Porqué no me gustan los desfiles
Un año decidimos aprovechar el feriado largo de agosto, cinco y seis ¡gracias fiestas patrias!, buena onda para unas vueltas por el altiplano paceño: carretera laaarga, no solo por la distancia, sino también por el tiempo y la paciencia para sortear las múltiples ferias en El Alto, pescado frito a las orillas del lago, azules las aguas, azules el cielo y el horizonte.
El sol de ese agosto invernal brillaba como chispas de fuego en el altiplano y amenazaba con hacer estallar las piedras defendidas a medias por las ráfagas de viento que levantaban la tierra y tableteaban sobre los pocos matorrales que encontramos en el camino.
Llegamos a la plaza de Taraco donde nos recibió el estruendo de una banda que tocaba sones marciales con mejor intención que eficiencia. No podíamos pasar porque había desfile (era de prever, pero no lo hicimos). Abría el desfile una escuadra de niños del kínder. Los hombres con el traje militar de los Colorados de Bolivia; chaqueta roja, pantalón oscuro y casco. Las mujeres, diminutas enfermeras, vestidas con gorro y guardapolvo blancos.
Se notó que habían estado entrenando el paso marcial, pero no pudieron evitar algunos tropezones y despistes, algún “Colorado” siguió de largo en la esquina e hizo tambalear la escuadra; a una enfermerita se le cayó el maletín blanco con la brillante cruz roja. Dos maestras corrían de una fila a otra enderezando a los distraídos o calmando a los llorosos. Imposible eludir la ternura. Esperamos moviéndonos entre la simpatía y la impaciencia, y luego seguimos viaje acompañados en parte por la música de los himnos.
Años después me tocó vivir la misma escena, pero en San Ignacio de Mojos. Los niños disfrazados y derritiéndose con el calor y la humedad (el traje de los Coloraditos de Bolivia era de lana), mientras, en el “palco oficial”, las autoridades: camisas blancas, banda tricolor atravesando el pecho, aplaudían sin mucho entusiasmo compartiendo su manifiesto desinterés por el desfile con aprovechar la presencia del sub gobernador de turno para plantearle proyectos y preocupaciones locales.
Es probable que cada habitante del municipio haya tenido la misma experiencia que esos niños: convocatoria obligatoria a desfilar, disfraz apresuradamente conseguido por los padres, larga espera en la fila para iniciar una marcha poco marcial, paso desmañado frente al palco, desbande y, finalmente, el codiciado premio de salteñas frías o chorreantes picolés cuya huella era patente en los trajes al final de la jornada.
Las rutinas de los desfiles parecen ser parte estructural del sistema educativo, en la doble dimensión de obligación y distracción bajo el disfraz de patriotismo. De hecho, directivos, funcionarios y maestros se los toman muy en serio. Las formalidades son recipientes vaciados de lo simbólico. ¿Qué se transmite y qué queda? Veo a los padres y al alumnado como víctimas de esa obligación auto impuesta, pero vaya una a saber si también, con algún espíritu masoquista, la disfrutan.
Yo también desfilé en mi ya lejana adolescencia, no como enfermerita, sino con el mandil escolar blanco reglamentario. Igual que en el altiplano paceño o las “ubérrimas tierras del oriente” era obligatorio el desfile el seis de agosto, llamado pomposamente desfile cívico por los locutores de radio que relataban el acontecimiento con voz de trueno y entonación de reportero deportivo.
No sé cuáles eran los criterios para organizar el orden en que debían pasar los colegios, pero siempre me pareció que éramos el último de los últimos, y nunca me quedé lo suficiente para comprobarlo. En cuanto se iniciaba el desbande, una cuadra después de pasar por delante de la tarima del “palco oficial” sencillamente me iba a casa. Pero asistí a suficientes como para recordar que jamás me gustaron los desfiles, ni entonces ni ahora.
Por mi tamaño yo estaba en la penúltima fila de la última escuadra del colegio, en la fila de las bajitas, lo que hacía la espera y el propio acto interminables. Luego de la revista la muchachada corría en desbandada a comprar refrescos y salteñas, a encontrarse con el bullicioso grupo de amigos o a practicar los juegos de seducción, cautos o torpes según edades y costumbres. Nada de eso me apetecía, lo que hacía la espera y el propio acto eternos.
Agosto en Santa Cruz es el mes de los vientos inclementes. Las ventoleras se manifiestan con ráfagas de aire que levantan la tierra y con ella azotan lo estático y lo que se mueve. La incauta población transeúnte que esté en las calles, por necesidad o por despiste, se verá envuelta en esos incongruentes tornados que arrastran cuanto desecho encuentre en el camino. Hay que andar con los ojos semi cerrados, la boca fuertemente apretada y el torso encorvado, y aún con todas esas precauciones se terminará con el cabello alborotado y mordiendo tierra. Y mi caminata desde el desbande a casa era precisamente en esas condiciones…
Además, la llegada a casa no era muy prometedora: el almuerzo familiar había pasado, al menos una hora, y en la larga mesa del comedor me esperaba el vacío de una vivienda sumergida en el silencio de la siesta y un poco apetecible plato de comida tibia. Así es que, digna como una princesa ofendida, con el cabello de una Gorgona, punzadas en la cabeza y la cara ardiente y retostada por el sol, me sentaba a leer en algún rincón…sin que nadie percibiera mi desgracia cuando la casa retomaba su bullicio regular.
Es difícil no asociar los desfiles a la pasión militar por esa práctica durante la larga noche de los gobiernos militares dictatoriales, en Bolivia y en la región de esta parte del mundo.
Otras imágenes, otro momento: principios de la década de los setenta, Montero, cuando era el escenario donde pugnaban las costumbres de un pueblo adormilado del norte cruceño con el incipiente asalto de las migraciones y el narcotráfico. El sonido de la banda, aplausos, silbidos y algún grito disonante en la plaza llamaban la atención y rápidamente ésta fue rodeada por gente curiosa “¿Dónde vas Clemente? …al bullicio de la gente”. Un grupo de militares rodeaba la plaza encabezados por nada más y nada menos que el coronel Andrés Sélich Chopp en traje de fajina. Daban una vuelta triunfal a la plaza, saludando a sus entusiastas admiradores. Una mujer, que llevaba de la mano a un niño de cuatro años, lo aleccionó: “mirá hijito, mirá lo que es un verdadero hombre”.
El “verdadero hombre” siendo teniente coronel dirigió la unidad del regimiento de Rangers (que tiene su división en Montero), que capturó a Ernesto "Che" Guevara el 8 de octubre de 1967 durante el gobierno del general René Barrientos Ortuño, y en agosto de 1971 participó en el golpe militar de Hugo Banzer Suárez, durante el que ordenó el fusilamiento de un grupo de estudiantes universitarios en Santa Cruz. A Selich se le atribuyen el maltrato al guerrillero prisionero y la tortura a disidentes y resistentes al golpe de Banzer. Pocos años después de esa vuelta triunfal en Montero fue apresado, acusado de conspirar contra Banzer, golpeado y muerto “por rodar unas gradas”.
Yo tenía opiniones y posición tomadas contra el golpe, sus hacedores y la razzia que habían comandado. Asistí a ese desfile de la victoria sobrecogida, con los puños apretados, con miedo, con dolor, con rabia e impotencia. Quizá había más gente como yo mezclada en esa algarabía, seguramente se sentiría cercada en la misma nube turbia de inseguridad en la que yo estaba envuelta.
Por todo eso…no me gustan los desfiles.
Cochabamba, agosto 2026
