Memento mori

Un cuento de las páginas del libro “Matasueños” (Editorial 3600, 2024) de Adrián Nieve. El Mago Verdeolivo prepara un ritual especial para activar en el clásico paceño, pero la presencia de la Matasueños lo hará dudar de sus planes.
Editado por : Juan Pablo Gutiérrez

Seis de la tarde. 

El tráfico de Miraflores rebosaba de bocinazos e insultos. Los minibuses de transporte público forzaban su paso, hambrientos de más pasajeros y muy dispuestos a aplastar transeúntes. Entre las filas de carros que atascaban la estrecha avenida, también paseaban a pie policías buscando faltas imaginarias para cobrar un par de coimas antes del partido. El miserable panorama quedaba completo con fanáticos y fanáticas de fútbol que caminaban apresurados por las aceras hacia el estadio Hernando Siles, algunos de celeste, otros de negro y amarillo. 

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El chofer bajó la ventanilla para hablar con uno de los uniformados verde olivo, pero antes de que pudiera decir nada, su patrón se aclaró la garganta. Con un gesto significativo, el chofer indicó al policía que se dirigiera a la ventana del asiento trasero y, con la paciencia al límite, el agente aceptó tal arrogancia imaginando que atrás pillaría a un ejecutivo jailoncito, de esos que daban coimas que tenían más de un cero, incluso más de dos. Con la boca hecha una cascada, el uniformado se agachó para ver a su futuro patrocinador y se encontró cara a cara con el bigote gris de don Emilio Zambrana.

—Don Emi, va a disculpar, no sabía.

—Tranquilo, hermano. Vos sabes que yo sé lo que es buscar un bono. A ver, hagamos esto. Ayúdame a pasar rápido esta trancadera y te vas a ganar estos cien pesitos. 

Minutos más tarde, el Mercedes Benz clase S se detenía frente a la plaza del estadio y don Emilio descendía apoyándose en su confiable bastón de fresno, seguro de que su traje de lana y casimir pasaría desapercibido. Sabía que la gente lo reconocería, pero igual conjuró un hechizo de buena fortuna, solo para asegurarse de estar más seguro y confiado, como se sentía siempre que se valía de la magia para lo que sea. Cruzó la plaza mientras sus conciudadanos lo saludaban, algunos tímidamente, otros más efusivos, los más jóvenes pidiendo selfies, pero todos deseándole fortuna en la ya muy cercana elección municipal. Don Emilio sonreía como respuesta y estrechaba algunas manos, feliz de ser reconocido, seguro de que con la magia nada podía salir mal, pero igual ansioso de librarse de la pequeña recepción que se celebraría en la chifa frente al estadio antes del partido. Quería enterarse de una vez por todas del motivo detrás de la misteriosa invitación y concentrarse en la proeza de aquella noche.

“Curioso lugar para ir antes de un clásico”, pensó don Emilio recordando sus días de policía, cuando ocasionalmente tenía que acudir a llamados de emergencia exigiéndole sacar a jugadores ebrios que estaban maltratando a las prostitutas, solo para terminar quedándose él mismo junto a otros agentes en la chifa, disfrutando a costa del bolsillo de los jugadores que no podían permitirse un arresto por temas de relaciones públicas. “¿Qué será de la Trini?”, pensó con nostalgia, añorando la ligereza de esos días, antes de descubrir la magia, cuando su más grande preocupación era subir en el escalafón de la Policía Nacional. 

Antes de entrar, hizo un par de llamadas para cerciorarse de que el plan seguía en marcha.

Seis y media de la tarde. 

Después de pasar por los salones de la chifa destinados a los meros clasemedieros y ascender por las gradas que separaban lo terrenal del VIP, don Emilio llegó a la puerta de la sala privada con sus relieves de metal plateado en forma de dragón, y la atractiva mesera que la abrió para revelar un cuarto lleno de hombres viejos y sus hijos, algunos con trajes, otros con las poleras aurinegras del Strongest, muchos más con poleras celestes del Bolívar. Todos charlaban animadamente del clásico paceño que se venía, haciendo apuestas o lanzando cifras históricas de esa gran rivalidad a manera de insultos, conscientes de que con un poco de alcohol pasarían sin problema a las agresiones verbales. 

Ver a todos esos hombres en modo “clásico paceño” con sus hijos volvió a abrir un torrente nostálgico. A su mente vino la presencia de su padre y mentor, el gran brujo Demetrio Zambrana, y todas esas veces en que lo había llevado al estadio cuando era niño y le había enseñado que una de las más grandes acumulaciones de magia en la ciudad de La Paz se encontraba en el histórico estadio Hernando Siles, especialmente en un día de tanta rivalidad. 

Todos saludaron entusiasmados a don Emilio, incluso algunos osados lo llamaron “señor alcalde”, pese a estar más que conscientes de que Carlitos Matienzo, el arduo rival de don Emilio para el puesto de alcalde, también estaba en el salón.

Justo a él era a quien buscaba don Emilio. Después de una descarnada competencia, ninguno lograba imponerse de manera definitiva en las encuestas. Semana a semana, los paceños oscilaban entre querer la juventud y fuerza de Carlitos llevando a la alcaldía a una nueva era o preferir la veteranía y mano dura de don Emilio para volver a imponer orden entre los funcionarios municipales después del desastroso caos que dejaba el alcalde saliente, Igor “el Albino” Ardiles. Con un país en crisis y una ciudad sede de gobierno que era cada vez menos importante en el panorama económico nacional, incluso los peores demagogos entendían —aunque no les importaba— que aquella elección no era algo que pudiera tomarse a la ligera.

