Entre hojas y anaqueles. Un paseo por la Feria del Libro y la Rosa

Hugo José Suárez, narra su experiencia durante la Feria del Libro y la Rosa en la Ciudad de México, inspirada en la tradición catalana de regalar un libro y una rosa.
Editado por : Adrián Nieve

En estos meses primaverales, cuando la Ciudad de México se sumerge en el morado del jacaranda, sucede la Feria del Libro y la Rosa, iniciativa de la UNAM, inspirada en la preciosa tradición catalana del Día de Sant Jordi, el 23 de abril, que consiste en regalar estas dos gracias: un libro acompañado de una rosa roja.

Veo el programa con cientos de actividades, difícil elegir, qué privilegiar, cuándo asistir. Me guío por la invitación que me manda mi colega Roger Bartra, que luego de recibir y leer mi Sociología crónica, me escribe: “seguramente te va a interesar mi libro, que acaba de salir, sobre viajes y extranjerías. Se presenta la semana que viene”. Bloqueo mi calendario, será el viernes a las cuatro de la tarde, comentará Jesús Silva-Herzog Márquez, otro notable académico. 

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Foto: Hugo José Suárez

Llego temprano con la intención de quedarme hasta que cierre la feria. En el Foro Utopía donde se presentará El oficio de ser extranjero. Reflexiones sobre el viajar de Bartra (Anagrama, 2025), reconozco en la tarima a Silva-Herzog pero la silla contigua está vacía. Cuando llega la hora, anuncian que por razones de salud, el autor no podrá acompañarnos, su ausencia no impedirá que hablemos sobre su obra. Es coherente, quienes escribimos sabemos que uno está de distintas maneras, las letras son presencia. Y comienza el intercambio. 

Silva-Herzog habla de la crítica al viaje en su rostro turístico: la ilusión de desplazarse donde todos lo están haciendo con la errónea sensación de que se es original y se está conociendo algo, además de la mano de informar en redes como trofeo y hazaña. Evoca el libro autobiográfico de Bartra Mutaciones. Autobiografía intelectual (Debate, 2023), en el que explica su necesidad de desplazamiento, de mutar ideológicamente, territorialmente, disciplinariamente, y concluye que la idea de viaje para Bartra no está en la monótona imposición vacacional vestida en forma de aventura, sino que su verdadero placer se encuentra en la necesidad de salir de las cápsulas, de las cárceles buscando siempre algo más allá. Ajeno a toda nostalgia –“nunca viaja con una salsa Valentina en el equipaje”-, a todo arraigo inmovilizador, haciendo suya reflexión de Fernando Pessoa que señalaba el tedio de lo constantemente nuevo, el autor goza de la extranjería como otra forma de estar en el mundo.

Roger Bartra es de los autores que leo sin importarme el tema. Como es un explorador que transita del cerebro a la política, de la música a la melancolía, todo es interesante. A mi entender, es un autor que abre el espacio entre la prisión del arraigo y la ilusión del desplazamiento eternamente peregrino; se desplaza, se quita los grilletes que lo mantengan prisionero, pero no se monta en el espejismo de la novedad por sí misma. En ese justo equilibrio, es un eterno extranjero, sin dejar de ser un constante pensador con personalidad. Propio y ajeno, criollo y forastero en iguales proporciones. Claro, me llevo el libro a casa, cuando lo lea volveré a esta reflexión.

Sigo mi ruta dejando que el olfato me conduzca. Llego al puesto de la UNAM. Mi vista se detiene en Las consejas de un historiador. Antología, de Luis González y González, publicado por la Coordinación de Humanidades en la colección Biblioteca del Estudiante Universitario (UNAM, 2026). Es una selección de Javier Garcíadiego, que es además el responsable del prólogo. Cuando fui contratado en El Colegio de Michoacán -institución que fundó don Luis- hace ya casi dos décadas, leí todo lo suyo que llegaba a mis manos. Sus libros ocupan un lugar especial en mi estante, acudo a ellos regularmente, y ahora que estoy reflexionando sobre otras rutas de mi quehacer alrededor de la idea de sociología vagabunda, González y González aparece con mayor relevancia y frescura. Había escuchado de la antología. Se trata de una selección de textos clave de su pensamiento, algunos los leí, otros no, quedan como tarea. Es de lejos uno de los documentos que deberían estar en la biblioteca de todo académico, un autor enorme que se renueva constantemente, que invita a ser leído una y otra vez; como varias cosas de la naturaleza, el tiempo lo añeja, lo mejora y lo reinventa. 

