El oficio de seguir viva
Cuando los papás de Reyna se casaron no deseaban tener muchos hijos, ni siquiera uno, pero los tuvieron, y cinco niños crecieron como el pasto, al calor y al frío de la naturaleza que, de una forma u otra, impidió que muriesen mientras vivían con dos alcohólicos, hacinados en un cuarto que daba vergüenza. Ella, en cambio, cuyo nombre real no es Reyna, tuvo la suerte de ser adoptada por unas tías abuelas que desde el primer día la trataron como a otra hija, pese a que no podían sino darle los libros usados de la joven Geraldine —la hija verdadera de una de ellas, quien disfrutó de mejor suerte por haber nacido en un tiempo más estable—.
Conoció el amor de la mano de un hombre teóricamente prohibido: un seminarista “no muy agraciado, pero buena gente”, con quien procreó un bebé que no pudo llegar a nacer. “Las monjas de mi colegio casi se mueren, pero los curas no. Nos ofrecieron irnos a Patacamaya, donde nadie pudiera conocernos y donde yo pudiera pasar como su prima”. Así, evitarían el escándalo y mantendrían feliz a un curita (el tiempo no está para perder seminaristas), aunque la vocación se hubiera desbocado.
Pero el destino es caprichoso y Franco, el seminarista, no sabía entonces que, de todas formas, sería el papá de la primera hija de Reyna. Pese a que el bebé que concibieron juntos se perdería entre reproches y vergüenza, porque esa era la condición para mantener la beca de Reyna en su colegio, lo que ninguno podía imaginar era que, años más tarde, él daría su apellido a una bebé que no había procreado, pero a la que, en ese momento, decidió querer y prometió no abandonar, mientras firmaba en una notaría de Obrajes el documento que posibilitaba, a través de su paternidad, el cobro de un subsidio para la primera hija de Reyna.
No poder pagar el colegio era la manifestación social de la carencia que sus mamás no podían combatir. Lo que casi nadie sabía es que en casa de Reyna se comía de manera irregular y su hermana había desarrollado una extraña compulsión por desinfectarse y desinfectar todo lo que la rodeaba, haciendo de la convivencia un proceso angustiante y patológico. Por eso recuerda con emoción el mejor regalo que pudo darles un 27 de mayo. No tenía un peso para comprar algo, pero en su colegio ese día se rifaban canastones y varios regalos. Para acceder a un número solo había que llevar algún producto y ella no pudo más que robar una bolsa de fideo de su casa, con la ilusión de ganar algo para sus madres.
Recuerda haber clamado al cielo como nunca para que el premio mayor fuera para ella. Recuerda a una compañera burlándose de su desesperación y mostrándole la cantidad de boletos de rifa que había canjeado. Recuerda que, por un milagro, no ganó un simple canastón, sino el spa anhelado para sus madres, que hacía mucho no podían ir ni a la peluquería y jamás podrían pagar el lujo de esa vanidad. Recuerda su sonrisa desafiante dedicada a la amiga y recuerda que esa noche su mamá llegó con mucha comida a casa tras vender el regalo a una vecina. “Eso es ser mamá”, me dice con la voz entrecortada.
La situación se hizo insostenible al punto de comprender que la única persona que podía sacar adelante a esa familia, compuesta por dos mujeres mayores y desempleadas y una hermana loca, era ella, aunque no tenía idea de cómo hacerlo, ni la habría tenido de no ser por una oferta que cambiaría su vida.
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Como era costumbre, una de sus madres y ella le limpiaban el departamento al dueño de casa, que por esos días estaba en La Paz. Pero esa tarde ocurrió algo que no había ocurrido antes: él le preguntó sin mayor complicación si seguía siendo virgen. Reyna le dijo que no, con la naturalidad con la que había aprendido a vivir entre carencias, a aceptar que debía hacerse monja al terminar el colegio para poder seguir estudiando o a ver su nombre grafiteado cerca de su iglesia, luego de su aborto, junto con palabras que prefería olvidar.
