¿Y si sí? Estampas del mundial

Desde México, uno de los epicentros del más reciente mundial, Hugo José Suárez reflexiona acerca de todos los mundiales de fútbol que presenció a lo largo de su vida.
Editado por : Adrián Nieve

No soy un apasionado del fútbol, de hecho me importa poco. Pero guardo algunos momentos de partidos a los que asistí con mi padre a ver jugar a The Strongest en La Paz cuando era niño; la foto que tomé en un estadio —una silueta a contraluz con la cancha al fondo— que luego fue apreciada, expuesta y publicada en varios medios; y mi tan ingenuo como tierno apoyo —en mis años más militantes— a selecciones que nada tenían que ver con el buen fútbol —Cuba y Nicaragua—, mientras que mis amigos le iban a Argentina y Brasil. 

A pesar de mi distancia, no es menos cierto que con un ritmo silencioso de ciclos de cada cuatro años, los mundiales han marcado —de múltiples maneras— episodios de mi vida. Recuerdo aquel duelo final entre Brasil y Francia en 1998 en París, mientras vivía en Lovaina en lo que terminaba mi doctorado; el Waka Waka de Shakira en Sudáfrica el 2010 cuando mi madre, hermana y sobrinas me visitaban en México y tenía la casa llena de niños y alegrías; los partidos en Rusia en el 2018 antes de viajar a París a mi autoexilio tras haber vivido episodios de violencia infernal en México; el difícil momento personal por el que atravesaba en el 2022 cuando veía los partidos en Catar desde un centro comercial en San Jerónimo, en la Ciudad de México.

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Fotografía: Hugo José Suárez

Este mundial fue distinto. Habida cuenta de que México sería el país anfitrión, desde el inicio decidí sumergirme en el alboroto emocional provocado por el balón; no me perdería los partidos de la Selección. La inauguración, deslucida y que dejó mucho a deber, la vi con la familia y los amigos, entre cervezas y gritos. Para el segundo partido fui con mi hija a un restaurante cerca de la casa; éramos pocos pero entusiastas. Nos trajeron globos y chucherías para hacer ruido, y en cada jugada gritamos, saltamos y nos miramos con complicidad con los demás clientes. Al final unos comensales extranjeros que se retiraban del local nos felicitaron por la victoria del “Tri”, ya estaba sumergido en el orgullo patriótico. Me quedó claro que tenía que ponerme a tono, así que me lancé al centro de la ciudad a comprar playeras; en el camino supe las diferencias de precios, desde las “originales” con costos absurdos, hasta las “clonadas de segunda generación” que eran más razonables. Volví a casa con tres camisetas verdes listas para plegarme a la algarabía nacional. 

El tercer encuentro, ya con mi playera puesta, fue distinto. Tenía un viaje a Tijuana a la hora del encuentro. Durante todo el vuelo estuve nervioso y expectante por los resultados, al llegar, una amiga vino a buscarme al aeropuerto y fuimos a una sala de cine donde se proyectaba el segundo tiempo del partido. Nunca lo había hecho, pude ser parte de un colectivo que en una sala oscura miraba al frente hipnotizado sacudiéndose en los momentos más importantes; al final: el griterío por la victoria. 

El último juego fue el más emotivo. Con mi esposa asistimos a un restaurante de mariscos cerca de la casa. Desde el inicio se sentía la fiesta. Estaba atiborrado de gente, entre cervezas, micheladas y camarones, nos sentimos custodiados por cinco pantallas a nuestro alrededor. Cuando sonó el himno nacional, todos nos pusimos de pie y cantamos solemnemente, para concluir con un “¡Viva México!”. El partido fue un alborozo. En la mesa vecina alguien gritaba “¡con huevos cabrones!” cuando los jugadores se acercaban a la portería contraria, mientras el mesero tiraba una bandeja de metal al piso acompañado de un grito: “¡Vamos México!” correspondido por todos los demás. Incluso ante la derrota final, cuando pedíamos la cuenta y sabíamos que la selección había quedado fuera del campeonato, todavía se escuchaban las manifestaciones de apoyo al Tri. 

