Charlas breves con autores: Jorge Mustaffá
Hoy hablamos con Jorge Mustaffá (La Paz, 1999), un comunicador social de la Universidad Católica Boliviana y magíster en Literatura por la UASB-Ecuador, donde cursó una maestría de investigación con mención en Literatura Latinoamericana. En su tesis de maestría investigó la figura de los muertos que narran en la literatura del continente.
Jorge recién publicó su primer libro: Galería de cuerpos prestados (2026), convirtiéndose en uno de los más recientes autores de Editorial 3600. Antes de eso ya había publicado crónicas y textos de no ficción en revistas bolivianas y en 2025 recibió el Premio Joven al Mérito Periodístico en Tarija.
Actualmente, es profesor de Lenguaje y Literatura en Tarija, donde prepara su siguiente libro.
Antes de publicar ficción escribías crónica y no ficción. ¿Qué encontraste en el cuento que esos otros géneros no podían ofrecerte?
Es probable que cada semana baraje una decena de ideas para crónicas y una que otra para algún libro de no ficción —que desde luego nunca llegan a materializarse por cualquier motivo—. Ese lado lo tengo latiendo en mi mente todo el tiempo, aunque no llegue a ejecutarlo y, de momento, se quede apenas en ideas. Con el cuento me sucede lo contrario. Tengo la impresión de que me es muy desafiante encontrar situaciones e imágenes que germinen cuentos y, sin embargo, cuando las encuentro soy más propenso a escribirlas —lo que no pasa con los incontables y potenciales proyectos de crónicas que desfilan por mi cabeza.
Supongo que tiene que ver con que el cuento permite forzar y enfocarse más en los límites del lenguaje, hacer que las palabras digan más de lo que dicen y darle significado a los silencios. También existe una dimensión lúdica en la obra literaria, una que el cuento puede explorar y lucir muy bien. La posibilidad de pensar situaciones o estructuras en apariencia irrealizables y hacerlas suceder en el texto escrito es lo que hasta ahora me ha impulsado a escribir y ha desembocado en mi primer libro.
Por otro lado, hay algo de la repetición y el homenaje muy propio de las disciplinas artísticas. Como lectores, leemos muchas veces los mismos temas en autores muy diversos, los mismos experimentos también. Cada tanto logramos incluso identificar genealogías de influencias que cruzan épocas y territorios. Tras eso me resulta imposible no preguntarme cómo me saldría a mí escribir sobre determinado tema o aplicar cierto mecanismo, y qué mío le puedo sumar. Aunque hay casos, no solemos toparnos con la misma crónica escrita por dos autores distintos.
¿Cómo describirías el panorama literario en Tarija?
Por la forma en que se me dieron las cosas en un principio, empecé mi camino literario un poco apartado de la movida cultural tarijeña. En parte siento que es por la falta de espacios literarios —cosa que parece estar cambiando algo los últimos años—. Me apena que Tarija no tenga una carrera de Literatura donde haya podido estudiar. Hay gente en la ciudad que bien podría darle buen nivel a un espacio así. Pero no existe.
Ello no implica que no haya movida literaria en Tarija. Sin ir más lejos, este año, en abril, Editorial 3600 publicó cuatro libros, entre los que está la primera novela de Isabel Antelo y mi libro también. Una semana antes, Marco Montellano publicó Escritores tarijeños: índice bio-bliográfico. Y hace poco Gatto Pino lanzó su primer libro. Además, hay un número interesante de clubes de lectura.
Así que hay una movida, pero se me hace algo dispersa. Mientras, los espacios que deberían mostrar todo lo que hay son insuficientes. Por ejemplo, la feria del libro. Cada año la Feria del Libro de Tarija es peor y más pobre, es impresionante cómo se superan para que sea tan insípida y triste. Es cierto que este año los bloqueos la perjudicaron, pero poco habría mejorado. Una feria con condiciones mínimas debería ser una prioridad en la ciudad, una a la que por lo menos lleguen las editoriales independientes del país.
Entonces, ¿cómo se construye una voz propia cuando no existe un ecosistema cultural tan visible como el de otras ciudades?
