Godox
Estoy sobre un cuadrado. Una baldosa. Parece seguro, no lo es.
cero coma cinco metros cero coma cinco metros
cero coma cinco metros cero coma cinco metros.
Observo los bordes. Dañados. Mordidos. Gastados. Empiezo a pensar que no es seguro. De mi brazo, se sostiene mi abuela. De mi brazo, se sostienen ochenta y ocho años de vida, de historias, de amores, desamores, aventuras, desventuras. De mi brazo se sostiene mi abuela. Sostiene su vida, en mi vida. En mi brazo, que no se siente seguro.
Van pasando los segundos. Observo la baldosa sobrepuesta al suelo, un túnel hacia el Inframundo, pienso. Ojalá fuera un túnel hacia el Inframundo. Cruzo los dedos. Pasan los minutos, el taxi que se llevará a mi abuela al médico, no llega. Tengo miedo, la baldosa se mueve. Al centro hay un fierro grueso, parece trenzado, de los fierros que sostienen las columnas, de los fierros en los que puedes confiar. Un fierro fuerte, resistente, confiable. No confío en él. La textura de mi piel se hace evidente. Vellos levantados, piel áspera, piel sensible. Siento que esa baldosa no me aguanta más.
El taxi llega, me petrifico. No me había dado cuenta, pero me saqué un pedazo de piel de mi pulgar derecho. Un pedazo gigante, sangra. Sangra un montón. Pido por favor al taxista bajar, asistir a mi abuela. Por favor, digo, explico que mi pie está acalambrado, sonrió. Gracias, concluyo.
Chau abu, que te vaya bien en el médico.
Me despido sabiendo que algo está a punto de pasar. Nada pasa. Respiro. Mi pulgar derecho sigue sangrando. La camisa blanca, manchada. Lo prístino, manchado. Lo sagrado, manchado. No puedo subir y cambiarme la camisa, es solo una gota, no se verá. Si se ve, me vale verga.
***
Me arranco la piel de los dedos desde los siete. La sangre corre, caliente, fría. Metálica. Fue la primera vez también que vi un periódico. Siete años, aprendía a leer y leí sobre un asesinato, a se s i n aaaa t o, antes que termine de leer lo que continuara del titular, mi abuela me quitó el diario. Que asco, dijo. Era una portada asquerosa, sangrienta, mutilada. Como mi dedo a los siete años por primera vez, sangriento y mutilado. Sin saber por qué, qué habría pasado conmigo. Qué me habría llevado a lastimar mi pequeño dedo a los siete años.
Camino un poco, camino mucho. Son minutos y lo siento horas, pienso en que mi camisa no solo estará sangrienta sino también sudada. Pienso también que me vale verga. Llego.
Godox.
La marca de la sombrilla de la luz del fotoestudio se llama Godox. Siempre le he tenido miedo. Una sombrilla intimidante, intensa, intermitente. El fotógrafo cambia la luz y de pronto la intermitencia no para. Muy fuerte, muy blanca, muy suave, muy fría, muy cálida. Mis pupilas se dilatan, se contraen y explotan, siento que mis ojos explotan y a mi alrededor hay quienes giran y giran y me miran. Mis ojos me arden.
Me mareo.
La necesidad es absurda. La de retratarme en cuatro por cuatro, fondo gris. Media sonrisa, mentón hacia abajo, hombros levantados. Con una camisa que debía ser blanca y está manchada. De sudor y sangre, que asco. Que absurdo esto. Un extraño me retrata, no me conoce ni le interesa conocerme. Que absurdo todo esto, y todo lo demás. Un extraño retrata chicas, abuelas, modelos, secretarias. No las conoce ni le interesa conocerlas, conocernos.
Sonríe, me dice. Solo media sonrisa, reafirma. Sonrío medianamente esperando que sea la correcta. Desde la distancia hace un ademán con la mano y parece estar controlando mis movimientos, mentón abajo, hombros ligeramente levantados. Ojos dilatados.
Vuelve a agarrar el control. Vuelve a controlar la luz.
Muy fuerte.
Muy blanca.
Muy suave.
Muy fría.
Muy cálida.
Macabra.
Me absorbe. La maldita sombrilla de luz me absorbe. Godox me está succionando piel adentro. No tengo rostro, no tengo cuerpo, no tengo forma, solo velocidad. Soy un bosquejo que se deshace, soy un rayo que no se ve. Soy un alma que no se siente. Pasan segundos, minutos creo yo, imposible. A penas un par de segundos.
¿Es el Inframundo? Ojalá. No lo es. No sé qué es. ¿Qué puede ser? ¿Dónde estoy?
Godox.
