Carozo
Cuando era niño, puse el carozo de una palta en un frasco de agua. Era duro como un hueso, con esa textura ósea imposible de romper a golpes. Estaba como unido en dos partes, dos mitades, rodeando por completo una fina línea en la que puse tres mondadientes para que el carozo flote en la boquilla. Había algo en su dureza que me incitó a apuñalarlo en sus resquicios obligándolo a nacer, como hilado por mi mano.
El carozo se partió por la mitad algunos días después, se abrió deformándose de su naturaleza de semilla inocua. Hilos que parecían de lana crecieron hacia el fondo del frasco, de ellos otros más brotaron hasta tocar los bordes interiores. Hacia arriba, en una sola ramificación, cundieron hojas insoportablemente verdes.
Por la noche me parecía escuchar latidos, en el alféizar de la cocina algo se movía en lo imperceptible, crecía. El carozo cambiaba su forma, ya no era ovalado, ahora era romboide, casi como un corazón humano, asimétrico. La línea recta que definía su precisión era para entonces una grieta a ese abismo interior de donde brotaba la raíz y hojas. Todo era expansión.
Recuerdo que cambié ese frasco por uno más grande, los mondadientes por brochetas. El carozo estaba irreconocible, tenía un aspecto tiernamente vivo, brutal, flotando en medio del agua, misterioso y dispuesto por la naturaleza de mis manos.
Las hojas estaban llenas de clorofila, el sol delicado de la mañana las abría, simples a una vida primeriza, sin raíces asentadas en la tierra, con una especie de identidad flotando en el aire que era el agua. Mamá me llamaba cada mañana para mirar el progreso, el milímetro de diferencia, ignorando la magia que rondaba esas noches infantiles, en las que yo también brotaba.
Ahora, muchos años después, recuerdo esos días con ternura. Pero recuerdo también que, cuando el carozo estaba listo para trasplantar al jardín, surgieron una serie de acontecimientos desagradables.
El colegio había parado, era invierno y el frío cundía dentro de las sábanas; las puertas y el piso de madera rechinaban por los pasos de unos tacones pesados. El carozo latía continuamente, pero se confundía los pasos incómodos y sin ritmo que lo abarcaban todo. Mamá dejó de llamarme por las mañanas, me despertaba la caldera, que sonaba como un grito anunciando el día acurrucado. El carozo estaba muy arriba de mí, de mis posibilidades de alcanzarlo, en el alféizar de una ventana enrejada. Yo jalaba las chompas de mi madre para que me lo mostrara de cerca, pero por alguna razón que no comprendía, el agua caía de ella y no del frasco.
Las hojas verdes brillaban a pesar del invierno. El día del trasplante no salía el sol y llovía constantemente. Las ventanas se empañaban en la cocina haciendo que la planta exhale un hedor a vida. Era de mañana cuando mamá volvió a entrar a la cocina llorando, sin hacer caso a mi insistencia de llevar al jardín el carozo. “Hace frío, viajemos”, me respondió.
A mitad del invierno mamá tomó las maletas y mi mano para partir donde los abuelos, quise preguntar por qué nos iríamos dejando al carozo, por qué el agua estaba un poco más gris de lo normal, pero no dije nada. Salimos de casa una tarde, casi al anochecer, y con el viento en la cara atravesamos el jardín donde plantaría el carozo cuando regresara. Dejamos el foco de la cocina encendido con el pretexto de que no le falte luz a la planta. “Después la apagarán”, dijo mamá.
En todo el viaje no dejé de imaginar al carozo y sus raíces creciendo a través de las rosas, de las ramas filosas y la tierra húmeda que tenía el jardín. En lo de los abuelos dejé de escuchar los latidos. Las risas y los alborotos anegaron esos días en aquella ciudad templada de amor y cuidados. La abuela cumplía mis caprichos y el abuelo escuchaba con atención mis historias enredadas. Mamá sonreía de nuevo.
Cuando volvimos muchas semanas después, el carozo se había soltado de mi mente. Solamente al entrar a casa y ver el jardín extraño, lleno de granizo, oscuro como un bosque, recordé a esa planta suspendida en el aire, con un corazón sosteniendo en su eje la raíz y el tallo que había brotado de sí. Subí ansioso hasta el departamento, los vidrios estaban empañados y no lograba ver nada desde fuera. La luz estaba encendida y la puerta entreabierta. Entré raudamente a la cocina y lo vi…, apenas lo pude reconocer, mientras escuchaba, en vez de los latidos, los tacones sobre el machimbre acercándose y una mano gigante se apoyó en mi hombro para consolar mi llanto.
Mamá tiró el agua verdosa y puso en un colador a mi carozo con las hojas renegridas y una especie de gusanos peludos colgando como si fuera la raíz. No pude alcanzar a tocarlo por última vez, ni tampoco escuché más tarde esa noche ningún latido emanar de la cocina.
Mamá refregó el frasco mientras yo esperaba tras ella el milagro. Recuerdo que me dijo, abrazándolo vacío en su pecho y con la mirada centellante, que plantaríamos otro de la palta que había traído del viaje, pero a los pocos días se le olvidó.
Y yo no dije nada.