Para ser honesto, no sé si pueda decir que tengo una voz propia, pero desde luego sí busco construir una. En el contexto que me tocó, he trabajo por nutrirla y aprender siempre en espacios que encontré fuera de Tarija. Los que me conocen saben que soy un aficionado de los talleres de lectura como espacio de reflexión literaria. Al final, uno siempre lee solo, pero ese tipo de espacios me ha permitido entablar diálogos y poner la vista sobre aquello que no notaría en mi lectura individual. Luego está la educación formal, en aulas, y creo que también nos suma. Tristemente, Tarija no tiene ese tipo de carreras universitarias, por lo que hay que buscar lo que se pueda en otros lados. Y en ese sentido, lo virtual abre suficientes caminos.
Por suerte, hay ciudades cuyo ecosistema cultural rebalsa y salpica a su entorno. Los talleres y cursos, o la posibilidad de cursar una maestría en otro país, son producto de esa salpicadura. La Paz y Quito son las ciudades que de una u otra forma han moldeado la gran parte de mi quehacer literario. Podría especificar las ciudades reales, ya que también estamos atravesados por ciudades literarias que nos marcan sin necesariamente conocerlas.
Pero cierro esta pregunta remarcando que en el territorio del papel, como lo es la literatura, lo digital supone tremendas ventanas a otros territorios, personas y aprendizajes.
En esa búsqueda tuya de formación literaria, ¿qué autores, lecturas o conversaciones fueron decisivos para que empezaras a escribir ficción?
Dice María Negroni que piensa en la literatura fantástica latinoamericana como una deriva de la literatura gótica. Mi chispazo inicial está en ese cruce. Mary Shelley dota de vida a una criatura imposible y Borges materializa un planeta imaginario gracias a un lenguaje igual de imaginario. Creo que nada me podría haber llevado a sortear esa transición de lector a escritor salvo esos artificios de mundos normales cruzados por hechos u objetos imposibles, como define Ana María Barrenechea a lo fantástico.
Los escritores del sur del continente son sustanciales en mi corpus de lecturas. La amortajada de María Luisa Bombal, por ejemplo, es una novela que conocí años después de querer escribir algo similar —nunca lo hice— y que ha marcado mi vida literaria; siempre vuelvo a ella. Sin embargo, conocí antes Mapocho de Nona Fernández, que es seguramente el libro más importante para mi recorrido literario y académico. Otro autor chileno importante para mi escritura es Álvaro Bisama. Sobre los argentinos, el que lea Galería de cuerpos prestados va a encontrar a Cortázar y Samanta Schweblin en un par de cuentos.
En el plano nacional, Mauricio Murillo ha tenido una incidencia directa en mi escritura. Si bien empecé con sus talleres más interesado por la discusión literaria, de ahí salieron mis primeros cuentos. Ese espacio se ha vuelto una constante año tras año. Los talleres de Viviana Gonzales también han marcado mi forma de entender la literatura.
En tu tesis estudiaste la figura de los muertos que narran en la literatura latinoamericana. ¿Qué cosas pueden decir los muertos que los vivos no pueden?
Está bueno pensar en qué pueden decir los muertos. Yo enfocaba el problema del punto de vista. El muerto ve todo desde abajo: desde un lecho en La amortajada, desde un río mugriento en Mapocho, o directamente bajo tierra como en Pedro Páramo. Este muerto ve el mundo desde otro ángulo, que no es solo un juego de perspectivas, sino también el filtro frente a los ojos que implica la condición de muerto, casi de espectro. En alguna etapa ese podría haber sido mi punto de partida, pero le debo el concepto de “muerto que narra” a Marcela Croce, quien dirigió mi tesis y se había acercado al tema antes.
Si de por sí la idea de un muerto que siente y actúa es fantástica, cuando el muerto enuncia y narra en primera persona se pasa a algo más, algo ya deliberadamente antimimético. Estas son historias en las que el muerto reconstruye su vida desde ese otro lado de la muerte y entiende algo que en vida le era inaccesible, a veces relacionado con su propio origen, a veces vinculado a una realidad más grande, nacional o histórica. Por lo mismo es literatura sobre el cuerpo, la memoria y los territorios. Y al final el muerto se siente cómodo en su condición de muerto o incluso busca sumergirse más.
