Cómo se reinventa una abuela

En su columna para 88 Grados, Cecilia Terrazas nos habla de la memoria, la identidad y el legado familiar a través de un nombre: Hortensia, su abuela.

Siempre que paso por un puesto de flores —esas esquinas donde alguien improvisa un comercio de pétalos, tallos y baldes con agua turbia— algo me empuja hacia las hortensias. No las compro por su belleza: las compro por su nombre. Hortensia, mi abuela.

Yo era muy pequeña cuando murió. Tan pequeña que no conservo de ella ninguna escena propia: ni una tarde, ni una frase, ni el dibujo de su espalda alejándose detrás de una hamaca. No recuerdo su voz ni el olor de su ropa. La conozco a través de la memoria prestada de mi madre y del clan de tías que la nombran con una mezcla de amor, nostalgia y privación, como si al hablar de ella pudieran acercarse a la mujer que perdieron antes de terminar de conocerla.

Crió diez hijos en una casa de tres patios, en la calle Aroma, en el centro de Santa Cruz. Una casa con la respiración de una multitud, hecha de voces, platos, ropa tendida y pasos de propios y ajenos que entraban y salían. La imagino junto a la mesa enorme de madera cubierta con cuero café. Sobre la mesa: un mantel, varias fuentes, más de una docena de cubiertos, vasos empañados por el calor. Entra y sale de la cocina, se limpia las manos en el delantal y mira alrededor. No necesita contar: sabe cuántos son, cuánto queda, quién todavía no ha comido.

No conozco el sabor de su comida, pero puedo imaginar el modo en que una mujer que alimentó a diez hijos calcula las cantidades sin medirlas: tanteando el arroz con los dedos, probando la sal con la punta de una cuchara de palo, agregando agua con una seguridad que no necesita receta. Tal vez las abuelas son también eso: mujeres que convierten la incertidumbre en comida para todos.

Mientras entra el sol por mi ventana, miro una foto suya. Es un retrato en blanco y negro. Tiene los ojos calmos, ligeramente hundidos, y las cejas finas y alargadas, como las de mi madre. No sé si esa serenidad le pertenecía o si es obra del tiempo, de la fotografía, de esa costumbre que tienen las imágenes antiguas de volver solemne a cualquiera. Mientras la retrataban quizás pensaba en la comida, en alguno de sus hijos, en una tarea pendiente. O quizás miraba, sin saberlo, hacia quienes vendríamos después.

Tal vez me parezco a ella. Tal vez no. Dicen que era zurda y que tenía manos bonitas: pequeñas, de dedos finos. Cuando miro las mías tengo la impresión de que podrían venir de las suyas, como si hubieran atravesado el tiempo sin necesidad de una prueba. ¿Qué hicieron esas manos a lo largo de una vida? Pelar frutas, remendar ropa, lavar heridas, amasar, peinar, sostener a un pelau empotrado en la cadera.

Lo que sé es que hicieron largas listas: nombres de vivos y muertos; fechas de nacimiento y cumpleaños de hijos, nietos y hermanos. Una caligrafía doméstica contra el olvido.

Pienso en la madre de mi madre como una presencia anterior a mí. Estaba antes de que yo llegara y, de algún modo, estará después: como una corriente subterránea, algo que no vemos, pero que modifica la tierra por donde caminamos. Las abuelas no son de un solo lugar ni de un solo tiempo. Algunas viven en una casa, en una foto, en la forma de guardar el pan, de doblar una sábana, de mirar a alguien que se va.

Tal vez yo deba dejar que me saquen más fotos, pienso. No por vanidad, sino por quienes vendrán después. Por alguna niña que mire mi rostro y trate de encontrarse en la forma de mis ojos, en mi manera de sostener una taza, en la inclinación de mi muñeca cuando escribo. Quizás necesite saber que antes de ella hubo alguien que también estuvo aquí: alguien que tuvo miedo; que perdió cosas, gentes; que quiso a otros con torpeza o con exceso; alguien que a veces no supo cómo dejarse querer.

¿Quién le puso un nombre que combinara tan bien con ella? Hortensia: una palabra con algo de jardín y de paciencia. Un nombre que parece haber crecido despacio, a la sombra, sin pedir demasiado. Me gusta pensar que no fue ella quien tuvo que acostumbrarse a su nombre, sino el nombre el que, con los años, encontró en ella su forma.

Seguiré comprando esas flores azuladas. Las compro porque son lo más cerca que puedo estar de tocarla, de olerla, de sentir que algo de su existencia todavía tiene tallo, color, peso. Las pongo en un florero y observo cómo se abren sin prisa. Cada una parece un ramo, una pequeña multitud.

No sé si mi abuela tuvo hortensias. No sé si le gustaba esa forma de estar juntas sin que una sola ocupe el centro. Sé poco de ella; lo suficiente para buscarla. Una flor no devuelve a nadie, pero puede hacer que una ausencia tenga dónde quedarse. Suspiro

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