Así se llama el edificio del que salgo, Godox. Viejo, en el centro. Balcones con plantas marchitas, secas, muertas. Siento que soy la misma. Quisiera ser la misma. No lo soy, nada lo es. En mi mano sostengo una fotografía. Es mía:
cuatro centímetros cuatro centímetros
cuatro centímetros cuatro centímetros
Fondo gris. Media sonrisa, mentón hacia abajo, hombros levantados.
Ojos negros sin pupilas, intensos. No son los míos. No soy yo. No puedo serlo. Ya no más. La foto esta vieja y pareciera que la habría arrugado y desarrugado un par de veces, la palma de mis manos aún tenía tres uñas clavadas justo al centro. Y la sangre del pulgar derecho sigue ahí, seca y expandida. Mi experticia en automutilación dactilar me permite continuar aún con un par de dedos sangrando.
En las pizarras de las tiendas hay fotografías de jóvenes hermosas, niñas tiernas, mujeres sensuales, abuelas cansadas. Todas de ojos negros, sin pupilas, intensos. Siento que no son ellas, no pueden serlo. En los menús de los restaurantes hay fotografías de adolescentes pícaras, señoritas delgadas, adultas gordas. Rubias, morenas, pelirrojas. Tampoco son ellas, no pueden serlo.
En los letreros de los dentistas, se ven sonrisas, solo medias sonrisas, en ninguno se muestran los dientes, no es el propósito. Labios delgados, gruesos, finos. Rojos, rosas. No sé si son ellas, no puedo saberlo, creo que no. En las peluquerías hay cortes de cabello diferentes; largos, melenas. Teñidos, naturales, sanos, dañados.
Treinta minutos lejos del Godox. Aquí la distancia se mide diferente. Si acaso existe la distancia. Camino, camino y camino y nada cambia, en realidad todo cambia, pero no lo siento. A dónde quiera que mire: mujeres de ojos negros, sin pupilas, intensos. Me pierdo, no importa. Ya no importa nada. Busco un espejo, me busco y no me encuentro.
***
Recuerdo a los catorce, la sangre igual de frecuente que los últimos años y las lágrimas un poco más. Sí mamá, sí papá, sí Vicky. Vicky me convencía de que todo estaba bien, y que al siguiente día también lo estaría, cada día lo hacía, luego me lo cuestionaba a mí misma, y de pronto nuevamente era otro día y volvía a convencerme. Todo estaba bien. Sí mamá, sí papá, sí Vicky. Hasta que Vicky dejó de estar y nada volvió a estar bien.
COMPRA - VENTA - PERMUTACIÓN. Letras sumamente brillantes, verdes, amarillas, naranjas, fondo negro y brillante, me llaman. Entro a la tienda.
Fotografías en el mostrador, en las paredes, en los vidrios. Si entregas la tuya te dan algo, lo que quieras. Cualquier cosa que quieras. ¿Qué puede pedir alguien si ya nada existe? Si ya nada puede hacer que alguien exista. Quisiera un espejo, no quiero olvidar mi rostro, mis ojos, aunque ya no son míos, mis cejas, que no es lo mismo palparlas que mirarlas. Mi nariz, que nunca me ha gustado, mi sonrisa, que aun llorando me ha salvado.
Chicas perdidas, chicas buscadas, chicas sin historia, chicas buscando su historia. Chicas absorbidas. Chicas saliendo del Godox. Chicas pidiendo lo que quieren. Chicas que no saben lo que quieren. Chicas que no saben qué pedirán. ¿Que habrán pedido las chicas? ¿Que habrán pedido las niñas? ¿Las abuelas? ¿Las mujeres delgadas? ¿Las gordas?
¿Comida? ¿Familia? ¿Vida? Yo pido tiempo. Dejo mi foto para que alguien me encuentre. Distribuyen mi foto para que alguien me encuentre. En las tiendas, restaurantes, dentistas, peluquerías. En todo lado. No sé si me encontrarán.
***
No la encontramos, ni encontraremos, dijeron. Para ellos fue solo como archivar un caso, supongo. Mis papás terminaron de divorciarse y mi abuela se volvió mi única compañera. No volví a hablar con ninguno, luego de que mi hermana se convirtió de una portada de chica desaparecida en el periódico, junto a una portada asquerosa, a caso archivado. Yo era muy chica para seguir buscando y la ciudad era muy mierda para seguir buscando.
No veo chicas buscando ni buscándose. He caminado cuarenta y cuatro horas, dos mil sesenta minutos, no he parado nunca, ya ni siquiera importa cuánto fue. El tiempo que pedí, ¿Para qué? Aquí ya no existe ni distancia, ni tiempo. Ni una misma. Una ya no es la misma, no puede serlo.