Casualmente —o no— son historias atravesadas por ríos, otro tema que me interesa investigar eventualmente.
En casi todos los cuentos de Galería de cuerpos prestados, el cuerpo deja de ser algo estable: muta, se descompone, se duplica, se convierte en otra cosa. ¿Dirías que esa es una de tus obsesiones literarias o un recurso que se apoderó de este libro?
Un recurso que se apoderó del libro, definitivamente. En un inicio, al seleccionar los cuentos y plantear rutas de escritura, pensé en una literatura sobre la mirada —lo que tiene sus sedimentos en buena parte de los cuentos—, pero lo que tenía que ver en un inicio con el órgano ocular pasó a apoderarse de la forma del cuerpo y sus límites.
La idea de alguien que habita un cuerpo que no le pertenece se me hace escalofriante. Hay bastante literatura y cine al respecto. La situación se aborda de un montón de formas, desde el slasher hasta la comedia romántica. Una de las obras que mejor lo logra es, para mí, “Lejana” de Cortázar.
De ese lado, tus relatos no parecen interesados en explicar lo fantástico, sino en volver extraña la vida cotidiana. ¿Qué es más interesante: inquietar al lector o sorprenderlo?
Lo que sucede es que una condición de lo fantástico es, precisamente, la carencia de explicaciones; en consecuencia, inquieta. Espero lograr algo de ambas partes, si bien no pretendo ni sorprender ni inquietar. No puedo decir que no piense en el lector al escribir, pero procuro no pensar tanto en los efectos. Con que el texto se entienda, pero deje las suficientes interrogantes abiertas como para que el lector regrese eventualmente, siento que he logrado darle forma a algo.
El libro combina horror, humor negro y momentos profundamente poéticos. ¿Cómo encuentras el equilibrio para que ninguno de esos registros anule a los otros?
Me gustaría pensar que se logra porque no soy exagerado al escribir, pero por ahora es mentira. Sé que en algún cuento peco de exagerado por mucho que haya tratado de cuidarme de eso. Pero también está “Gocen”, que es un cuento precisamente sobre la exageración y los excesos. Traté de escribirlo así también: un lenguaje excesivo y desbordante.
Sobre el humor, si bien sí lo identifico en mis textos, es algo me sale a veces porque sí. Me gusta ese humor macabro y ácido, es parte de mi forma de ser y hablar, supongo que por eso salta a la luz cuando escribo. Pero no es algo que planee. Si me pusiera a planear, digamos “crear” un chiste, no daría risa. Ahora bien, cuando veo una situación de alguna manera irónica, no puedo no resaltarla. Y me pasa toparme con eso en mis textos.
Además de las historias, llama la atención la forma en que algunas están construidas: instrucciones, fragmentos, listas, voces, documentos. ¿Cada cuento encuentra su propia forma o primero aparece la estructura y luego la historia?
Salvo el caso de “Gocen”, en el que antes de empezar tenía clara la estructura, cada cuento halla su forma y voz mientras es escrito. Escribir se trata de encontrar esa voz, la de cada cuento. Puedo tener muchas ideas de situaciones, tramas o imágenes, pero solo son realizables en la medida en que encuentre la voz que tiene que ser. Ese es el motivo por el que abandono un proyecto de escritura, cuando no soy capaz de hallar la voz exacta con que tiene que ser narrado.
Aquí también entra en juego esa dimensión lúdica de la literatura. Puedo partir por preguntas absurdas y responderlas en el camino. Si se resuelven ciertos problemas, me estoy acercando a un cuento, al menos por la forma en que entiendo el cuento ahora. Quizás es una estrategia que también me lleva a abandonar más textos de los que termino, pero la siento necesaria. Al final, o desde el inicio, escribimos siempre sobre lo mismo, al menos podemos darnos un margen para jugar con la forma.
Muchas veces el terror contemporáneo ya no proviene de monstruos externos, sino del propio cuerpo, de la familia o de la identidad. ¿Qué te interesa de ese desplazamiento?