Lo que no podía ignorar era el sufrimiento de sus madres. Además, Geraldine se lavaba y desinfectaba las manos 30 veces al día desde que había vuelto de Copacabana, donde trabajaba como secretaria, y no se la podía ni tocar. No se podía usar el baño, no se la podía contaminar y su enfermedad no sumaba un peso, sino que se había convertido en un gasto más. ¿Cómo no decir que sí a la propuesta del casero cuando contó delante de ella los billetes y le dijo que podían ser suyos si ella accedía a tener sexo? Cerca de 300 bolivianos en medio del agobio significaban soluciones prácticas para un drama familiar al que, de otra forma, ella no habría podido hacer frente; total, solo sería una vez, así como con Franco. Igual.
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Dícese que el dinero fácil es aquel que llega sin esfuerzo. Lo irónico es que los hombres crean que comprar sexo a ellos sí les cuesta, pero a las mujeres venderlo, no. Lo cierto es que mientras haya quien lo pague y alguien que necesite ese dinero, habrá quien lo venda, como una mercancía más.
En Bolivia, comprar sexo puede llegar a costar cientos de dólares, según la categoría de la mujer —el club, la “sala de masajes”, el catálogo o la agencia—, pero también se puede conseguir hasta por 20 bolivianos si la trabajadora es cholita y vieja, y si se vende en El Alto, donde posiblemente tenga que entregar una parte de la ganancia al dueño del local donde trabaja. Hechas las cuentas, una mujer puede llegar a trabajar por 10 Bs para un extraño que, tal vez esa noche, también quiera matarla.
Una mujer también puede decidir no entregar los 20 Bs que usualmente le cobra un proxeneta por “cuidarla” dentro de un prostíbulo de El Alto —los más baratos— y puede elegir trabajar en la calle, a su riesgo y suerte. Golpes, insultos, vejaciones, amenazas, tajeadas, ahorcamientos, puñaladas, violaciones y homicidios no son extraños al oficio. ¿Por qué? Porque se puede.
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Don Bernardo, el dueño de su casa, había sido “decente” pese a todo. Luego de recibir su dinero y recordando las carnes flácidas del viejo, Reyna se negó a volver a estar con él, pese a sus reiteradas propuestas y a que “no le hizo nada”. El hombre volvió a Estados Unidos y de él no se volvió a saber, pero ella se encontró de nuevo con la carencia, que la llevó a trabajar como secretaria supuestamente bilingüe de un diputado masista, sin saber más de dos palabras en aymara. Algo de secretariado había aprendido, sí, pero tuvo que inventarse la otra lengua cuando Giovani, ahijado del jefe, no lograba hacer de traductor. Luego de tres meses de viajes constantes, como cosa del destino, no tuvo más remedio que acostarse con el diputado para conseguir que le pagaran lo adeudado. Finalmente, no había firmado nada y, aunque lo hubiera hecho, ¿de qué habría servido?
Tiempo después, luego de intentar trabajar en cuanto oficio no requería un título, vio un anuncio en el periódico que solicitaba masajista, y ella, con 21 años, pensó que había encontrado al fin algo que podía hacer; no por nada una de sus mamás era enfermera y Reyna la había visto dar masajes. Se presentó una tarde con un mandilito blanco en una casa en Sopocachi —cercana a una clínica que ya no existe y que tenía por clientes a futbolistas de clubes importantes— para ponerse al servicio, sin imaginar que lo primero que le pedirían era elegir un par de zapatos de taco alto de entre los que estaban tirados en el pequeño cuarto donde la apuraron para cambiarse. Tras quedarse con su jean, ponerse los zapatos y cubrirse con el mandil, se sintió lista y, por difícil que parezca, no entendió hasta muy tarde que las mujeres que la rodeaban no estaban allí para dar el masaje que ella suponía ni iban disfrazadas de nada, porque inmediatamente después todas se encontraron frente a un cliente que la eligió a ella, “que era gordita y bajita, cuando había una chica hermosa delante a unos centímetros”, pero la chica hermosa no era nueva. Lo que siguió en los segundos siguientes definiría el curso de su vida y sería la escena que, con mayor o menor estatus, vería a lo largo de los años. Luego del “ella”, el cliente extendió 400 Bs y quien los recibió le mostró 200. En medio del estupor, la chica hermosa le empujó una bandeja con sábanas, lubricante y condones. “Lo había entendido, pero esos 200 ya eran míos. Pase lo que pase, ya eran míos”.
