Justicia indígena originaria a orillas del Titicaca
Corren las primeras horas del 30 de octubre de 2024, no me gusta los fines de mes, siempre termino con pendientes que son de nunca acabar, solo me consuela saber que no soy el único en este embrollo de vicisitudes; similar situación parece atravesar mi acompañante circunstancial de viaje, sentado a mi lado izquierdo. Su posición le permite tener acceso inmediato a la ventana del minibús, estamos en el peaje de control policial de Laja (pueblo histórico donde se fundó La Paz un 20 de octubre de 1548) y esperamos que avance la fila de automóviles, otro vehículo intenta cruzar por delante nuestro. El conductor, que lleva el minibús en el que estamos, protesta con insultos de la jerga de transportistas: “¡Oye, asno, levántate pues…! Sin motivo ese cojudo se quiere meter…”.
La majadería del conductor es desvanecida por las palabras cándidas de una niña, aproximadamente de siete años, en su ingenuidad se dirige a su madre: “Mami, ¿asno, es mala palabra no ve? Es mala palabra, mami, tiene que decir compañero arrincónate, ¿no ve?”. Las afirmaciones de la niña provocan una risotada entre los pasajeros.
Con ese preámbulo entablo conversación amena con el viajero que está a mi lado, me dice que está de regreso a su comunidad; le comento que estoy viajando a la reunión mensual de la mía, soy de Ñachoca1 le digo.
—Tengo cinco hijos, dos ya están en la universidad y tres están en colegio todavía —manifiesta con cierta carga emocional de alegría—. Hay que apoyar pues a los hijos, no quiero que sean como yo, remarca.
Le pregunto qué carrera y en qué universidad estudian sus hijos, para continuar la conversación.
—El mayor estudia Ciencias de la Educación, está en cuarto año, en UPEA (Universidad Pública de El Alto); la menorcita estudia para periodista, en UPEA también, ya está en segundo año la chica. No tienen tiempo para nada, todos los días están con sus tareas nomás, salen temprano y regresan por la noche nomás, ojalá terminen su carrera y después encuentren trabajo.
Al escuchar las aspiraciones de mi dialogante, pienso para mis adentros, lo que hoy no hay es trabajo, especialmente para los profesionales de las carreras sociales y humanas, pero muchos padres de familia invierten sus ahorros para que sus hijos estudien una carrera universitaria, abrigan la esperanza de que algún día consigan un espacio laboral.
Entonces se me vienen a la mente las investigaciones periodísticas de Andrés Oppenheimer sobre las nuevas opciones laborales. Para él, estamos desafiados a reinventarnos a diario, para mejorar el ingreso económico personal; “crear o morir”, “sálvese quien pueda”, “basta de historias”, son las consignas de sobrevivencia en un mundo cada vez más competitivo y automatizado, donde el 47% de los empleos serán desarrollados por robots o computadoras inteligentes, los mismos no necesitan salarios mensuales, vacaciones, jubilaciones, descansos y finiquitos. En la misma línea de Oppenheimer, el modelo educativo del sistema de la universidad boliviana (2023-2028) plantea una formación profesional centrada en habilidades, capacidades y destrezas de empoderamiento para la auto-empleabilidad.
En el minibús, otros pasajeros también conversan, con la boca llena de pan que compraron en Laja, el pan es elaborado de harina de trigo, sin levadura y de forma artesanal; otros acullican2 hoja de coca, las conversaciones parecen no tener tregua. El vehículo desvía de la carretera principal que va hacia la población de Desaguadero, ingresamos hacia la población de Tiwanaku, el vehículo no pasa por el pueblo, porque están trabajando en la renovación de la capa asfáltica, toma la ruta alterna que circunda a escasos metros el complejo arqueológico de Puma Punku. Me distraigo observando las piedras megalíticas del complejo arqueológico, en ella yacen bloques de piedras de arenisca y andesita, cortadas con una precisión asombrosa, siento una emoción de reencuentro con la tecnología arquitectónica de los tiwanacotas de aquellos tiempos, pero en escasos minutos las piedras desperdigadas van quedando atrás y recobro la mirada como indicando que continuemos con la conversación, mi compañero de viaje me dice, refiriéndose a los megalitos:
—Lo que han hecho los incas, ¿no?
Quise rebatir la afirmación, decirle que la civilización Tiwanakota antecedió a los Incas, que algunos investigadores como Carlos Ponce Sanjinés sostuvieron que Tiwanaku data desde 1580 años antes de Cristo; sin embargo, asumo que no es oportuno impugnar tales afirmaciones y menos en ese lugar y momento. Finalmente somos pasajeros, y cualquier aseveración contraria a los hechos históricos también lo serán.