Lo encontró sentado en una mesa, comiendo feliz junto a su hija Carmen, de lentes gruesos y expresión severa, idónea asistente principal de su padre; sentados también estaban el señor Matías Claros y la señora Gumersinda Choque, dueños de los clubs que se enfrentaban aquella noche, así como el mismísimo Albino Ardiles, comiendo para recuperarse de la borrachera. Como extraña adición a tan típico grupo de políticos: una chica alta, vestida de negro, que usaba un chulo jalq’a rojo y gafas oscuras.

—¡Emilio, hermanazo! ¡Qué bien que aceptaste venir nomás! 

—Me dio curiosidad, Carlitos. Con lo peleadas que están las encuestas, todo me esperaba, pero no una invitación del que llaman mi enemigo. 

—Enemigos, a ver. Emilio, no jodas, estamos compitiendo y nada más. Solo que me ha parecido muy decente de tu parte que no recurras a la clásica guerra sucia y esta es mi manera de agradecértelo. 

“Este maleante quiere ver si no me estoy guardando la guerra sucia para la semana de la votación. Segurito va hacer que nos saquemos fotos juntos”, pensó Emilio mientras estrechaba la raquítica mano de su rival.

—Igual yo debería agradecer que no has usado mi salud en mi contra —comentó don Emilio, plantando una trampa solo por si acaso.

—No, como pues. Los hombres de verdad no somos así. En fin. Creo que ya la conocías a mi hijita, ¿no? Hermano, te juro que, sin ella, estarías vos solito apareciendo en esas encuestas —Carmen le dedicó una sonrisa fría, pero cargada de cordialidad—. Y esta es la amiguita de la Carmencita, la Laura —la chica con gafas lo saludó amablemente con un apretón de manos, sonriendo como si al verlo recordara algo muy gracioso, lo cual provocó en don Emilio un escalofrío que lo alteró más de lo que esperaba. Antes de reaccionar, concentró su atención en servir comida a su plato, como si nada más en el mundo importara.    

La comida estaba deliciosa y en algo ayudaron a hacerle olvidar la extraña sensación, confiado también de sus encantamientos de defensa y el hechizo de fortuna que acababa de lanzar. Afuera, la gente se atropellaba para entrar al estadio. 

Siete de la noche. 

—Carmy, vamos por un puchito —dijo Laura, levantándose después de haber comido más que nadie en la mesa. La hija de Carlitos la imitó y le dijo a su padre que los esperarían en el palco del estadio para ver el partido. 

Mientras Carlitos hablaba de algo con Claros y Choque, don Emilio vio a Carmen y Laura marcharse. A lo largo de la comida, don Emilio no había podido deshacerse del escalofrío, pero ni bien Laura y Carmen comenzaron a alejarse, sintió que el ambiente se relajaba. Era alta, casi el doble de la altura de don Emilio, y el negro de su ropa la hacía ver pálida como un cadáver. Con la sensación de tener la comida estancada en su garganta junto a un presentimiento, don Emilio se sirvió un shot de singani y se encomendó a cuanto santo y achachila lo escuchara. 

Se excusó de la mesa y buscó un espacio silencioso y vacío. Sacó el celular, llamó a sus discípulos, les preguntó si todo estaba en orden varias veces, pero ni aunque le mostraron por videollamada que todo seguía viento en popa, lograba librarse del escalofrío. 

Volvió a la sala, se sentó en la mesa y conversó como si nada ocurriera, analizando cada expresión de Carlitos. ¿Podía ser que la maldita hechicera Laura Laurent trabajara para él?

Siete y media de la noche. 

Sudaba pese a que hacía mucho frío. Desde el palco se sentía lejana a la multitud en las butacas regulares del estadio. En la curva norte, un mar celeste; en la sur, uno aurinegro; al medio, los tibios, pero todos igual uniformados, completamente enardecidos en un estadio lleno que ya no podía esperar por el pitazo inicial. Los fanáticos dogmáticos, los ludópatas desesperados, los padres conectando con sus hijos, los futbolistas frustrados, incluso los ocasionales que solo iban por diversión, sus energías se sentían claras en el ambiente y, de no ser por el miedo, don Emilio sabía que habría estado contento como niño en juguetería.  

Sentada a unos pocos asientos de él, entre Carlitos y Carmen, estaba Laura, todavía enchulada y engafada, fumando como chimenea, riéndose de algo que le contaba su amiga. Parecía una chica más del montón, tal vez algo extravagante, pero tan normal como podía serlo alguien en sus veintes. Don Emilio no podía aceptar que esa extraña joven con pinta de maleante fuera la condenada de la Matasueños, como le decían, la Bruja Metiche, esa a la que todo aquel que creía en lo sobrenatural evitaba nombrar pues, según los rumores, había vendido su alma a un dios de Medio Oriente para que su nombre sea una maldición. Si lo decías, metería sus narices en tus asuntos y te arruinaría según sus crueles antojos de mujer. En una noche tan importante como aquella, que apareciera como amiga de la hija de su rival era lo peor que podía imaginar.

