A propósito de 'El sueño del mundo' de Ada Zapata Arriarán

Sergio Taboada analiza el poemario 'El sueño del mundo' de Ada Zapata Arriarán a partir de Henri Bergson y su reflexión sobre el lenguaje y la escritura poética.

El presente texto puede leerse como una pequeña visita a un poemario, o como un brevísimo dispositivo de reflexión sobre la poesía y su escritura. Ambas caras de la medalla llevan la cifra de la generosidad: creo que, también para leer, hay que tratar de ser generosos en máximo grado. 

Por un lado, la poesía de El sueño del mundo (Editorial 3600, 2024) nos permite ahondar en esta doble generosidad. Y por otro, la reflexión que podamos extraer puede ayudar a cualquier persona que está interesada en escribir poesía, o bien en leerla.

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Imagen: Archivo

Esta nota no tiene una tesis en sí: contiene un proceso de reflexión (en gran parte originado por la lectura de La evolución creadora de Henri Bergson) que, como la poesía, a veces puede ser útil, y otras veces, no. 

1. Los nombres de las cosas 

Uno de los poemas que más me inquietan de El sueño del mundo es “Por la niebla”. Es sabido que el nombre o palabra “niebla” es un sustantivo, es decir, el nombre o palabra que alude a una cosa. Y el DRAE nos da una definición precisa de lo que es: “Nube muy baja, que dificulta la visión según la concentración de las gotas que la forman.” Esta es una definición de su ser, en otras palabras, no es algo que ella podría ser

Para Bergson, los sustantivos o cosas, son esencias o bien formas. Si el lenguaje es un instrumento de nuestra experiencia, la poesía es una reconfiguración de esa experiencia. “Por la niebla” significa quizá entonces, no sólo la alusión a una nube baja, sino el trayecto de ese caminar por la nube baja, así como también una razón (del título como causa, el poema nos da el efecto de esta).

Así, ya entrando al poema, leemos:

 

Morir debe ser como echarse en el horizonte

En el banquete del cansancio
                   Tu cuerpo abraza las distancias

Las distancias de tu cuerpo
              Me abrazan

Todos los objetos tienen un peso sobrenatural

(poema “Por la niebla”, 80)

 

Al leerlo por primera vez, me impresionó esa noción de echarse en el horizonte, como si la muerte fuera una expansión espacial y espaciada de una potencia extensiva. El horizonte, ese nombre o esencia (una de las acepciones del DRAE dice: “Límite visual de la superficie terrestre, donde parecen juntarse el cielo y la tierra”), es una cosa-límite, es una esencia-relación. Morir en el horizonte entonces significa juntar el cielo y la tierra, como si ambas cosas (cielo y tierra) fueran dos lados de un mismo libro: cerrar este libro imaginario es morir. Cerrar ese libro y juntar las dos esencias es echarse muerto

En el recorrido del poema “Por la niebla” encontramos, además de esta dislocación inusual del uso de la esencia del “horizonte”, otro aprendizaje que nos sirve para cerrar este apartado. 

El poema dice todavía que todos los objetos (o cosas, o esencias, o sustantivos) tienen un peso sobrenatural. No habla de una medida exacta, sino de una densidad propositiva: toda esencia en poesía es sobrenaturalmente pesada. Las cosas pesan tanto en la mente como en un cuerpo. Las esencias pesan más que su existencia. Las formas se mueven lentamente en El sueño del mundo por esta dinámica intrínseca a ellas mismas. Lo sobrenatural, aquella cualidad que asusta e impresiona de todos los objetos, debe ser potencialmente infinita en la poesía, aunque su acto encierre el poder finito en el poema. 

2. Las audacias de la cualidad 

Ciertamente la lectura de El sueño del mundo me pareció en principio un poema sobre cosas que suceden. Reflexionando un poco más, llegué a la conclusión provisional de que eso era verdad: solamente habría que añadir que, en esa lectura en específico, en el poema les suceden cosas a las cosas. En otras palabras, a esas cosas las rodean cualidades que describen ese efecto tan característico de levitación que se puede encontrar en el poema. 

Al contrario de la acción, las cualidades se conjugan en El sueño del mundo como si estuviera suspendidas: su efecto es que, bien mirado, la sintaxis mínima que inscriben los poemas, las oraciones cortas de cualidad superabundante, parecen volar en una nube baja.

Volvamos al poema “Por la niebla”, sólo que ahora desde su comienzo:

 

Eres feliz
Y no te das cuenta

Nadie está aquí porque quiere

Todo
Se repite
En tu nombre

Solo por la niebla

Un hombre le corta la espalda a otro

(79)

 

Aquí reflexionaremos sobre la felicidad y sobre ese corte extrañísimo que hace un hombre a la espalda de otro.

