Charla de Café

Andrés Canedo, a través de una charla de café con un amigo, traza la relación del circo con el teatro; un motivo que lo lleva a recordar un amor prohibido que ocurrió en los 80, en La Paz, cuando él ponía en escena la obra I Pagliacci de Leoncavallo, donde se demuestra que, irónica y trágicamente, el arte se acerca demasiado a la vida.

Aquella noche, en el café, conversábamos con Emilio, y él me contaba de los viejos circos que hacían un desfile cuando llegaban a un nuevo pueblo y toda la gente los seguía alborozada. Claro, yo cuando niño había visto muchos circos en Tartagal, mi pueblo (aclaro que soy cochabambino, criado en Tartagal), pero esa tradición ya había desaparecido. Simplemente íbamos al circo a embriagarnos de sueños, sobre todo el de cobrar el coraje necesario e irse con el mismo a vivir una vida de perpetua libertad y también, por supuesto, a soñar desde la distancia de nuestro asiento con la bella ecuyère de piernas y rostro perfectos que parecía solo mirarlo a uno, ya completa y fugazmente enamorado, desde lo alto de su caballo blanco.  Los circos de mi tiempo, además de acróbatas, trapecistas, payasos, caballos amaestrados y leones o tigres dóciles a su domador, añadían una obra de teatro al final; generalmente tremebundas historias de amor o la historia teatralizada de algún gaucho matrero cuyas andanzas producían una mezcla de temor y admiración. Un clásico de aquellos circos solía ser la vida teatralizada de Juan Moreira, el gaucho matón, bueno con el facón, y que trabajaba para los políticos como guardaespaldas, con todo lo que eso implicaba. Y para el público surgía la mezcla de tristeza y satisfacción que sentíamos, cuando al final, a Moreira, que está por alcanzar su caballo para fugar de la policía que lo ha arrinconado, el fatídico sargento Chirino le clava una bayoneta en la espalda y lo mata. Supongo que aquel, como teatro, era muy malo, pero al público igual le cautivaban estos dramas y es posible que, además de mi participación como niño en Casa de Muñecas de Ibsen, hayan sido esos teatros de circo los que me impulsaron a ser actor.

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El cartel de la presentación en La Paz, donde Canedo hizo la puesta en escena y vivió su propia tragedia. /Fotografía: Gentileza de Andrés Canedo.

Pero a lo que quería referirme es a los desfiles de los circos llegando a los pueblos. Le conté a Emilio que yo había hecho, en La Paz, “la Regie” (la puesta en escena, creación de movimientos y desplazamientos, disposiciones en el escenario, manejo de la actuación) de la ópera I Pagliacci de Leoncavallo y que, al principio de la misma, se produce justamente el desfile del circo seguido por la gente del pueblo. Claro que mis recuerdos empezaron desde los trabajos por entender la partitura, atribuirles un valor a aquellas misteriosas notas musicales para que pudieran servirme de guía, y, desde luego, entender el italiano, porque las clases que había pasado (y desaprovechado) en el colegio no me eran suficientes. ¿Cómo podría haber indicado sentimientos, acciones, reacciones, sin comprender lo que decía la letra de los cantantes? Le conté también del esfuerzo que significó lograr que los intérpretes dejaran de mirar todo el tiempo al director de orquesta, esperando desde sus gestos y movimientos de batuta el momento de sus “entradas”, y tal vez, además, las intensidades, las emociones. Me era inadmisible que, por ejemplo, en el dueto de Silvio y Nedda, se dijeran palabras de amor sin mirarse, con una evidente distancia física y carencia emotiva, rompiendo toda verosimilitud. Le dije también lo difícil que me había sido mover al coro y evitar que en ciertas escenas hicieran “sobre énfasis”, término técnico de la puesta en escena, que se refiere a que no es recomendable enfatizar excesivamente una acción, pues se pierde la visión del conjunto.

 Pero todo ello no había sido lo más importante para mí, pues en la cima o, tal vez, en la sima de todos esos mis recuerdos, estaba el del amor secreto que yo había iniciado con una de las participantes del coro. Secreto, porque ella tenía un novio, que no era precisamente un debilucho y, por la forma en que la vigilaba, no parecía justamente manso. Hacía ya días que trabajábamos juntos, pero yo no la había mirado; o tal vez sí, pero no la había visto, no había absorbido su esencia desde los ojos. Una de esas noches, soñé con ella un sueño erótico intenso y tan vivaz que permaneció, como la niebla espesa, cuando me estuve levantado. A la hora del ensayo, un rato de aquellos en que estuvo sola, me le acerqué y le manifesté: “Anoche soñé contigo”. Ella me sonrió y respondió así: “Te esperaba, porque yo también soñé contigo”. No nos contamos los respectivos sueños, pero ya estaba todo dicho. Más adelante, en una de las pausas, le señalé el camino hacia el baño. Allí, en ese lugar momentáneamente deshabitado, le entregó a mi boca el néctar de su lengua dulce y jugosa, se apretó contra mi cuerpo, transmitiéndome desde el suyo la evidencia de sus ansias, sin falsos pudores, diría que sin miedo. Me deleité con aquella lengua delgada, que colaboraba en la emisión de las palabras suaves o tremendas del canto, pero que, además, era sabia para brindar todos los encantos del silencio en que se desarrolla la pasión. Todo fue muy fugaz, unos segundos de poder rozar el paraíso, como mezquinamente nos es dado a los humanos en esta tierra, y luego volvió corriendo a reintegrarse con su grupo.