Y aunque no podía cancelar el plan, igual se rehusó a siquiera considerarlo, tal como habría hecho su padre, el brujo Demetrio. Justamente recuperando las enseñanzas ancestrales que este le había transmitido, mandó instrucciones específicas, letanías y hechizos para que sus discípulos defendieran los puntos rituales que rodeaban al estadio y la recolección de energía sucediera sin problemas. Después, contactó a un viejo amigo de sus días de magia negra a domicilio para los mayoristas y minoristas de la Uyustus, y le preguntó todo lo que sabía acerca de la Matasueños. 

—Uta, hermanituy… Grave. Con todo lo que se dice de ella, uno creería que es de esas que pasean por la ciudad buscando a quién arruinar. Hartos han caído porque de repente se ha aparecido y les ha estafado. Una bandida es. El sobrino de mi cuñado es transportista y dice que el presidente de su sindicato le había logrado contactar a la Bruja Metiche para un tema personal, ni siquiera para su sindicato. Dos meses después, en un solo día, diferentes accidentes dejaron al sindicato sin autos operacionales y ese ratito se han deslindado toditos los choferes. Me estaba queriendo convencer de que le ayude en su venganza, pero le he dicho no, no, no. Hay que dejar en paz al jaguar dormido. 

—Hermano, estoy viendo al jaguar delante de mí, bien despierto, ¿qué carajos le hago? 

—Vos siempre has sido mejor en estos temas grandes, Emilio, más bien yo te llamaría a vos si me cruzara con ella. Vos vas a poder. Prudencia nomás. Acordate que dicen que los diablos le tienen miedo a esa cojuda, o que cuando entró donde mi comadre rompió su espejo de protección con una mirada, que sus tatuajes todos son hechizos, que ha nacido con los ojos abiertos, que cuando era feta hizo un pacto de poder sacrificando su alma, que creció como ch’aski de fantasmas y que…

—Sí, sí, ya sé. Mierda. Es que… no necesito derrotarla, solo asegurarme de que no interrumpa algo que estoy haciendo. 

—Pero, Emi, carajo, a ver, tocate ahí abajo, ¿qué hay?, ¿está vacío? No, ¿no ve? Entonces empezá a usar tus bolitas que, si no, se pudren. ¿Qué haces buscando hechizos? Yo sé que a vos te fascina usar eso para todo, pero no todo es magia, cojudo. Andá, plantate como hombrecito, hablale. Vos que te has dedicado a ser un k’ara más del montón, hazle entender a la Vampirella esa que respetas que esté ahí y todo, pero que tienes negocios. Si tan estafadora es, hazle creer que te estafa o algo, pero plantate, cojudo, ¿ya? Vos eres el Emi, no conozco a nadie que piense tan en grande como vos. Metele. 

Don Emilio colgó, un poco más tranquilo que antes, pero aún inquieto. Decidió que hablaría con la mujer, pero primero quiso cerciorarse de que todo anduviera bien con la única parte del ritual que había dejado en manos del dinero y no de algún hechizo. 

“Tus chicos caen como quedamos, cinco a cuatro, actuación convincente, no te olvides de las señales que dará el árbitro para gol, muy importante”, le envió a Claros. “Tus chicos ganan seguro, cinco a cuatro, no te olvides de las señales que dará el árbitro para gol, muy importante”, le mandó a Choque. Desde butacas separadas, pero en la misma fila que él, recibió distintas miradas de confirmación. La coima a presidentes, dirigentes, entrenadores y jugadores era la millonada más grande que había pagado jamás, pero incluso eso se añadía a la cantidad de energías en juego que iba a capitalizar esa noche.  

Más tranquilo, dio una última mirada a Laurent y cerró los ojos. Juntó fuerzas, se mantuvo en silencio, buscó paz interna mientras los fanáticos en el estadio bullían de impaciencia ante la incertidumbre del ganador. 

Ocho y cuarto de la noche. Cero a cero.

Patada inicial. El público rugía, las curvas con los hinchas dogmáticos hedían a rabia, los vendedores de comida saltaban a la vista como puntos blancos moviéndose entre los colores de las militancias. En el aire se sentían emociones complejamente simples y, en las afueras del estadio, el humo de un montón de k’oas se mezclaba con el de los petardos y los anticuchos. 

Don Emilio pensaba en las palabras de su amigo, tratando de convencerse de que este tenía razón. Un nuevo golpe nostálgico lo transportó a su primera semana como policía, cuando estaba en el cuartel de la avenida Arce y su padre, don Demetrio Zambrana, lo visitó. Casi podía escucharlo jadear, sorprendido por la cantidad de energía y fantasmas que alojaba el cuartel. “Claro pues, papi, si aquí torturaban a los prisioneros de las dictaduras”, había dicho él, rimbombante, con el pecho inflado por el ego falso del uniforme recién estrenado. “Haces mal en no tomarlo en serio”, respondió el anciano hechicero en aymara, “las emociones y energías de lo histórico, ni el mismo Diablo las puede manejar”.

Esa fue la semilla de la idea. Pasaría unos años más dedicado a ser agente, pero después comenzaría a aprender con seriedad sobre la magia ancestral con papá y otros amautas. Joven e impaciente, poco propenso a esperar los resultados de la Pachamama, pronto descubrió el mundo de la magia negra. “El negocio de la magia negra”, se corrigió, con la mente fijada en una imagen que lo hacía feliz: él, en sus veintes, con muchos kilos de menos, el mismo bigote poblado, la salud intacta y un impecable uniforme verde olivo cuyos bolsillos rebosaban de coimas, pero también de las tarifas por sus servicios. Famosito era el Mago Verdeolivo, no había comerciante, contrabandista, asaltante, proxeneta o dueño de bar que no supiera que, para maldecir al prójimo, ese policía era el mejor. 

