera, como si ese origen otorgara cierto pseudoestatus a quien lo consume. Al final, de esa veneración por lo extranjero, queda una pregunta suspendida en el aire: ¿qué se ha hecho con todo el potencial que se tiene como país?

A lo largo del ensayo, Mansilla vuelve una y otra vez sobre un patrón que ya había sido señalado por Arguedas casi un siglo antes: la tendencia de la sociedad boliviana a explicar buena parte de sus fracasos mirando siempre hacia factores externos. Y después de ocho años viviendo en Bolivia, me cuesta no reconocer ese mismo patrón. En 1909, en 2003 y ahora, en 2026, pareciera que gran parte de los males de esta nación siguen atribuyéndose, antes que nada, a agentes externos: a Chile, por la mediterraneidad y sus consecuencias económicas; a Argentina, por el ingreso de semillas transgénicas, herbicidas y otros productos cuestionados; a los menonitas, como se plantea también en Santa Cruz $.A., por su papel en la expansión mecanizada de la agricultura y la deforestación; al imperialismo y a Estados Unidos, por su injerencia en los asuntos internos del país; e incluso a la OEA, a la que todavía se responsabiliza por la crisis política y electoral de 2019.

Sin embargo, si algo dejan claro tanto Mansilla como Arguedas es que muchos de esos males también nacen al interior de la propia sociedad. Ambos apuntan hacia una clase política que, durante generaciones, ha sabido sacar provecho de sus posiciones de poder. Arguedas hablaba de una mediocridad difícil de superar; Mansilla coincide y, honestamente, yo también. Una clase política marcada por la impunidad, la falta de ética, la escasa preparación y una alarmante ausencia de responsabilidad y previsión. Basta recordar nombres como Evo Morales, Nemesia Achacollo, Luis Arce o Arturo Murillo, así como figuras vinculadas a las redes de poder, como Gabriela Zapata, cuyos nombres han quedado asociados a algunos de los episodios más cuestionados de la política boliviana de las últimas décadas.

Dios... basta recordar la tragedia de El Chorrito. Un pueblo entero arrasado por un turbión. Años después, incluso hubo quienes se dedicaron a reconstruir esa historia para que no fuera olvidada (El Chorrito, tras las huellas del turbión de Alexander Terrazas 2016). Y, sin embargo, el año pasado volvieron a perderse vidas, viviendas y el patrimonio de familias enteras frente a nuevas inundaciones.

No, no estoy diciendo que la naturaleza pueda controlarse. Lo que me cuesta aceptar es que las lecciones parecen olvidarse tan rápido. ¿Dónde estuvo la planificación? ¿El seguimiento? ¿La prevención? ¿Cuántas tragedias más tienen que repetirse para que la clase política deje de administrar las consecuencias y empiece, de una vez por todas, a evitar las causas?

Quizá ahí esté una de las mayores virtudes del ensayo de Mansilla. Obliga a dejar de mirar únicamente hacia afuera y a hacer el ejercicio más incómodo de todos: preguntarse cuánto de aquello de lo que hoy se lamenta sigue ocurriendo porque, como sociedad, todavía no se ha tenido el coraje de mirarse al espejo.

Algo que tanto Arguedas como Mansilla mencionan es la falta de memoria histórica de los bolivianos. Al leerlos, resulta inevitable notar un patrón que parece repetirse una y otra vez: el entusiasmo por quienes seducen con discursos fáciles, la elección de líderes que prometen soluciones inmediatas o, peor aún, el constante regreso de figuras políticas que ya fueron desacreditadas. Continúa existiendo una preocupante indiferencia hacia los derechos ajenos, una admiración por el dinero fácil (me refiero al narco), la envidia frente a la prosperidad de otros y, en demasiadas ocasiones, una especie de celebración de la negligencia y la indisciplina. Como menciona una de las citas del libro: “pareciera persistir esa tendencia casi innata a mentir y engañar, como si fueran condiciones indispensables para alcanzar el éxito”.

Pienso también en cómo la izquierda ha sabido sacar provecho de la fractura histórica entre el oriente y el occidente del país, y, honestamente, creo que será muy difícil suturar una herida de semejante magnitud mientras se siga alimentando esa división. Antes que cruceños, paceños, tarijeños o cochabambinos, son bolivianos.

Pensémoslo como el cuerpo humano. Si alguien necesita un injerto de piel, este puede venir del abdomen, de la espalda o de una pierna. No importa de qué parte del cuerpo proviene, lo importante es que pertenece al mismo organismo y que permitirá sanar la herida. Una nación debería funcionar exactamente igual. No todos pueden ser la cabeza, el corazón o los pies, pero todos son indispensables para que el cuerpo siga vivo.

José Enrique Rodó, en la epístola que envió a Arguedas, escribió algo que me dejó pensando: "Los males que tiene Bolivia no son exclusivos de Bolivia; son, en su mayoría, males hispanoamericanos". Y creo que es una muy buena observación. Los países vecinos han sufrido procesos muy similares; Bolivia no es la única. Pero luego añade una frase que, personalmente, me pareció todavía más interesante: "Usted titula su libro Pueblo enfermo. Yo lo titularía Pueblo niño"

Y yo pienso... ¿no ha pasado ya suficiente tiempo? ¿No ha llegado la hora de que ese pueblo niño madure? ¿De que deje atrás las divisiones, los egocentrismos, los rencores y las rencillas para preocuparse, por fin, de lo que realmente importa? Sacar la nación adelante. Demostrar, de una vez por todas, de qué está hecha Bolivia.

Porque yo, como extranjera, puedo ver que Bolivia es muchísimo más que una disputa permanente entre regiones, razas o clases sociales. Puedo ver un país que podría ser inmenso si dejara, por un momento, de pelear consigo mismo. 

Ahora les toca verlo a ustedes.

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