Profundidades

En su columna para 88 Grados, Mariana Ruiz nos dice que nuestra relación con el agua salada es profunda y misteriosa. Y, sin embargo, lo que creíamos vasto e inconmensurable también está siendo afectado por la actividad humana, desde el fitoplancton hasta la atmósfera. En esta primera parte hablamos de la cadena trófica marina y nuestra relación con ella.

¿Qué sabemos, exactamente, del océano? En un reel de cinco minutos, podemos tal vez explayarnos sobre las corrientes marinas, el lecho oceánico, las fosas abisales, las costas, los seres vivos que dependen de él y multiplicidad de datos más, pero, no hay, ni habrá, un resumen suficientemente preciso. Con cinco océanos, sesenta mares, amén de numerosísimos golfos y bahías, “el mar” siempre estuvo allí: para bañarse, alimentarnos con sus peces y moluscos, para navegar, para delimitar fronteras imaginarias y, también, para asustarnos cuando se pone bravo, bajo el sino de inmensos tifones, maremotos y ciclones. El mar es cosa seria.  

“El mar. Hizo falta tanta agua para disolver tanta sal” de Javier Calcagno y Gustavo Lovrich, aproxima a sus lectores elementos sencillos para la comprensión de esta masa de agua gigantesca. Uno de ellos es el concepto de salinidad: no todo el océano posee la misma cantidad de sal diluida, ni posee, tampoco, la misma temperatura.
La salinidad del mar se mide en unidades ups: cuántos gramos de sal están diluidos en un kilogramo de agua. La salinidad común se mide entre 15 y 40 ups, y la del Mar Muerto, digamos, supera con creces esta medición, teniendo 340 ups.

Gracias a estas diferencias de concentración de la sal, (y gracias a la física) el fondo del mar no se congela como la superficie, preservando la vida cuando por encima tenemos a los glaciares y salvando, en los lagos, a las criaturas hasta el deshielo en primavera.

Segundo, la diferencia de temperatura. Hay 20 placas tectónicas en el planeta que se mueven sobre un centro de lava ardiente, y muchas de ellas están cubiertas de agua. Unidas a los inmensos glaciares de los polos, estas diferencias térmicas implican que los mares no poseen una temperatura uniforme. Masas de agua caliente se chocan con las de agua fría, generando corrientes.

Estas corrientes, a su vez, circunnavegan los continentes, llevando a peces, moluscos y plancton de un lado para otro. Hay, como se imaginará, pesqueros que persiguen cardúmenes por los siete mares y que no respetan ni etapas de veda (aunque garanticen la pesca futura) ni el fondo de los océanos, ni los corales, ni los peces “no comestibles” que se pescan a través de gigantescas redes sin importar qué se arrastra y qué no. Pero ya llegaremos a esa parte. 

¿Cuán profundo es el mar? No lo sabemos. Es decir, sabemos que las Fosas Marianas, (y el abismo Challenger) tienen una profundidad estimada de once mil metros -más que un Everest puesto cabeza abajo- pero lo sabemos por ondas sonoras y radar, ya que la presión no nos permite llegar hasta allí. Más allá de los doscientos metros de profundidad, el fondo del océano permanece, todavía, largamente inexplorado. ¡Y cubre gran parte del planeta! Es tan desafiante como el espacio, con la elemental diferencia de que ya estamos teniendo efecto sobre él.

Sigamos. ¿Qué diferencia al mar de la atmósfera terrestre? Rachel Carlson, en su hermosísimo libro “El borde del mar” explica con pasión, talento y belleza cómo sobreviven las criaturas marinas en los entornos donde golpea la marea. Los arrecifes de la costa de Maine son una excusa para adentrarnos en un mundo mágico, donde las algas, los corales, las almejas y muchísimas otras criaturas viven, se reproducen y alimentan. 

Aquí emerge la diferencia sutil entre la atmósfera terrestre y la marina: donde nosotros vemos entidades separadas, el viento, la tierra, el oxígeno y el suelo, aquí está todo sumergido en una misma composición química, el agua salina. Minerales disueltos en el mismo entorno donde se flota y se respira, el caldo de cultivo primigenio de toda la existencia.

“El mar es la madre de la vida” nos dice Carlson, ya que en él flotan y nadan las formas vegetales más simples. La liberación de células diminutas hacia las corrientes marinas asegura su propagación. En esta danza microscópica, el flujo invisible de esporas y gametas permite la continuidad de las especies en la superficie iluminada por el sol, ya que de ellas se alimenta el zooplancton, y de él los peces, los cangrejos, calamares y medusas, que, a su vez, también liberan dentro de este mismo fluido millones de huevos, millares de réplicas diminutas, todo vivo, todo flotando allí donde la temperatura del mar les es más conveniente. Por eso algunas criaturas crecen en el mar, pero retornan a la costa para reproducirse, en una danza reproductiva que viene evolucionando desde los inicios de la vida, hace 300 millones de años atrás. Hasta la muerte de estas criaturas alimenta el ciclo. El gran retorno material que devuelven los organismos muertos al agua, perpetúa el equilibrio químico del océano.

Los cetáceos, seres hermosos y gigantes, también se alimentan de zooplancton, abriendo sus enormes bocas y filtrando, con sus barbas, toda esa vida que les pasa por delante.

Lo que hacemos, desde hace mucho, es estudiar el movimiento de cardúmenes para pescar todo lo que se pueda. Donde hay cambios bruscos de temperatura y salinidad, hay concentración de todos los tipos de plancton, y en estos “frentes oceánicos” también se acumulan crustáceos, moluscos y peces. En Argentina, que tiene una vasta línea costera, la producción de calamar, merluza y langostino ha crecido exponencialmente, llegando a las 580 toneladas este año, y si bien se la conoce por producir vacas, la producción cárnica ocupa tres tercios del comercio, siendo la pesca un cuarto de toda su producción anual. 

¿Y a nivel global? Cuatro de cada diez poblaciones de peces del mundo se explotan a niveles insostenibles, superando la capacidad natural de reproducción de los océanos. En apenas setenta años, los sonares, las redes de arrastre y las flotillas pesqueras han incrementado tanto nuestro consumo, que ya se adentran en alta mar y los rincones remotos de todo el planeta, habiendo terminado con todas las zonas costeras en su afán depredador. 

Unido a nuestra extracción de áridos, -que le quita arena y lugares de anidación a cientos de miles de especies-; a nuestra polución con derrames de aguas servidas, radioactivas o de petróleo; nuestra permanente emisión de sonares que perjudica la comunicación de cientos de especies y  nuestras luces playeras -que confunden a cangrejos y tortugas que buscan la luna para dirigirse al mar-; nos parecemos a una especie de plaga interoceánica, que devora y contamina todo lo que encuentra sin pensar en un mañana. 

(Y ni siquiera hemos hablado de cómo las criaturas marinas tienen plástico dentro del estómago, ya que están y estarán acostumbradas a alimentarse de estas células y huevos flotantes, cuya iridiscencia, ay, es tan parecida a la de nuestra basura intercontinental).

Calcagno y Lovrich citan a Séneca cuando dice que el conocimiento acumulado para entender una materia tan vasta superará varias generaciones: “muchos son los conocimientos reservados para las épocas futuras”, decía este romano en el siglo I D.C, “aun cuando se haya borrado el recuerdo de nosotros”.

¿Llegará este conocimiento a traducirse en acción, antes de que no solo nuestro recuerdo se haya borrado de la faz de tierra?

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