Y es que tenía talento para sentir y aprovechar la energía, no sentía miedo o culpa cuando tenía que hacerse heridas o sacrificar a alguien con tal de conjurar un hechizo, peor aún escrúpulos sobre a quién aplicarlos. Y quizás otra habría sido la historia de no ser porque su padre, que ya no le hablaba, lo convocó a su lecho de muerte y le hizo jurar con sangre que dejaría de usar ese su gran poder para maleantadas y encontraría la forma de ser útil para su familia y su patria. 

En una rotación de guardia por el Senado, se le ocurrió. Todos esos edificios gubernamentales estaban llenos, no solo de energías históricas, sufrimientos y alegrías, idealismo y cinismo, sino que también pudo detectar a unos cuantos hechiceros y brujas, muy hábiles para pasar desapercibidos, haciendo de las suyas de diestra a siniestra en distintos puestos de la jerarquía gubernamental. Si ellos podían, ¿por qué no él? 

Se volvió un cazador de energía histórica. Iba a los lugares donde sabía que se habían vertido sangre y lágrimas, y canalizaba ese poder de tal forma que su suerte cambiara y, junto a la fortuna, también su fama y prestigio crecieran. De un día para el otro, el humilde agente era un alto oficial y al día siguiente una prominente figura política que daba sus primeros pasos en importantes ministerios, presentándose a sí mismo como el hombre de las soluciones, tan efectivo que los políticos de poca monta lo admiraban y las manos negras detrás del poder le perdonaban sus modales de populacho.    

Con cada escaño que escalaba empezó a notar más oposición. No eran solamente los ocasionales brujos y hechiceras con los que se topaba en instancias gubernamentales, era también el tipo de magia del que dependía. Pronto descubrió lo cara y riesgosa para la salud que era la magia de la buena fortuna y los hechizos de prosperidad. Por eso, amén de educarse un poco para ser un mejor estratega político, tuvo que planificar mejor y más ambiciosamente las instancias en las que usaba hechizos. Debido a su edad, su estado de salud y su miedo a enfrentarse a poderes oscuros involucrados en las más altas esferas de gobierno, ser alcalde de La Paz iba a ser el culmen de su carrera, el trabajo con el que buscaría la inmortalidad a través de su legado. Entonces todo se reducía a esa noche. Aprovechar las energías de fe, esperanza, alegría, derrota, dolor, angustia, diversión, resentimiento, arrogancia, familiaridad, competitividad y un montón de diferentes factores bullendo en el ambiente del estadio, combinándose con la cuantiosa cantidad de sucesos históricos que habían tenido lugar en aquel estadio: partidos relevantes, irrelevantes, nacionales, internacionales, lágrimas de felicidad y frustración, incluso asesinatos, todo junto a la vez manifestándose en una energía inefable que los discípulos de don Emilio cosechaban para imbuir diferentes artefactos que él podría usar a lo largo de su reinado y así asegurarse de que nunca nada le saliera mal sin pagar el terrible coste de la magia en su cuerpo y salud. 

Ocho y media. Uno a cero. 

El gol del Bolívar manipuló el ambiente y don Emilio disfrutó cada segundo de tal efecto, excepto aquellos en que miraba de reojo a la sonriente Laura Laurent viendo el partido y el miedo llenaba de ácido su boca. El árbitro había hecho un trabajo excelente a la hora de entregar la señal de gol y los jugadores estaban atentos a él, lo cual al menos significaba que había invertido bien su dinero y la montaña rusa de emociones que estaban por vivir todos los espectadores en el estadio compensaría de alguna forma que fuera una farsa. 

Cerrando los ojos, podía sentirlo, el flujo de energías siendo cosechadas por su ritual, a la espera de que, en el momento cúspide, él lanzara el hechizo que ataría todo lo recolectado a su voluntad.

Nueve menos cuarto. Uno a uno. 

El Strongest empataba el juego en tiempo agregado en una de esas jugadas que sus hinchas llamarían “mística” y los rivales llamarían “robo”. Don Emilio se regodeaba escuchando a los hinchas celestes maldecir a la madre y a la descendencia del árbitro y, completamente frustrados, retirarse de las butacas en busca de algo de comer mientras duraba el descanso. 

—¡Qué fácil lanzan maldiciones! Si supieran que las palabras tienen poder en sí mismas y, sin querer, sus frustraciones pueden causar un daño muy real. 

Su voz era cantarina pero severa. Un dejo áspero la delataban como fumadora compulsiva y anunciaban una vejez seca y rasposa. Aún así, tenía una especie de tono seductor, como dejando implícita una travesura secreta entre ella y su interlocutor. Solo eso evitó que don Emilio se sobresaltase cuando se dio cuenta de que la Matasueños estaba a su lado. Todavía tenía el chulo jalq’a cubriéndole el famoso mohawk rojo, pero se había sacado las gafas y sus ojos de hielo como llamas frías lo atravesaban tanto como lo seducía la cálida sonrisa que le dirigía. Recuperó el aliento de la forma más discreta que pudo y esbozó una sonrisa frágil. 

—Un gusto, señorita Laurent.

—¡Qué bien! No tengo que presentarme y podemos ir al grano. ¿Qué exactamente quieres lograr aquí? 

