Fuego cruzado

¿Qué queda en medio cuando una enfermedad se convierte en batalla? Desde un oncológico, Yuvinscka Pereyra se aproxima a una experiencia marcada por el diagnóstico, el miedo y la incertidumbre.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

NIC 2. NIC 2. ¿Me escucha?

Pitido metálico, vista nublada, palpitaciones quirúrgicas, ofuscación total. Un trozo de papel bailaba entre mis dedos temblorosos, parecía el mapa de un campo minado. 

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“En esta guerra de miedo y diagnóstico, donde el aire sabe a maldición, el primer golpe no siempre es el final”. / Fotografía: Bilal Furkan [Pexels].

Salí a tientas del consultorio, no encontré el celular. Sentí que respiraba alfileres arrebatando el último hálito de objetividad. Pensamientos rumiantes de muerte me invadieron al son de “Crawling” de Linkin Park:

Confusing what is real
There's something inside me that pulls beneath the surface
Consuming, confusing

Presioné la tecla de llamar. La pantalla se iluminó: “Esposo”. 

—Hola, ¿puedes venir? La ginecóloga dijo que mi PAP salió positivo. No entiendo nada, me están derivando a un especialista. Ya, te espero. —Mi voz no me pertenece.

La temperatura ambiente aquí en la ciudad de La Paz es de unos 20 °C. Es comparable a un verano breve, una invitación a las mangas cortas y a los helados; pero Evelyn lleva pantalones frizados, chamarra, chalina y una gorra que cubre toda su cabeza. 

Extravagante cool, a primera vista; tiene 40 años, 3 hijos y un esposo maravilloso. 

—Mi esposo es un ángel —me indica.

Cómo dudar de esa afirmación. Él ha sido su sombra y su fuerza desde que una emergencia la arrastró a una clínica hace más de un año. 

—Me han tenido que operar de emergencia. Cáncer de colon, me han dicho.

Evelyn lleva enredaderas tatuadas en las dos manos, como si quisiera que la vida se le trepara por la piel. Excepto por sus ojos, su rostro tiene un maquillaje natural. Están delineados de un negro profundo; parecen sostener, a fuerza, el valor de un vikingo.

—La noticia es fuerte, no sabes cómo reaccionar. Todos piensan que es una sentencia de muerte. Otros hombres las abandonan al saber que una tiene cáncer. En el oncológico veo varias mujeres solas batallando. Es una batalla que nosotras no hemos pedido—. Por un segundo, el tono de voz se le amarga. Recupera el eje de Pronto.  

—Pero la fe es todo.

Hablamos de la importancia de sentirse apoyada.

—Yo no necesito que mi esposo me pregunte cómo estoy, yo solo necesito... 

—Que esté ahí —decimos al unísono, comprendiendo el sentir de la otra. 

Evelyn es peluquera. Ama las mechas y el color, pero el cáncer le ha pasado una factura injusta: le ha quitado el glamour de los tacones y la quimioterapia le ha robado sus rizos.

Sin embargo, ella se consuela con una esperanza estética. Está convencida de que el cabello nuevo le crecerá más ondulado que el anterior.

—Me gusta mucho el cabello ondulado, como el suyo —me dice y sonríe mientras juega con mi melena de león africano.

Su casa es un refugio de pelos y alaridos. 

—Tengo seis gatos y un perro —cuenta con orgullo—, todos rescatados. Mi esposo y mis hijos los atienden. Mi esposo ha tenido que aprender a cocinar para todos.

—Yo vengo a trabajar porque eso me ayuda —se recata. 

La comprendo completamente. Trabajar te ayuda a mantener la mente ocupada; trabajar te hace sentir productiva, trabajar te hace sentir que todavía tienes el control.

La doctora Fanny trabaja en el Hospital Obrero, en el área de patología. Su oficina es un rincón de metal y sombras. No es solo el frío aséptico de los microscopios lo que hiela la sangre, sino lo que le colinda. A la derecha de su puerta, un letrero de letras rígidas marca el límite del mundo vivo: “Morgue”. Allí, la vida y la muerte conviven como si ambas fueran apenas un trámite que se resuelve a pocos metros de distancia. 

—No todos los médicos saben cómo tratar a los pacientes oncológicos — refiere. En su voz se ahoga la compasión e intenta empatizar—. No los pueden hacer ir y venir.

Ella es una correligionaria de los “batas blancas”, de esos que a veces no saben cómo disparar la noticia sin que el impacto los desangre; por eso se escudan en tecnicismos: ráfagas de palabras complejas que caen como granadas de humo, confundiendo a quienes están en la línea de fuego. 

—Estamos para ayudarla —me reitera.

Comprendo, no son ellos el enemigo; estamos en el mismo bando. Pero en esta guerra de miedo y diagnóstico, donde el aire sabe a maldición, el primer golpe no siempre es el final. Ese papel inicial es apenas el pergamino de una declaración de guerra, un punto de partida que puede cambiar de rumbo mientras se recorre el camino hacia la batalla final.

En este paredón de luces blancas, el miedo flota en el aire como un dementor. No es solo el temor a la muerte, es el terror cerval a una palabra específica. Aquí, médicos y pacientes comparten una fobia, idéntica a la que paraliza a los magos frente a Voldemort, el Señor Tenebroso. Para ambos bandos, el cáncer es “El que no debe ser nombrado”: una criatura que te acecha en el silencio, te marca a fuego y te devora. 

Las canciones de Linkin Park siguen sonando en mi cabeza, pero ya no asfixian: ahora son un grito de guerra. Evelyn tiene razón: la fe es todo, aunque esta a veces sea solo el coraje de rescatarse cada día, por los que amas.

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