Hogar
Amanda tenía 18 años cuando se lanzó emocionada hacia los cálidos brazos de la vida. Al mes de recién graduada conoció al que sería su esposo. El camino del amor se abrió rápido. Poco tiempo después ya tenía un brillante anillo en la mano, a Liliana en el vientre y la promesa de un futuro que la conmovía hasta las lágrimas.
La experiencia de maternidad con la pequeña Liliana fue tan grata que cuatro años después Amanda decidió tener otro hijo. La misma expectativa, las mismas alegrías, solo que esta vez con Liliana corriendo sonriente por el patio y el dinero más justo. El entusiasmo de Amanda no quería aceptar que el reducido sueldo de su joven esposo solo alcanzaba para tres, que las compras debían ser más exactas, los objetos del hogar mejor cuidados y los desechos reutilizados. Amanda no se daba por vencida, así que aprendió a tejer con velocidad y precisión para vender chompas de lana a sus conocidas.
Así fue atravesando las dificultades del día a día, con el encantador ingenio de una joven madre. Los cambios en su cuerpo, la frustración de no haber estudiado en la universidad y hasta los coqueteos con el alcoholismo de su esposo eran incomodidades que desaparecían cuando veía a Liliana y Emmanuel cumpliendo con sus tareas del colegio. Cuando ellos no estaban a su lado, veía sus dibujos y se preguntaba si el universo los amaba tanto como ella.
La vida fue manejable hasta que llegó el cumpleaños 14 de Emmanuel. Para su festejo, él había pedido un partido de fútbol en una cancha ubicada en las afueras de la ciudad. Aquel día, los dioses le dijeron a Amanda que el esfuerzo no era garantía de una vida perfecta. Un conductor alcoholizado estrelló contra el coche en el viajaban los chicos. Sobrevivieron todos menos Emmanuel, quien se encontraba de copiloto y no aguantó el trayecto al hospital.
El mundo se detuvo. Amanda era incapaz de procesar la vida sin su pequeño. Pasó semanas encerrada en su habitación buscando formas de retroceder el tiempo y evitar haber autorizado la salida, o comprarle una pelota de fútbol e incluso de enseñarle a caminar. No asistió al entierro ni al funeral. Pronto se vio que el esposo tampoco podía cargar el duelo de su amado hijo y el deterioro de Amanda. Se ausentaba del hogar por periodos cada vez más largos. El interior de la pequeña casa colapsaba.
Una noche, desesperados golpes en la puerta de la casa despertaron a Amanda de su letargo. Era la vecina que había encontrado a Liliana intoxicada a unos pasos de su casa. Apenas respondía. Su maquillaje corrido y el vómito en su ropa exponían la ausencia de cuidado. Aterrada, Amanda recordó que la vida y sus responsabilidades no eran opcionales. No podía perder otra hija. A medida que recuperaba su rutina de madre y ama de casa, comenzó a notar las ausencias de su esposo. No reclamó. El abismo entre ella y todo lo que no fueran sus hijos era irreconciliable. Se divorciaron. Amanda se quedó en la pequeña casa con sus pertenencias y Liliana.
Para sobrevivir, madre e hija montaron un negocio de pasteles caseros. Las ventas eran justas, pero permitían que Liliana retomara sus estudios universitarios. Ambas acompañaban sus recaídas con una taza de té durante los más incómodos atardeceres. Así pasaron los años.
Liliana cumplía 34 cuando consiguió su trabajo soñado en otra ciudad. Con la angustia de dejar sola a su madre, hizo maletas y partió en busca de su propia vida. Al principio volvía todos los fines de semana, pero con el tiempo, el costo de vida y sus nuevas actividades tuvo que espaciar los retornos. Amanda, que esperaba con las ansias a flor de piel y los pasteles hechos todos los fines de semana, pronto sintió la distancia como un rechazo insoportable. Entonces, cada mes la esperaba con más ansias y mejores pasteles. Todos los días despertaba en la madrugada pensando en qué sabores combinaría, qué mantel, qué comida, cada vez mejor para que Liliana tuviera más ganas de volver.
Minuto a minuto su soledad se acrecentaba. ¿Qué le quedaba ahora que todas las necesidades de su hija estaban cubiertas? Preocupada, Liliana mandaba dinero para que su madre viviera la vida que quisiera, pero lo único que Amanda anhelaba era ver la sonrisa de su hija. Sus pocos conocidos y parientes tampoco sabían cómo ayudarla, así que se limitaban a acompañarla con respetuosa distancia. Amanda se recluía porque visitar a los demás le recordaba que su hogar se había desmoronado…
Fue en la madrugada de un miércoles cuando a Amanda se le ocurrió el mejor plan: prepararía el pastel perfecto para que su hija jamás quisiera volver a marcharse. Comenzó por los ingredientes: harina, azúcar, leche, huevos, todo de la mejor calidad. En plena preparación, pensó que los detalles de la cubierta debían armonizar con sus colores y formas favoritas, entonces los cambió una y otra vez para lograr la perfección. Cuando al fin puso el pastel terminado sobre la mesa, notó que las viejas cortinas no combinaban con el exquisito color del glaseado. Seguro Liliana lo notaría y la odiaría. Desesperada, subió a su habitación a buscar la tela perfecta. La encontró en uno de sus vestidos favoritos. No dudó ni un segundo en cortar la prenda y convertirla en las nuevas cortinas. Pero los encajes se veían extraños al lado de las formas geométricas de las fundas de los sillones, entonces llevó sus sábanas y edredones para hacer unas nuevas.
Al terminar, notó que su alfombra había quedado sucia y manchada en el proceso. La sintió dura e inadecuada para los delicados pies de su hija. Pensó que las ondas de su suave cabello color castaño rojizo serían ideales. Se las cortó y distribuyó para hacer la más bella y exquisita alfombra. En el proceso, veía que sus cuidadas uñas serían el material perfecto para la vajilla en la que Liliana se serviría pastel; se las quitó, estiró y unió para crear un fino platillo y cubiertos transparentes. El envejecido papel de las paredes también le pareció inadecuado para la magnitud del acontecimiento, así que decidió quitarse la blanca piel que por años había cuidado para dar al hogar mayor aire de limpieza. Logró estirarla lo suficiente como para cubrir casi todos los rincones de la pequeña casa. Sus pestañas habían servido para decorar las partes más toscas en las que los filamentos de la piel no aguantaban. Sus labios se convirtieron en los nuevos sillones. Pensó que los focos no iluminarían tanto como su mirada; se sacó los ojos y los puso a resaltar el magnífico pastel. Las fibras de sus fuertes huesos también serían un material más digno y resistente que la tosca madera de las mesas y las sillas. Nunca se sintió terminar, siempre había algo más de ella que podía modificar, un ligamento, una célula o un nervio siempre podía encontrar un mejor lugar.
Cuando por fin Liliana volvió, encontró su hogar transformado en el sitio más hermoso y más cálido con el que jamás soñó. En cada paso que daba sentía cómo la casa la abrazaba y la amaba. Por un instante, volvió a sentir la seguridad del hogar de su infancia, cuando su familia cenaba tranquila porque nadie se había marchado. Cuando se acercó, casi por inercia, hacia la pared, vio las líneas azules de las venas bajo la piel. Entonces entendió y sintió el insoportable horror que la acompañaría hasta su muerte, su hogar estaba vacío y jamás volvería a ver la hermosa sonrisa de su madre.