Ese cliente fue su graduación. Si había logrado pasar las dos horas más espantosas de su vida, podría volver a prostituirse en ese u otro lugar, y así lo hizo, asegurándose de que ese hombre no volviera a verla. En todo caso, de ahí en más la escogieron poco: ya no era la nueva ni era, de lejos, la más atractiva.
En lo sucesivo, no hubo forma de que retornara a otro tipo de oficio, aunque lo intentó. Nada pagaba como la prostitución y ese dinero incluso le permitía estudiar, que fue lo que hizo hasta que decidió abrir su propio “local”. Allí la golpearon cuando estaba embarazada de su primera hija y terminó cerrándolo por malos manejos económicos.
Hasta la fecha, tiene tres hijas —o cuatro, debería decir, si se cuenta el bebé que viene en camino—, cada una de un padre distinto. Todos sabían lo que ella hacía, pero con ninguno pudo formar una familia. Solo Franco gravitó fuertemente en su vida, hasta que murió hace poco. Por otra parte, la relación con su hija mayor es prácticamente inexistente. Tal vez sigue sus pasos. Reyna la llama su cruz, y con toda la razón del mundo.
Finalmente, viéndose cada vez menos atractiva, llegó a El Alto, lo que para ella significó conocer la decadencia de una práctica que ya no habría podido sostener de otro modo.
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“Hace poco ha muerto mi hermana con cáncer; esa que te conté que se lavaba y desinfectaba las manos todo el día desde que la violaron y que me dijo ‘recogida’. Murió por la fecha en que murió el padre de mi primera hija; bueno, el que le dio su apellido, porque el verdadero no cuenta, como te dije. Por eso me he perdido”, me dice, sin emoción, Reyna, Lisbeth o Yasiara: tantos nombres ha tenido en los últimos 18 años, todos en memoria de mujeres odiadas. Sus amigas le dijeron que se bautizara así en el trabajo, como una especie de protección o deseo diferido para que fueran “esas” a quienes les pasara todo lo malo. Pero el rito del bautizo no sirvió. Ni con nombre odiado podía imaginar que un sujeto querría matarla con la complicidad del administrador de uno de los locales donde trabajó, quien, lejos de defenderla o ayudarla, la dejó sola, combatiendo cuerpo a cuerpo con el hombre que terminaría por romperle un diente que no ha podido arreglar hasta la fecha y la golpearía con todo lo que pudo por no dejarse violar. Lo que sí le quedaría claro es que esos hechos no se pueden denunciar, porque para la policía una trabajadora sexual no puede ser violada o agredida. “Para el IDIF una mujer dentro de un prostíbulo no tiene derechos. Si no quiere que la violen, ¿qué hace ahí? Si trabaja ahí, que se aguante, ¡quién le manda!”
Los clientes son, por lo general, repulsivos y huelen mal; de ahí que drogarse o embriagarse las ayude a no mirar, no pensar, no oler ni sentir. Además, eso corta las lágrimas de los primeros días y tapa lo que los vestidos obligan a mostrar; una puede relajarse y sufrir menos, aunque luego muchas terminan con gastritis, úlceras u otras enfermedades, al punto de tener que parar por temporadas para recuperarse antes de volver.