En el pasillo contiguo, en los anaqueles del Instituto de Investigaciones Estéticas me encuentro con otra joya: Miguel Covarrubias: de América a los Mares del Sur: trazos, diagramas y contactos, editado por Rita Eder (UNAM, 2025).  Vi el libro tiempo atrás en alguna librería, pero estaba muy caro, lo dejé para otro momento. Es una edición de lujo por donde se la mire. Papel grueso, todo color, imágenes cuidadas, textos bien seleccionados. Un homenaje Covarrubias recorriendo sus múltiples facetas, de caricaturista a arqueólogo, un navegante incansable, lúcido, inquieto, conocedor inagotable. Además, es, al lado de Luis González y González, el otro pensador que me ayuda a esbozar mi apuesta por vagabundear desde las ciencias sociales. A la vez, en el mismo estante, encuentro impresa la revista -que ya la había leído en formato digital- Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, intitulada “Los territorios artísticos de Miguel Covarrubias” (UNAM, Suplemento al número 116, primavera 2020). Aquella revista antecedió al libro. Me urgía tener ambos. 

Continúo, me detengo en el libro De Montaigne a Montaigne, de Claude Lévi-Strauss, publicado por la Secretaría de Turismo del Gobierno del Estado de México en el 2023. Leo al antropólogo francés de tiempo en tiempo. Ahora me atraen sus dos conferencias, La etnografía: una ciencia revolucionaria, de 1937, y Volver a Montaigne, de 1992, fecha cargada de contenido. Ya quiero sentarme en mi sillón para saber qué dijo en dos momentos separados por más de medio siglo. 

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Foto: Hugo José Suárez

En uno de los pasillos, me encuentro por azar con mi colega y amigo Carlos Martínez Assad. Me invita a la presentación del libro Cartas y poemas de amor entre Bioy y Elena. Adolfo Bioy Casares en el archivo de Elena Garro (publicado por BUAP-Ediciones del Lirio, 2025), él es uno de los comentaristas. Vamos caminando a paso lento, deteniéndonos en los títulos expuestos en varios estantes. Me adelanta lo que dirá en unos minutos. 

Es un libro fabuloso que recoge 36 cartas -de Bioy porque las de Elena se perdieron-, resguardadas en una biblioteca estadounidense y que por primera vez fueron transcritas y publicadas. Me entero de algunos datos sorprendentes: la relación amorosa duró dos décadas (1949-1969) pero se vieron físicamente sólo en tres episodios. La intensidad de las palabras es mayor, deviniendo en una agenda literaria, pero a la vez Bioy le confiesa que a menudo no encuentra el término preciso para manifestarle su sentimiento, debiendo recurrir a los lugares comunes repitiendo “te amo, te quiero” más de una vez; asombroso en un escritor de esa talla. 

El libro reproduce las cartas en su versión original, los sobres, los sellos, la letra incomprensible de Bioy. Soy de una generación bisagra -nací en 1970- que todavía acudió a las epístolas como medio de comunicación. Como viví mucho tiempo fuera de casa, de joven escribía largos textos para enviar a mi familia; conocí el papel hiper delgado que pesaba poco y abarataba costos, fui al correo, pegué estampillas, recibí misivas en la caja postal de mi departamento tres semanas después de que fueran enviadas. Por supuesto que las guardé por años, las leí una y otra vez, lloré y reí, reviví los momentos narrados en aquellos papeles dotados de magia. Todo antes de la apabullante llegada del correo electrónico. Por eso entendí que el sentimiento, el objeto, el tiempo, tienen formas distintas en cada época. Dialogan entre sí, escogen sus ritmos sin reglas, se liberan de toda imposición y fluyen marcando su propio paso. Sólo así entendí esos amores largos alimentados por la pluma y esculpidos por el recuerdo, que no por el encuentro. 

Dejé la feria con una valija llena, con una agenda para ocupar mis próximos días con libros y rosas.

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