 De esa manera se fueron repitiendo los días, breves escapadas entre el trabajo y el tiempo preciso para que ella me comunicara que no podría encontrarse conmigo fuera de los ensayos, porque vivía con el novio y aunque este trabajaba, parecía que tenía a toda la ciudad como cómplice, ya que de todo se enteraba. Pero mi esperanza no murió, aunque a mi espíritu humilde, pareció bastarle, por el momento, aquella entrega incompleta. Ya encontraría la forma, me dije más de una vez. Sin embargo, no encontré la forma. Ella siempre se negaba a un encuentro a solas y fuera del lugar de ensayos. Llegué a pensar que ella apenas arriesgaba hasta donde le era seguro, llegué a pensar que jugaba conmigo. Sin embargo, a pesar de todo, me conformaba con esos frutos efímeros que me entregaba. No tenía la fuerza ni la decisión para exigirle más. Yo también me pensé cobarde. Ya, durante las presentaciones, cuando el coro se retiraba a esperar su próxima entrada en el camarín de comparsa, ella escapaba, corría por los laterales y por detrás del escenario cubierto por la escenografía y me encontraba en mi puesto, a la derecha de la escena, entre las “patas” de tela negra que caían desde arriba y que ocultaban lo que pasaba atrás de ellas, desde donde yo dirigía con la mente y con el espíritu a ese enorme grupo de gente que interpretaba la ópera. Allí, durante unos segundos se fundía a mí, me entregaba su boca, luego reía y partía tan repentinamente como había llegado.

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El circo brinda el sueño de escaparse y vivir en libertad. /Fotografía: Daniel Vera.

Mientras tanto, yo “vivía” las escenas principales de la obra. Estaba como desdoblado, pues por un lado era Silvio, reclamándole y declarándole su amor a Nedda, aunque el personaje de Silvio me parecía demasiado anodino. Pero me gustaba aquello de “E allor perchè, di’, tu m’hai stregato” (Entonces di, por qué me has hechizado). Pero sufría también con Canio, el pagliaccio, en el final, en que la obra de ficción se confunde con la realidad, y él está a punto de matar a su esposa Colombina, por su traición. Yo también era el hombre traicionado que decide matar a lo que más ama. Para esa escena, cuando Nedda entiende que la representación se ha salido de curso y se le aparece la realidad de la muerte inminente, yo le había marcado que, en medio de su terror, hiciera un bailecito entrecortado, durante el cual dice varias veces “Pagliaccio”, tratando de evitar lo inevitable, que me recordaba, tal vez por la actitud general, a Giselle (la del ballet homónimo) cuando enloquece. Pero Canio, en el colmo del furor le responde: “No! Pagliaccio non son; Se il viso è pallido, è di vergogna, e smania di vendetta! L'uom riprende i suoi dritti. E'l cor che sanguina vuol sangue, a lavar l'onta, o maledetta!” (No, payaso no soy, si el rostro es pálido es de vergüenza y deseos de venganza… y el corazón que sangra, quiere sangre para lavar la vergüenza, oh maldita). Entonces, curiosamente, así alejado de la realidad de mi vida, me convertía también en víctima, cuando en verdad yo era la parte nociva de la situación.

El último día de la temporada, aparte de los besos fugaces de siempre, no había pasado nada. Sin embargo, entregué una tarjeta de agradecimiento a cada uno de los protagonistas y a mi muchacha del coro le preparé una especial. Era un dibujo de un famoso diseñador, sobre una tarjeta tipo postal, que me regaló René Capriles, un amigo, en homenaje al amor imposible. Un hombre loco va llevando el hilo de una cometa, un barrilete, que es en realidad, un corazón. Él va prendido, sujetado a ese corazón lejano y que vuela. Atrás de la misma, donde se escribe, transcribí, copiándolo de la partitura, toda la primera estrofa de amor de la canción de Silvio para Nedda, pero copié las notas, pues supuse que ese lenguaje críptico no sería descifrado por el novio, pero que ella, música como era, sí lo entendería. Además, el hombre, con el barrilete como corazón, podía pasar simplemente como una imagen de cariño no contaminado. Con esa tranquilidad se la entregué, pero ya no hubo ni el beso final, porque todos los del elenco andaban por ahí. Así, terminó la historia. Nunca la volví a ver.

Emilio me mira y sonríe. Él, que es un hombre de circo, tiene esa capacidad de comprensión y de generosidad, propia de los de su oficio. Pero Emilio, que tenía un papá “cirquero”, como él, y amante de todas las artes, pone desde su celular la música de “Vesti la giubba, e la faccia infarina” (ponte la chaqueta, el traje de payaso, y enharina la cara), aria principalísima de I Pagliacci. Así, a las doce de la noche, en ese café de Santa Cruz, todavía con bastante gente, nosotros escuchamos, con toda la emoción asomándose a nuestros ojos, expresándose en los rostros, en las manos, en los cuerpos todos, el sonido poco prolijo del celular, lanzando las notas de esa tragedia de amor, de la que acabamos de hablar.

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Sin asesinato, como el que cometió il Pagliaccio, el amor del autor también tuvo que morir. /Fotografía de archivo.
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