Cerati en un Soundtrack

Un hippie canta Cerati en un boliche y, de pronto, sientes que la vida tiene soundtrack. Así le pasa a Adrián Nieve en esta crónica que habla sobre amor, rupturas y música, parte de la antología de cuento y crónica “A todo volumen”, compilada por Alan Santos y Karen Veizaga.
Editado por : Fernanda Verdesoto Ardaya

Quién sabe cuándo comenzó para ellos, me refiero al Dé y a la É. Quizás una noche que los vi bailar en Malegría, o en una ocasión inenarrable porque yo no estuve ahí para presenciarla. En fin, para mí todo comenzó una tarde en la casa de Carlota, cuando ella todavía me quería, y jugábamos a Cupido imaginando posibles emparejamientos entre nuestros conocidos. Reconozco que fue ella la que dijo que su prima la É podía ser buena pareja con mi amigo el Dé, pero humildemente me voy a llevar todo el crédito de que, eventualmente, se casaron porque esta no es la historia de ese amor, sino de la muerte de Carlota. 

Bueno, si nos ponemos exigentes con la verdad, no está muerta-muerta. Hasta donde sé, sigue viva y espero sea feliz, pero para mí es una muerta viviente. ¿No les ha pasado? Tienen a alguien muy importante en sus vidas que, de un día para el otro, deja de serlo. Se va, te deja o la dejas, diferencias irreconciliables aparecen como un terremoto y de pronto esa persona ya no pertenece a tu mundo, a tu vida, a tu realidad. Y, cada vez que te la encuentras por las calles, es como si vieras a un fantasma, una muerta viviente que te asusta, que te obliga a hacerte al loco, que te sacude un poquito como en aquel momento antes de que pase el temblor. 

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Imagen: 88 Grados

Ah, Gustavo Adrián… ya empiezas a asomarte. Pero calma, pronto vas a apoderarte de esta historia. 

Les decía: esta es la historia de la noche en que por fin pude dejar ir a Carlota y se convirtió en una muerta viviente, ese fantasma que de rato en rato se asoma y duele, ese cadáver exquisito que, si me la cruzara, me dejaría un ligero temblor, como el que se tiene cuando el sol de pronto deja de calentar y el frío se impone. Fue, justamente, en la boda del Dé y la É, en la que yo era paje y Carlota era dama de honor. Claro, la primera vez que salieron fue cuando ella y yo éramos pareja. Supongo que se conocieron gracias a nosotros, o quizás se conocieron esa noche que los vi bailar en Malegría. No importa. La cosa es que años después ahí estábamos los dos, en esa boda de marzo de 2017. Ya éramos exes con la Carlota, pero no de los que puede que algún día retornen —eso ya había pasado un par de veces entre ella y yo—, sino de los que han vivido esas rupturas definitivas, las que agotan toda esperanza de siquiera volver a dirigirse la palabra entre sí. Podría decirse que un envidioso patético la convenció de mentiras y ella decidió creerle, porque lo cierto es que yo la amaba y ella solo me quería. Me lo dijo antes de partir: “siento que cualquier día me dirás ‘te amo’ y yo no puedo decírtelo de vuelta”. Las mentiras del envidioso patético fueron la excusa perfecta para no tener que enfrentar esa verdad que ella no podía terminar de admitir y que yo no podía (o no quería) notar. 

Entonces, durante toda la ceremonia y la fiesta nos evitamos. No nos miramos ni siquiera en la sesión de fotos de pajes y damas con la novia, ella no posó sus ojos en mí durante el brindis que di para los novios (que la novia hoy recuerda como el más memorable y sincero de todos) y pasamos la mañana, tarde y noche alejados. Ella estaba en la mesa de la familia de la novia y yo estaba en la mejor mesa de la fiesta, la que más bailó, la que más rio, la que mejor onda tuvo hasta el final y más allá: la de los psicólogos. Fue esa mesa la que hizo que aquella fuera la mejor fiesta de mi vida: queremos tanto al Dé y a la É, que ese cariño se expresó en una alegría desmedida en la que no vi una sola cara larga. Ni siquiera la mía, peor la de Carlota.        

