Anecdotario de la neoliberal República de Bolivia

A través de recuerdos de su juventud, Arturo Alarcón reflexiona sobre la Bolivia neoliberal y cuestiona la idealización de dicho período histórico.
Editado por : Vanessa Artieda Ferrer

¿Saben lo que es vivir en una época donde cada día el dólar subía un centavo con relación al peso boliviano? ¿Saben lo que es ver cómo más de un tercio de los padres de algún conocido emigraron fuera de Bolivia a fin de poder trabajar y mandar algo de dinero a sus familias? ¿O aguantar el espectáculo ridículo de gente vanagloriándose de tener alguna chuchería barata traída de EEUU como si fuera lo máximo? Supongo que no. Puedo seguir preguntando; ¿tienen idea de lo que es que los políticos de tu país, los supuestos “padres de la patria” te machaquen la cabeza 24/7 con ideas de inferioridad y sumisión a un modelo económico que lo único que hizo fue agrandar la enorme brecha de desigualdad ya existente en tu país, desde que tienes memoria? Por último, dos preguntas retóricas más antes de que se termine de revolver sus estómagos, amables lectores;  ¿saben lo que es sentir vergüenza de que tu país sea manejado por solo tres partidos políticos que jamás lograron mayoría absoluta en veinte años de poder, pero hicieron y deshicieron como en su casa? O ¿escuchar las cifras macroeconómicas de tu país donde las grandes mayorías vivían como en África subsahariana mientras una ínfima minoría se enriquecía a cambio de destruirnos? Si no tienen ni idea, bienvenidas y bienvenidos a uno de los peores capítulos de la historia de este país llamado Bolivia, la era del Neoliberalismo (1985-2005).

UNAS NECESARIAS CONSIDERACIONES PREVIAS

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Imagen: 88 Grados

No puedo creerlo, han pasado más de veinte años y para mi han sido un suspiro. Un parpadeo de algo que antes del 2005 jamás había vivido: “estabilidad” política y económica. Estabilidad con los bemoles y jaspes del folklore nacional. Estabilidad entre comillas, pero a fin de cuentas esa sensación de que por lo menos el país no se caería en pedazos sobre tu cabeza y no te arrastraría, desapareció. Queramos o no, el ciclo masista con todas sus subidas y bajadas ha sido eso, estabilidad política, social y económica (Hegemonía parlamentaria de un solo partido, nueva arquitectura constitucional, fin de la denominada silla presidencial vacía del 2001 al 2005, movilidad social amplia, ciclo largo del gas, etc.). Algo que al parecer aburrió sobre todo a los más jóvenes y a quienes han sentido, o desde muy niños han mamado la idea de que el manejo estatal es un privilegio que les corresponde a ellos y a nadie más por el solo hecho de haber nacido con determinado apellido, o color de piel, y que lo que hagan ahí, es válido, legal y legítimo, más allá del bien y del mal. (El libro Racismo y poder en Bolivia de Fernando Molina (1) profundiza más aún en el tema) 

Y es que ese fue el clima emocional de mis años mozos, mi niñez y juventud bajo el sino de la Bolivia neoliberal. Esa Bolivia de la democracia (im)pactada, parafraseando a José Luis Exeni(2), de una inestabilidad de tal talante, de tal fuerza en sus vaivenes que, por muchos años, marcó en mí y en muchos otros de distintas generaciones esa sensación de futuro incierto, de ansiedad pesada y verdadera, una precariedad vital en todo sentido. Y es que la Bolivia neoliberal realmente fue un país de mendigos donde las cifras macroeconómica (3)   y la realidad diaria eran tan crudas que a veces la única opción de salir adelante era nacer de nuevo lo más lejos posible si es que no era posible escapar sin mirar atrás. En este punto seré claro: quien crea que esos años de amor al libre mercado y al consenso de Washington (Decreto Supremo 20160, aplicación a rajatabla de las políticas económicas neoliberales dictadas desde la capital de los EE.UU.) fueron mejores, abandone toda esperanza. 