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Fotografía: Hugo José Suárez

Pero hubo más en este mundial. Con las publicidades en televisión el primer día, quedó desnuda mi ignorancia respecto a la cultura futbolera actual. En un comercial aparecía un señor canoso al que todos seguían, supe que era Javier Aguirre, el Director Técnico. Luego vi varios jugadores que no tenía idea de su existencia que promovían los productos más desconectados del fútbol y del deporte (desde jugos hasta medicinas). Me impactó el sentido comercial del evento, y me enteré que este mundial fue un hito en términos de ganancias, en años la FIFA no había logrado ese nivel de recaudación: antes que nada el acontecimiento fue un éxito en ventas. Además, el precio de las butacas implicó un desfase con el público local que tuvo que resignarse a participar sentado frente a su pantalla.

Me impactó, por ejemplo, que uno de los principales patrocinadores fuera una empresa de apuestas. Claro, las casas de juegos tienen una estricta regulación, mientras que ahora la posibilidad de apostar estaba desbordada, desde pequeñas inversiones si uno u otro jugador lograba un buen pase o un gol, hasta adivinar el resultado final de un partido. Se sabe que las apuestas son un negocio redondo en el cual por cálculo probabilístico “la casa nunca pierde”, y la esperanza de la victoria puede llevar a la gente a dejar todo en el camino. Pues la suerte estaba desatada y con pocos movimientos desde el celular, se podía circular enormes cantidades de dinero ante la sobreexcitación emocional. 

Mientras avanzaban los partidos, fui cayendo en cuenta de lo evidente: el poder, la política, lo que está en juego detrás del juego; tarde para un sociólogo que se precia por explicar las razones profundas de los eventos culturales evitando las apariencias más obvias. Estaba tan entregado a la pasión futbolera que pasaron por mi lado una serie de consideraciones analíticas.

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Fotografía: Hugo José Suárez

La cuestión política estaba a la orden. Como se ha explicado en varios textos, estos campeonatos esconden bajo el lema “el deporte une”, la reanimación de las filias y fobias nacionalistas e ideológicas: muchos estaban en contra de Argentina por su antipatía con Milei, otros se mostraron afines con Colombia por el presidente Petro. El mundial es un momento privilegiado para reafirmar los credos, amores y odios. Además, la insufrible figura de Trump, a quien la FIFA le dio un vergonzoso premio un tiempo atrás y que intervino para invalidar una tarjeta roja de su equipo, o el favoritismo hacia las selecciones más taquilleras. Era evidente que Argentina debía sacar más brillo que Cabo Verde; que Paraguay no debía ganar a Francia; que Marruecos no podía dejar atrás a España, y así para el frente. De igual manera, promover la figura de Messi, el educado y correcto futbolista modelo (algún comentarista lo calificó como “el extraterrestre que se hace pasar por futbolista”), permitía enterrar al desmadroso Maradona, ícono del éxito desordenado y desbordado -y encima progresista-.  

Entre un algoritmo premeditado y construido cuidadosamente, árbitros que sin descaro anulaban goles, que no marcaban infracciones, que daban más tiempo a los mimados, y un largo etcétera, se desnudaba una intención política y económica. Todo se alineó en la celebración de cierre: la americanización de la final con los códigos propios del Súper Tazón, media hora de pausa, espectáculo de estrellas pop, anillos de regalo para los vencedores, apabullante presencia de Trump acariciando la copa, entregando medallas, saliendo en las fotos y queriendo ocupar el centro de atención. 

Y entre tanta cosa, me quedé con dos regalos. El redescubrimiento de Noruega, notable país de cinco millones y medio de personas -equivalente la suma de unas alcaldías de Ciudad de México, o la mitad de la población de Bolivia-, que juega con dignidad y convicción. El remo vikingo que se popularizó es una metáfora societal: sólo remando juntos, en la misma dirección, con ritmo, disciplina, orden, pasión, convicción y alegría, se puede avanzar y sobrellevar las dificultades. Pocos comprenden ese mensaje. 

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Fotografía: Hugo José Suárez

En México, además de los innumerables e inmejorables memes —no conozco otro país con tanta creatividad en ese rubro—, se acuñó la pregunta: “¿y si sí?”, que esboza parte de la idiosincrasia nacional: no es la certeza, es la duda; tampoco es la negación, es la posibilidad; no es la esperanza ciega, es la administración cautelosa del azar. Es esa deliciosa indefinición que no angustia, en la que le encanta vivir al mexicano, sin la agenda clara pero a la vez sin abandonar el camino. Chance sí, chance no: ni sí ni no, sino todo lo contrario. Un jocoso poema barroco que nos refleja y sintetiza.

Pasó un mundial. Guardo mi playera verde. En cuatro años volveré a usarla.

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Fotografía: Hugo José Suárez
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