Porque, a decir verdad, si bien la ruptura definitiva estaba fresca, no pensé en ella. Estaba más enfocado en mis memorias con el Dé y la É: en el hecho de que les saqué su primera foto como pareja (dormidos en la flota que nos traía de vuelta de una excursión al campo), o en una de sus primeras salidas en la que fuimos a comer pastas y terminamos hablando de cholgas. Estaba genuinamente feliz que, aunque el amor no pudo entre mi ex y yo, sí pudo con ellos. Al menos algo de amor nació de los desencuentros con Carlota.

Tanta era la felicidad que todos quisimos continuar. No solo la mesa de los psicólogos, sino la mesa de los primos del Dé, la mesa de las primas de la É y algunos otros colados que también estaban felices y, como nosotros, no querían nunca dejar de sonreír y celebrar que dos personas tan lindas como hermosas se habían unido... pero siempre olvidamos algo: la felicidad es una burbuja.  

Porque ni bien salimos de la fiesta, con todos los familiares dispersándose por doquier y los recién casados en marcha a estar solos al fin, nos descubrimos como un grupo numeroso varado en algún lugar lejos de todas partes, luchando por encontrar un transporte que nos lleve a cuentagotas —todos elegantemente empilchados— a algún boliche que nos pudiera acoger. Creo que primero fuimos a un karaoke en San Miguel y algo no nos convenció y después alguien dijo que conocía un buen local cerca, un pool escondido entre un intento de mall y una estatua de la Virgen María Auxiliadora. Ahí nos enfilamos en procesión, Carlota, yo y los demás, siempre cuidando no mirarnos entre fantasmas, entre muertos vivientes, “entre dos amantes que, al dejarse, están luchando, cada quien, por no encontrarse”. 

Era un billar, con dos o tres mesas de pool, una barra y, al fondo, cerca de los baños, unas cuantas mesas y sillones para los que solo iban a beber y escuchar música. No me acuerdo cuántos éramos, pero lo cierto es que nos apoderamos de toda esa zona. Juntamos mesas, pedimos tragos, ella y yo cuidamos de estar en ambos extremos del grupo, sin ángulo para que se crucen nuestras miradas y, por una hora, quizás dos, volvió la burbuja de la felicidad que habíamos tenido en la boda. Celebramos a salud de los novios y reímos y cantamos y charlamos con los demás. 

En una película, la música comunica montones. Las bandas sonoras nos pueden delatar quién es el asesino, qué momento es importante, cuáles son simplemente transitorios. En la vida real también, solo que en las películas es más obvio. Cuando en una película se detiene la música, te das cuenta, y tu mente se prepara para algo importante. El retorno de la música te lo dice todo: este momento será épico, será triste, será pura felicidad, y podrías notarlo incluso cerrando los ojos. Lo malo de la vida real es que no tiene soundtrack. Lo más cercano que yo encontré es hacer playlists de cada año y poner en ellas las canciones que me van llegando: las que descubres por una recomendación, la que escuchas en el minibús y te hace sonreír/llorar, la que recuerdas de repente y tarareas sin saber por qué. Después, cuando escuchas la playlist del 2025, por ejemplo, la música te va recordando esos momentos de aquel año en que la música se hizo obvia como en una película, cuando la música apareció y afectó tu vida por unos minutos, o quizás para siempre. 

Esa noche en el billar, al menos yo ni siquiera noté cuando la música se detuvo. Creo que estuvimos unos 15 minutos sin otro fondo que el de las bolas de billar chocando entre sí y el ruido de las charlas de nuestro grupo opacando al de los jugadores de pool. Pero, aunque no me di cuenta de que la música había callado, de alguna forma sí, porque mis ojos y mi mente comenzaron a buscarla más y más. ¿Dónde está mi Carlota? Mi fantasma, mi zombie. Yo mismo quedé en silencio, espiándola de reojo, recordando nuestros inicios, nuestros tropiezos, cada beso, cada abrazo, cada risa, porque en esos instantes la memoria es una puta triste que solo te recuerda lo más lindo, lo más añorable, lo más feliz. Y lo hace porque quiere que la quieras otra vez y que la extrañes, porque el duelo de algo que todavía vive implica dificultades importantes… y si ella está ahí, y yo estoy aquí, y estamos los dos, y en algún punto hubo algo, ¿por qué no puede haberlo otra vez? ¿Por qué tengo que dejar morir tanto amor que hay dentro de mí? 

