Crónica de un arpegio

Milan M.A. Gonzales nos habla de la habilidad de Yngwie Malmsteen para fusionar estilos musicales, a la par que nos hace vivir lo que fue el concierto para celebrar 40 años de trayectoria de este músico.
Editado por : Adrián Nieve

Hay artistas cuya carrera puede medirse en discos vendidos o escenarios conquistados. La de Yngwie Malmsteen exige otra escala: la de las ideas que consiguen alterar el rumbo de un instrumento. Cumplir cuarenta años de trayectoria no supone únicamente celebrar la longevidad de un guitarrista excepcional, sino reconocer la vigencia de una propuesta musical que hizo dialogar el legado de Johann Sebastian Bach, Antonio Vivaldi y Niccolò Paganini con el lenguaje del hard rock y del heavy metal, dando forma a una estética que terminaría definiéndose como metal neoclásico.

En aquellos años de colegio, hacia 1989, fue mi compañero Héctor Rivera quien puso por primera vez un ejemplar de Trilogy sobre el tocadiscos. La imagen de aquel joven desafiando a un dragón con su Stratocaster quedó grabada en mi memoria. 

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Fotografía: Milan M.A. Gonzales

Mucho antes de que los deportivos italianos y la extravagancia terminaran convirtiéndose en parte de su personaje, Malmsteen ya había decidido cuál sería su verdadera vocación: trasladar ese universo clásico a la guitarra eléctrica sin renunciar a la fuerza del rock. No se trataba de insertar citas eruditas ni de exhibir técnica por el simple placer de impresionar. Se trataba de construir un lenguaje propio. Esa convicción terminó materializándose plenamente con Concerto Suite for Electric Guitar and Orchestra in E-flat minor, Op. 1, interpretado en 2001 junto a la New Japan Philharmonic, bajo la dirección de Taizo Takemoto, en el Orchard Hall de Tokio, fue el proyecto que confirmó la universalidad de su propuesta.

Mi primer encuentro con él se produjo durante el Graspop Metal Meeting de 2008, en Dessel, Bélgica, mientras realizaba la cobertura del festival para La Razón. Lo observé desde la distancia que imponen los grandes escenarios, con el sol reflejándose sobre su Stratocaster y una multitud entregada a un repertorio que ya entonces condensaba buena parte de su legado. El calor, la distancia y una entrega compacta, típica de los grandes festivales me dejó con sabor a poco.

El 28 de julio de 2026, el Huxleys Neue Welt recibió a Malmsteen con un recinto completamente lleno. No era una reunión de curiosos ni un ejercicio de nostalgia. Era el encuentro de varias generaciones de seguidores dispuestos a celebrar más de cuatro décadas de virtuosismo, arpegios y vértigo en la guitarra.

A mi lado estaba Jan, un aficionado llegado desde Hamburgo exclusivamente para asistir al concierto. Al terminar emprendería viaje hacia Wacken, festival de festivales, para continuar su particular peregrinación musical. La expectación fue dejando paso a la impaciencia y el público comenzó a mostrar abiertamente su descontento por el retraso. Sin embargo, bastaron los primeros compases para que la música desplazara cualquier protesta.

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Fotografía: Milan M.A. Gonzales

Durante décadas, a Malmsteen se le ha reprochado un supuesto exceso de virtuosismo, bajo la premisa de que la velocidad podía ocultar la ausencia de emoción. El desafío de encontrar una propuesta genuina, y de calidad en tiempos de autotune, y de fórmulas prefabricadas es cada día más complejo. Los conciertos de estos días se organizan con la filosofía fast food, por ello importaba considerar que Malmsteen podía albergar aquello elevado que hace del humano, un ser capaz de compartir su vocación, su talento, su pasión. 