—Es un asunto privado que no lastimará a nadie, así que…

—No me vengas con eso. Es magia, siempre hay un coste. Vos deberías saberlo —tomó sus manos entre las suyas y revisó sus palmas—… no tendrás las heridas ritualísticas que se hacen los masocos que creen que hacer cortes hace más fuerte al hechizo, pero se nota que pagaste demasiadas veces el coste existencial de la magia. El famoso Mago Verdeolivo está lleno de enfermedades, tumores y vejez prematura. 

Don Emilio retiró las manos y carraspeó. La miró bien, su piel pálida parecía suave y tersa, una invitación inapelable para un viejo como él, pero sus ojos, más allá de la dureza, revelaban un cansancio emocional que por un instante lo conmovió, dándole la ridícula idea de ofrecerse a cuidarla. 

—No esperaba que una jovencita supiera de mí.

—Tengo veintinueve años, paquito, hace más de veinte que aprendí mi primer encantamiento. Desde que nací que puedo ver a los fantasmas de toda esa gente cobarde que no se animó a aventurarse al más allá y en toda mi vida he conocido a políticos, sacerdotes, hechiceros, brujas, dioses y demonios a los que les encanta mirar a los humanos como si fuéramos un reality barato y fácil de cancelar. Ahora, dejá de hacerte al loco, todo este lugar está raro, y los humos de afuera están más espesos que de costumbre. Dime qué harás. 

—No. Primero dime, ¿por qué estás trabajando para el ojete de Carlitos? Lo que sea que te pague, yo lo cuadriplico. 

Laurent echó la cabeza hacia atrás y rio con una risa elegante y contagiosa. Sin poderlo evitar, el mismo don Emilio se encontró riéndose de sí mismo.

—No, no. No es así. La Carmencita es mi amiga desde colegio, es una de las personas más interesantes que he conocido y siempre me invita a los clásicos. Es nuestra pequeña tradición que yo respeto mucho porque, bueno, muchos amigos no tengo. Colegas me sobran. Con decirle que no puedo ir a ninguna parte sin encontrarme con uno. 

—Claro —dijo don Emilio, sintiendo su rostro enrojecer al ser aludido de aquella forma. Una pequeña voz dentro suyo se imaginó lo que diría la gente alrededor: viejo verde de sesenta y dos años sonrojándose con jovencita de menos de treinta—. ¿Cómo sé que me estás diciendo la verdad? 

—Porque no tengo motivo para mentirte, paquito —encendió un cigarrillo y don Emilio notó como el humo los rodeaba de manera antinatural—. Porque olí el hedor de tu hechizo de fortuna antes de que entres a la chifa esa. Porque si el incrédulo de don Carlos me hubiera contratado, lo primero que hubiera hecho es neutralizarte por usar magia negra tan osadamente delante de mi contratador. Pero no, no es el estilo de don Carlos. No solo es un boy scout que se da el lujo de mantenerse ingenuo porque goza de demasiados privilegios monetarios por herencia, sino porque imposible que ese hombre y su hija sientan un poco de lo que llamamos magia, ni siquiera de lo que sentimos como mágico. Para ellos todo es conductas y matemáticas. Cuando ven el partido no ven una emocionante batalla de posibilidades, estrategias, suerte y magia. Ven una de las muchas obsesiones del populacho y aprenden todo sobre ella para agradar a sus votantes. Fingen tanto y tan bien que hasta terminan por creérselo. Y así son felices. 

—Igual, niña, no te puedo revelar todo solo por tu famita. ¿Cuándo has visto que entre colegas se revelen secretos? 

—Es verdad —respondió Laura con una sonrisa macabra—. Más sabe el viejo por viejo que por diablo. Mira, yo solo quiero ahorrarme el trabajo de intervenir para saber qué es. Siento una ligera amenaza y eso no me gusta. Entonces tienes la opción de explicarme bien lo que pasa o que yo me ponga a diseccionar lo que tenga a mi alcance para saber qué es. 

Todavía dubitativo, don Emilio comenzó a hablar.

Nueve y diez. Dos a uno.

Al minuto del inicio del segundo tiempo, un delantero del Strongest se impuso a una distraída defensa celeste y metió un gol que dejó congelada a la afición bolivarista mientras volvía a su sitio. Después de eso, los ataques del Strongest se hicieron constantes y Laurent comenzó a percibir la desesperanza y la esperanza de los fanáticos resonar con la de todos los fantasmas que veían el partido confundiéndolo con algún partido del pasado. 

—Eres un osadito, ¿no, paquito? Es interesante. Varios brujos y hechiceras de poca monta conjuran pequeñas ayudas para sus equipos, mientras que otros consideran que intervenir el partido es antideportivo y dirigen su magia a hacerle daño a la otra barra o los familiares de los jugadores para que estos jueguen distraídos o intimidados. Lo que vos quieres lograr es… macro. Pero jodido de riesgoso, paquito.

—Sin riesgo, no hay ganancia. Aparte de eso se trata la magia negra: usar los medios que tienes para conseguir los fines que buscas. Sin juicios morales, sin cargas de consciencia. El que puede aprovechar la energía de una persona o de un lugar o de una idea, está en todo su derecho de hacerlo. 