***
Sí abuela, me voy a quedar contigo, aunque sea mayor, le dije en una cena antes de cumplir los dieciocho. Sin decirle que medio me quería quedar con ella siempre y a la vez desaparecer, para siempre también.
Me han dado el tiempo que nunca he querido, el tiempo que hace poco había pedido. En casa con mi abuela los primeros días después de los dieciocho pensaba que mi tiempo límite sería la muerte de mi abuela. Uno nunca elige la vida, pero si quienes eligieron tu estadía no la quieren, ni tú tampoco, es más injusto todavía. El estar se vuelve injusto. Estar sin querer estar y sin que quien debería querer, quiera. Mi abuela me mantenía acá, allá, digo. Y ya ni eso.
***
Media sonrisa, mentón hacia abajo, hombros levantados, y desde lejos Vicky hacía ademanes con el dedo como dirigiendo mi propio cuerpo desde la distancia. No recuerdo como fueron tomadas mis fotos de bebé, obviamente, pero recuerdo una a los siete, una camisa manchada con sangre, me había estado mordiendo mi labio y me lo había dejado sangrando. Cuando me puse la camisa se manchó la parte del cuello, media sonrisa dirigida por Vicky salvó el día. Ya no volvió a ver ninguna foto mía. Nunca más.
Caminé un par de miles de minutos más y la vi. Noté que mi dedo estaba sangrando, mi mano izquierda fría, mi palma con uñas clavadas y frente a mí, una foto de Vicky. Ojos negros sin pupilas, intensos. No son los de ella. No es ella. No puede serlo. Entendí el tiempo. El tiempo que había pedido para seguir buscando y la vi. De niña era muy niña para seguir buscando. Uno no entiende que lo único que uno pide cuando pide tiempo es poder seguir buscando, porque si no se ha encontrado hasta ahora es porque no es.
***
Victoria tenía pecas, cabello ondulado y marrón. Una camisa verde oscuro que hacía resaltar justamente su piel morena, mamá creyó que debíamos elegir su mejor foto, determinaría cuanto la gente seguiría buscando. Mi mamá no tenía razón. Escogimos la mejor foto, la más linda. Diecisiete años tenía mi hermana y la gente simplemente dejó de buscar, la sonrisa no era el problema. Era lo demás, todo era una mierda.
Esa misma foto cargada siempre en mi monedero, en el sector de fotos, de todos han cambiado con el tiempo, menos la de Vicky. Una camisa verde y media sonrisa, la más linda. La saco y ya. La comparo, es ella.
Quiero volver al COMPRA - VENTA - PERMUTACIÓN.
Camino un poco más y recuerdo, trato de recordar y me doy cuenta que empiezo a olvidar ciertas cosas. Mi mamá, mi papá, mi abuela. Como si lo único que recordaría ahora sería Vicky. La única que podría comprender cómo me siento, quizá sería Vicky. Camino más rápido porque tengo la necesidad de llegar al compra-venta-permutación ahora que tengo otra foto.
Quisiera información, por qué del Godox, por qué al Godox. ¿Qué pasó, qué pasará? Quisiera sonreír, me conformaría con media sonrisa. Ya no es mi sonrisa, no puede serlo, dejo de ser yo poco a poco. Recuerdo algo que escuché, me pregunto sin aspirar respuesta. ¿Dónde carajos queda el buen amor? Porque vengo del odio. O eso creo.
Otro par de miles de minutos vuelven a pasar, al menos eso siento.
Llego.
COMPRA – VENTA – PERMUTACIÓN.
El mismo protocolo, inspeccionaron la foto, la evaluaron, ni me miraron, no me parezco en nada a mi hermana. Ni en los risos, ni las pecas, ni la sonrisa. Ni en la vida, quizá ahora sí en la muerte.
Pensé en qué pediría una mujer en su segunda foto, si acaso alguien a parte de mí consiguió eso. Si siguieron buscando, ¿por cuánto? Veo un poco más alrededor, las fotos. Las mejores, las gordas, las flacas. Las niñas, las ancianas. Fotos prontas a ser distribuidas. Mujeres prontas a ser buscadas, o no. A ser encontradas o no. A ser olvidadas, quizá, por favor no.
Mujeres preguntándose, preguntándonos dónde están. ¿Dónde estamos? Porque saben que vienen del odio y que, solo con algo que no se tiene, volverán.
¿Es el Inframundo? No. No lo es, ojalá lo fuera. Es algo peor. Mucho peor. No saber si se está o no, si se siente o no. Si se existe o no. No saber y que no sepan de ti.
Peor, mucho peor.
* Una primera versión de este cuento apareció en el libro Antología Volumen IV: Crónica, cuento, microrrelato y poesía, publicado por la Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Nueva York en 2024.