Nací en 1981, de familia con cierta comodidad económica, política y social con raíces en Oruro, La Paz y Cochabamba. Mi padre era diputado del ADN y puso en cargos administrativos a sus familiares, algo común en un “país miserable” donde la movilidad social o el enriquecimiento se ha dado casi exclusivamente a través de “negocios” con y en el Estado. Una abuela mía fue la representante nacional de una conocida marca internacional de electrodomésticos mientras que la otra fue accionista del Banco Nacional de Bolivia (BNB, perteneciente al grupo Bedoya cuyo heredero actual es Marcelo Claure Bedoya). Me eduqué en uno de los colegios más exclusivos de Cochabamba, siguiendo la tradición familiar de tener alto nivel educativo para abrirte puertas (aguante la ingenua meritocracia) y trascender en tu profesión como un verdadero “ganador”. Ese era el espíritu de la Bolivia neoliberal, la del gobierno de los yupis (del acrónimo en inglés Young Urban Professionals - Profesionales jóvenes y urbanos), de políticos que renegaron de su pasado revolucionario reciclándose en tecnócratas amantes carnales del libre mercado, justificando el meter un shock económico cruel porque “Bolivia se nos moría”, siendo cipayos de ese consenso de Washington nacido de la oficina oval en la casa blanca, desde Ronald Reagan hasta George Bush hijo. 

Sí, efectivamente mi crianza fue de élite, no lo niego. Uno no elige la cuna donde cae porque el nacimiento es un accidente geográfico, sin embargo, por más beneficiado que haya sido como un hijo del privilegio, una cosa es ser el hijo del privilegio en una Bolivia tercermundista con más del 60% de la población viviendo por debajo de la línea la de pobreza (la Bolivia de los años 80’s y 90’s)(4) y otra ser el hijo del privilegio en Argentina, Brasil o Chile. Hay un mundo de distancia y otearlo marcó cruelmente a los bolivianos moldeados en las décadas de la neoliberal República de Bolivia. Sacarse en buena parte ese complejo de inferioridad, característico de las sociedades poscoloniales(5), característico de Latinoamérica y muy marcado en Bolivia, tanto en su lumpen-burguesía, como en sus capas sociales más marginadas. Ese complejo que se afianzó con las políticas neoliberales, ha sido para mí uno de los logros más importantes de la sociedad boliviana durante estos últimos veinte años. Mas el trabajo no ha terminado, el de enfrentar nuestra mayor tara(6): el racismo y la discriminación, males de los que se sirvió la política expoliadora de la Bolivia neoliberal que parece está de vuelta. Por tanto, es necesario refrescar nuestras conciencias con lo que realmente significa vivir en una Bolivia “Neoliberal”.

Admirar hacia afuera, odiar hacia adentro, la marca registrada de la élite boliviana, máxima que no se formó en la época neoliberal (como pues) sino desde la misma creación de la república y más antes, pero en esos veinticinco años que duró el cumplimiento de las políticas del consenso de Washington, esa sumisión llegó a ser tan marcada que moldeó el trasfondo psicosocial de esos años. Y no era para menos, la derrota del bloque “comunista”, al caer la URSS y el muro de Berlín en 1989, no fue algo sucedido de la noche a la mañana. Una URSS enfangada en Afganistán (su propio Vietnam) desde fines de los años setenta, las políticas de la perestroika y el glasnost, aderezado todo con la catástrofe de Chernóbil, eran las señales claras del fin de la guerra fría(7), de la derrota del comunismo o socialismo europeo y de la corta pero poderosa vigencia de un mundo unipolar donde esta república bananera que ha sido Bolivia tenía un lugar claro, un lugar terciario, casi cuaternario con una oligarquía cómplice. Una elite que, en palabras del filósofo Rafael Bautista Segales(8), al no saber lo que es la libertad (desde 1825) se buscó un nuevo patrón, siendo el patrón neoliberal el departamento de Estado de los EEUU y como niños inmaduros, después de varias décadas, aun añoran retornar a esa época de infantil y cómoda sumisión.