Me interesa lo duro que puede resultar ese tipo de horror. Pienso en alguna película como Alien, en la que la amenaza es ese monstruo externo a la nave y su tripulación, ese que hay que echar al espacio o del que se debe huir. El gran final feliz de una historia de este tipo sería el regreso al lugar seguro: el planeta tierra, el hogar, la familia, etcétera. Pero luego tenemos historias más contemporáneas como Nuestra piel muerta de Natalia García Freire, en la que la amenaza externa pasa a ser parte del hogar. La casa ya no es el refugio sino el peligro. Ahí están las preguntas sin respuesta. Si el monstruo es nuestra casa, nuestra familia o nuestro propio cuerpo: ¿tenemos acaso alguna posibilidad de huir?
Si tuvieras que convencer a alguien joven, alguien de tu edad y alguien más viejo de leer Galería de cuerpos prestados sin contarles ninguna historia, ¿qué les dirías?
En parte en chiste y en parte en serio, diría que es un libro corto de cuentos cortos. Admiro a los escritores que son capaces de condensar lo que tienen que decir en pocas páginas. Si bien un libro extenso tiene sus propias virtudes y placeres, me gustaría ser un escritor de obras cortas y concisas. Así que a esos lectores hipotéticos les diría: “Debes leer este libro porque logré hacerlo corto para ti y para mí”.
Ya hablando en serio, a la persona joven le diría que Galería de cuerpos prestados puede mostrarle algunas posibilidades de la literatura que quizás no se había planteado antes —si es muy joven también le diría qué cuento no leer—. A la persona de mi edad, que en mi libro no va a encontrar representada su tradición ni su ciudad, pero quizás sí alguna forma de su relación con el cine y la tecnología, o la cultura pop en general, y varias situaciones inquietantes. Y a alguien más viejo, que espero su opinión pronto.
Después de esta primera publicación, ¿qué sientes que todavía quieres explorar como escritor? ¿Tienes algún plan concreto? Quizás algún libro que ya esté en el horno…
No quiero animarme a adelantar nada que no esté listo para salir o no ya sea una realidad. Lo que sí tengo claro es que espero continuar con mi carrera y apuntar al doctorado, lo que no es fácil ni en Tarija ni en Bolivia, pero voy barajando algunas opciones.
En cuanto a mi escritura, planeo seguir explorando estos cuentos fantásticos y metaliterarios por ahora. No creo que haya terminado de entenderlos aún ni que esta etapa se haya agotado. Sí estoy empezando desde ya a tomar apuntes y reunir tìtulos sobre literatura y ríos, que es una de mis obsesiones como mencioné antes. Me gustaría reunir los hallazgos en alguna obra híbrida entre la ficción y el ensayo. Pero nada de eso se ha materializado todavía.
Para terminar, ¿qué estás leyendo actualmente?
Esta semana leí Papeles falsos y estoy terminando Los ingrávidos, ambos de Valeria Luiselli. No la había leído antes y ahora es uno de mis descubrimientos de este año. Su escritura se acerca bastante al tipo de libros que me gustaría escribir. Sobre todo en el primero, que es un libro ensayístico, he encontrado bastante riqueza para ideas que barajaba hace un tiempo, como pensar en Borges y los mapas o el origen de la palabra nostalgia y su vínculo con los soldados. El ensayo es un género muy tentador.
¿Qué autores o autoras consideras obligatorio leer?
Obviando los clásicos, que por serlo siempre suenan a obligación, diría Mapocho de Nona Fernández. Todo lo que forma parte de ese libro merece ser estudiado a detalle. Es además, como los buenos libros, de esos que logran universalizar conflictos muy locales. Narra en varios niveles simultáneos y en los registros fantástico y maravilloso. Tiene todo.
En el plano local y contemporáneo creo que hay que conocer la obra de Guillermo Ruiz Plaza y, si es posible, leer en orden Días detenidos, Los claveles de Tolstoi, El hombre tocado de viento y Viaje febril al invierno. Los lectores obsesivos van a encontrar mucho ahí.
¿Qué libro llevas tiempo queriendo leer y aún no has podido?
De momento, mis dos grandes frustraciones son Moby Dick y el Fausto de Goethe. Por el motivo que sea, siempre pospongo sus lecturas. En lo local, Soundtrack y Manqapacha delight de Camila Urioste están esperando su turno en mi librero.