Porque la felicidad es una burbuja.

Entró él, puntiagudo. Era un tipito no muy alto, de lentes, no me acuerdo si era muy hippie o qué, pero sí recuerdo que su pinta era un tremendo contraste con nosotros que íbamos de gala. Él se paró con su guitarra frente a nuestra mesa, más cerca de mí que de Carlota, y pidió nuestra atención para tocar unas canciones a cambio de unas cuantas monedas. Supongo que tendría un entendimiento con los dueños del boliche y por eso habían callado la música, para que él pudiese tocar. A lo mejor los equipos de sonido se arruinaron momentáneamente y un mozo le dijo al primer tipo con guitarra que pasó por ahí que entrara a tocar algo. Quizás la vida no tiene sentido y somos nosotros los que la llenamos de este… porque sin ficción, vivir no vale la pena. No lo sé. Pero sí sé que la primera canción que tocó ese tipito fue Crimen de Gustavo Cerati. 

Las canciones son lo que uno quiere que sean. Lo mismo pasa con los libros, las películas, las obras de teatro; le pertenecen más al público que las consume e interpreta, según sus subjetividades, que al artista que las hizo con una intención cerrada. Por eso me enternecen los artistas que insisten en decir: “mi obra significa tal cosa porque la hice con tal técnica para que sea innegable que hablo de esto y no de aquello, porque yo no creo en aquello, pero sí que creo en esto. Así que todos los que dicen que mi obra trata de aquello y no de esto, vengo a decepcionarlos porque…”. Ya está, viejo, tu obra trata de esto y de aquello, aunque te resistas. Porque al final quien mantiene vivo al artista no es el arte sino el público. El arte es más grande que ambos, el artista está al nivel de su público. 

Ya antes le di mi propio sentido a una canción de Cerati. La primera vez que escuché Té para tres estaba en un triángulo amoroso entre una morena depresiva, un larguirucho medio lelo y yo. Entonces para mí esa canción se volvió una especie de diálogo entre ella y él durante una tarde lluviosa en la que decidían seguir juntos pese a que la sombra del breve romance de la morena depresiva conmigo se interponía entre esos dos. Para mí, Té para tres era el himno de un final, de un romance que no pudo llegar lejos, cuando en realidad es la canción que retrata a Gustavo Adrián Cerati tomando té con su madre y su padre, después de que se enteran que este último tiene cáncer. Y —también— ya antes una canción de Cerati había sido banda sonora de mi historia con Carlota, cuando un temblor en Chile tuvo una réplica suavita en La Paz y, ni bien pasó el temblor, un amigo puso Cuando pase el temblor, que sonó en el instante mismo que me llegaba una carta de la Carlota para terminar nuestra relación, en la que creíamos sería la última vez, pero que en realidad fue la penúltima.   

Entonces cuando este hippie de lentes se puso a tocar Crimen, supe que estaba en uno de esos momentos cinematográficos en los que empieza a sonar la música que lo determina todo. Como cuando suena la Marcha Imperial al final de Rogue One, como cuando suena Little Green Bag en Reservoir Dogs. Obvio había oído esa canción antes, la conocía, me gustaba, me parecía que su letra estaba buena, pero NUNCA JAMÁS la escuché como lo hice aquella noche en que las palabras de Cerati fueron un millón de agujas que reventaron la burbuja de felicidad que generaba mi nostalgia viendo a mi ex, la Carlota, tan linda y empilchada cerca de mí…

Porque efectivamente esperarla, esperar que me devolviera un sentimiento que ella nunca sintió, era agotador. Ya no sabía nada de ella, no sabía qué pasaba en esa cabeza, cómo había vivido esa boda de su prima con el amigo de su ex. A lo mejor, ni siquiera fui un detalle, quizás ni siquiera pensó en nosotros, pese a que dejó tanto en mí.

Y el hippie de lentes:

¿Qué otra cosa puedo hacer?
Si no olvido, moriré
Y otro crimen quedará
Otro crimen quedará sin resolver

Me acuerdo que, escuchándolo cantar, me sentí mareado, como que todo era más pausado a mi alrededor y, “en un lento degradé”, supe que la perdí. Que mi ego iba a estallar ahora que ya era claro que ella nunca más iba a estar y que en aquel mismísimo instante estaba diciéndole adiós a una de las personas más importantes de mi vida. 