ANÉCDOTA 1: PAPITAS DE MCDONALD’S 

Les propongo un ejercicio; recuerden sus años más jóvenes, desde los doce años hasta los veinticuatro aproximadamente, al inicio de esa edad ya no se es un niño, pero tampoco un joven. Recién se va ingresando en la adolescencia, pero ya se entienden cosas que van sucediendo en el mundo alrededor tuyo, es decir no somos unos chiquillos ingenuos, sabemos las diferencias entre arriba y abajo, vamos pillando cosas. Bueno, entonces recordando esos años les cuento: entre mis compañeros y amigos de esa época estaban los hijos de varios pilotos y funcionarios de la extinta Lloyd Aéreo Boliviano (LAB). El hijo del jefe de mecánicos era uno de mis mejores amigos, así que ya se imaginan esas vacaciones que se gastaban; nada de Santa Cruz o La Paz, ni siquiera Miami (el destino privilegiado) o la costa chilena (peor es nada, decíamos) sino la Feria Mundial o las Olimpiadas de 1992 en Barcelona, mínimo. Recuerdo esta anécdota: uno de los pilotos había viajado como vuelo de rutina hasta Miami (más allá no entraba el Lloyd, la servidumbre hasta la frontera nomás, después ampliaría destinos, pero eso es otra historia) y su hija, mi compañera de colegio, tenía que hacerlo notar, en hora de almuerzo sacó de su lonchera lo que al parecer era el mayor manjar que un ser humano podía degustar. ¿Faisán? ¿O quizá un delicioso cangrejo? Pero no. Era un paquete pequeño de papas fritas de McDonald 's traídas directo de Miami (ese año la franquicia aún no había llegado a Bolivia).

Me invitó una tratándola como oro y, a pesar de que la textura era obviamente diferente (papa frita hecha a base de pasta de patata, nada fuera de lo normal(9)),  y el sabor más uniforme que las papas fritas a las que estábamos acostumbrados, este pedazo de comida chatarra que había transitado ocho horas desde Miami hasta Santa Cruz, apestando la diminuta cabina de un vetusto Boeing 727 del Lloyd, viajado una hora más hasta Cochabamba y pasado sus buenos momentos en el refrigerador antes de ser metida en un microondas y puesta en la coqueta lonchera de mi compañera, no era la gran cosa. Lo hice notar, si mal no recuerdo poniendo una cara diplomática de aprobación mas no de admiración, está de más mencionar como casi fui crucificado por mis compañeritos amantes de lo que denominaron “la mejor comida del mundo”. Anécdota boba innegablemente, superficial y de seguro con algunas inexactitudes y exageraciones pueriles, pero aún recuerdo y retumba en mi mente la comprensión de cómo la lumpen élite boliviana vivía el neoliberalismo a través de nimios e insignificantes gustos, jactándose de comer migajas, de recibir como el perro del hortelano las sobras del banquete. Era el american way of life el que nos metían por todos los orificios a través de la televisión, el cine, las revistas, y los productos baratos que recibíamos como trofeos. La cosa sería más dura, cruel y directa con la llegada de la televisión por cable y el internet. Estoy seguro de que cada uno de los lectores que han leído lo mencionado previamente han recordado una o más anécdotas similares a la relatada y esa es la idea, comentar anécdotas recordando esa época que parece nos la quieren meter de nuevo con calzador y posiblemente con balas, gases y represión.