La competencia es dura, por lo demás; hay mujeres casi niñas y también abuelas. En todos los casos se busca terminar rápido, cobrar el dinero y volver a la casa —el cuarto—, donde están los hijos, encerrados, dormidos o cuidados por la vecina. Ellos no saben qué hace su mamá, no pueden saberlo. La mayoría de ellas entra a los locales casi a escondidas, cubiertas, beneficiadas por la pandemia, que, gracias a un barbijo, les permitió ocultarse mejor. Cruzan la calle, como si solo pasaran por allí, y luego de mirar a la izquierda y a la derecha ingresan por pequeñas puertas, creyendo que no fueron vistas. Algunas comen antes de entrar en los puestos callejeros, por lo general acompañadas; otras guardan lo comprado y entran con prisa en los locales, por puertas de garaje que de día pasan desapercibidas y de noche dan acceso a espacios adaptados por dentro: piezas pequeñas, algunas con las ventanas tapiadas, dispuestas alrededor de lo que sería —o en algún momento fue— un patio interior, todo rodeado por un segundo muro. Otras necesitan drogarse antes de entrar, evadirse, reír, generar orgullo por lo que hacen, un trabajo como cualquiera, dicen. Nada de qué avergonzarse, afirman, pero igual sienten vergüenza, dolor y culpa. Mi familia no puede saberlo. “Por favor, cambiá los nombres si vas a publicar esto”.
La puta quiere, la puta es floja, para la puta es fácil. Si no le gustara no estaría ahí, no lo haría, no se dejaría, no cobraría, no cogería, no disfrutaría, dice que dicen.
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“A algunas les gusta”, me cuenta quien fue Karina durante muchos años, una amiga de Reyna que comparte con ella otra historia de carencia extrema desde la niñez, plagada de violencia. “Les gusta ─me dice─ porque se acostumbran a ese nivel de vida. Si ganas 3000 o 4000 bs cada noche, es difícil volver a ser empleada o a limpiar baños”, pero ese no es el caso de ninguna de las dos, que han limpiado baños y cocinas y han vendido de todo, como tantas mujeres aymaras que no pueden escoger qué hacer con tal de poder comer. Bajitas, gorditas, enfermas, madres asfixiadas por las deudas que luchan por la tenencia de sus hijos, aunque sea en un cuarto o en la trastienda de un quiosco de venta de desayunos, como es el caso actual de Reyna, no pertenecen al minúsculo grupo de mujeres bellas que venden su cuerpo solo a quienes eligen. No es su caso. A Reyna no le gustaba ser esclava a diario ni recordar escenas que prefiere no contar y que solo resume en un “No te puedes imaginar lo que ese hombre me hizo hacer”.
—¿No te sentías violada?
—Sí.
—Pero tú estabas ahí porque querías.
—Nadie normal puede querer tener sexo con hombres que dan asco.
No lo creo, ciertamente, por lo que lanzo la pregunta que más curiosidad me causa: “¿Cómo hacías para soportarlo?”, sin imaginar lo que iba a escuchar: “Dejando de existir. Yo pensaba: no soy, no estoy, no existo. Hasta que terminaba…”.
“Dinero fácil”, vuelvo a escuchar. Diez hombres —por lo menos— cada noche te tocan, manosean, mueven, penetran, escupen, besan, aprietan, lastiman, desangran, golpean, insultan, humillan, hieren, apuñalan, matan… Increíble, pero la mayoría de esas mujeres piensa que no podrían hacer nada más.
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Proyect Suma es una fundación asentada en El Alto en beneficio de las mujeres en situación de prostitución. Cada día ofrece diversos servicios y talleres, e incluso subvenciones para quienes quieren dejar el trabajo sexual. Los voluntarios hacen visitas regulares a los locales de la 12 de Octubre, en plenas horas laborales, llevando regalos a las mujeres e invitándolas a distintos talleres, a los que ellas asisten en compañía de sus hijos; incluso cuentan con servicio de guardería. Así, madres e hijos aprenden actividades que podrían constituir una alternativa para ellas. No se les pide que dejen el trabajo sexual para asistir a esos talleres, pero muchas de ellas, con el tiempo, terminan haciéndolo, tras meses o años de terapia, apoyo legal y prácticas de restauración.