—Totalmente de acuerdo, paquito —Laurent sonreía entre divertida y enternecida—. En este juego de amautas y brujas y hechiceros y todos esos, se impone el que se aviva primero. Magia negra, magia blanca, magia verde, magia azul, santería, vudú… sí, existen, pero en el fondo todo es cosa de energías. Solo la gente que cree que el Diablo y Dios se debaten en una guerra eterna por nuestras almas piensan que el mundo tiene reglas y que no es un negocio. O sea, no por nada los mejores clientes de los brujos son los comerciantes y los adolescentes de corazón roto. La gente es bien mierda, paquito, el sufrimiento es una de las emociones más fuertes, y quienes lo sufren quieren causarlo sin que les importe el cómo. Hasta ahí, tú y yo estamos en la misma página. Pero te olvidas, paquito, que la energía no es gratuita. Tarde o temprano lo pagas en tu cuerpo o en tus relaciones, incluso en tu sanidad mental. Lo que estás haciendo es tan grande, que no veo que esto termine bien para ti. Se nota que, pese a que los consideraste, tú no los ves, pero yo sí veo a todos los fantasmas en este estadio. Desde wawita que los puedo ver y tocar. Si los humanos emanamos un montón de energía por nuestras emociones, en ellos es todavía más fuerte porque siempre están sufriendo. Súmale toda la energía histórica de este lugar, los juegos con el azar. Es más de lo que calculaste. Serás muy poderoso, sí, pero, ¿y el coste? Aparte, lo quieres juntar todo en artefactos, pero corres el riesgo de vaciar la vida de estas gentes, de robarles la fortuna que van a necesitar para sobrevivir a un choque de auto, para no coger una enfermedad terminal, incluso para recibir su primer beso o encontrarse una puta moneda en el suelo. Hasta puede que les quites su pasión, que mañana despierten y el fútbol ya no los emocione, o que algo de la vida ya no les parezca que vale la pena. Con este tu juego de rituales y hechizos para aprovechar todo este caos de energías por el bien de tu ego, estás empezando una seguidilla de efectos mariposa que van a mover todos los planos de existencia —como si viniera de otro mundo, don Emilio escuchaba a los stronguistas celebrar otro gol para el tres a uno—. ¿Y si le abres la tripa a uno de esos demonios codiciosos que siempre están buscando aterrorizar a los humanos? ¿Qué pasa si desatas la ira de uno de esos ángeles justicieros que fingen que los humanos no son su alimento? Incluso uno de los muchos dioses, los conceptos, los djinn, los monstruos de pesadilla, las criaturas cósmicas, nunca sabes qué mierda gatillará a cualquiera de esos. Puede ser que hasta tengas que usar todos tus artefactitos para defenderte de ellos.

—Sí, es verdad, no es que no lo haya pensado —don Emilio esperaba que Laurent no notara que sudaba frío. Mucho de lo que decía la Bruja Metiche era desconocido para él. ¿Conceptos? ¿Criaturas cósmicas? No sabía qué clase de vida llevaba la mujer del mohawk y los ojos de flamas azules, pero tampoco quería admitir que sentía tanto miedo como cuando era niño y el cura de su barrio le había explicado en sangriento detalle lo que le pasaba a los pecadores cuando van al infierno—, pero igual, tengo más de sesenta años, hace mucho que hago esto. Puede que me muera horriblemente, pero quiero tener un legado que vaya más allá de la magia, quiero cambiar la forma de esta ciudad, que la gente me recuerde por haberla mejorado.

—Bueno, después del borracho este —contestó Laura señalando al “Albino” Ardiles—, mínimo tienes que ser menos corrupto y este pueblo enfermo te va a aplaudir hasta que les sangren las manos. La vara no está muy alta. Otra cosa es que a vos te excita esto de sentirte poderoso, eres otro hechicero más que piensa que la magia es una forma de extender la longitud de su pene. Lo cual no está mal. Es estúpido, pero no está mal. 

—¿No me acabas de decir que puede que cambie las vidas de toda esta gente? Tienes fama de metiche. Pensé que si te decía —desde la curva norte un rugido unísono se hace escuchar en todo Miraflores. Gol de Bolívar. Tres a dos—, ibas a desarmar todo esto. 

—Y si lo hacía, ¿cómo me ibas a detener? 

—No sé. Cuando trabajaba en la Uyustus y me tocaba maldecir a un comerciante que había contratado a su propio hechicero, tocaba esperar pacientemente a que el otro baje la guardia. Ir alimentando sapos con moscas bañadas en vinagre para utilizar ese sufrimiento y maldecirlos, dejarlos fuera de combate el tiempo suficiente para satisfacer al cliente y luego buscar una ofrenda de paz con algunas cervecitas o consiguiéndole ingredientes para los rituales o las pócimas —un nuevo golpe de nostalgia lo asaltó, pero el miedo lo desechó rápidamente—. Vos, no pues, vos eres diferente. Tienes algo que no puedo identificar, pero que me aturde. Siento que estoy hablando con la mujer más linda del mundo, pero al mismo tiempo que estoy frente a unas fauces que están a punto de devorarme. Siento que, si te lanzo algo, no te haría nada, o me devolverías el doble. Siento que nunca nadie jamás te ha podido tocar. 

