King Long
Desde changa que tenía la misma fantasía: tomar el minibús que va a Cota Cota desde la San Francisco; esperar a que llegue con la parte de adelante vacía para poder subirse al lado del chofer y que alguien se suba adelante rápido para que ella pueda pegarse al conductor. No mirarlo, más bien estudiar con detalle las luces led rojas que tiene alrededor de la radio, que iluminan la piel sintética, café y negra, que cubre todo el tablero del auto de un rojo bien rojo.
Encima de la guantera se ve la marca: King Long. Eso la distrae un rato porque justo el minibús del frente tiene la misma marca en la parte de atrás y el del lado igual y por eso ella imagina que también lo deben tener marcado adentro y eso le hace pensar si lo sugestivo del nombre fue a propósito.
Ya terminando la San Francisco mira hacia la plaza, cuando en realidad lo quiere ver a él. Se queda mirando por su ventana y por la periferia se da cuenta de que es jovencito, tiene la nariz pequeña y las cejas pobladísimas, sus manos son medianas y tiene la punta de los dedos gruesa, las uñas las tiene cortitas y un poco sucias, seguro por cambiar el aceite del mini. Frenan de repente y el cuerpo de ella se tira para adelante y siente que la falda se le remanga debajo de las piernas. Intenta desdoblarla, pero sigue remangada cuando se acomoda de nuevo contra el asiento. Ya están por llegar a la fuente del Prado y siempre hay tanta gente ahí, en la plaza al frente de la plaza, y cruzando la calle, hacia la Plaza del estudiante, hacia los costados, ella realmente no sabe cómo hacen para no atropellar a nadie y eso le gusta: pensar que los choferes tienen super sentidos para poder manejar en una ciudad donde todos manejan para la mierda.
En la 6 de Agosto el tráfico se mueve lento, lento, lento, y aunque le sigue incomodando la falda debajo de las piernas, no se acomoda, decide seguir mirando hacia adelante con el cuerpo pero al costado con los ojos. El chofer tiene una polera de Always Ready, una chompa de frisa gris y un buzo azul marino delgado que le marca todos los movimientos de los músculos de sus piernas cada vez que tiene que apretar los pedales. Ella piensa que él juega los sábados en la mañana con sus cuates, y que cuando el sol se pone fuerte se sacan las poleras y sudan bajo el sol hasta que tienen que ir a almorzar y, de repente, la falda ya no le incomoda porque se subió aún más y si tira la cadera para atrás puede sentir la presión cada vez que el mini avanza y cuando ya no hay tráfico y casi no frena e imagina que la presión seguirá subiendo hasta llegar a su pecho y ya pasando la curva de Holguín, ella aprovechará para apretar su cuerpo contra el conductor, en una de esas pegarse un poco mucho y mirarlo y pedirle perdón, y que su mirada camine por la cara de él, por su torso y se quede en su mano que agarra el volante, a veces acariciándolo suave, y a veces apretando fuerte.
En la última curva se quedará cerca, para que cada vez que él tenga que cambiar la caja, tenga que rozar sus nudillos contra su pierna. Ella no hará más. No habrá necesidad. Solo tendrá que mirar hacia adelante y quedarse quieta en su lugar, inclusive cuando la persona de su lado se baje en la 15 de Calacoto, donde ella estará quieta con la mirada fija en la marca King Long dentro del minibús hasta que la siguiente persona se suba en la Iglesia de San Miguel hasta la 33 de Cota Cota, donde comenzarán de nuevo las curvas y después curvas con empedrado y con ellas el vibrar del asiento hará que ella no pueda más, que presione su pelvis más todavía contra su falda doblada, cerrando los ojos y empanadeando sus propias manos sobre sus faldas, apretando fuerte porque sentirá que ya no puede más.
Aprieta sus manos, sus ojos y su pelvis hasta que se da cuenta de que el auto ya no está avanzando.
Suelta sus manos primero, abre los ojos y gira la cabeza. Él la está mirando, le dice algo, como si se lo estuviera diciendo de nuevo. Ella solo escucha “señorita”.
Suelta un quejido desde la garganta.
Él había tenido el cuerpo tenso hasta ese momento, pero el aire que suelta ella llega hasta él.
Ella sabe que él entiende, por eso no duda cuando lo besa.
Se besan y ella siente el sabor a coca en su saliva, se aleja, pero solo para subirse encima de él, no vuelve a su boca, se saca la polera y su sostén no oculta nada, es una telita de encaje color palo de rosa, como sus pezones y él se lo corre para poder lamérselos y ella se acerca lo más que puede porque quiere que su boca entera este llena de su teta y en un momento él se aleja para mirarla y ella aprovecha para quitarle la polera y el olor amargo a sudor la excita más y comienza a moverse encima de él. La presión de la falda doblada no se compara a la presión de su pija y él lo sabe, por eso le mete los dedos de una y le dice que mojadita que está señorita y lleva sus dedos a su boca y de nuevo le dice que rica que está señorita y ella le pela la pija y se monta, gritando porque ya no puede más, quiere que su pija se entierre en ella mientras ella grita y él le aprieta las tetas blancas y su brazo con pelos negros negros negros reflejan la luz roja led como el peluchin que tiene en el tablero del auto y él aguanta que ella lo monte chupándole una teta y apretándole la otra hasta que ella termina apretando las piernas, apoyando su torso contra el volante haciendo que suene la bocina.
Ella levanta un poco el peso del volante para poder escuchar su respiración de nuevo. Él le agarra las caderas y extrae su pija y ella siente el frío del vacío entrar por todo su cuerpo. Se miran y él con dos jaladas le termina en la barriga. Ella lo besa metiéndole la lengua primero, lo besa hasta que su chele se seca y siente de nuevo su pija endurecerse en sus manos.