La prostitución que nos presenta el cine es muy distinta a la realidad de esta ciudad sin Dios ni ley. Hay mujeres que venden sus cuerpos para construir casas y comprarse autos, provocando la admiración de otras. Algunas, sin embargo, se prostituyen para pagar la comida y los cuartos de alojamiento donde dejan a sus hijos encerrados por la noche, compartiendo el espacio con otros niños y jóvenes, mientras alguien dice cuidarlos. Los hijos son el motor de su vida y la razón de su trabajo. Hay quienes tienen hijos enfermos y se prostituyen, desesperadas por pagar su tratamiento; otras han perdido la custodia por falta de empleo. Casi todas provienen de contextos de abuso constante y sufren distintas formas de violencia. Ciertas parejas de turno saben a qué se dedican sus mujeres, otras lo ignoran y hay quienes lo descubren al encontrar a un cliente con ellas. Muchas parejas se forman en el ambiente, todas destinadas a fracasar. Ambos se comprometen a dejar de frecuentarlo, pero alguno de los dos siempre incumple. Hay hijos de relaciones previas, hijos que son responsabilidad de una madre que ha escuchado desde niña que no sirve para nada más. Reyna, en cambio, y para mi sorpresa, se siente muy valiosa.
En ese contexto de “lo dejo, pero tú también” nació quien llamaremos Dalila, su hija mayor, fruto del amor y de las lágrimas que su madre se pasó derramando todo el embarazo, porque el padre no quiso saber de ella. “Ahí comenzó mi error, porque además de llorar tanto y de poder ser abortada por los golpes del sujeto que quiso robarme, le di dos padres y Dalila no sabía ni a quién llamar el 19 de marzo, porque ninguno servía”. Pero no solo le dio dos padres, sino dos madres también, porque durante los primeros años de su vida quien veló por la niña fue una de las tías abuelas, mientras Reyna trabajaba. No le faltó nada, salvo ella, y tal vez por eso la niña se mostró siempre rebelde y problemática. “La única forma de controlarla eran los golpes”, cosa de la que Reyna se arrepiente, confesando que no había otra manera de castigar los robos, las mentiras, la histeria y la pornografía que empezó a consumir desde que tenía diez años. Sus escapadas de casa, cada vez más lejanas; un intento de suicidio; las escenas de gritos patológicos y reproches; y hasta unas filmaciones en las que Reyna asegura que se ven cosas extrañas —que las obligaron a cambiarse cuatro veces de casa, intentando huir de esas sombras— han confirmado que Dalila está enferma; enferma de mal, ya que intentó asfixiar a su hermana bebé y mató a su gato ahorcándolo. No es raro que golpee a su madre ni que desaproveche la mínima oportunidad para dañarla. Mientras escribo esto, Reyna me cuenta que Dalila ha huido una vez más de su casa, bulímica y “mal de la cabeza”. Debe tener esquizofrenia, le digo.
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Antes de que la pandemia lo cambiara todo, Reyna conoció a un cliente de quien se enamoró: un médico con quien decidieron formar un hogar, especialmente porque juntos tendrían una niña. Ella dejó de trabajar, puso el quiosco de venta de desayunos y vio desmigarse cada uno de sus sueños por el virus que dejó sin aliento a su nuevo compañero. Él partió sin conocer a su hija y Reyna, embarazada, no podía ni pensar en volver a trabajar.