—Tierno, pero no te me pongas coqueto, paquito. Claro que hay gente más poderosa que yo; claro que me han hecho mierda varias veces entre gente común, hechiceros, dioses, demonios y todo tipo de criaturas. Especialmente los fantasmas. Si no fuera por… Bueno, digamos que obviamente tengo puntos bien débiles, pero sí, es verdad que tú no podrías. Sin ir muy lejos, te he rodeado de humo y podría usarlo para matarte antes de que completes el hechizo de encadenamiento que harás en el exacto segundo en que los del Tigre metan su gol de victoria. Así, todos los artefactos que se creen esta noche respondan solo a vos y que a ninguno de tus discípulos se le ocurra hacer uso de uno de ellos —de pronto rio quedamente—. Eres como un Sauron criollo, paquito. La cosa es que podría cagarte todo eso y tú no podrías defenderte. Ni siquiera te diste cuenta que mientras me hablabas hice protecciones para mí y para Carmen. Te advertí que las palabras son mágicas y entregaste voluntariamente tanta información que nada de lo que pase esta noche que esté asociado a tu magia nos va a afectar. ¿Ve? Recién te das cuenta. Podría haberlo hecho con todo el mundo, podría haber desarmado tu hechizo antes de que empiece. Pero no lo hice. 

—¿Y por qué? 

—No sé muy bien. Por un lado, mi instinto me dice que, si no completas este hechizo, te volverías uno de esos desquiciados que deciden desquitar sus frustraciones dañando al mundo, te volverás violento y no tendrás pena de matar hasta que alguien te mate. Y si lo haces, también dañarás a mucha gente, pero de maneras menos obvias y violentas, además de que con este acto apresurarás tu muerte. Medio que te estás suicidando muy, pero muy, lentamente, paquito. Pero por el otro lado, te soy muy sincera, no me importa mucho la verdad. Me convenció lo que dijiste hace rato: “El que puede aprovechar la energía de una persona o de un lugar o de una idea, entonces está en todo su derecho de hacerlo”. Es verdad. Es lo que yo hago, solo que sin los costes que tú pagas. En esa lógica, yo tendría todo el derecho de robártelo o cagarte, pero qué paja. Aparte, aunque medio que mi deber es cuidar los sueños y las vidas de las personas, lo cierto es que la gente es mierda. Muchos viven sus vidas estancados en un escaño pensando que están en la cumbre del escalafón, la otra gran mayoría se rehúsa a vivir, y otros más deciden negar que muchas de sus motivaciones parten de sentimientos bajos. Me emputan los hipócritas, me da curiosidad ver qué sucede después de que les robes sus fortunas y emociones. ¿Pasará algo bueno? ¿Algo malo? ¿Tiene sentido lo que digo? No sé, la cosa es que no me importa lo suficiente como para hacer algo más que proteger a mi amiga y a mí, y después a ver qué hago con las consecuencias. Igual tampoco sé si todo lo que resulte de esto será para mal. Todo es posible. Excepto contigo. Tú vas a disfrutar de lo lindo, vas a embriagarte de poder y quién sabe si lo puedas manejar. Igual, te controles o no, de todas formas, vas a tener una muerte horrenda e inolvidable.  

Nueve y media de la noche. Cuatro a cuatro. 

Los relatores de la radio estaban mordiéndose las uñas, en muchos barrios de la ciudad solo se escuchaba el silencio, casi todo el mundo estaba encerrado en casas o boliches viendo uno de los clásicos más emocionantes de los últimos años. Nadie sospechaba que todo fue arreglado, peor aún quienes están ahí y sienten que fue la noche más emocionante de sus vidas. Nadie lamentaba el precio de los tickets, incluso los desesperanzados se atrevieron a creer y los supersticiosos incurrieron en rituales para alejar las mufas y no perjudicar a su equipo en un momento tan clave. 

—¡Ya pues, muchachos! ¡Quien gane, gana el control de la ciudad de La Paz! —gritó Carlitos abrazando a su hija. Laurent estaba de nuevo junto a ellos, con el chulo jalq’a y las gafas oscuras. Parecía atenta al partido, pero don Emilio sabía que estaba esperando el momento clave de la noche— ¡Pero, Emi! ¡Dónde te vas en un momento así, caramba! 

—Al baño. A mi edad tantas emociones te causan estragos, pues. 

Carlitos sonreía, como si esa frase lo hiciera sentirse más confiado de cara a las elecciones municipales. Don Emilio se alejó de las miradas, se refugió en uno de los pasillos que conectan las graderías, uno en el que no se había asentado algún comerciante de comida, y sacó de su terno una tiza negra con la que dibujó algunos símbolos alquímicos en el suelo mientras susurraba un montón de palabras. Faltaban cinco minutos para que termine el partido, y si el árbitro daba la señal, si los futbolistas cumplían con lo que prometieron por la coima y si Laurent no se metía, entonces un gol del Strongest crearía un caos de energías que sobrecargarían los artefactos y él tendría que ser muy preciso para atarlos a todos a él y a su bastón. 

Como una explosión llegaban los gritos de gol y de rabia. El Strongest había anotado, el estadio se sacudió como si hubiera un terremoto de fin del mundo. Don Emilio lanzó el conjuro y sintió un fuego corrosivo recorriendo sus venas. De algún modo sintió todas las emociones de la multitud al mismo tiempo y tarde se dio cuenta de que a lo mejor su corazón de viejo brujo no podría aguantar el torrente de energías redistribuyéndose entre él y su bastón. No solo eso. Mientras esto pasaba, de pronto los vio: los fantasmas, todos los fanáticos y jugadores que vivieron por su deporte favorito, que al morir sintieron terror de algo en el más allá y se quedaron como registros etéreos de lo que habían sido, mudándose al estadio para sentir algo parecido a la felicidad. Condenados a divagar entre el cemento y el pasto resentidos con la vida y con los vivos, poco a poco adquiriendo la costumbre de tratar de torturarlos, solo para sentirse menos miserables, procurando confundir el presente con el pasado y quizás olvidar que no fueron capaces de seguir y abandonar este mundo que para quienes no pueden vivir solo puede estar lleno de dolor y tristeza. Suicidas, asesinos, víctimas, accidentes, todos deformados por la muerte y el dolor lo rodeaban, pintaban un cuadro horrendo, una pesadilla que podía volver loco al más valiente. 

