Pequeño mundo inmenso

En su columna para 88 Grados, Carmen Ruiz recuerda el traslado de su familia de un chalet a “la tapera”, una antigua casa de adobe.

Estaba caminando a paso rápido por pura costumbre porque, en realidad, no tenía un destino cierto ni apuro; además, el sol tórrido que caía como un casco de fuego sobre mi cabeza no era precisamente para animar una caminata. Paré desmañadamente para orientarme y me di cuenta de que estaba en la esquina del barrio en el que se dibujaron las primeras etapas de mi vida. Como un rayo me golpearon dos imágenes: el recuerdo de la primera vez que entré a nuestra nueva/vieja casa y la última vez que salí de ahí. En ambas estaba mi padre, vivo, joven y vital la primera vez; anciano, débil y muerto la segunda.

“La complejidad de las cosas —las cosas dentro de las cosas— parece ser infinita. (…) nada es fácil, nada es simple”. Alice Munro en una entrevista concedida a The New Yorker en 2001.

Mi mano pequeña se aferraba a la otra, que la envolvía sólida y protectora. Eran las manos de mi padre, coraza de carne, tan tibia y, sin embargo, tan perfectamente blindada. Estábamos en una enorme habitación, medio en penumbras, de altísimo techo del que se descolgaban algunas cañas secas y telarañas. Ese techo, medio suelto y medio caído lograba cerrarse por completo al sol inclemente; y se aliaba con el piso de ladrillos para formar una especie de burbuja fresca, que encerraba no solo un micro clima físico sino también temporal. Esa habitación parecía un no - lugar, el recodo de algún sueño, un pedazo de vida suspendido en la eternidad.

La puerta por la que papá y yo acabábamos de entrar tenía cuatro hojas. Nosotros habíamos dejado entreabiertas las de arriba, que ahora el viento mecía provocando un sonido lúgubre. Pero más impactante era ver el enorme vacío de esa habitación centrado e interrumpido por la escena que componían dos o tres niños, más o menos de cinco años, como yo, detrás de una maletita de madera entreabierta, una de esas piezas (malas, les decíamos antes) que hace mucho fueron sustituidas por el plástico. De la mala salían a medias unos cuantos guineos mustios, una especie de mano deforme arrancada del racimo. ¿Los vendían? ¿Era su comida del día? No he podido conciliar una explicación razonable.

Pero papá y yo pasábamos ya de largo, y tuve que dejar de mirar a los niños, que me devolvían la atención con una intensa mirada escudriñadora y distante. Me parecía que habíamos recorrido kilómetros de ladrillo en semioscuridad, cuando nos encontramos de nuevo con la brillantez del sol en la cara y un vaho caliente anunciando que la penumbra fresca del cuarto de los guineos quedaba atrás. 

Miré, como miran los niños, descaradamente, casi con crueldad, como si en vez de ojos tuvieran un radar que captara imágenes en panorámica. Necesitaba esos ojos, porque frente a mí se abría lo que me pareció una selva, entre árboles, flores silvestres, viejos y herrumbrados bañadores con agua arrimados a las paredes de adobe. Al fondo, un coloso de barba negra, con el torso descubierto y sudoroso clavaba, literalmente, un tronco en la tierra. Nunca supe quién era; y él ni me miró. En ese entonces los niños éramos invisibles para los adultos, algo así como un elemento infaltable del paisaje. Mis hermanos me han dicho que era el propietario de la casa que papá acababa de comprar para nuestro próximo traslado. 

El traslado se hizo con un viaje de dos cuadras desde la anterior casa que pomposamente llamábamos “el chalet”. Mamá no se recuperó nunca de haber andado ese trecho que la trasladaba no solo de casa, sino de estatus social, alejándola del entorno de sus parientes que eran también sus vecinos. 

