Una conversación con el asombro
Cuando Willy Camacho me pidió acompañar comentando en la presentación del más reciente libro de Guillermo Ruiz, no dudé un minuto, sobre todo por lo bonito que se siente leer a un autor que te gusta antes de que se publique, o sea antes que todo el resto de lectores. Yo no sabía que eran crónicas, sé que este autor ha transitado por casi todos los géneros literarios, así que me daba muchísima curiosidad leer lo que un escritor como él podía ver en un territorio más híbrido y cercano al periodismo.
Me leí Sombreros que levitan en dos días y al terminarlo pensé algo que, en principio, podría parecer incorrecto: creo que acabo de leer un libro de poesía. No lo pensé porque Guillermo escribe frases que podrían ser perfectamente versos. Lo pensé porque pocas veces una prosa narrativa contemporánea mira la realidad con semejante intensidad de percepción y atención.
Yo creo que este libro hace algo muy difícil y raro, creo que logra devolverle a la realidad su condición de asombro. Al menos mientras lees el libro. Quien pueda recibirlo con apertura quizá perciba una especie de manual para aprender a mirar este mundo que nos ha tocado vivir. Y creo que esa es su verdadera fuerza. Todo el tiempo estamos rodeados de relatos que explican lo que sucede, mejor si optimizan el tiempo: explicar el mundo en menos de un minuto (porque si no pierdes la atención de la gente). La literatura misma, y quizá especialmente la crónica, cae muchas veces en la tentación de explicar demasiado el mundo, de interpretarlo, clasificarlo, de ver la realidad y convertirla en discurso.
Pero en este libro pasa otra cosa. Aquí el autor no intenta dominar la realidad. Es como si su escritura buscara solo mirarla, pero mirarla hasta que vuelva a ser extraña, intenta devolverle su misterio, despertar el asombro.
Por eso, al terminar de leer el libro, uno se queda recordando las sensaciones más que los argumentos: el olor del río, la luz sobre los cerros, el frío de La Paz, el vértigo de las ciudades, la humedad del metro, los cuerpos moviéndose en medio de la multitud, el agua avanzando viva, agua que lleva y trae cosas, cosas que activan la memoria. El agua es una cosa seria en este libro. El agua es fundamental. A ratos el agua es la memoria misma del escritor, a veces, es él mismo.
Los ríos que se mencionan —el Garona, el Sena, el Segre, el Choqueyapu— no son solo paisajes con descripciones bellas, o transversales narrativas entre una crónica y otra. Para Guillermo Ruiz los ríos son como estados de conciencia y formas del tiempo que lo llevan y lo traen de vuelta constantemente; pero entendidos de la manera en la que Buda proponía desarrollar la atención plena: para observar el flujo.
Hay un momento bello e intenso, en el que la voz que narra dice: “La última vez que volví a Toulouse me busqué y no me encontré en ninguna parte.” Y poco después dice: “Entonces entendí que yo era el río.” Ahí aparece uno de los temas más potentes del libro: la imposibilidad del regreso.
Lo notable es que Guillermo no convierte esa imposibilidad en un melodrama. Todo lo contrario, la escribe desde una lucidez muy serena y consciente del tiempo. “No hay regreso, solo presencia”, dice más adelante. Y yo creo que toda la poética del libro está contenida en esa frase. En ese verso, voy a decir, manteniendo mi idea de que este es un libro de poesía.
“No hay regreso, solo presencia”, dice, y con eso nos muestra que no intenta recuperar el pasado, él sabe que eso es imposible. Entonces hace otra cosa: busca habitar el instante intensamente antes de que desaparezca. Y activa una atención extrema que luego atraviesa todo el libro. Hay que reconocer que es un acto de humildad conmovedor el de volver al pasado para recoger todos los detalles que en el anterior viaje se pasaron por alto. Quizá no puedo recuperar el pasado, pero si vuelvo más atento, puedo encontrar cosas nuevas o viejas y salvarlas del olvido.
Eso es algo profundamente poético, porque la poesía verdadera no consiste solamente en escribir imágenes hermosas. Consiste, sobre todo, en aprender a mirar. En percibir aquellas cosas que la costumbre ha vuelto invisible. Eso es lo que él hace en estas crónicas: revisitar.
Hay varias páginas dedicadas al Choqueyapu. Viví 17 años en La Paz y para mí el Choqueyapu es un río que quedó atrapado por la ciudad y con el que no saben qué hacer. Pero Guillermo hace esta definición deslumbrante: “El Choqueyapu es el inconsciente paceño.” Y con esa frase o verso (insisto) no solo describe al río. Piensa a la ciudad entera. Piensa su historia enterrada, sus fracturas sociales, su hostilidad, su violencia, su memoria indígena. Usa esa metáfora para revelar la ciudad.
Y hace algo parecido con otras figuras marginales en el libro: el loquito de las flores, la mujer que grita en Las Ramblas, el hombre que defeca en una estación de París. Personajes que, en manos de otro escritor, podrían tranquilamente haberse convertido en curiosidades urbanas. Pero no en las manos de Guillermo Ruiz, él los mira de otro modo. Los mira como apariciones que interrumpen la normalidad y que nos obligan a preguntarnos qué significa realmente estar cuerdo, qué significa habitar una ciudad, qué significa ver al otro, estar consciente de lo que acontece a cada paso.
En este libro el autor expresa una ética de la atención que se niega a mirar el mundo desde la superioridad o desde el cinismo; y creo que esta es una cualidad que está presente en todo lo que él escribe. Incluso cuando habla de suciedad o violencia, nunca pierde la capacidad de asombrarse. Eso es muy conmovedor. Poético. Necesario, además, aprender a mirar así, porque en este tiempo vivimos con nuestra percepción anestesiada. Todo es para consumirse. Todo pasa demasiado rápido, casi como ruido. Y de muchas maneras este libro nos obliga a detenernos, a bajarle dos cambios, desacelerar nuestra forma de mirar lo que sucede. A oler, escuchar, tocar, recordar. A comprender que el mundo tiene todavía zonas de intensidad insumisas, que nos exigen activar nuestra capacidad de asombro.
Por eso, siento que Sombreros que levitan es un libro en el que cada crónica funciona como una meditación, una meditación sobre las ciudades que cambian, los cuerpos que envejecen, la infancia, el país del que uno se va y que nunca deja de habitar.
Hay una frase (verso) que se me quedó repicando después de terminar de leer el libro: “Es imposible volver a ninguna parte.”, dice. Pienso ahora, que quizá la literatura existe justamente para eso: no para devolvernos el pasado, sino para permitirnos mirar todavía con asombro -aunque sea por un instante- las cosas que permanecen vivas en nosotros.
Disfruté mucho leyéndolo, sé que a mucha gente le pasará lo mismo y disfrutará la lectura. Personalmente, celebro haber sentido tan presente a la Poesía en este libro, pues yo llegué a la escritura de Guillermo con un libro de poesía y para mí, él es y siempre será antes que todo, un poeta. Para mí. Por supuesto que es un excelente narrador, y ahora está demostrando ser un cronista muy fino y delicado. Bueno, en realidad él está demostrando que puede escribir lo que quiera.
Les sugiero se hagan de este libro ya no más, porque es una de esas escrituras cuya compañía uno agradece y luego quiere compartir. Yo ya he regalado dos ejemplares de este libro a amigas muy queridas.