—¿Esto es lo que veías desde niña, Laurent? —dijo en voz alta, tocándose el pecho, respirando apenas, a punto de hincarse de dolor. 

—Sí —Laurent está frente a él, fumando un cigarrillo, mirando a un hombre obeso de bigote canoso y ropa elegante toda sudada apretándose el brazo izquierdo, un viejo más camino al cementerio por la puerta grande, un hombre común que muere como cualquier otro—. Esto y más. 

Por un segundo don Emilio temió que la hechicera lo asesinara, pero ella se quedó fumando mientras el torrente de energía se metía dentro de él y su bastón. Cuando desde la cancha se escuchó el pitido final y los festejos del Strongest, ella vio caer al viejo al suelo. Pensó en Hipnos, pensó en Tánatos, miró a los fantasmas que ya se acercaban curiosos al paquito y tomó una decisión. Con un movimiento de la mano espantó a los fantasmas y con un movimiento de la otra puso una moneda en el pecho de don Emilio. De pronto, un rayo carbonizó la moneda, pasando un poco de electricidad al corazón del Mago Verdeolivo, quien reaccionó y se levantó sintiéndose como cuando era joven y se aspiraba todo el polvo blanco de las redadas que hacía a los puteros. 

El viejo, sorprendido, la miró. Casi murió, por poco y todo fue en vano. Laurent le había salvado la vida. 

—¿Y ahora qué? 

—Nada. Ya te dije que no me importa. Ve y haz lo tuyo. En unos días más saldrás alcalde y me deberás favores. Con eso me basta. 

—¿Y la gente? ¿Y los fantasmas? 

—Los fantasmas siguen ahí, solo que tú ya no los ves. De la gente… quién sabe, paquito, quién sabe. El tiempo lo dirá. Al menos con la gente. De los fantasmas, sé que nunca podrás olvidar el haberlos visto, pero si no quieres obsesionarte y terminar gastando todo lo que hiciste hoy en alguna cruzada ridícula, te recomiendo que intentes no pensar mucho en ello. Igual, memento mori —dijo Laurent plantándole un beso en la mejilla, poniendo en su mano la moneda carbonizada y alejándose con una sonrisa.   

Don Emilio, todavía mareado, experimentó un arrebato de euforia al sentir todo ese poder concentrado en el bastón. Su celular vibraba con mensajes de sus discípulos, todos orgullosos de la hazaña, nada sorprendidos, pero sí admirados por el hechizo con el que su maestro había atado la voluntad de todos los artefactos a sí mismo. Don Emilio sonrió, cerró los ojos, visionó todo lo que vendría. La victoria en las elecciones apenas consumiría un poco de esa reserva energética y en los siguientes días tendría que planificar bien cuáles serían sus obras y milagros como alcalde de la ciudad de La Paz.

Y es que las posibilidades eran tantas. Podía brindar fortuna, limpiar desgracias, podía derrumbar a los poderosos y empoderar a quienes le conviniera, podía incluso apostar por asegurar un milagro económico en el crítico panorama nacional. Claro, ¿por qué no? Tenía el poder suficiente para frenar a cualquier ente que quisiera oponérsele y, en el peor de los casos, hasta podía agotar gran parte de esa energía para esclavizar a algún dios o demonio y alargar aún más su poder y…

De pronto sintió un olor a cenizas y, en seguida, un dolor ardiente como hielo pegándose en la palma de su mano y obligándolo a hincarse a llorar. Miró su mano y descubrió que la moneda de Laurent estaba incrustada en su piel. Los hinchas que pasaban por ahí reconocieron a don Emilio y lo ayudaron a incorporarse, admirados de que aquel viejo candidato amara tanto a su club como para sufrir una derrota con tanto dolor. 

—¡Una bombita para don Emilio! —la barra brava del Bolívar, la más extensa de todo el país, vitoreó al Mago Verdeolivo y entre todos cargaron a cuestas al viejo policía, candidato a alcalde—¡Eso es ser un hincha de verdad! ¡Así se sufre por el equipo! ¡Así se ama al Bolívar! ¡Hoy lloramos como hombres, mañana los del Tigre van a volver a ser nuestras hijas! 

Los hinchas bolivaristas salieron del estadio con don Emilio a cuestas, festejando como si hubieran ganado, de pronto inspirados por las lágrimas de un hombre viejo. Congregándose en la plaza del estadio, los hinchas cantaron, alabaron a don Emilio y quienes pasaban por ahí apenas podían creer que el Bolívar hubiera perdido.

Y don Emilio sonreía, consciente de que su magia ya obraba para hacerlo alcalde. Sonreía y parecía feliz, pero no podía evitar mirar de rato en rato la moneda en su palma, pensar en la mirada gélida de Laura Laurent y susurrar frustrado:

—Memento mori.

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