Comenta que no está lloviendo por su comunidad, que no hay agua, que sus ganados están sufriendo, los pastos están secos. Secundo que en la mía tampoco está lloviendo, pese que estamos en plena época de las siembras principales de papa, haba, quinua y oca, en consecuencias las siembras también están rezagadas.
Ahora, es él quien se distrae y no concurre a mis diálogos, anuncia que se quedará en Yanarico3 (señala el letrero que está sobre una loma), nos despedimos con un hasta luego. En la siguiente comunidad (Pillapi, otra población que pertenece a Tiwanaku) la niña y su madre también se quedan, el viaje en el minibús continúa. Llegamos al pueblo de Taraco, es la penúltima parada del minibús, bajamos en la plaza principal, porque la ruta del transporte no pasa por la comunidad a la que nos dirigimos.
Taraco es la séptima sección municipal de la provincia Ingavi, tiene por lema: “Taraco cuna de la morenada”, para los antiguos y actuales vecinos de esa población, la danza de la morenada nació en Taraco, danzan en la festividad de la virgen del Carmen cada 16 de julio. En la plaza principal, dos estatuas de danzarines masculinos de la morenada dan la bienvenida a los visitantes locales y ajenos.
Para llegar a Ñachoca hay dos opciones, caminar durante una hora por caminos sinuosos y polvorientos o contratar el servicio de un taxi. Opto por la segunda opción, porque estoy a escasos minutos de que se instale la reunión. Cuando el reloj de mi celular marca 08:52 a.m. llego a Ñachoca. Un ambiente fresco y radiante en complicidad con la ventisca procedente del lago me reciben, las autoridades originarias de la comunidad están sentadas con la vista hacia el este; desde que tengo uso de razón, los actos y ceremonias sociales, siempre se desarrollan con la mirada de las autoridades hacia el este. Los mallkus4 están ataviados con ponchos wayruros5, atravesados con chicotes y bastón de mando, sombrero negro, chalina color vicuña y lluch’us6 de color azul; sus esposas visten polleras de bayeta color rosado y llicllas7 de color verde, cargan honda en lugar de chicote.
Inicio con el saludo a los mallkus, siempre se comienza con las autoridades, de izquierda a derecha, en sentido contrario a la rotación de las manecillas del reloj. El saludo es un acto ritual inseparable de los encuentros, todos hacen el mismo procedimiento, algunos se lanzan bromas picarescas que desatan carcajadas, los diálogos circunstanciales y la reunión principal se llevan en idioma aymara, paradójicamente, el acta se redacta y se lee en idioma español.
La máxima autoridad de la comunidad a las 9:10 a.m. se pone de pie y toma la palabra:
—Buenos días, hermanos y hermanas, bienvenidos, en unos minutos vamos a empezar con la reunión, pero antes acullicaremos coquita, vamos a pedir permiso a la Pachamama para que nos ayude a tomar buenas decisiones y que caiga su bendición (lluvia) para las siembras. Luego las esposas de las autoridades reparten coca y dulces a los presentes.
A las 9:30 a.m., el jiliri8 mallku Felix Llusco (62 años) invita a los comunarios prestar atención al orden del día preparado para la reunión. El secretario de actas procede a leer: primer punto, control de asistencia; segundo punto, lectura del acta anterior; tercer punto, correspondencia e informe del jiliri mallku; cuarto punto, caso contrabando de combustibles; y quinto punto, asuntos varios.
Se aprueba el orden del día sin observaciones, la reunión inicia con el control de asistencia, después de 47 minutos, el qilqa9 mallku informa que hay 142 presentes y 36 ausentes. El jiliri mallku expresa que hay mayoría, solicita al qilqa mallku leer el acta de la reunión de 30 de septiembre. Mientras se lee el acta, muy pocos prestan atención, los que están ubicados en la parte de atrás están conversando sobre asuntos particulares, al terminar la lectura, el mallku pone en consideración el acta, no hay objeciones, entonces la autoridad dice:
—¿Hay alguna observación hermanos, al acta?
—Nadie contesta, segundos después se dictamina, el silencio otorga, el acta se aprueba sin observaciones.
El tercer y cuarto punto del orden del día se fusionan por el tema en cuestión: contrabando de combustibles, parece ser el punto más esperado por los asistentes a la reunión. La máxima autoridad de la comunidad presenta un informe verbal sobre lo acontecido en fecha 23 de octubre a orillas del lago:
—Yo estuve realizando mi rutina de caminata por la orilla del lago, en el callejón (atracadero) que está próximo a la casa de René Quispe, ahí encuentro varios bidones que contienen combustible, todos sabemos que eso es para vender a los peruanos —se muestra furibundo— ¡Aquí hay gente que está haciendo su agosto con el contrabando de los combustibles…!, ellos felices ganando plata, nosotros hasta dormimos en las gasolineras para conseguir un poco de combustible, al ver los bidones en la orilla he llamado a mi jalja10 mallku, él ha traído su auto y hemos cargado los bidones en eso para luego dejarlos en la sede, ahora les pido que me digan qué hago con eso.
