No era mío

En su columna para 88 Grados, Vero Delgadillo recuerda a todas las mascotas de su vida y se pregunta si realmente podemos decir que los animalitos son nuestros o si acaso nosotros somos suyos.

Hace un par de semanas mi hija dejó a mi cuidado a su gatito. Miko es un gato adolescente y yo vivo con un perro de la tercera edad. La primera noche se subieron ambos a mi cama y pelearon.

Los saqué a los dos a la sala.

—En esta cama no se pelea —les dije.

Y cerré la puerta. Yo no duermo con la puerta cerrada.

A la noche siguiente volvieron a subirse. Después de dar varias vueltas y merodearse mutuamente, terminaron durmiendo utilizando mi cuerpo como el muro de Berlín: uno acurrucado al cóncavo y el otro al convexo. Fue una noche algo tensa, pero cuando desperté los vi durmiendo al mismo lado: uno en la cabecera y el otro a los pies.

Todos los demás días fueron tranquilos. Miko, que al principio era bastante parlanchín, aprendió a comunicarse conmigo con el cuerpo, como lo hace mi perro. Yo entendía sus movimientos, sus silencios, la manera en que se acercaba o se alejaba. Y él entendía el lenguaje de mis manos, cuando lo tocaba para apartarlo de la cocina y cuando lo tocaba para darle cariño. Hace unos días fui a visitarlo y él buscó mi mano con su cabeza y retozó, y yo me derretí…

Me enamoré del gato. Pero no era mío.

Empecé a pensar en todos los animales que han pasado por mi vida y en lo extraño que es eso de decir que un animal es de uno o que no es de uno.

Lo más cerca que estuve de que un gato me tuviera fue en 2004, cuando me enamoré de Franck. Franck no era un gato, era un biólogo pianista. Ya les conté esa historia en la columna de diciembre del año pasado, solo que entonces lo llamé Marc, porque, como buen francés, tenía tres nombres, aunque Marc no era uno de ellos. Así lo llamaba mi amigo Sebas para molestarlo.

Cuando nos fuimos a vivir juntos, Franck quiso adoptar un gato. Él me había recibido en su vida con mi MariJo incluida, así que lo del gatito me pareció justo. Lo llamamos Baudelaire. El día que Franck decidió terminar todo y volver a París, me dejó al gato. Yo me mudé de vuelta a la casa de mis padres con el gatito.

De más está decir que yo no era su humana. Baudelaire no aguantó un día en aquella casa. Algunas noches, sin embargo, iba y rondaba por encima de la barda para robar comida y pegarle al gato de mi hermano menor. Alguna vez cruzamos miradas y su molestia era evidente.

Si bien mi capacidad de entender el lenguaje de los gatos no es algo para presumir, al verlo comprendía aquel verso hermoso de Wislawa Szymborska que dice: eso no se le hace a un gato.

Ahora que lo pienso, quizá Baudelaire fue el primer animal que me enseñó que una cosa es que alguien te pertenezca y otra muy distinta que tú le pertenezcas a alguien. Porque en mi vida siempre hubo perros.

El primero en mi memoria se llamaba Solimán. Era grande y el único recuerdo que guardo de él es que mordió a mi hermano mayor y luego murió. Lo recuerdo escondido en una casita de madera que mi padre le había construido, muriendo.

Eran perros guardianes. En casa siempre había perros. Después de Solimán recuerdo a Tarzán. Era mediano, rubio y se tomaba muy en serio su rol de cuidador. Siempre recibíamos quejas de los vecinos por su agresividad. También guardo un recuerdo suyo: la noche en que desapareció después de morder al hijo pequeño de los cuidantes. Detrás de la casita de madera de los perros había otra casa de madera, del tamaño de una habitación. Allí vivían “los cuidantes”.

No sé por qué recuerdo tanto esas dos casas. Tal vez porque durante mucho tiempo mi infancia fue eso: una casa, otra casa, los perros, los cuidantes, la puerta que había que mantener cerrada y alguien gritando desde adentro.

El siguiente perro que recuerdo era Lucas, negrísimo. No recuerdo cómo llegó a casa, pero sí recuerdo el grito constante de mi madre:

—¡La puerta!

A Lucas le encantaba la calle y el mercado que quedaba a unas cuadras. Era simpático, joven, pero creo que lo trajeron de la calle. Y a él le gustaba mucho la calle. Y allá volvió.

Hasta entonces ninguno de aquellos perros era mío. Eran de mi padre o de la casa. El primer perrito mío fue Tico. Tico fue también el que inspiró el primer poema que escribí. Ya no recuerdo bien cuántos años tenía yo —ocho, quizá once—, pero sí recuerdo el poema. Hablaba de su cola, que parecía un alambre mal doblado, porque accidentalmente mi madre la pisó, se la rompió y cicatrizó torcida. El poema se publicó en una revista llamada Chasqui, que circulaba por las unidades escolares de todo el país.

