A todo volumen

Vero Pérez parte desde Frank Zappa para analizar los textos de la antología 'A todo volumen', en este prólogo incluido en el libro de cuentos y crónicas, compilado por Alan Santos y Karen Veizaga, presentado por la Editorial 3600 en la FIL La Paz 2026.
Editado por : Adrián Nieve

“Information is not knowledge. Knowledge is not wisdom. Wisdom is not truth. Truth is not beauty. Beauty is not love. Love is not music. Music is THE BEST”
-Frank Zappa

Hace un tiempo me di cuenta de que no hay nada mejor en el mundo que la música.

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Bajo esa afirmación he ido intentando afinar mi pensamiento al respecto y llegué a la conclusión de que la música es algo así como la luz del mundo. Y al pensar en luz, pienso en el creador de la electricidad, en Tesla. Para él, si quieres descubrir los secretos del universo tienes que pensar en términos de energía, frecuencia y vibración. Para mí, eso es sin lugar a duda la descripción de la música.

La música, entonces, es un lenguaje universal, por más cliché que eso suene. Si no, ¿por qué en los minibuses se escucha música disco americana de los ochenta? ¿Por qué, cada vez que suena La vie en rose, todos se sienten enamorados aunque no hablen francés? Quiero creer que es porque trasciende tiempo y espacio. Ese y mil ejemplos de cómo la música atraviesa las pieles me sirvieron para entender que la música fusiona culturas y, no solo cura, también une al mundo. ¿Cuándo Bolivia estuvo más unida si no fue cantando: “Bolivia gana y se va al mundial”? Tremendo hit porque la música le habla al sentimiento y no a la razón. Esta última puede equivocarse, pero el sentimiento siempre será puro, real y honesto.

Por eso creo que la música es sentimiento, es creación y leer este libro me lo confirma. La música es un acto de fe. Un lenguaje universal que, como cuenta una de las crónicas de A todo volumen, unió a un grupo de gringos bandoleros en la memoria de un altiplano que se trasladó de continente y en esos traslados se forjaron los Jairas, “no desde una apropiación cultural sino desde el respeto”, porque, como aprendimos con Favre en la crónica de Claudia Daza, “la música no tiene pasaporte” y añado: tiene alas. Ellos se dejaron enseñar cómo es que se hace la fiesta.

Y es que la música es “una forma de estar en el mundo con una fe inquebrantable y una confianza ciega” de que el acto de creación musical es un pacto, es abrir la caja de Pandora y fumar un cigarrillo rojo en ofrenda, como expresa hermosamente la crónica “Cigarrillos rojos”. La música, más que todas las artes, es un testimonio de estar vivo, en el presente y el pasado, es una foto en cinco dimensiones, es “poner play a un sonido perfecto para una historia imperfecta”. Crear es sentirse parte del “under más under del under”, como se siente Vadik Barrón en “El perseguidor”, ese momento en el que las influencias se confunden con lo propio y cada uno se vuelve uno con sus gustos, pero igual defiende a rajatabla su pequeña canción como si fuera la última Coca Cola del desierto. “Las canciones son un territorio, un lugar para ser felices”.

Como músico aprendí que crear también es comunidad. Lo que nos define como sociedades es el poder de creación colectiva y, si existen pequeñas sociedades, esas son las que se crean entre bandas, las pequeñas familias con las que grabas, viajas, ríes, lloras, peleas y vuelves a empezar, salvo que el ego confunda la amistad. Recuerdo los viajes en banda como los más divertidos, donde nacen desde canciones hasta apodos y anécdotas inverosímiles. La crónica “Eterno retorno” de Alan Santos transmite ese tipo de viaje tal cual es: desde perder la voz por estrés (me ha pasado) hasta enojarse por la impuntualidad del virtuoso.

Otra cosa que me resonó durante la lectura fue la manera en que la música crea leitmotivs en nuestras vidas. En la crónica “De la música a la palabra” de Claudio Ferrufino-Coqueugniot vemos cómo la escritura les da color a las palabras en sus distintos momentos y cómo cada libro escrito por el autor tiene un soundtrack. La textura de cada escrito está definida por la música que acompañó el proceso: la música editó las palabras, fue transversal a lo dicho. Y también a lo vivido. ¿Quién no ha llorado con “Adiós” de Cerati? O, mejor dicho, “que levante la mano quien no lloró un adiós”. Eso te hace sentir Adrián Nieve en su crónica “Cerati en un soundtrack”, donde habla de relaciones. Todas han sido en algún momento atravesadas por las letras de Cerati y creo que, en esta crónica, más que el desamor, lo que prevalece es el amor al arte. La música ayudando a poner punto final a una historia que, seguramente, el autor volvió a vivir porque todas las historias son al final las mismas, las suyas y las nuestras. Lo vivió él, lo viví yo y, seguramente, tú, lector, lectora, lo viviste también.

Así entramos al lado B de este libro, al sector de cuentos, donde vemos que la música es cura y es rezo. En “Pez que apunta al sur” de Lourdes Reynaga vemos ese lado espiritual y físico de la música como curandera, el canto en rezo, la voz que cura y el canto también como recordatorio, como trance y repetición. Ese lado espiritual que asimismo se refleja en “La melodía de la borracha” de Leaño Martinet, la manera en que imaginamos a una melodía imposible, una que adormece misteriosamente como un acto de magia, como olvido, como un nuevo camino o un eterno retorno.

Leer estos cuentos me hizo pensar en esas pequeñas sociedades creadas por la magia de la música, donde siempre hay quienes llevan la batuta, pero el costo de llevarla es que los de abajo, al final, siempre la pasen mejor, contrariamente a lo que se esperaría en la vida real. Eso se ve claramente en “L’amour est un oiseau rebelle”, donde Ariadne Ávila nos hace vivir el backstage de una corista de ópera con un realismo sorprendente. Su protagonista se siente insignificante al lado de la solista que interpreta a Carmen, pero que al final termina “triunfando” fuera de tablas y ahí me pregunto: ¿vale más brillar en el escenario o en la vida real?

En “Solo por ella” de Mauricio Medrano, por otro lado, vemos lo cinematográfico de la música, una persecución contada a nivel nightmare, con todo un disco de Iberia de fondo. Casi puedes oler el auto, ver las luces, los toldos y oír la música a todo volumen. Nuestras adolescencias están marcadas por la música que hemos escuchado junto a los novios y las amigas. "Mis ojos lloran por ti", "if you wannabe be my lover", y todo eso que trae consigo un recuerdo tan vivo como el que nos muestra "La fiesta" de Karen Veizaga. Una nostalgia que recae más en la música que en la persona que fue parte del recuerdo. Yo todavía lloro con “A puro dolor”, pero ya no sé a quién lloraba.

Finalmente, así como la música nos da momentos, también rodea y redondea personajes, incluso a los más macabros ya que suelen tener la mejor música, como sucede en “Término medio, por favor” de Rodrigo Simons, cuento en el que suena Playing with fire de los Rolling Stones para un carnicero satánico tal como suena la Novena Sinfonía para Alex DeLarge. Esa oposición crea personajes memorables porque la música envuelve, da vida y personalidad a lo que quizás creímos desalmado, aunque nada lo es realmente.

Si hay algo que puedo afirmar, al terminar la lectura de A todo volumen, compilado de las voces e historias de todos estos escritores, es que la música también alimenta: se come, tiene texturas, colores, sonidos, capas, alturas, términos, acidez. La música tiene sal que no sala y azúcar que no endulza, pero se siente. Y cuando se siente, se entiende.

Pongan play. A todo volumen.

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