La gata blanca

Hoy compartimos “La gata blanca”, de Axel Luna, cuento finalista del L Concurso Municipal de Literatura “Franz Tamayo” (Editorial 3600, 2023), donde la ternura y el extrañamiento se entrelazan hasta la últimas línea.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Antes de transformarse, la gata blanca enfermó. Comenzó con su pelo, se enredó en varias partes de su cuerpo regordete, formando nudos molestos que le impedían moverse con total libertad. Cuando la gata era una cría, antes de que se paralizara la construcción del edificio donde vivía, su madre se ocupaba de peinarla. Y cuando ella intentó hacerlo por su cuenta, ya era muy tarde. Los nudos se habían mezclado con sudor, polvo y mugre. El pelo, antes largo, liso y brillante; se tornó amarillento y ridículo, como la lana de una oveja muy anciana. Luego comenzó a caerse.

Continuó con sus dientes. Primero un dolor en sus encías. No tan fuerte como para preocuparse, hasta que un día, al morder un pedazo de carne, el dolor se multiplicó por mil y sintió cómo algo le colgaba de la boca. Era uno de sus caninos, aferrado a su encía por un pedazo de hueso, como negándose a abandonarla. Por seis días el diente estuvo colgando. No comió. Al séptimo día, desesperada por el hambre, la gata se arrancó el colmillo. Después le siguió un incisivo. Esta vez la gata lo arrancó apenas sintió el colmillo bailar en su encía. No quería pasar por las mismas molestias del primer diente. Luego siguió un premolar, un molar, otro canino… Después de un mes, en la boca del animal apenas quedaron un par de dientes olvidados en un rincón. Una semana después, la gata quedó totalmente desdentada.

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Imagen: 88 Grados

Entristeció.

Ya no se paseaba por aquella construcción inconclusa que siempre había sido su hogar, su universo. Permanecía sentada bajo una viga de madera, o dentro de un balde de cemento roto. Miraba nada. Paseaba su lengua por el interior de su boca sin colmillos. Rozaba sus encías. Extrañaba aquellos habitantes blancos que tan exquisitamente solían masticar la comida, saborearla. 

Con la tristeza llegó el frío. Encontró un lugar favorito en aquel su mundo gris donde quedarse sentada: frente a la ventana sin vidrios. No todos los días, no a cualquier hora. Solo los días soleados por las mañanas. Se quedaba ahí a acumular todo el calor del sol que pudiese. Lo absorbía. Lo recolectaba. Para que el simple recuerdo la calentara cuando los rayos de sol matutinas fuesen escondidos por aquellos monstruos grises llamados edificios. Aquellos que, a diferencia del hogar de la gata blanca, sí habían podido ser terminados en toda su grandeza. Y se alzaban como terribles succionadores del calor, de la luz del sol. 

Pronto la gata dejó de moverse. Permanecía casi inerte en el alféizar de la ventana sin vidrios, esperando la mañana. Solo abría y cerraba los ojos. Las patas de un ratón temeroso se oían en el piso desierto, y la gata no movía las orejas en señal de alerta. Una mosca fastidiosa se posaba en su hocico, y la gata no se molestaba en siquiera resoplar por su nariz para ahuyentarla. De no ser por el movimiento de sus ojos, del latir de su corazón, cualquiera habría pensado que estaba muerta. Fue en aquella su inercia casi definitiva que comenzó a escuchar la voz.

—Cuando estés lista, salta —la oyó en sus pensamientos: femenina, lenta, elocuente, casi seductora. 

Dicen que los gatos siempre caen de pie, pero aún siendo uno, la gata blanca reconocía los peligros de hacerlo desde esa altura. Así que ignoraba a la voz y a su susurro constante. “Cuando estés lista, salta”. Se le ocurrió que eran sus recuerdos. Que había escuchado la voz una sola vez y era su memoria que rebobinaba el mensaje una y otra vez. “Cuando estés lista, salta”. Se le ocurrió que era la voz de su madre llamándola desde aquel lugar lejano. “Cuando estés lista, salta”. Se le ocurrió que estaba enloqueciendo.

Hastiada, decidió que estaría lista una vez que hubiese recordado toda su vida y sus vidas pasadas. Con la mayor precisión que le permitía su memoria divagó entre recuerdos de aquel mismo mundo a su alrededor. Recordó a los hombres sucios que caminaban de un lado a otro. Recordó el sabor de la leche, de la carne. Fue más atrás. Recordó la sensación del césped sobre sus patas. Recordó el viento, las caricias de su madre. Recordó las olas de mar, las puestas de sol. Cuando terminó de recordar, se dispuso a obedecer a la voz. Se movió.

Comenzó con sus orejas. Y los ratones, que se habían adueñado del piso de cemento, corrieron a esconderse en sus agujeros. Continuó con su boca, sus bigotes. Y las moscas, que nunca se cansaron de molestarla, volaron aterrorizadas. Mover las patas fue lo más difícil. ¡Tanto tiempo quietas, inútiles! Había olvidado cómo utilizarlas. Escuchó varios crujidos mientras se incorporaba. Quiso estirarse, como otrora solía hacerlo después de un largo sueño. Pero sentía que las fuerzas se le agotaban. Debía aprovecharlas al máximo. Apenas tenía la energía suficiente para acercarse al borde del alféizar y después…

¿Después qué? ¿Saltar? ¡Saltar! ¡Qué ridículo! Cada movimiento era un suplicio. Un viento fuerte sopló a través del marco vacío. El dolor se intensificó hasta el extremo de lo insoportable. El viento parecía cortarle la carne, los huesos. “Cuando estés lista, salta”. ¿Quién era la voz? “Cuando estés lista, salta” ¡Era la luna! No. ¿Cuándo había visto la luna por última vez? “Cuando estés lista, salta” ¡Eran las estrellas! E imaginó que los puntos luminosos allá arriba le sonreían. Fue lo último que pensó. Saltó. Hacia la calle. Hacia el viento. Hacia la noche. 

***

De la carta de una madre solitaria para su niña triste:

Anoche vi una gata blanca que volaba sobre la ciudad. No tenía alas, pero flotaba allá en lo alto. Brillaba. Las estrellas la acompañaban. Y nos seguía a donde íbamos. ¿Por qué nos seguía?

Para Blanca
2012-2021

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