La memoria en tiempos de revisionismo
Un adolescente en la pradera sufre un accidente y pierde la capacidad de movilizarse, queda tullido. Pero no hay mal que por bien, supuesto en esta situación, no venga. El narrador cuenta: “Al caer, perdió el conocimiento; cuando lo recobró, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales”. Irineo Funes había perdido la capacidad de manejar su cuerpo, pero, a cambio, adquirió una habilidad sobrehumana de recordar cada detalle que se le presentara. Funes no solo recordaba los objetos, los paisajes, las palabras y los rostros, sino que también, como una fotografía disparada en ráfaga, captaba cada diferencia de un solo evento o de un ser vivo al moverse unos centímetros, y no le agradaba la idea de que cada escena, por milésimas de segundos que pase, tenga un solo nombre con que ser identificado. Esa es la trama de Funes el memorioso, un cuento escrito por Borges que habla de la percepción del espacio-tiempo, de la muerte y de la memoria.
Voy a hacer la vista gorda a la enseñanza del profesor Terry Eagleton y voy a ver esta ficción de Borges como una analogía real, porque identifico en este cuento una metáfora de los sacrificios, desinteresados, por viajar a través de la memoria y enfrentar el olvido que afecta a la sociedad en tiempos de deslegitimación.
Funes dejó de caminar, pero ahora tenía el mundo entero en su cabeza, con sus símbolos, con sus momentos e imágenes, particularizarnos de tal forma que ya nada pareciese general. Pero había perdido la capacidad de pensar pues “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. Funes nunca buscó semejante habilidad, pero una vez que la obtuvo, ya nada le importó en su forma abstracta. Acá nos encontramos con un dilema que corta por la mitad la relación entre pensamiento y memoria, y adhiere el primero al concepto de olvido y generalización. No es necesario recordar cada diferencia de un objeto en sí: necesitamos abstraernos y pensar en las posibles relaciones de ese objeto con la realidad y la vida misma.
Sin embargo, la memoria es algo que lo llevó a percibir con detalles microscópicos la realidad. “Diecinueve años había vivido con quien sueña: miraba sin ver, oía sin oír, se olvidaba de todo, de casi todo”. ¿Acaso no es así la sociedad? ¿Acaso no olvida siempre y recuerda cuando lo amerita y al recordar pierde una cosa y encuentra otra? Una base de esta historia radica en los extremos: no se encuentra ningún equilibrio entre la memoria absoluta y el olvido cotidiano. Extremos que también encontramos en la memoria y el olvido social. Mayormente, nos vamos al pasado, como lo señalaba Tony Judt, para utilizarlo como aleccionador moral u olvidamos por desinterés y fatalismo.
Recuerdo el artículo publicado el 18 de abril de 2018 por The New York Times que titulaba “¿Se nos está olvidando el Holocausto?”, que señala que según una encuesta “muchos adultos estadounidenses tienen un desconocimiento básico de lo sucedido, y esta ignorancia se acentúa más entre los milenials (…)”. La encuesta afirmaba que se estaba olvidando nada más y nada menos que el peor y más dramático genocidio registrado en la historia de la humanidad. Bueno, a simple vista, la memoria social puede no tener tanta importancia para los beneficios particulares de cada uno de sus individuos, pero cuando la memoria histórica es distorsionada o manipulada con una intención política, la cosa cambia y empeora, caso en el que se encontró el Holocausto al ser utilizado para ciertos beneficios, en parte por culpa del olvido, y ese fenómeno del revisionismo trae consigo una serie de discursos con un sentido de legitimación.
El revisionismo puede triunfar debido a que forma el conocimiento a su antojo y crea en palabras de Judt “medias verdades egoístas” que pueden ser tomadas como ciertas ante el desconcierto del olvido. El problema de la memoria en la actualidad es que dentro de ella radica la palabra historia, que expone los pilares de una sociedad con sus errores, logros y utopías. La historia está en el recuerdo y en el olvido, es y “ha sido siempre un arma de combate y está destinada a seguir siéndolo siempre, pues es un instrumento magnífico que debidamente manipulado puede servir para legitimar cualquier cosa”, en palabras de Reig Tapia. Si no recordamos es porque en realidad no lo vivimos y lo desconocemos, y en esta parte es donde entra la educación en historia, que nos permite saber, a las nuevas y futuras generaciones, cada criterio e idea que formó la sociedad en la que vivimos ahora y que no podemos repetir los mismos errores ni problemas de una sociedad de algún pasado remoto que ya los cometió.
Pero la rueda demostró que continúa girando en su mismo sitio. La educación es acosada por el revisionismo, los discursos continúan repitiéndose, y las intenciones políticas e ideológicas de dominio y legitimación, también, incluso dentro de la educación, con personajes muy similares y acciones iguales a las del pasado, por lo que la solución pareciese estar en lo obvio y lo predecible, pero no es así. El olvido ha triunfado en una sociedad a la que cada día menos le interesa su pasado y que continúa dando una vuelta de 360 grados a la historia.
Cuando Bauman habló del retroprogreso, dejó muy claro que ahora, a diferencia del pasado, son los tiempos que ya pasaron los que miramos con nostalgia en frente de un futuro de incertidumbre. Pero sucede que es una mirada un poco madura y adulta que no se puede comparar con la de los jóvenes que buscan estabilidad económica y la novedad, por encima de la política y la idea de sociedad. Situación en la que la educación debe otorgar el peso sobre la balanza cada vez más desequilibrada.
Pero esto no se permite. Los jóvenes continuamos conflictuados y somos seguidores de ideas y formas de actuar político muchas veces análogas a nuestra realidad. Esto porque estamos determinados, cercados y hasta obligados a continuar formando parte de actor e ideas políticas que hace bastante dejaron de responder a las interacciones actuales.
Esa memoria llamada aleccionadora de nada sirve si solo nos la exponen en el conocimiento histórico con la dicotomía del bien y el mal. La cosa es más compleja porque al hablar de historia debemos hablar de esa mirada que le dio el chileno Hugo Zemelman: “proceso complejo de construcción de voluntades sociales”. Es ideal encontrar el equilibrio entre la memoria detallada, como en el cuento de Borges, que nos evita mirar de forma abstracta y general, cosa que nos puede llevar a resentimiento y violencia, y olvido, que sirve para aprender y superar lo sucedido, pero no de una forma absoluta. Como lo describió Reig Tapia al prologar el libro Contra el olvido de Francisco Espinosa: “La política de la memoria debe descansar en el olvido del no olvido”. Pues sino lo hacemos el revisionismo será un carácter más de la educación y el conocimiento de la sociedad se verá limitado por una intención parcial y egoísta. Una realidad iniciada por la educación burguesa de finales del siglo XIX, una realidad revisionista presente en la “gran era de la mitología histórica”, nombrada por Hobsbawn, una distorsión ya analizada por Ignacio Ramonet, un fenómeno presente y persistente que llamó la atención de otros escritores y pensantes como Padura, Ricoeur; y que debe alarmarnos a nosotros los jóvenes.