ANÉCDOTA 2: CUANDO EL CARIÑO LLEGA DESDE ESPAÑA, ARGENTINA, BRASIL, EEUU.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía tres años, de hecho, estuvieron un año entero en trámites mientras mi madre y yo nos mudábamos desde Oruro a Cochabamba junto a mi abuela, en tanto la carrera política de mi padre crecía. Desde mi niñez hasta la adolescencia se dio un fenómeno muy interesante entre mis compañeros y amigo, los padres de muchos de mis compañeros se fueron separando o divorciando y alguno de los progenitores o ambos se vieron obligados a emigrar. Ya no era tanto el american dream de los EEUU, donde lo más probable era ser un mojado más metido en un “trabajo de mierda” (trabajo duro, muchas veces humillante, mal pagado y generalmente rechazado) a decir de David Graeber(10),  ya sea en un McDonald’s o algo peor, (aunque se ganase el triple de ingresos que podía tener un profesional en Bolivia). Los nuevos destinos eran España, Italia, Suecia, probablemente Gran Bretaña y más cerca Argentina con la paridad del dólar, o quizá Brasil.  Sin embargo, caí en cuenta que el fenómeno superaba a mis amigos y abarcaba a la sociedad en general, simplemente las y los bolivianos se habían vuelto migrantes por necesidad y no por gusto, lanzándose a otras partes del mundo a conseguir lo que no se podía obtener en esa Bolivia: dignidad, capital y un futuro. Obras como American visa, de Juan de Recacoechea, adaptada al cine, o Llorando se fue, de Cesar Verduguez, son ejemplos claros de cómo el fenómeno brutal de la migración impactó a la sociedad boliviana pintando uno de los matices de esa Bolivia neoliberal. Y así fue creciendo el número de casos de gente cuyo núcleo familiar se disgregaba. Contrastando esto con mi realidad donde, a pesar de que mis padres estaban divorciados, mis familiares más cercanos no tuvieron la necesidad de dejar Bolivia. Sí, hay un tío en EEUU, pero ese se fue en los años setenta, de ahí nada más. Entonces las cosas llegadas allende nuestras fronteras comenzaron a copar nuestro diario vivir, así como los problemas psicológicos de los hijos que vivían la separación de las familias a través del silencio de quien no puede ni debe hacer público su sentir (eran los 80’s y 90’s, los “hombrecitos no llorábamos”).

Y es ahí donde veía como muchas y muchos de mis amigos, quienes recibían envíos desde España, EEUU, Argentina y otros países, se llenaban de dinero y cosas, pero vivían la miseria de haber sido abandonados y dejados a la merced de tías, tíos, abuelos o en el peor de los casos vivir solos con la “guía” a distancia de sus padres. Recuerdo muy bien a un amigo mío, cercanos ya nosotros a terminar la adolescencia; sus padres le enviaban todo desde España, ropa, dinero y gustos en forma periódica desde sus catorce años. De hecho, él había viajado varias veces en vacaciones para visitarles, sin embargo, la situación emocional había mermado en él, cayendo en el consumo de drogas y en una depresión profunda que se traducía en bajo rendimiento escolar durante los últimos años de colegio. Esto resultó en el abandono del colegio al no haber aprobado las materias suficientes para graduarse y una falta de dirección vital que profundizó los vicios. Él buscaba desesperadamente irse del país y trabajar, repetir lo que sus padres estaban haciendo, pero no deseaba estar cerca de ellos, él apuntaba a los EEUU, no a Europa. Vivía en medio de una contradicción entre el amor y el odio hacia sus padres, y su situación no era un caso aislado. Mi recuerdo más vívido al respecto fue toparlo mientras íbamos con algunos amigos caminando en la calle, habíamos celebrado la fiesta de graduación de secundaria y el año nuevo del año 2000. Nos lo encontramos portando un poderoso Nokia 3310 (los famosos ladrillos que si se caían rompían el piso y no al revés), el celular más moderno de ese flamante nuevo milenio. Hizo nuestras delicias: jugar con la viborita, admirar tal aparato mucho más sofisticado que los ya desactualizados Ericsson o Motorola. Pero este amigo no tenía la vitalidad de la juventud, de la vida abierta al futuro como la que teníamos nosotros, flamantes bachilleres del Y2K. [acrónimo de "Year 2000"].  Le preguntamos cómo tenía tal aparato en su poder, la respuesta era obvia. Los padres que se rompían el lomo desde España eran responsables de eso y lo dijo de la forma más seca y sufriente posible: “me lo mandó mi papá desde España, no pudo venir para navidad”.  La frase tan pesada, tan “no me jodan, no quiero hablar de esto” terminó la conversa ahí. Creo que lo volví a ver una que otra vez en la calle, buscando salir de Bolivia, buscando salir de su vida. 

