La cicatriz que palpita
Las cicatrices son viajes en el tiempo. Nada raro señalar una y que su portador te cuente una anécdota tristísima o graciosa. “Era solo un niño y me caí sobre una ventana”, “estaba en la promo y choqué el auto de mi papá”. Distintos escenarios que propiciaron sangre, quizás una enseñanza, pero siempre una memoria. Entonces las cicatrices son expresiones de un momento que dolió y del que ahora te ríes o todavía sufres. Una huella física que por siempre te recordará que hubo una vez que la vida fue violenta y sobreviviste.
Lo agridulce de lo corporal es que pasa: así como envejeces, las heridas se vuelven cicatrices. Y aunque en algunos casos hay secuelas que alteran la fisiología, lo usual es que las cicatrices ya no se sientan como heridas que palpitan mientras derraman sangre; todo lo que queda de ese dolor es mental: un eco que rehúsa a irse, que puede ser leve, pero que también puede ser tan estruendoso que los psicólogos comienzan a llamarlo un “trauma”.
Y eso es Lo construido y lo que se derrumba de Isabel Antelo. Esa es la mejor forma de describir esta novela de 296 páginas editada por Editorial 3600: un texto que te sumerge en la mente y perspectiva de una persona llena de historias y momentos que prueban que los traumas son cicatrices que palpitan.
La trama sigue a Lali, una mujer muy joven que se hace cargo de sus hermanos tras una tragedia familiar. No. Eso es quedarse cortos. La trama ES Lali, pues suceden muchas cosas a lo largo de todos los años que retrata el libro, pero todas las vivimos dentro de la mente de la protagonista. Es decir, la acompañamos en su marcha inexorable hacia el epílogo, cuando el tiempo deja de avanzar y vemos el destino resuelto de todos los personajes.
Valiéndose de prosa en primera persona, más que contar una historia, Antelo construye la mente de alguien. Cualquiera diría, sin faltar a la verdad, que eso es, básicamente, lo que hacen los escritores que eligen este tipo de narrador, pero lo que no todo escritor o escritora logra es sumergirnos en esa mente y que, por un momento, mientras leemos, nuestra propia subjetividad sea suspendida y quedemos atrapados en un flujo de pensamientos ajenos. Con palabras e ideas simples, que despliegan sentimientos, situaciones y filosofías complejas, Antelo nos convierte en Lali, una mujer que vive su presente atrapada en su pasado.
Porque esa es la constante de la novela: el pasado siempre presente, la cicatriz palpitante. Todos los eventos del presente de Lali están contaminados por su pasado, pero el doloroso, las memorias de lo perdido, de lo anhelado y nunca realizado. Lali está atrapada en sus traumas, son ellos los que la definen, los que se asoman en el flujo narrativo para interrumpir su cotidiano y condicionarlo con aquello que nunca sanó del todo.
Ese es uno de dos —entre muchos más— logros de Isabel Antelo que quiero resaltar a propósito de esta que es su primera novela: la construcción de una voz que genera empatía en el lector como para que entienda cómo funciona una mente con trauma. Tal como lo definen psicólogos y psiquiatras, el trauma es una huella del pasado a nivel de memoria consciente y sistema nervioso que hace que el cerebro pierda la capacidad de distinguir el “entonces” y el “ahora”. Es una respuesta fisiológica condicionada en la que cada que aparece el recuerdo doloroso, el sistema nervioso envía hormonas de estrés para despertar las respuestas de lucha, huida o parálisis, haciendo que la persona viva el hecho como si estuviera de vuelta en el momento en que sucedió.
Y a Lali le pasaron muchas cosas. Ha sufrido muertes, ha vivido faltas y ha crecido con distancias afectivas que constantemente recuerda en cada crisis, cada drama que suceden en tiempo presente. Pero lejos de juzgarla por sus errores (aunque lo hacemos) y cuestionarla por sus decisiones (y en el clímax de la novela, claro que lo hacemos), sentimos junto a ella, porque el tono y ritmo de la redacción de Antelo no se pierden en adornos innecesarios, experimentos de estilo o divagaciones filosóficas. La escritura habla en clave íntima de lo cotidiano, la maternidad y el duelo desde la voz de una persona promedio de la clase media boliviana.
