Elogio al error en la educación actual
Y de repente, en un pestañeo, los errores gramaticales desaparecieron. La ortografía de gran parte de los trabajos que califico en la universidad es la correcta. La estructura del texto es coherente. Mis estudiantes escriben como voraces lectores y formulan buenas oraciones. Y algo adicional, presentan trabajos con partes extras: justifican el uso de cada herramienta, me explican para qué funcionan las categorías que les pido investigar y, de paso, me ponen su anglicanismo entre paréntesis.
Trabajos impecables… y muy similares.
Por supuesto esta descripción es poco ajena para la mayoría de docentes universitarios. Los trabajos que pedimos a nuestros estudiantes tienen mucho, si es que no es todo, de Chat GPT, Gemini, Claude y otras IAs. Es una realidad con la que convivimos a diario y que en muchos casos aceptamos mientras pensamos en alternativas evaluativas.
Pero de repente, mientras continúo calificando, aparece una tarea. Una con errores de dedo, con alguna falta ortográfica, con la ausencia de un par de tildes y un uso a veces poco decidido de los signos de puntuación. Yo corrijo cada uno de esos errores, pero lo que siento es una legitimidad del trabajo, una decisión arriesgada pero auténtica del estudiante. Observo en ese trabajo con sus errores varias redundancias, pero también un planteamiento creativo y un uso hasta inocente de los conceptos y las definiciones; ese “yo creo que…” que un estudiante decidió defender y que poco a poco se va perdiendo.
Entonces me hago varias preguntas: ¿Estoy por darle una buena nota a un trabajo con errores? Y mi respuesta es sí. Porque es un trabajo alejado de la facilidad técnica de la IA y hecho con las limitaciones humanas en las que siempre se encuentra habitando el error.
¿Por qué le doy buena nota? Porque la corrección de un error o una equivocación es necesaria e importante; porque nos permite a los docentes encontrar una oportunidad de mejora y le permite al estudiante entender su error y arreglarlo. Esa es una necesidad natural y urgente en la educación.
No es incorrecto asegurar que se creó, sin vuelta atrás, una dependencia de criterio entre el estudiante y la IA. Y cómo no aprovecharla, si la IA nos agiliza y facilita gran parte de trabajos y prácticas universitarias destinadas solo a una nota que mucho después quedará en el olvido. Quizá ahí está un gran problema: la enseñanza continúa ligándose a un sistema evaluativo tradicional donde creemos que la presentación de tareas es sinónimo de responsabilidad, cuando no lo es y ahora con la abrumadora cantidad de trabajos de IA, cada vez parece replantear su propia naturalidad.
¿Qué es una tarea, práctica, trabajo, ensayo, monografía escrita en la era de la IA? No sé lo que es, pero puedo decir lo que no es: sin duda ya no es responsabilidad y, algo mucho más fatal, ya no es una medición de la manera crítica y creativa de pensar del estudiante. Como docentes tenemos que tener algo claro: la IA vino para quedarse. Los profesionales ya la usan de manera agresiva. Entonces nuestro trabajo en la educación se complejizó más de lo que esperábamos, y con ello nuestras responsabilidades. Yo lo veo como un atractivo e interesante reto. Está en nuestra constante actualización de conocimientos el pensar, quemarnos el seso si es posible, en nuevas dinámicas evaluativas que nos permitan medir de verdad la formación de criterio personal de nuestros estudiantes.
Por supuesto que la educación y la IA están desarrollando una simbiosis directa. Cada vez más es una urgencia el poder aprender con IA y poder acompañar a los estudiantes en su proceso de uso con parámetros éticos y técnicos. Pero también críticos.
Acá entra el tema de la nota, la bendita nota, que con un número parece mostrarnos una realidad que hace bastante dejó de ser tal. Es muy fácil sacar 100 con tareas hechas en cuestión de minutos por la IA. Y no lo voy a negar, son buenos trabajos, interesantes planteamientos, pero con la obviedad y la predictibilidad de que los hizo la IA. Pero lo que no es fácil es entender y saber si el estudiante aprendió algo de ese texto que lo hizo otra entidad; si comprendió y conoció lo solicitado en la tarea. Ahí está el punto clave para generar interacción y dinámicas alternas que, por supuesto, debemos comenzar desde ya a pensar. Quizá el retorno de la oralidad, quizá el retorno de la escritura a mano. No lo sé.
Continúo observando esa tarea con errores. Y pienso que la misma educación no existiría si no tuviéramos la naturaleza de equivocarnos.
¡Equivóquense, chicas y chicos!
Cometan errores.
Presenten malas ideas.
Pero piénsenlas ustedes mismos. Porque ahí está el valor y la ganancia adicional de la educación y de verdad poder aprender.
