Micro antología de microcuentos

En este último día de la FIL La Paz 2026, les traemos 10 microcuentos de 9 autores. Ninguno de ellos supera las 200 palabras y cada cual, desde su perspectiva, construye una mirada singular de Bolivia.
Editado por : Willy Camacho

Miss Tunupa y la Quispesiada
Jorge Vladimir Cueto Castro

Jesús, semita blanqueado, y Tunupa, maestro del rayo, jugaban a las damas. Tunupa ganó haciéndose al cojudo, o quizás Jesús, haciéndose al cojudo también, se apiadó de él. En cualquier caso, después apostaron sobre las acciones futuras que una imilla o, mejor dicho, una caserita iba a tomar. Allá por el 2031, durante la verbena, la joven luego de un arduo día de trabajo buscaría a su enamorado. Este no aparecería en ninguna parte porque se iría tras una supuesta camba bandida. Súbitamente ella encontraría los ojos de un gringo perdido que quedaría fascinado por la feroz cultura fiestera. Sería un estudiante de intercambio que quedaría perdidamente enamorado de la caserita. Se casarán y se quedarán en La Paz. Cuando no trabajen o estén en un preste, serán muy felices disfrutando Youtube, TikTok y la versión pirata de Netflix. 

Jesús, por su parte, aprendió varios idiomas más y empezó a dar cátedra celestial sobre el multiculturalismo. Tunupa intentó suicidarse un par de veces en los baños públicos de la Ceja del Alto, pero luego hizo la transición al sexo femenino sin mayor problema. 

El hijo del gringo perdido y quien se haría llamar doña Quispe Mamani llegará a ser presidente y salvar la patria. 

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El algoritmo
Pablo Morles Sevillano

Gabriel García Márquez Paco llevaba los últimos nueve meses estudiando un fenómeno: cada vez que el país se hundía un poquito, su canal, “Naufragio boliviano”, crecía. Bloqueos de carreteras: 81 nuevos suscriptores. Escasez de dólares: 729 “me gusta”. Vicepresidente descubre la ley de la gravedad: 6561 visualizaciones acumuladas en el mes.

Paco se convenció de que el algoritmo —y también el país— estaban siendo controlados por algo de otro mundo y se obsesionó con entenderlo. Transmitía en vivo, desde un minibús, explicando sus teorías, cuando un avión se salió de la pista y le resolvió para siempre el asunto del contenido y las visualizaciones: 4,7 millones de vistas en una hora.

El gobierno publicó un pésame con tres faltas ortográficas y un emoji de la banderita boliviana. Su madre todavía no sabe usar YouTube.

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Sequía
Andrés Ignacio Quintana Mendoza

La fila de autos y camiones partía de la gasolinera Litoral y se extendía casi veintitrés cuadras. Aunque ya le habían dicho que no, al ver personas irse de vez en cuando con bidones, Eduardo continuaba yendo y volviendo de su camión al surtidor, preguntando si ya había llegado combustible. El trabajador del lugar, que tenía memorizado el rostro de Eduardo, le repitió casi lo mismo que las anteriores veces: aún nada para él, que fuese paciente. La última vez, sin embargo, le aconsejó que se rindiera.

—-¿Rendirme yo?...

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La lucha
Inti Boris Villasante Choqueconza

La joven despertó temprano para ir a clases, pero se encontró con las calles bloqueadas. Pensó en unirse a las protestas y nunca más volvió a casa.

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Protesta en la sede
Inti Boris Villasante Choqueconza

Cuando liberaron sus tierras legalmente e intentaron volver, estaba toda cercada por un muro.

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El manifestante
Luna Wagenheim

Paraliza autopistas, responde preguntas de periodistas y construye trancas de llantas. 

Por sus barreras no pasa nadie.

Algunos días controla aún más la avenida que los propios policías, pero siempre regresa en vez de avanzar.

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Caminos expeditos
Alejandro Zárate Bladés

Desde la olla común, el vapor era de hambre: si se miraba desde el visor de la cámara, solo un problema de enfoque. Al caminar entre los bloqueos, su chaleco de enviado especial era una piel que cambiaba de color según la luz de las fogatas.

Al caer la tarde, regresó a la redacción con los zapatos cubiertos por el polvo de unos dieciocho kilómetros de piedras y gritos. Se sentó frente a la pantalla y procedió a la limpieza del texto. Con la tecla delete evaporó a las miles de personas que lo habían dejado pasar. Sustituyó algunos sustantivos (vecinos, ciudadanos) por adjetivos (sediciosos, golpistas) y, al final, satisfecho con el párrafo, tituló sin vacilar. Caminos expeditos.

Antes de irse, se miró los zapatos: impecables, como si nunca hubieran pisado otra cosa que la alfombra de algún despacho ministerial.

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El discurso 
Alejandra Sánchez

El presidente enumeraba las reservas de plata y oro con la precisión de un joyero. Afuera, el chofer de la ambulancia apagó la sirena para no interrumpir el discurso y el paciente moría en silencio para no arruinar el inventario. 

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Capitán loro
Ignacio Torrico Escobar

Expulsado por su tripulación, el Capitán decidió combatir la injusticia. Desde wawa lo llamaban ‘loro’; él creía que era por su gran oratoria, aunque el resto sabía que era por repetir macanas y por su apellido.

Vestido con una polera verde que invocaba a su animal interior, naufragó en su propio mar mental hasta que un oportunista lo subió a su bando. Formaron la dupla perfecta: el iluso ponía los gritos y el astuto, el rumbo. Tras una lucha feroz, conquistaron el botín más jugoso del puerto. El Loro celebró la victoria a carcajadas, sin notar que seguía en la cubierta, pero esta vez como un simple adorno que repetía las órdenes de otro, esperando al siguiente naufragio.

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Bloqueo emocional
Jazmin Torrez

Petardos, gritos y la urgencia de abrogar la Ley 1720 retumbaban en la avenida. Mi cabeza no dejaba de mirar al suelo, mi cuerpo se sentía desolado y mi pecho vacío. El viejo chiste del padre que se fue a comprar cigarros, pero no volvió ya no me hacía gracia.

—¡Nos están gasificandoooooo, ayudaaaaaa! —bramó la multitud ante el sonido de un disparo.

La niebla blanca me tapó los ojos y choqué con un cuerpo firme que me detuvo. Tenía su misma mirada esquiva. Me helé. El hombre me sostuvo del brazo, con sorpresa y luego con cuidado:

—¿No vas a quedarte, hijita? Tienes que sentir el socialismo, carajo.

Leí sus labios. Mientras el humo nos borraba por completo, el zumbido que me apagó los oídos hizo que sintiera el golpe seco del asfalto. 

Durante el desvanecimiento entendí que el hombre en realidad me había dicho: “Tienes que salir de la avenida, carajo”.

 

 


Todos estos textos son producto del taller de escritura creativa de la Carrera de Literatura, dirigido por Daniela Renjel.

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