Con eso no digo que sea fácil leer toda esa carga emocional, lo que digo es que Antelo la hace atrapante. O quizás sea más preciso decir la palabra que odian casi todos los que hacen reseñas: “entrañable”. Lali, la mente de Lali, la manera en que la escribe Antelo, es entrañable porque es, a toda regla, estrepitosamente humana. Incluso si eres de esos lectores que necesitan dejar el libro ocho meses antes de retomarlo, Lali seguirá en tu cabeza y cuando la retomes, recordarás cómo funciona ese flujo narrativo, cuál es la lógica que mueve a este personaje y cada revelación te permitirá comprender mejor al libro entero. Porque el libro entero es Lali.
El otro logro —entre muchos más— de esta novela que quiero resaltar es el hecho de que su trama y sus temáticas se sientan tan novedosos. En su artículo, The case against the trauma plot, Parul Sehgal nos dice que no es sorprendente que las tramas centradas en el trauma se hayan vuelto comunes, considerando que en 1980 la psiquiatría definía que el trauma venía de “eventos fuera del rango usual de la experiencia humana”, pero que hoy en día también es “todo aquello que el cuerpo percibe como demasiado intenso, demasiado rápido o demasiado pronto”. Sehgal nos dice que si bien eso ha expandido el número de personas que reciben atención psicológica, también ha hecho que más gente pueda adecuar sus síntomas de angustia y dolor a algo cercano a un diagnóstico de desorden de estrés post-traumático. El término trauma, nos dice Sehgal, se ha vuelto tan elástico que en un crimen de guerra podemos decir que está traumada la víctima, pero también el perpetrador, e incluso el periodista que reportó la noticia, o los descendientes de cualquiera de ellos, hasta el historiador que lee sobre el hecho cien años después.
Sehgal da ese contexto para establecer que, ni bien la literatura testimonial se convirtió en talk shows, reality shows y blogs que luego se volvieron vlogs (que ahora son lives), ahí fue que el trauma comenzó a convertirse en una identidad y, por ende, en una trama usual en el cine, la televisión y en los influencers. El trauma es ahora una forma de ser que atrae público y viralidad porque accede con facilidad a lo más intenso de la experiencia humana. De pronto los personajes modernos siempre tienen una backstory trágica que los define y que deberán enfrentar (no superar) a lo largo de la trama.
Lo construido y lo que se derrumba no cae en ello. Sí, es una trama de duelos no resueltos, pero lo fresco está en que, a diferencia de la mayoría de los productos audiovisuales y escritos que son tan populares hoy en día, no es una búsqueda forzada de un final feliz, o una moraleja, ni siquiera de un sentido. Al llegar al epílogo han pasado muchas cosas, pero no se sienten como la arquitectura de una historia que tiene que seguir pasos obligatorios para serlo. Más bien se siente como que acabamos de vivir en carne propia la cotidianidad condicionada por el trauma. No tenemos pena del personaje carismático y hegemónico que no podía dejar ir el dolor y que para el final solo encontró una nueva adicción para callar sus demonios (la típica transición de cocainómano a jesusmaníaco), sino que habitamos la cabeza de un ser humano, de Lali, entendiéndola casi sin querer, porque estamos viviendo el presente con ella mientras sentimos el palpitar de sus cicatrices. Su voz convierte nuestro cuerpo en el suyo. Para el final, sus cicatrices son las nuestras.
Por eso amé este libro, porque amé a Lali. Ella está viva, su dolor y confusión se sienten reales. La novela es una voz que se apodera de tu cabeza, especialmente si puedes poner en pausa el ego propio y animarte a cerrar los ojos y entregarte a la experiencia empática de leer a Antelo.
Sobra decir que la recomiendo. Es un libro intenso e inolvidable que leí con sorpresa y envidia (la típica de un escritor que lee algo brillante). Es una novela que me hizo pensar, me hizo llorar, me hizo sentir mis propias heridas y cicatrices, reafirmando mi firme convicción de que la mejor literatura es la que te afecta, en el sentido de que te genera afectos y que tiene efectos sobre ti. Como una herida cicatrizada que nunca deja de palpitar.