El repertorio confirmó esa misma coherencia. Desde la contundencia de Rising Force, auténtica declaración de principios de toda una carrera, hasta composiciones como Evil Eye, Seventh Sign, Fire and Ice, Relentless Fury o You Don't Remember, I'll Never Forget, el concierto recorrió distintas etapas de una obra que nunca ha renunciado a una identidad musical perfectamente reconocible. La presencia de la Badinerie de Johann Sebastian Bach y del Concierto para violín n.º 4 de Niccolò Paganini recordaba, además, que las raíces de su lenguaje siguen estando profundamente vinculadas a la tradición clásica. Sus composiciones encuentran el equilibrio entre la solemnidad barroca, la energía del hard rock, el blues y una permanente voluntad de ampliar las posibilidades expresivas de la guitarra eléctrica.

A ello se suma un aspecto del que pocas veces se habla con la atención que merece: su faceta como cantante. La interpretación de Smoke on the Water, lejos de limitarse a un simple homenaje a Deep Purple, confirmó la solvencia de su voz. Incluso para quienes no solemos ser especialmente amigos de las versiones, el resultado terminó siendo convincente. El guiño a Bohemian Rhapsody y las incursiones en el blues ampliaron todavía más el horizonte del concierto y recordaron que el talento de Malmsteen no concluye donde termina el diapasón de su guitarra.

Con sesenta y tres años conserva una presencia escénica sólida. No hay en él aquel gesto contenido de músico veterano que administra sus movimientos, sino la gracia de quien sigue disfrutando cada paso sobre el escenario. Corre una y otra vez hacia el inmenso muro de amplificadores Marshall con esos pequeños pasitos que ya forman parte de su manera de interpretar; regresa al frente con los movimientos de un jovenzuelo, desafía al público con la mirada y mantiene una conexión constante con quienes comparte toda una vida de melodías y electricidad. Esa alegría nunca parece ensayada; forma parte de una personalidad que sigue encontrando en el escenario su lugar.

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Fotografía: Milan M.A. Gonzales

Seis de sus inconfundibles Fender Stratocaster fueron sucediéndose a lo largo de la noche, todas con el característico acabado amarillo que desde hace décadas forma parte de su identidad. Los cambios obedecen a exigencias técnicas y de afinación, pero también constituyen un ritual inseparable de su puesta en escena.

En el clímax del concierto, Malmsteen arranca con vehemencia las cuerdas de una de sus guitarras. El gesto no transmite destrucción, sino la liberación física de una tensión acumulada durante la interpretación. Es el desenlace natural de una energía contenida, como el arquero que, después de mantener el arco tensado hasta el límite, deja escapar finalmente la flecha. Técnica, emoción y espectáculo dejan de ser conceptos separados para convertirse en una misma forma de expresión.

Una y otra vez vuelve hacia el muro de Marshall, corazón sonoro de su universo musical. Allí extrae armónicos, acoples controlados, vibratos e inflexiones que revelan un conocimiento absoluto de su sonido. No busca impresionar por el volumen, sino utilizar cada matiz como parte de su lenguaje.

Ver hoy a Yngwie Malmsteen es asistir al trabajo de uno de los grandes arquitectos de la guitarra eléctrica. Su aportación trasciende el heavy metal para situarlo junto a Jimi Hendrix, Ritchie Blackmore, Carlos Santana y Steve Vai, músicos que ampliaron definitivamente las posibilidades expresivas del instrumento. Malmsteen lo hizo tendiendo un puente entre la tradición de la música clásica europea y la energía del rock contemporáneo.

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Fotografía: Milan M.A. Gonzales

Quizá por eso resulte tan injusto reducir toda una carrera a la etiqueta de “guitarrista más rápido del mundo”. Esa definición, repetida hasta la saciedad, termina ocultando lo verdaderamente importante: detrás de cada solo existe un compositor e intérprete; detrás de cada frase, una idea musical; y detrás de cada concierto, un hombre que jamás dejó de perseguir una visión propia.

Cuando la última nota permanece suspendida en el aire, queda una resonancia en el rojo, una caricia en el alma, en medio de tanto barullo y bestialidad mediática donde el morbo es pan de todos los días. Apreciar ese último arpegio, admirar aquel vibrato que permanece suspendido mucho después de que el escenario haya quedado vacío deja una sensación de que los humanos podemos reconocernos como aquel octogenario con la polera de Deep Purple en el metro de retorno a casa, con quien logramos cruzar la mirada para abrazar, agradecidos, aquello que aún sabe a humanidad.

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