Del “chalet” a la nueva/vieja casa había solo dos cuadras físicas, pero significaban un mundo de distancia. Y es que la nueva casa era, en realidad, una casa vieja, las pocas habitaciones tenían paredes de adobe y sus pisos eran de ladrillo rústico o de tierra apisonada. Pronto descubriríamos el fresco aliento que exhalaban al atardecer después de recibir la lluvia tenue del agua que los rociaba como paso previo al sacudón de la escoba. 

Una amplia galería en forma de T hacía una débil frontera con el patio principal, al que continuaba la cocina: fogón de leña, reino del humo, horno de barro y golpes de tacú. Y después, hacia el fondo se abría el paraíso: árboles de achachairú, guapurú, naranja agria, guayabas y sininis; el piso tenía una espesa alfombra de hojas secas y frutos podridos, y a ambos lados había paredes de barro que dividían apenas nuestra casa de las vecinas, tan grandes y llenas de niños y potenciales aventuras como la nuestra.

No sólo mamá sufrió con el cambio. Mi hermana quinceañera recordaba con amargura el estallido de color y la tibieza de una rosa roja cortada al salir por última vez del chalet. La iba a lucir en el pecho cuando festejaran sus gloriosos 15 que nunca se celebraron. También suspiraba el guapo hermano mayor que era el líder de todas las pandillas, el presidente del club y el pecado inconfesado de las primas.

En cambio, las menores de la prole estábamos descubriendo un mundo y conquistando una libertad que quizá en la casa anterior no hubiera sido posible. Por dentro “la tapera” como la bautizó despectivamente mamá, era un caserón, una cáscara enorme, una sucesión de patios con vegetación semisalvaje rodeados apenas por la timidez de unos cuantos cuartos. En esa mezcolanza una se podía perder durante horas interminables, soñando con cazar tigres, despertar dragones y enamorar genios de lámparas maravillosas.

Y si todo eso era posible dentro de la casa… afuera… era la libertad total. Niños, perros y viento nos confundíamos en remolinos de tierra. Las noches eran larguísimas, porque comenzaban al atardecer cuando, con el fresco, se rociaban los corredores y los adultos salían a conversar o hacer visitas. Las menores juntábamos centavos para comprar alcohol y cigarrillos de tabaco negro, hechos a mano que se mercaban como emponchaos, que tenían el poder de soltar la lengua de la octogenaria abuela de alguien, cuyo recuerdo se perdió en el tiempo, para que nos contara imparablemente cuentos de aparecidos y brujerías. Las jornadas terminaban cerca de la media noche, cuando nos dirigíamos temblando de miedo y excitación hacia los mosquiteros que protegían las camas.

Era un barrio de personajes. En la misma cuadra vivía un anciano de porte noble que andaba descalzo como un penitente y usaba el tradicional chaleco en homenaje a la lucha de Andrés Ibáñez y los artesanos libertarios, junto a quien, se decía, había luchado en su niñez. Cual una reliquia viviente del pasado, lo mirábamos salir de su casa hacia destinos misteriosos. En cambio, su mujer, una anciana malhumorada que pasaba la mayor parte del tiempo en cama, vigilaba desde esa oscura atalaya los movimientos de su casa y de sus nietos…y de quienes entrábamos con sigilo para jugar con ellos.

Al lado de nuestra casa compartían prolíficas familias que cabían enteras en un cuarto al que sólo se llegaba para dormir, porque la vida se hacía en una sucesión de patios interminables y, claro, en los corredores. Tenían una o dos habitaciones que se asomaban a la calle, que podían ser un amplio salón con retratos pintados que colgaban de las paredes o un mostrador detrás del cual se vendía pan, artículos salvadores de emergencias y una interminable dulcería de miel y caramelo. Detrás de uno de esos mostradores se erigía una abuela inmemorial, tuerta y medio paralítica, que inmóvil como un ídolo, vigilaba las transacciones.

