La feria contra el chancho
La Feria Internacional del Libro de La Paz cumple treinta años, que en Bolivia ya es prácticamente una hazaña cultural. Aquí no duran treinta años ni las políticas de Estado, ni los partidos políticos, ni las promesas de campaña. Sin embargo, la feria sigue ahí, convocando lectores, autores, libreros, editores, estudiantes, curiosos, padres obligados por tareas escolares y uno que otro político que entra buscando cámara, no libro. Aun así, que una ciudad se reúna alrededor de libros merece celebrarse.
Cervantes escribió que “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”. La frase debería estar pegada en la puerta de la Asamblea Legislativa, aunque sospecho que algunos diputados intentarían entrar por la ventana para no sentirse interpelados. Leer no es acumular páginas como quien colecciona certificados de seminario; leer es ampliar mundo, aprender a sospechar de las frases fáciles, descubrir que la realidad tiene más de una versión y que la opinión propia, tan querida y tan malcriada, no siempre merece aplauso. Un país que lee poco piensa corto, discute mal y vota peor.
Por eso los índices de lectura en Bolivia deberían preocuparnos más que el precio del dólar, aunque duela decirlo en estos días. No porque el libro sea un adorno culto para poner en la sala, sino porque es una herramienta de formación de ciudadanía. Cuando una parte importante de la población no lee ni un libro al año, el problema no es solo literario: es político, educativo y moral. Una sociedad sin lectura queda a merced del TikTok doctrinario, del titular venenoso, del caudillo con micrófono y del influencer que confunde análisis con griterío de mercado.
Kafka decía que un libro debía ser “el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros”. Hoy, en cambio, parecemos conformarnos con el martillito de las notificaciones. Hemos cambiado la lentitud fértil del libro por el sobresalto permanente de la pantalla. No se trata de negar lo digital, porque sería tan inútil como pedirle a un adolescente que aprecie una puesta de sol sin revisar el celular. El problema aparece cuando confundimos información con conocimiento, velocidad con profundidad y scroll infinito con pensamiento. Leer exige una paciencia que las redes sociales consideran casi una enfermedad.
Además, el libro impreso resiste en un país donde la palabra en papel retrocede. Página Siete cerró; La Razón dejó de circular en edición impresa. Otros medios sobreviven como pueden en el ecosistema digital, ese pantano donde la noticia compite con memes, teorías conspirativas, ofertas de freidoras de aire y videos de gatos con más audiencia que un editorial decente. En ese contexto, una feria del libro no es solo un paseo familiar: es una declaración de resistencia cultural. Es decirle al algoritmo que todavía hay gente dispuesta a pagar por una idea que no venga acompañada de música de fondo.
Borges imaginó el paraíso como una biblioteca. En Bolivia, para algunos políticos, eso debe sonar más bien a amenaza judicial: demasiados libros juntos, demasiadas palabras largas, demasiadas posibilidades de que alguien aprenda a comparar, recordar y exigir coherencia. Quizá por eso la lectura incomoda tanto. Un lector entrenado no se traga cualquier consigna. Un lector sabe que las palabras tienen historia, peso y consecuencias. Un lector es más difícil de arrear, y eso siempre ha sido un problema para quienes prefieren ciudadanos con memoria de pez y entusiasmo de barra brava.
Hay un viejo proverbio, atribuido por ahí a la sabiduría china o al sentido común más cruel, que dice: no intentes enseñar a leer a un chancho, porque perderás el tiempo y harás enojar al chancho. La frase es injusta con los chanchos, que al menos no legislan, no dan conferencias de prensa y no prometen refundar el país cada cinco años. Pero sirve para entender algo: no todo el mundo quiere leer, porque leer obliga a cambiar. Y hay gente que prefiere seguir feliz en el barro de sus certezas.
Por eso la Feria del Libro de La Paz importa. No porque vaya a convertir mágicamente al país en Finlandia con salteñas, sino porque mantiene abierta una puerta. Cada libro comprado, hojeado, prestado o regalado es una pequeña insurrección contra la estupidez organizada. En tiempos de pantallas, ruido y políticos orgullosamente ágrafos, seguir defendiendo el libro es casi un acto subversivo. Y en Bolivia, donde tantos chanchos han aprendido a candidatear, tal vez todavía valga la pena intentar que al menos algunos aprendan a leer.