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Imagen: Brandemia

ANÉCDOTA 3: Y LLEGÓ EL NORTE DE POTOSÍ. 

Navidad, año nuevo y carnavales son las fiestas más bolivianas que pueden existir. El aire cambia, el clima social se carga de emoción, esperanza de futuro. Inclusive en las peores épocas se siente que las cosas pueden mejorar. Es muy similar a lo vivido en Guatemala, donde estas fiestas tienen esa carga y, para sorpresa de muchos, no tanto en California debido a que, fuera de lo que se ve en las películas, la gran fiesta gringa es el Thanksgiving, no la navidad. Además, que la diversidad religiosa y cultural es tan grande en el estado dorado que las fiestas cristianas no importan mucho, pero en Bolivia marcan un antes y un después. Entonces, al hablar de navidad hablamos de: niñez, diferencias sociales y consumismo. Quien haya vivido en la Cochabamba de mediados de los 80´s hasta inicios de los 2000´s, recordará lo fácil que era caminar en los numerosos parques, plazas y plazuelas que le daban el apodo de “ciudad jardín” del país (otro tema era la basura, pero no nos distraigamos), haciendo de ella un lugar muy acogedor. Esto lo sabían muy bien las personas de las comunidades de las provincias del norte de Potosí (Charcas, Chayanta, Alonso de Ibáñez, Bustillos y Bilbao) así como de las provincias más pobres de Cochabamba (Arque, Bolívar) llegando estas a fin de año para pedir limosna en época navideña. Quien haya vivido en Cochabamba recuerda las legiones de campesinos venidos desde esas provincias cordilleranas para mendigar dinero durante esos meses. No sé si lo mismo sucedía en las otras ciudades capitales, por lo menos en el eje troncal, pero en la época del neoliberalismo arribaban familias enteras a Cochabamba a fin de conseguir un mínimo de dinero. La plaza principal, la plaza Sucre, la plazuela Bush, la plaza Colón, el Prado y otros ámbitos se llenaban de señoras, señores y sobre todo niñas y niños vestidos de aguayo de pies a cabeza pidiendo dinero a los transeúntes que salíamos en las noches para hacer las correspondientes compras navideñas. Obviamente la llegada de gente del campo, quechua hablantes cerrados o con un español difícil de entender, fue una molestia enorme para “la gente bien” de Cochabamba, quienes en algún momento levantaron su voz haciendo notar su molestia. Pero a estos migrantes económicos provisionales —quienes llenaban las calles, pernoctaban en las galerías de la plaza 14 de septiembre y hasta en las mismas aceras al aire libre contra viento y lluvia — no les movía un pelo. Hacían lo que tenían que hacer: conseguir dinero, no solo para subsistir sino para algo más.

Fue increíble averiguar que más allá de lo duro que resultaba para las familias llegar desde provincias tan lejanas, sufrir las inclemencias del tiempo (incluyendo enfermedades), enfrentar los peligros que conllevaba llegar a una ciudad con un alto nivel de peligrosidad siendo víctimas de toda clase de crímenes (los cuales probablemente no fueron denunciados y si lo fueron, no fueron investigados) y ser víctimas de maltratos de toda clase (sobre todo racistas), dicha gente no venía a pedir dinero solo para subsistir, sino que buena parte de las comunidades coordinaban sus viajes por temporadas a fin de obtener recursos económicos para satisfacer las necesidades tanto de las familias como de la comunidad. Por ejemplo, hacían colectas conjuntas para reparar las iglesias de los pueblos, arreglar un sistema de irrigación, construir una posta médica o cubrir otras necesidades (11). Y es que el abandono de las comunidades rurales, resultado esto del racismo estructural que aún hace al estado boliviano y políticas de desarrollo concentradas solo en las capitales de departamento, hicieron y hacen aún a Bolivia un estado ausente. Durante esos años, los derechos de la gente fueron reducidos solo a derechos individuales a pesar del reconocimiento de la multietnicidad y pluriculturalidad por parte del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada (la gestión neoliberal por excelencia). Y es que la Bolivia neoliberal se regía por la ley de la selva; sálvese quien pueda, provocando las migraciones externas fuera del país, así como estas migraciones internas.