Para colmo, Geraldine, la “medio” hermana, se quedó con las cosas de las viejas, la casa de Obrajes y hasta una garrafa, la única que tenía Reyna para cocinar, pero en compensación le dejó a sus perros, de quienes Reyna no se queja, porque los ama. Cuando Reyna estaba viuda y con un bebé recién nacido, en medio de la tragedia de la garrafa, llegaron a su vida “los hermanitos” de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que, a tiempo de escucharla, le iban solucionando de a poco la vida en pandemia. Como le proveyeron lo básico para que la madre que le quedaba, anciana y con cáncer terminal, pudiera sobrevivir un día más, no fue difícil convencerla de vincularse con la Iglesia y recuperar al Dios de su juventud, con quien, dice, nunca llegó a pelearse. Ella está convencida de que ese Dios la sostiene para evadir la inutilidad de la queja, y es cierto, ya que en las ocho veces que nos habremos visto y en todos los chats que hemos mantenido nunca le he oído un lamento, aunque sí muchas lágrimas de emoción y nostalgia, como si tuviera perfectamente naturalizada la dureza de la vida, excepto cuando habla de su hija mayor. Tampoco sonríe, pero con frecuencia mantiene el sentido del humor para burlarse de sus propias desgracias.
¿Quién imaginaría —ni siquiera al ver las puntas de cabello que mantiene amarillas como la última evidencia de la vida que llevó— que, pese a su sobrepeso, la hernia inmensa que carga, el diente que le falta, la pobreza de su aspecto y el último bebé que lleva dentro, los hombres pagaran por unos minutos de sexo con ella cuando los esperaba en la puerta de su pieza, totalmente desnuda, con zapatos de taco alto, una manta que apenas le cubría la espalda y una máscara en la cara? Aún hay anuncios suyos tatuados en la web: imborrables, perpetuos, destinados a preservar la memoria de lo que fue. Su número de teléfono todavía aparece como el de una amorosa masajista y también como lo que es hoy: enfermera, aunque, una vez más, desempleada.
Está terminando una licenciatura, aunque lleva retraso en las cuotas, para sumarla a los dos títulos de técnico superior que nunca le pagaron como la calle. La web no sabe de cambios de vida. Pero a Reyna le interesa que cuente la suya, le interesa contármela porque hace mucho tiempo la directora de Proyect Suma, la fundación que le cambió la vida al entregarle una noche un panetón de chocolate en la puerta de su pieza junto con una invitación, le dijo que ella valía mucho, que tenía mucho futuro y madera de líder, y que haría muchas cosas lindas en su vida.
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Últimamente se me hace difícil verla, así que le pido que me cuente más por audios y transcribo lo que me graba con la naturalidad de siempre.
“Yo, en estos momentos estoy saliendo de muchas deudas, pero sigo viva y tengo las fuerzas para hacerlo, y gracias a Dios ya he conseguido un trabajo que no tenía desde hacía mucho tiempo, para que hayan de a poco ingresos y pueda matar de a poco las deudas. La fundación también me ha ayudado con útiles para mis hijas. Yo sé que si hubiera sido mi momento de irme me hubiera ido hacía mucho tiempo, pero no es mi hora, no es mi destino.
Yo soy alguien grande, con muchas capacidades y muchos talentos. Ojalá pueda sacar a más mujeres de la prostitución y que salgan de ese dolor, aunque a mí me duela que tenga un padre que se ha olvidado de mí, que recientemente me haya enterado que está pagando en la EMI estudios para uno de mis hermanos, mientras yo estoy arañando deudas.
Tengo ya casi 37 años con un aspecto de 50, pero con una mente de 100, provocada por haber despertado mis ojos a la calle para poder sobrevivir cada día mientras trabajaba en la noche. Muchas veces sueño con esos días, con miedo y con angustia. El trauma me queda”.
—¿No te entra nunca la tentación de volver a trabajar en el ambiente? —escribo.
—Con ese dinero ya hubiera pagado varias cosas, pero le pido a Dios que me ayude a no voltear más atrás y seguir adelante de una manera digna, porque se puede.