Tico no fue solamente mi primer perro, fue mi primer amor y el primer animal que me llevó a escribir. Murió por una intoxicación, después de comerse medio kilo de panza de vaca que robó de las bolsas del mercado. Como buen ladrón, huyó y se escondió. Cuando lo encontré ya no pude hacer nada más que acompañarlo en sus últimos momentos. Mientras las pulgas saltaban de su cuerpo como de un barco a punto de hundirse. Hay muertes que uno recuerda como una escena de película. Yo recuerdo la de Tico así.

Después de Tico vino Felipe, papá de Aries y Pincho, frutos del amor con Aurora, la perrita de mi madre. También estuvieron Athos y Amancaya, los primeros perros de mi propia familia, ellos se fueron a una estancia ganadera en el Beni porque nuestra primera casa les quedó pequeña. Después vinieron Clarita y su hijo Tem. Ambos pasaron a tutela de mis padres cuando me fui a La Paz.

En La Paz me mudé como cinco veces hasta llegar a la casa propia. No pude colgar ningún cuadro en esa casa, pero un día llegué con un perrito que las niñas me venían pidiendo bajo la promesa de hacerse cargo de él. Cosa que jamás ocurrió, por supuesto. El perro sigue durmiendo en mi cama.

Los perros han tenido conmigo esa relación desde siempre: yo cambio de casa y ellos cambian conmigo; yo digo que son míos y ellos deciden dónde dormir. Animales maravillosos los perros. Lo sé porque mi perrito se está quedando ciego y hay momentos en los que me mira tan fijamente que casi siento que está tratando de guardar un último recuerdo de mi rostro, para no olvidarme. O eso elijo creer. 

En medio de todos esos perros tuve también una tortuga llamada Jabochi, un conejo llamado Crispini y Anita, una cervatilla que mi hermano rescató de un incendio forestal en Guarayos, le curamos las quemaduras y se adueñó del patio. Y luego están las inolvidables Pili y Mili, mis gallinas.

Jabochi sigue viviendo en las jardineras de aquella casa de infancia, o eso queremos creer los que ya no vivimos ahí. A Crispini se lo comieron “los cuidantes” de turno. Un día vi su piel estirada y clavada en aquella casa de madera. Lo reconocí por la manchita blanca a la altura de su cabeza. Es uno de los recuerdos más traumáticos de mi infancia. Con Anita nunca supe qué pasó. Quiero creer que alguien dejó la puerta abierta y escapó. Tenía serios problemas con mi madre porque se comió buena parte de sus plantas. Pili y Mili tuvieron muerte natural.

Los animales estuvieron en mi vida siempre, cuando yo era niña, cuando cambiábamos de casa, cuando mi familia era otra cosa, cuando me fui a La Paz, cuando tuve hijas, cuando finalmente tuve una casa propia, cuando volví. Algunos fueron míos, otros fueron de mi padre, de la casa, de la calle, de alguien que los abandonó o de alguien que nunca supe quién era. Algunos se quedaron, otros se fueron, a algunos los dejamos ir con otras personas para bien, a otros los perdimos, los enterramos, los lloramos. 

Y algunos, como Baudelaire, dejaron bastante claro que uno puede quererlos muchísimo sin que eso signifique que ellos hayan decidido querernos de la misma manera. En mi vida los animales fueron una manera de medir el tiempo. Por eso quizá Miko me conmovió tanto. Porque durante unos días volvió a ocurrir aquella cosa antigua: un animal entró en mi casa, ocupó mi cama y aprendió mi lenguaje sin palabras.

La diferencia, creo, es que ahora sé que no necesito que algo sea mío para quererlo. La última noche, antes de que mi hija viniera a buscarlo, Miko volvió a subirse a mi cama. Mi perro ya estaba allí. Se miraron. Se acomodaron a cada lado de mi cuerpo, aquella frontera que yo había levantado la primera noche ya no hizo falta. Yo quedé en el medio. El gato no era mío, pero ya era tarde, estaba perdidamente enamorada. 

Tengo momentos en que lo siento ronroneando en la cabecera de la poltrona mientras escribo, y lo extraño mucho, porque siempre tuve perros y los perros no hacen eso, no se suben a tu cabeza, no te seducen con la cola, eso es de gatos, y yo nunca tuve un gato. Por otro lado, le bajé a la dosis de cetirizina y eso es bueno. Aunque debo confesar que, en las noches, cuando pienso en él, tengo miedo de que me olvide, como me olvidó Baudelaire, que tampoco era mío.

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