Hay varias manos levantadas para hacer uso de la palabra. Pero antes de que intervengan los comunarios, la autoridad sede la palabra a Matilde Marca (72 años), es una de las implicadas en el caso del supuesto contrabando. Matilde, pide las licencias correspondientes para hablar, en todas las reuniones es costumbre ineludible pedir permiso a las autoridades presentes y a los comunarios para hacer uso de la palabra, inicia su interlocución en aymara:
—Señores mallkus, consejos educativos, exmallkus de la comunidad y base (refiere a los asistentes) en general, buenos días, permítanme hacer el uso de la palabra. Esos bidones son de mí, no era para contrabando, yo me he comprado para el tractorista que viene a roturar, ellos me dicen que me consiga diésel, entonces, he visto que en ese lugar estaban vendiendo, por eso me he comprado. Ahora, el mallku eso se ha traído sin preguntarme, antes de traer a la sede, él debería de averiguar de quién era esos bidones. Además quiero denunciar, cuando fui a la oficina del mallku a reclamar mis bidones, ellos me han tratado de vieja contrabandista, y no han querido escucharme y menos devolverme, por todo eso, yo pido que me devuelvan, necesito para realizar mis siembras.
La intervención de Matilde es interrumpida por los abucheos que se hacen más intensos, el jiliri mallku corta la palabra a Matilde y pide que hable su hija, menciona que ella también ha venido a reclamar los bidones.
Virginia Quispe (47 años), al igual que su madre, hace la rutina de formalidades para hacer uso de la palabra, inicia afirmando que algunos bidones le pertenecen:
—Mi compadre Humberto Nina me lo ha traído para que trabaje mi tractor, a mí me quitan lo que me consigo para trabajar aquí, pero otros, día y noche están haciendo llegar diésel, gasolina y garrafas, venden a los peruanos, a ellos no les dicen nada, además esos negociantes son gente de otro lado, pero a nosotros, que nos conseguimos para nuestro trabajo en la comunidad nos quitan. Si quieren controlar, deberían de hacer todos los días y noches pues. Aquí cada noche ingresan camiones de contrabando, y no es eso nomás, hacen llegar huevos, chanchos de granja que se crían en Cochabamba, todo eso están llevando a Perú —Nuevamente se escucha la rechifla y termina la intervención de la comunaria.
Ante la silbatina, el jiliri mallku cede la palabra a los comunarios. Natalio Alejo, es el primero en intervenir, se muestra enojado, al igual que sus antecesoras, pide permiso para hablar, y manifiesta:
—Qué lamentable, nosotros estamos mendigando combustible día y noche para nuestros autos, pero aquí hay abundancia, hasta tienen para vender a los peruanos, no puede ser así, mientras en el país entero hay gente sufriendo por la falta de combustible, otros están haciéndose la plata con recursos públicos del Estado, eso no puede ser, ya nomás tenemos que tomar cartas en el asunto, hasta cuándo vamos a permitir esto, no pues, está mal.
La discusión se pone más acalorada. Para algunos intentar parar el contrabando será imposible, porque es un negocio ilegal que se desarrolla en todas las poblaciones fronterizas con el vecino país del Perú. El mismo Estado no puede controlar dicha situación mediante sus aparatos públicos, como la policía y los militares. Otros oradores coinciden con el comunario Alejo, fustigan las actitudes de las sindicadas, y piden a los mallkus gestionar el asentamiento de un puesto militar en Ñachoca, para que contrarreste al contrabando.
Se oyen gritos de la multitud, piden terminar con el caso contrabando, solicitan tratar el último punto del orden del día. Las actitudes de poco interés que muestran algunos asistentes son cuenta corriente en la mayoría de las reuniones que participamos en meses y gestiones pasadas. Llegar a acuerdos sancionatorios parece ser de menor interés, en consecuencia, las acusaciones a las dos comunarias y sus respectivas justificaciones quedarán en la verborrea sindical, con resultados punitivos intrascendentes y absolutorios con el pasar del tiempo, los hechos pasan a la historia oral colectiva.