Y el hippie con su guitarra:

Cuánto falta, no lo sé
Si es muy tarde, no lo sé
Si no olvido, moriré
¿Qué otra cosa puedo hacer?
Oh, ¿qué otra cosa puedo hacer?
Ahora sé lo que es perder

Terminó y la mesa le aplaudió. Yo mismo aplaudí con los ojos como platos, conteniendo la respiración para no llorar, tratando de calmarme para que pase el temblor. Pero el cabrón no había terminado y después de agradecer con una sonrisa, de inmediato empezó a tocar otra de Cerati: Adiós.

La vida no tiene banda sonora, pero a lo mejor sí. O, bueno, hacer las playlist de cada año me enseñó que la vida sí tiene soundtrack, pero no siempre lo notamos. Después de aquel silencio en el billar, después de ese momento inefable en que un hippie de lentes cantando Crimen al lado de los baños de un boliche se sintió como se debe haber sentido escuchar ese “¡gracias totales!” de Cerati el 20 de septiembre de 1997 en el Estadio River Plate —o ver a Charly el 23 de octubre de 2009 en el Estadio de Vélez Sarsfield en Buenos Aires—, después de todo eso, en el breve intervalo entre canciones, yo quedé destrozado. La burbuja de esa felicidad con Carlota nunca más iba a existir y yo seguía golpeado y triste evitando mirar al otro extremo de la mesa. Mirar era aceptar que no existe la vida eterna, ni siquiera en el amor. 

Y el hippie de lentes con su guitarra:

Suspiraban lo mismo los dos
Y hoy son parte de una lluvia lejos
No te confundas, no sirve el rencor
Son espasmos después del adiós

Dicen que Dios da y Dios quita. Yo no creo en Dios, creo en Nika. Y, también, creo en las bandas sonoras. Esa noche la música me quitó a un amor con una canción y de inmediato me dio el consuelo definitivo con otra del mismo artista. Porque mientras el hippie cantaba Adiós, pude volver a respirar, las ganas de llorar cesaron y miré al otro extremo para encontrarme con Carlota que todavía no me miraba y que no me miró más, porque quizás todo eso —que yo recién vivía esa noche— ella ya lo había vivido antes, o después, quizás incluso al mismo tiempo. No importa. Es mi banda sonora, no la suya. Y esa canción de Cerati me prometía que aquel dolor traería un nuevo amanecer, que “poder decir adiós es crecer”.

Y el hippie: 

Uh-uh, uh-uh, uuuuh

Mi historia de amor con Carlota terminó así. Creo que el hippie tocó un par de canciones más que yo ni siquiera registré. Solo sé que cuando se acercó a mí con la mano extendida para recibir algo a cambio de lo que acababa de dar, puse cincuenta pesos en su palma, que era todo lo que tenía, y el tipo me miró con sorpresa para luego sonreír, querer decir algo y ceder a mi expresión de apaciguamiento y mi señal de silencio antes de continuar con su recorrido por el resto de la mesa. No mucho después de eso, los que estábamos sentados nos fuimos levantando poco a poco, dispersándonos en la noche, levantando unas últimas copas en honor al Dé y la É —que, por cierto, siguen juntos y felices— antes de seguir con nuestras vidas.  

A la Carlota la vi un par de veces más, pero, hoy por hoy, no sé dónde ni cómo estará. Mejor así. Me acuerdo de ella con cariño, porque la quise mucho. Espero que esté bien, que sea feliz, que alguien la ame y que ella lo ame de vuelta porque era una linda persona. Porque hay que honrar a los muertos que siguen vivos, apreciar su memoria y dejarlos ir. 

Nada cambia que esa noche de 2017 creí que era el fin del amor y después amé igual e incluso más. Va casi una década de playlists como soundtracks de los años que pasan y todas me muestran que siempre hay amor, que siempre hay pasión, que siempre hay cariño y ternura, así como hay dolor, rabia y despecho. Pero que, al final, Cerati siempre tiene la razón porque los temblores pasan, los dolores traen amaneceres y los adioses ayudan a crecer.

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