No darse cuenta, este es quizá uno de los significados que moviliza El sueño del mundo de manera casi imperceptible. El poema no quiere darte en este caso, una verdad o una virtud, sino darte algo todavía más inasible: una cualidad. Lo que él quiere que veas es que, a pesar de todo, eres feliz. ¿Por qué afirmaría tal cosa? ¿Dónde se encierra esa cualidad? ¿Para qué visibilizar lo invisible (Y no te das cuenta, dice el poema)?

Para Bergson, las representaciones que presentan cualidades son los adjetivos. En “Por la niebla”, la voz poética se atreve a afirmar algo sorprendente, que al mismo tiempo parece ser banal: Eres feliz. ¿Quién es el portador de esta cualidad? ¿Por qué este adjetivo es tan extraño al lector (o, en tal caso, tan extraño a quien redacta esta nota)? O bien la voz se habla sí misma, o bien despliega esa sentencia sobre los ojos del receptor. En ambos casos, resulta casi aberrante afirmar que se es feliz: y quizá por lo mismo, ejemplifica un estado de ánimo que desfamiliariza y al mismo tiempo aferra al receptor en la esperanza. La vida, ¿no era eso entonces? ¿Ser feliz?

El verso más enigmático (y espero en esto contar con el asentimiento de los lectores de esta nota) es el corte de la espalda… ¿A qué se refiere? ¿Es un corte dañino? ¿Es un corte de desesperación? ¿La niebla corta todas nuestras percepciones hasta hacerlas autónomas en sus partes? 

No sé si el significado de este corte tiene que ver con la espalda misma…; en otras palabras, no sé si el verbo cortar muestra un estado de ánimo otro con la cualidad de la imagen que es propiedad de una espalda. Una espalda quizá no es solamente una parte del cuerpo, sino también un parte gestual de la comunicación humana. Así, dar la espalda significa también “cortar” la comunicación, “rechazar” a quien queda detrás. Si esto es así, cortar la espalda también implica un gesto audaz que tiene el signo del llamado. Cortar la espalda de alguien quizá también es llamarle la atención, amonestar.

3. La subjetivación de la acción

Por último, Bergson nos dice que el verbo es quien lleva las acciones o actos desde la representación. Ahora que lo pienso, ¿cómo podríamos nosotros aferrarnos a la poesía sino es buscando siempre la alquimia del verbo? Este proceso de convertir el plomo en oro, el verbo manso en un verbo explosivo, quizá tenga algo de misterioso ya que las selecciones de los actos poéticos llevan a la poesía a introducir en el lenguaje la violencia de la subjetividad en acción.

Y es que no poca cosa se juega cuando el poeta introduce nuestros juegos del lenguaje en un determinado contexto social. La subjetividad no solamente es el devenir-sujeto de un ente en relación a su medio, sino también un devenir-medio del sujeto en el receptor. El receptáculo de la subjetividad acaso no tenga más para dar que lo que es en sí mismo: una complicidad activa, o el llamado a una construcción de una complicidad activa. 

Uno puede, por eso mismo, echarse para atrás. Uno puede decir: ¡vaya, esto no va; no funciona! Pero, el camino fácil no es correspondiente con el camino que la poesía toma como objetivo o guía. Justamente porque la percepción es al fin de cuentas un valor energético, no podemos tomarnos a la ligera el salto de la página escrita a la página leída. 

El poema “Despertar” puede ejemplificar todo esto:

 

    Despertar
    De una invención del infierno

    A la desnudez 
    Del tiempo

    Saber 
    Que la mirada en el espejo 
    No es tuya

    Que pertenece
    A la brillante oscuridad 
    Del mundo perdido

(43)

 

Aquí por ejemplo el verbo “saber” es parte de la dinámica arriba descrita. Se trata de una constatación de que la subjetividad que se refleja no es una subjetividad que se corresponde con su reflejo. Así como la imagen es insustancial en un sentido ontológico (cfr. Profanaciones, “El ser especial”, de Giorgio Agamben 1), la imaginación de ese saber —su imagen convertida en acción— y su movilización es una quimera o sinestesia activa insustancial. La sinestesia, esa cosa alucinante que los poetas de finales del siglo XIX ya cultivaban (en el ala francesa, por ejemplo: de Hugo a Mallarmé, pasando por Baudelaire y Rimbaud, todos ellos lograron expresar a su modo la alteración de un foco perceptual por otro, albores duales o ternarios que el capitalismo permite y agasaja para dividir la percepción) está en El sueño del mundo clavada en el espacio como un saber que se desdobla en varios saberes. 