Cuando la sesión estuvo por hacer pausa por el horario de almuerzo, se oye una voz de reclamo ante los mallkus, es el dueño del automóvil que fue utilizado para trasladar los bidones decomisados en la orilla del lago. Manifiesta que el parabrisa delantero de su vagoneta ha sufrido daños, acusa a la señora Quispe como autora del hecho; una comisión evidencia lo suscitado, el incidente genera más enojo y molestia en los presentes, se suspende el cuarto intermedio y se retoma el debate sobre los bidones decomisados.
Virginia Quispe, que reclamaba la devolución de los bidones de combustible, sentada en el piso entre las mujeres, se muestra nerviosa. Los mallkus y comunarios piden que hable la acusada, se pone de pie y tartamudea, declara ser la responsable del daño provocado al motorizado.
—Yo siempre he roto el vidrio… es que me da rabia que no me devuelvan lo que es mío, a mí me cuesta plata, me están perjudicando. Mi tractor está parado sin trabajar, cuánta plata he perdido por culpa de ustedes (se refiere a los mallkus), ustedes fácil me quitan y ¿qué hacen con esos combustibles? Ustedes igual venden a los peruanos, más bien ustedes deberían de pagar la multa primero.
Las autoridades originarias pasan de jueces a acusados, algunos comunarios cuchichean que la inculpación a los mallkus es evidente, que en algunas ocasiones los mallkus cobran multas a los contrabandistas y no rinden cuentas a nadie. Minutos después parecen calmarse los ánimos caldeados, la máxima autoridad muestra su enojo y solicita que se aplique una sanción ejemplar para la autora confesa. Se redacta en el acto una resolución punitiva y se lee, a sugerencia de los comunarios que gritan en coro: se dispone que la señora Virginia Quispe debe pagar la reparación del daño provocado al automóvil, asimismo, pagar una multa de Bs 10.000, monto que debe ser entregado a los mallkus. Ante la determinación de la sanción, la comunaria Quispe manifiesta que no pagará la multa, y menos correr con los gastos de reparación del parabrisas, con lo que terminó la reunión.
Sobre el contrabando de combustibles, se conoce que “el Gobierno gasta $us 2.000 millones al año para la subvención de la gasolina y el diésel. De este monto, Bolivia pierde aproximadamente $us 600 millones debido al contrabando de combustibles que salen fuera de las fronteras”. Que “Bolivia ocupa el puesto 12 en el ranking de países evaluados en cuanto a la gasolina más barata en el mundo, y es segundo en sudamericana, solo superado por Venezuela, según Global Petrol Prices en su reporte semanal al 23 de noviembre de 2023. El precio por litro del carburante asciende a 0,54 centavos de dólar o su equivalente a 3,74 bolivianos”.11
En el país vecino del Perú, el precio de un litro de diésel es 1,509 dólares. Al tipo de cambio oficial en Bolivia es Bs. 10,52, y los que se dedican a este negocio irregular, venden a Bs 10,00 el litro, eso quiere decir que tienen una utilidad neta de Bs 6,26 por cada litro. De los ocho bidones, cada uno de veinte litros, decomisados por la autoridad originaria, haciendo un cálculo básico, determinamos que el costo de adquisición asciende a Bs 598,4 y cuando el combustible se transfiere a los peruanos el monto que reciben los contrabandistas es Bs 1.600. La utilidad sería de unos mil bolivianos. Por otro lado, una garrafa de gas licuado de petróleo (GLP) de 10 kg en Bolivia cuesta Bs 22,50. Los peruanos compran este producto a Bs 75. El costo de transacción de otras mercaderías se desconoce.
1 Ñachoca: significa cazar chhuqas (aves silvestres que habitan en el lago Titicaca) en lengua Puquina. La comunidad está ubicada a las orillas del lago menor del Titicaca, a 97 km de la sede de gobierno, forma parte del Gobierno Autónomo Municipal de Taraco, provincia Ingavi del departamento de La Paz.
2 Acullicar: mascar hojas de coca, a veces mezcladas con cenizas de quinua o cal y papa hervida, para obtener un jugo de efecto estimulante.
3 Comunidad situada en el municipio de Tiwanacu.
4 Mallku: significa el cóndor de los andes, en las comunidades del altiplano paceño es la máxima autoridad que asume el cargo de manera rotativa.
5 Wayruro: refiere al color del poncho rojo oscuro con franjas negras.
6 Lluch’u: gorro con orejeras.
7 Lliclla: manteleta indígena, vistosa, de color distinto al de la falda, con que las mujeres se cubren los hombros y la espalda.
8 Jiliri; autoridad originaria de mayor rango.
9 En lengua española qilqa es escritura, y qilqa mallku es el secretario de actas.
10 Jalja, en idioma aymara es separación, y jalja mallku es el secretario de justicia.
11 www.la-razon.com/economia/2024/08/11.

