Cinco minutos de palomas
Desde la ventana del piso siete del edificio veo todos los días, a las cuatro de la tarde, una bandada de palomas volar de un tejado a otro, luego a otro y finalmente retornar al primero formando un triángulo. No sé cuánto tiempo llevan haciendo exactamente el mismo recorrido ni si son siempre las mismas palomas, pero durante cinco minutos las miro repetir esa pequeña coreografía aérea de giros y espirales con la que la bandada recorre siempre el mismo triángulo. Las palomas vuelan, completan el triángulo y, después de esos cinco minutos, desaparecen.
Cinco minutos bastan, dicen, para reconocer los errores, los verdaderos amores, las mentiras, las estupideces, las despedidas y empezar otra vez. No sé si realmente cinco minutos alcanzan para tanto, pero quizá por eso me pregunto si alguien osaría poner en velocidad 1.5x un instante como ese.
No es una queja sobre la velocidad de los audios ni una crítica a quienes los escuchan acelerados. Es más bien una observación sobre nuestra relación actual con el tiempo y con la atención. Estamos aprendiendo a acelerar casi todo lo que recibimos de manera virtual: películas, podcasts, entrevistas y, desde hace algunos años, también las voces de las personas que queremos. Supongamos que eso no esté mal, porque, obedeciendo a esa necesidad de inmediatez, queremos escuchar el audio en el instante en que lo recibimos. No necesariamente porque queramos responderlo, sino porque quizá en el fondo queremos consumirlo. ¿Sucede también en la presencialidad? Me ha pasado con algunas personas que me invitan a tomar un café o quieren verme, que luego durante el encuentro están súper apurados, apurados por ordenar, por tomar el café, por hablar, por recibir las noticias, incluso apurados por terminar de escuchar. Estoy pensando en voz alta y lanzando la pregunta de si esta aceleración del 1.5x la estamos viviendo también en la realidad física.
Mi récord grabando un audio es de 28 minutos. Mi récord escuchando un audio es de 32 minutos. Lo sé, no es una información que necesariamente me deje bien parada. Tengo amistades muy queridas que me han confesado que escuchan mis audios en 1.5x si duran más de dos minutos, y en 2x si pasan de cinco. No me molestó en lo absoluto que me lo dijeran; al contrario, me generó curiosidad saber cómo sueno a esa velocidad. Primero me causó gracia y después cierta preocupación al reconocer que quizá mi manera de hablar tiene la misma estructura que mi pensamiento: una idea lleva a otra, una pregunta abre una historia, una historia recuerda otra cosa y, cuando creo que estoy llegando al punto, probablemente le aplico una pequeña vuelta más.
No siempre pienso en línea recta, y en 2x mis asociaciones resultan mucho más evidentes.
Pero he aprendido que hay personas a quienes puedo enviarles audios de quince o veinte minutos porque sé que los escucharán como un podcast mientras conducen, pintan, cocinan o preparan un café. Porque entienden que son conversaciones que ocurren de otra manera.
A mí me sucede que cuando recibo audios largos de personas queridas, me generan una emoción parecida a la de recibir una carta, cuando todavía se escribían cartas. No los escucho mientras hago cualquier otra cosa; preparo un momento, un lugar, una pequeña escenografía. Porque entiendo que quien manda un audio de ese tipo no está buscando una respuesta inmediata ni una solución rápida, sino algo más parecido a una conversación que no necesariamente requiere simultaneidad, o sea, quiere contar algo, desarrollar una idea, compartir una experiencia y saber que al otro lado alguien estará ahí cuando tenga el tiempo de escuchar.
Quizá por eso algunos audios se parecen más a las cartas que a los mensajes. Uno no abría una carta para cumplir una tarea pendiente ni la leía acelerando la velocidad de quien la había escrito. Una carta era una forma de presencia. Había alguien que había dedicado tiempo a escribir y alguien que decidía dedicar tiempo a leer.
Claro que no todos los audios largos pertenecen a esa categoría. Los audios laborales, técnicos o informativos tienen otras reglas. Una explicación sobre un archivo, una indicación de trabajo o una instrucción concreta difícilmente necesita veinte minutos de contexto. Personalmente, me asusta más una fila de cinco audios de un minuto que un audio de cinco minutos. Algo parecido me ocurre con los mensajes de texto de cincuenta líneas en comparación con esos diez mensajes enviados uno detrás de otro; no me abruma la cantidad de palabras, lo que me abruma es la sensación de interrupción constante.
