El arte de detenerse

En su columna para 88 Grados, desde Coroico, Gloria Ardaya reflexiona sobre la dificultad de parar en una sociedad obsesionada con la productividad y el rendimiento, especialmente después de una época de bloqueos en La Paz.

Hay épocas en las que detenerse parece una decisión. Y hay otras en las que detenerse se vuelve una imposición.

Durante la pandemia aprendimos algo extraño: cuando el mundo cerró sus puertas, comenzamos a buscar desesperadamente lugares donde todavía fuera posible respirar. Buscábamos silencio, campo, una casa alejada, un patio, una montaña, cualquier fragmento de espacio que nos permitiera salir, aunque fuera por unas horas, de la sensación de encierro. Algunos descubrieron entonces que necesitaban menos ciudad. Otros entendieron que necesitaban menos ruido. Muchos, quizá sin decirlo de esa manera, descubrieron que necesitaban menos velocidad.

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Fotografía: Gloria Ardaya

Hace poco volví a sentir algo parecido.

Quienes estábamos en La Paz en la época de bloqueos buscamos también una salida. En mi caso fue Coroico. Descender hacia los Yungas tiene algo de cambio: el aire se vuelve más tibio, el paisaje se ensancha, el verde comienza a ocuparlo todo y el cuerpo, acostumbrado a la altura y a la prisa, parece recibir una orden distinta. No hacer nada.

Al principio cuesta.

Una llega a un lugar tranquilo y, paradójicamente, no sabe qué hacer con la tranquilidad. Revisa el teléfono. Responde mensajes. Piensa en lo que dejó pendiente. Organiza mentalmente el regreso. Calcula cuánto tiempo puede permitirse estar ahí antes de volver a aquello que llamamos, con una seriedad casi religiosa, “cotidianidad”.

Como si descansar ocurriera fuera de la vida.

Como si detenerse fuera una interrupción y no una parte de la existencia.

Quizá ahí comienza el problema.

Vivimos dentro de una cultura que ha convertido la actividad en una medida moral. Estar ocupada no solo significa tener cosas que hacer: significa, de algún modo, ser importante. La agenda llena se ha vuelto un certificado de valor. Decimos “no tengo tiempo” casi con orgullo. Contestamos mensajes mientras caminamos, escuchamos audios mientras comemos, revisamos correos antes de dormir y llamamos productividad a esa extraña incapacidad de estar plenamente en un solo lugar.

Incluso el descanso debe justificarse.

Descansamos para rendir mejor.

Dormimos para ser más eficientes.

Meditamos para concentrarnos.

Nos vamos de vacaciones para “recargar baterías”.

Hasta el ocio necesita presentar resultados.

Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿sabemos realmente parar?

Byung-Chul Han ha descrito nuestra época como una sociedad del rendimiento. Ya no necesitamos que alguien nos vigile constantemente para obligarnos a producir. Hemos aprendido a vigilarnos solos. Nos exigimos, nos administramos, nos medimos. El mandato ya no llega desde afuera bajo la forma de un “debes”; aparece dentro de nosotros como un “puedes”.

Puedes hacer más.

Puedes mejorar.

Puedes aprovechar el tiempo.

Y porque podemos, creemos que debemos.

La consecuencia es paradójica: nos sentimos libres mientras obedecemos una exigencia que llevamos incorporada. Nadie nos obliga a contestar un correo a medianoche, pero lo hacemos. Nadie nos ordena sentir culpa un domingo por la tarde, pero la sentimos. Nadie nos prohíbe mirar durante una hora las montañas sin hacer nada, pero a los pocos minutos aparece una inquietud difícil de explicar.

¿Qué debería estar haciendo?

Tal vez por eso detenerse se ha vuelto tan difícil. No porque materialmente no podamos, aunque muchas personas viven condiciones laborales que hacen del descanso un privilegio, sino porque incluso cuando tenemos la posibilidad de parar, hemos perdido cierta familiaridad con la quietud.

No sabemos habitar un tiempo que no produzca nada.

Y, sin embargo, durante esos días en Coroico, mientras el paisaje imponía otro ritmo, pensé que quizá existir no debería reducirse a producir.

La frase parece evidente. Pero si observamos nuestra vida cotidiana, no lo es.

Preguntamos a los niños qué quieren ser cuando sean grandes y casi siempre esperamos como respuesta una profesión. Conocemos a alguien y una de las primeras preguntas es “¿a qué te dedicas?”. Organizamos nuestra identidad alrededor de aquello que hacemos. Cuando alguien pierde el trabajo, no pierde solamente un salario: muchas veces siente que pierde una parte de sí mismo.

Hemos confundido hacer con ser.

La filosofía ha sospechado desde hace siglos de esa confusión. Los griegos llamaban scholé al tiempo liberado de la necesidad inmediata: un tiempo para pensar, conversar, contemplar. No era simplemente inactividad. Era la posibilidad de relacionarse con el mundo sin que todo tuviera que transformarse inmediatamente en utilidad.

Qué palabra extraña para nosotros: contemplar.

Mirar algo sin fotografiarlo.

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Fotografía: Gloria Ardaya

Caminar sin contar pasos.

Conversar sin mirar el celular.

