Los benficios de incurrir en equivación

Si un jefe te dice que “las personas que trabajan bien, como él, nunca cometen errores”, pasale este texto de Carlao Delgado.
Editado por : Adrián Nieve

Era un día hábil cualquiera, en la oficina de un jefe bastante estúpido. Discutíamos sobre un tema tan importante que no recuerdo cuál era. En la cúspide del acalorado intercambio, este jefe golpea su escritorio y me dice una pachotada: las personas que trabajan bien, como él, nunca cometen errores. Alarmas sonaron en mi interior. De inmediato giré sobre mis talones y crucé la puerta en silencio, mientras los gritos alocados de que nadie puede equivocarse se desvanecían detrás mío. 

La idea de que la humanidad puede sortear su naturaleza falible —y que esto pueda ser un talento inclusive— es bastante tonta, pero no es nueva. Sabemos que la educación —mientras más antigua peor— castiga el error en el proceso de aprendizaje. Los exámenes son pruebas maliciosas para identificar a estudiantes incapaces de avizorar sus sutiles trampas, para de esa manera alejarlos del grupo. El premio para los que supieron sortear las trampas del intelecto era sobrevivir un poco más dentro del sistema. 

2043
Imagen: 88 Grados

Los primeros pensadores del conocimiento occidental opinaban lo contrario. En la Grecia antigua no se percibía el error como un pecado o como una falta moral, sino como una falta atribuíble a la búsqueda del conocimiento o al carácter de las personas. En Diálogos de Platón, Sócrates decía que el error era una manifestación de la ignorancia en general, pues el que tiene conocimiento hará cosas buenas por sí mismo. Pero como dijo Aristóteles en su Poética, el hombre erra por la falta de conocimiento sobre la naturaleza, y eso lo lleva a aprender a través de su dolor las difíciles lecciones que hacen a uno virtuoso. Pese a reunir las condiciones propias del héroe griego, Edipo no conocía toda la verdad, por eso mató a su padre. Para Marco Aurelio, el gran estoico autor de Meditaciones, el error era el exceso de emoción que impide a la persona tomar una decisión desapasionada. Percibe las cosas malas como buenas o neutras porque permite que su idea subjetiva del mundo nuble su visión. 

Esas eran algunas de las ideas griegas que explicaban por qué el conocimiento era la mayor virtud. El hombre no es intrínsecamente malo, pero se vuelve virtuoso si, a través de la práctica, obtiene el conocimiento que le evitaba errar. Tal vez el idiota de mi jefe seguía la escuela griega de potenciar la infalibilidad a través del conocimiento, evitando de esa manera los vicios de no conocerlo todo. Pero lo dudo.

La filosofía del siglo XX no daba lugar a presunciones sobre la virtud o lo bueno de realizar un acto u otro. Se alejaba de valoraciones éticas y en su lugar analizaba la capacidad humana de errar como la columna sobre la que se sostiene el conocimiento actual: el método científico. El error es parte del camino para encontrar la verdad. Según Karl Popper (La lógica de la investigación científica), la ciencia no consiste en la acumulación de verdades, sino en el descarte de fallas en procedimientos e hipótesis. Y a eso se llegaba solamente por medio de la prueba y el error. Cada errata es una victoria para la ciencia en general, porque aumentaba el grupo de lo que podemos considerar como errores científicos. Estos postulados, publicados desde 1930, son la base de la aeronáutica actual, que promueve una rápida identificación y socialización de los errores por parte de los pilotos para disminuir las posibilidades de reincidencia. Es decir, mientras todos sepan cómo se inician los errores, todos sabremos cómo evitarlos (https://skybrary.aero/articles/just-culture).

Nietzsche iba más lejos: el error es necesario para la existencia humana Como dijo en La gaya ciencia, errar es lo que nos permite alejarnos de las constantes mentiras que construimos como especie para existir en el mundo. Las falacias nos salvan de creer en las imposiciones religiosas, en el milagro artificial de las construcciones humanas o hasta en las frases de consuelo que nos contamos a nosotros mismos ("Nos hemos arreglado un mundo en el que podemos vivir"). Para que la vida siga andando, según Nietzsche, en el momento en que nuestras naves se estrellan guiadas por nuestras propias limitaciones, el error pasa de ser un fenómeno circunstancial a sostener la vida humana. Es la experiencia enseñando al hombre a vivir. 

Y hoy, en estos días en que ya no podemos diferenciar el contenido real de aquel generado con inteligencia artificial, el error es la única prueba de la intervención humana. El acceso a la inteligencia artificial es gratuito porque de esa manera esta puede alimentarse de las interacciones con el usuario y disminuir su margen de error. Es decir, el sistema busca (y eventualmente logra) ser infalible. Los humanos, que hemos fallado en todos nuestros intentos, cometemos errores continuamente:  de redacción, de valoración, de percepción, de cálculo, de orden y… la lista sigue. Entonces, ¿qué valor aportan nuestros errores? ¿Qué podemos incluir en el precio de los objetos que fueron elaborados con base a erratas y que seguramente tendrán las muy suyas de contrabando?

La ficción, que ayuda a entender mejor la realidad, sacude con un ejemplo magistral esta pregunta. En Blade Runner (es que Blade Runner se adelantó a todo), la prueba de Voight-Kampff fue diseñada para identificar a los androides infiltrados. Consiste en la emisión de preguntas e impulsos al sujeto de estudio, a la espera de que los verdaderos seres humanos incurran en un error básico: demostrar sus emociones. Lo que los hace falibles no es la respuesta, sino la reacción de su cuerpo (inevitable) ante estímulos específicos que revelan su temor, empatía y miedo. Los androides, por el contrario, carecen de estas reacciones. Las máquinas solo pueden ser identificadas a través de su hacer infalible. A futuro, puede que los errores sean la única prueba de que los humanos existimos o transitamos el camino. 

Creo firmemente en ensalzar al error en el siglo XXI. Es la única prueba de que lo que sea que hagamos seguirá siendo humano. Más aún en el nuevo mundo que tenemos que compartir ahora con la inteligencia artificial. Y aunque hay ramas del conocimiento donde apreciamos la precisión quirúrgica de un robot, la ciencia ha demandado innovación y experimentación, y con ella viene inevitablemente la prueba y el error. 

Con todo esto en mente, y ya sentado frente a la computadora de la oficina, reviso una vez más el correo que tengo que enviar. Mi vista pasa por los nombres, el contenido, los documentos adjuntos y la despedida protocolar. Nada está fuera de lugar. Pero antes de darle clic al botón de envío decido hacer algo más. Algo que casi nadie hace a mi alrededor. Empiezo de nuevo. Sin seguir la guía, alejándome de las tradiciones procesales, del “así siempre hemos hecho”, de la infalible guía de mi jefe que ya pasó del “nadie se equivoca” al “todo tiene que salir rápido”. Cuando el cursor pasa encima del botón de envío, se que solo van a pasar cosas buenas. Clic. 

Después de todo, errar es humano, ¿verdad?

15 me gusta
246 vistas