Yo suelo escribir de una sola vez todo lo que quiero decir, de “pe” a “pa”. Mi hija dice que es demasiado, y yo pienso: ¿demasiado de qué? Si estuviéramos conversando sentadas en una mesa, probablemente diría exactamente lo mismo. Sin embargo, como comunicadora entiendo perfectamente que cada canal tiene sus propias reglas. No hablamos igual en una entrevista, en una conferencia, en un correo profesional o en una conversación íntima. El medio transforma la forma en que recibimos un mensaje. Por eso no entiendo lo de “demasiado” en un mensaje de respuesta a alguien que te ha dicho, por ejemplo: contame todo. Si cuento todo es demasiado. ¿Tengo que resumir? ¿“contame todo” implica una proporción o un volumen de palabras distinto en la virtualidad? O “contame todo” es una de esas frases prefabricadas vestidas de diplomacia. No, mamá. Es lo que dicen algunas personas cuando no les interesa lo que tenés que contar y no creen que vas a escribir un montón. Ah.
Aun así, pienso que hay pensamientos que necesitan espacio.
Hace poco le envié a un amigo un audio de siete minutos sobre La Odisea de Christopher Nolan. La idea que quería compartirle era esta: ¿y si, en el fondo, Odiseo no quería volver a su casa? No porque no amara a Penélope o a Telémaco, sino porque sabía que regresar significaba enfrentarse al hombre en el que se había convertido después de diez años de guerra. En la película, el viaje no es solo una serie de castigos de los dioses; parece también una especie de refugio para él. Mientras sigue navegando y vagabundea luchando contra monstruos, Odiseo sigue siendo ese guerrero que sabe quién es. Volver a Ítaca implica abandonar esa identidad construida y aceptar todo lo que tuvo que hacer para sobrevivir. Nadie vuelve igual de los viajes.
Podría haber enviado esa reflexión dividida en nueve mensajes pequeños: una idea por audio, una pausa entre cada fragmento. Seguramente habría sido más eficiente. Pero quizá habría perdido algo importante, porque algunas ideas necesitan desarrollarse como un viaje. Necesitan desviarse un poco, recordar algo, encontrar una conexión inesperada antes de llegar a destino. Si Odiseo hubiera recorrido los aproximadamente mil kilómetros hasta Ítaca, y no los ocho mil que deambuló antes de llegar, no habría historia.
Por eso me resulta más inquietante otra forma de comunicación: los audios de un segundo que dicen “sí”, “perfecto” u “ok”. No porque estén mal; a veces una respuesta breve es exactamente lo que corresponde. Pero me producen mucha curiosidad porque parecen llevar la lógica de la aceleración hasta el extremo: reducir la voz a una confirmación mínima, ocupar el mínimo espacio posible. ¿Por qué? Es algo que también me pregunto, pero no tengo ganas de lanzar esa pregunta en esta columna.
En todo caso, creo que no deberíamos disculparnos tanto por extendernos cuando hablamos. A veces me descubro pidiendo perdón después de enviar un audio largo: “perdón, me extendí”, “uy, qué audio tan largo”, “la mitad es paja”. Con las personas más cercanas ya no me disculpo, simplemente lo reconozco: “me dispersé tres de los ocho minutos”, “la respuesta está al final”, “hay algunas anécdotas en medio”, “escúchalo cuando tengas tiempo”.
Lo hago por consideración al tiempo del otro, no porque crea que hablar mucho sea necesariamente un defecto. Tal vez el verdadero problema no sea la duración de los audios. Tal vez sea que nos estamos olvidando que algunas cosas no están hechas para ser consumidas, sino para ser recibidas. Qué hermoso que, en medio de tanta paja, alguien se tome diez minutos para contarme por qué se compró el libro “Me cago en Godard”, y más hermoso aún que alguien destine diez minutos de su tiempo a escucharme hablar de la tristeza que me provoca entender que las semillas de locoto que llevo ochenta y dos días cuidando no van a germinar y que ha llegado el momento de reemplazarlas.
Las palomas no aceleran su vuelo para aprovechar mejor la tarde. Siguen haciendo su triángulo todos los días a las cuatro.
Cinco minutos.
Y ya está.