El saber es un juego de palabras, pero también un capital cultural que modifica al sujeto mismo que lo concibe. Eso por eso que se escriben libros donde el saber está en juego. Es por eso que la construcción de un saber colectivo y disidente (la Poesía) es siempre una apuesta para que “la mirada en el espejo” y “la brillante oscuridad” se encuentren en un destello que al mismo tiempo y por el mismo proceso se desencuentran.

4. Conclusión e invitación

El sueño del mundo es un poemario que tiene en su estilo rasgos volátiles (en un sentido fuerte y positivo del término), hace volar y suspende al lector que, sin saber con exactitud qué está pasando, levita en la melancolía y la violencia poética. Armada de una voz casi rotunda y un poco áspera, pero comprometida con su propio trabajo, confesaré que la lectura de El sueño del mundo me llegó en un momento donde revisaba algunos apuntes de Bergson. No quisiera decir con esto que todo nuestro contexto se debe decantar en todos los escritos que escribimos día a día. Si esta premisa se lleva al extremo, todos los detalles que son antinaturales de la vida deberían entrar en este pequeño escrito. Con o sin fortuna, las eras posmodernas elogian la introducción de la metaescritura en el producto. Digo esto porque quizá, para los lectores de a pie, la poesía es uno de los pocos bastiones que nos quedan por defender en nuestra vida cotidiana. Con estas reflexiones finales, invito a los lectores a calibrar por sí mismos la pequeña teoría gramatical bergsoniana de La evolución creadora (sustantivos: formas o esencias; adjetivos: cualidades; y verbos: acciones) y espero que se animen a considerar la lectura de El sueño del mundo, poesía que podría estar en su radar desde hoy o desde mañana.

Por último, siento que esta nota no es demasiado larga, como otros ensayos-reseñas, quizá porque el mismo El sueño del mundo propone una extraña combinación de elementos que encallan en la actividad del ensoñar…: quizá así recordaré este poemario, cuya fuerza utópica no es menor… Soñar es un trabajo, parece decirnos Zapata Arriarán, y yo puedo hacerlo perfectamente bien. Entre el deseo del sueño y su producto, quede pues ese vasto esfuerzo fantasmal, femenino y congruente (consigo mismo) de convertir una cosa en la otra.

Nota complementaria

En la segunda Feria del Libro de El Alto tuve la suerte de estar presente cuando Ada leyó sus poemas. Fue una verdadera revelación. De hecho, su voz contenía algo así como una energía performática que reformula el sentido de lo escrito. Ahora creo que la letra, en la voz de Ada, nos llega más fuerte cuando es explícitamente puesta en escena. Su fuerza particular reside también en que, si bien leyó de su libro, dejó de leerlo y recitó de memoria: recuerdo que uno de estos artefactos que se materializaron de esta forma fue el poema “Voltar”. Hay que tener verdadero amor por lo que uno hace para memorizarse los propios poemas que uno escribe. Fue en ese momento cuando entendí que voltar no era solamente invertir cierto sentido morfológico de las palabras (como por ejemplo: “Ella quería dorsear el embraze el ibasal del ver / Pero aceptó // Voltar dijo / Sólo / Voltar”, 87), sino que podía escucharse como una ética íntima de la escritura que no se contenta ya con el sentido: lo transfigura en algo completamente otro, pues voltar no significa ni voltear, ni volar…: no estoy seguro qué significa, pero cuando Ada leyó este poema, supe que el gesto de escritura no estaba ya en el molde que mundo nos entrega, ni en la interpretación de ese mundo. Quizá era una palabra cautivada dentro de la ensoñación del mundo. Quizá era toda una política de la descomposición de y en la palabra. O quizá era una síntesis de la experiencia que tampoco quiere guiarnos dentro de sí: al hacernos saltar esa noche, con sus poemas, Ada compuso para las personas que pudimos asistir, algo que no es una esencia, ni una existencia: era más bien la quimera absoluta de escuchar una energía sin dirección, pero cuyo viaje inconsciente quedaría en nuestra breve y no muy fidedigna memoria, quizá en alguna parte, quizá en algún lugar.

 

 

 

 

1  “La imagen es un ser cuya esencia es la de ser una especie, una visibilidad o apariencia. Un ser especial es aquel cuya esencia coincide con su darse a ver, con su especie. / Ser especial es absolutamente insustancial. No tiene lugar propio, sino que le ocurre a un sujeto, y está en ese sentido como un habitus o un modo de ser, como la imagen está en el espejo”

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