Sentarse sin esperar nada.

Parece poco.

Pero quizá sea muchísimo.

Hartmut Rosa, al pensar la aceleración de las sociedades contemporáneas, señala una paradoja que todos conocemos: inventamos tecnologías para ahorrar tiempo y, sin embargo, sentimos que tenemos cada vez menos. Todo ocurre más rápido, pero nunca parece suficiente. Respondemos más mensajes, recorremos más distancias, consumimos más información y aun así vivimos con la impresión de estar atrasados.

Como si hubiera una carrera cuya meta nadie conoce.

Y lo más inquietante es que no sabemos quién nos persigue.

En Coroico pensé en esto mientras veía pasar las horas con una lentitud que al principio me incomodaba. No sucedía nada extraordinario. Y justamente por eso sucedían otras cosas.

Volví a escuchar.

El sonido de los insectos.

Una conversación distante.

El agua.

El viento entre las hojas.

También escuché aquello que la velocidad suele tapar: mis propios pensamientos, algunos agradables, otros no tanto.

Porque detenerse tampoco es necesariamente placentero.

A veces corremos porque la velocidad nos protege. Una agenda llena puede ser también una forma de no preguntarnos demasiado. Mientras estamos ocupados, ciertas preguntas permanecen suspendidas: si esta vida que construimos nos gusta, si nuestros afectos nos sostienen, si estamos cansados de algo más profundo que el trabajo, si elegimos realmente lo que hacemos o simplemente aprendimos a seguir.

Parar puede ser peligroso.

En el silencio aparecen preguntas que la productividad mantiene a raya.

Por eso quizá no solo tememos perder tiempo. Tememos encontrarnos con él.

La pandemia nos obligó, de una manera brutal, a experimentar esa interrupción. Para algunos fue angustia, para otros soledad, para muchos precariedad. No conviene romantizarlo. Pero también hubo una revelación difícil de olvidar: buena parte de aquello que creíamos indispensable podía suspenderse.

El mundo podía parar.

Nosotros también.

Después volvieron el tráfico, las oficinas, las reuniones, las agendas, las urgencias. Volvimos incluso con una aceleración renovada, como si necesitáramos recuperar el tiempo perdido.

Pero ¿qué tiempo habíamos perdido?

Tal vez la pregunta correcta sea otra: ¿qué habíamos alcanzado a ver?

Yo creo que alcanzamos a comprender, aunque después lo olvidáramos, que la vida tiene una dimensión que no puede medirse en productividad. Que hay horas cuyo valor consiste precisamente en no servir para nada. Que una conversación sin propósito puede ser más importante que una reunión eficiente. Que mirar un paisaje no necesita convertirse en contenido. Que descansar no debería ser una recompensa por habernos agotado.

Detenerse, entonces, no es abandonar el mundo.

Puede ser una forma de volver a él.

Volver al cuerpo, que suele avisarnos antes que nosotros mismos cuándo algo no funciona. Volver a los otros, a quienes tantas veces escuchamos a medias. Volver a los lugares que atravesamos sin ver. Volver incluso al aburrimiento, ese territorio que hemos llenado de pantallas porque ya no soportamos cinco minutos sin estímulo.

Quizá parar sea hoy una pequeña forma de resistencia.

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Fotografía: Gloria Ardaya

No una resistencia heroica ni espectacular. Algo más modesto.

Cerrar la computadora.

Dejar el teléfono lejos durante un rato.

Caminar sin destino.

Quedarse.

No responder inmediatamente.

Aceptar que una tarde puede transcurrir sin convertirse en nada.

No producir.

Solo estar.

Sé que no todos pueden detenerse de la misma manera. El descanso también está atravesado por la desigualdad. Hay quienes trabajan dos jornadas, quienes viven de ingresos diarios, quienes cuidan a otros sin horarios, quienes no pueden desaparecer un fin de semana rumbo a Coroico. Hablar del derecho a parar exige también reconocer que, para muchos, el tiempo propio sigue siendo un lujo.

Precisamente por eso deberíamos hablar más de ello.

Porque una sociedad que convierte el descanso en privilegio y el agotamiento en virtud está profundamente equivocada sobre lo que significa vivir.

Tal vez el verdadero lujo no sea viajar lejos.

Tal vez sea disponer de tiempo que nadie nos reclame.

Tiempo que no tenga dueño.

Tiempo que no produzca.

Tiempo que no deba justificarse.

Regresé de Coroico con la sensación de no haber “hecho” demasiado. Y, sin embargo, algo había ocurrido.

Había recuperado, por unos días, una relación distinta con el tiempo.

No sé si aprendí a detenerme. Probablemente no. Al volver, el teléfono se llenó otra vez de mensajes, compromisos y pendientes. La maquinaria siempre sabe cómo recibirnos.

Pero quedó la sospecha.

Quizá no sea cierto que no podemos parar.

Quizá hemos construido una vida en la que parar nos parece culpable, inútil o imposible.

Y quizá el primer gesto sea reconocerlo.

Después, aunque sea por un momento, hacer algo que nuestra época entiende muy poco:

detenernos.

Y comprobar que cuando dejamos de producir no dejamos de existir.

A veces, recién entonces, comenzamos a hacerlo.

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