El mundo que encerraba esa cuadra incluía una misteriosa casona en esquina en cuyos fondos habitaba una mujer “con manos de hada”, según decían, a quien se le encargaban los trabajos de bordado más fino para vestidos de novia, bautizo o primera comunión; trabajaban sus manos, pero ella nunca pudo caminar. Cruzando la calle, una serie de casitas precarias que cobijaban, lado a lado, a una nigromante y a la extensa familia adúltera de un notable. La primera era una mujer diminuta, sin edad, que lo mismo hubiera podido tener cincuenta o cien años, que leía las cartas y hacía hechizos por encargo. Se decía que debajo de su cama tenía una valija de madera que guardaba fotografías, mechones de pelo y otros tantos recuerdos de sus “trabajos”, que en las noches se manifestaban ruidosamente pugnando por salir de su encierro. 

Recién llegados, las reglas que mamá impuso eran leoninas: no entrar en casas ajenas, no intimar con el vecindario, no estar en la calle después del anochecer, de enamoramientos ¡ni hablar! …y otra serie de restricciones que debían protegernos de lo desconocido, de lo diferente. Obviamente al poco tiempo las prohibiciones se fueron derrumbando y habitamos gozosamente lo que el barrio nos ofrecía, desde amistades que aún perduran hasta los fugaces descubrimientos del amor y la sexualidad. 

Uno se despide insensiblemente de pequeñas cosas
Lo mismo que un árbol en tiempo de otoño 
se queda sin sus hojas
Al fin la tristeza es la muerte lenta 
de las simples cosas
Esas cosas simples que quedan doliendo en el corazón.

(Armando Tejada Gómez y César Isella).

Desde el primer encuentro, que fue casi una expedición, esa vieja casa fue mi hogar sin tiempo. Tantos años después de haberla poseído y habérmele entregado, me sorprendo diciendo “mi casa” para referirme a ella. Y aunque soy consciente del tiempo pasado y de los sólidos cimientos que he puesto en otras edificaciones, cuando la nombro estoy pensando en ese mi lugar propio de encuentros y desencuentros. En sus patios y galerías me perdía durante horas leyendo, sin que la censura materna pudiera evitarlo; todo caía en mis manos, lo que leía mi padre, los almanaques y las novelas y los libros de poemas de amor de mis hermanos mayores, prohibidos o no. La lectura fue desde siempre mi aventura íntima, mi refugio y el boleto a vivir mil vidas distintas sin moverme de casa. 

Desde esa casa abierta a todos los vientos vi partir a mi padre, una y otra vez, y regresar con la voz cuajada de aventuras que los hijos comenzaron a compartir pronto en cada vacación, mientras a las chicas nos tocaba aligerar la carga de la rutina doméstica. 

Esa casa tiene un alma que nunca dejó de suspirar. Cuando mamá era todavía joven la llenaba de flores en un menjunje de colores y fragancias que mezclaban las trabajadoras del hogar, las peonías –sus preferidas- los chuis y las resedas. Después, la casa comenzó a crecer con nosotros y su vida fue un continuo trastocar los espacios floridos por ampliaciones de cuartos y corredores. ¿Cuál de nosotros no tuvo en ella su refugio temporal, su descanso de guerrero, su atalaya, su prisión? La casa fue creciendo con nosotros y nuestras familias. Hubo espacio para hamacas, para tiendas de acampar, churrascos multitudinarios, piscina, perros de todo pelaje y legiones de huéspedes, que tan pronto se quedaban un día como diez años. 

Sin embargo, después que murió mamá la casa comenzó a perder volumen, se volvió incorpórea, como si no tuviera límites físicos, y al mismo tiempo se recogió sobre sí misma. Finalmente, para no desaparecer, se acomodó sobre los hombros de papá. Él era la casa, y la llevaba donde quiera que fuese. Finalmente, se la llevó en un ataúd en el último de sus viajes. Por eso, después que él murió yo no volví a entrar en ella. Alguna vez he pasado por el frente y no me he detenido siquiera. ¿Para qué, si ya enterramos su alma?

Cochabamba, julio 2026

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