ANÉCDOTA 4. PARA ESTE NIÑO, QUE EL TERCERO SEA PRESIDENTE AUN NO TIENE SENTIDO.

Esta anécdota sucedió en mi niñez. Como mencioné, mi padre fue diputado en el antiguo Congreso de la Republica por el departamento de Oruro por el ADN (Acción Democrática Nacionalista, partido de Hugo Banzer Suárez) durante la gestión 1985-1989 con Víctor Paz Estenssoro en la presidencia. Dicho partido apoyó en coalición al gobierno de Paz Estenssoro (MNR) dando inicio con el Decreto Supremo 21060 a la Bolivia Neoliberal con el denominado “Pacto por la democracia”(12). No se olviden que, a pesar de todo era un niño, traducía la política como el fútbol. Los rivales eran los otros partidos políticos, los “malos”, con quienes el partido de mi papi, “mi partido”, se enfrentaría en elecciones; el MIR de Jaime Paz Zamora y un renovado MNR donde Paz Estenssoro no sería candidato, la coalición con el ADN se había roto (vaya novedad) y se enfrentarían a su nuevo y flamante candidato, el neoliberal boliviano por excelencia: Gonzalo Sánchez de Lozada. Para mí los del MNR eran los “malitos”. En elecciones generales de 1989, teníamos mesa servida, los tres principales partidos políticos ya mencionados proponían básicamente lo mismo: un modelo neoliberal bajo la batuta de Washington, con un George Bush padre que había heredado la presidencia republicana de Ronald Reagan ese mismo año. Había otros frentes políticos, los cuales por lo menos al inicio no cortaban ni pinchaban (salvo CONDEPA con Carlos Palenque Avilés, quien lograría en su primera participación un nada desdeñable cuarto puesto, arrasando en La Paz y convirtiéndose en un actor político trascendental de esa época). Entonces, como todo buen hijo de político, me vestí la polera y la gorra con los colores rojo, negro y blanco, me puse a batir la banderita con el rostro del exdictador Banzer y me sume a la campaña (como se podía, considerando que mi familia materna oscilaba entre movimientistas cerrados o directamente gonistas). No profundizaré en los detalles de las peleas que surgían contra los compañeritos de curso o de colegio. Muchos eran hijas e hijos de aspirantes a políticos engrosando las filas de los “enemigos”, pero no pasaban de ser divertidas discusiones infantiles. Finalmente, llegó el día de elecciones. Empujé a mi madre y a mi abuela a salir de sus camas para votar creyendo ingenuamente que votarían al partido de mi padre, quien iba nuevamente como primer diputado por Oruro, (nosotros vivíamos en Cochabamba y ellas votaron rosado).

Entonces, ya concluida la votación, comenzó el conteo de votos. Era como un partido de fútbol en cámara lenta, donde el resultado fue frustrante para muchos, incluyéndome a mí. Sánchez de Lozada con el MNR logró un 25.64%, Hugo Banzer Suárez con el ADN un 25.23% (¡menos de 1% de diferencia con el primero!) Jaime Paz Zamora con el MIR un 21.82% y Carlos Palenque de CONDEPA como la gran sorpresa con un 12.25%, el resto de los votos se repartió entre nulos, blancos, taxi partidos y buenas intenciones. Por parte de mi familia la cosa pintaba bien: mi padre había logrado la reelección y, de hecho, ahí comenzaría la etapa más brillante de su carrera política. Por mi parte, mis sueños de que el partido de mi papi ganara con más de la mitad de los votos se había esfumado. No olvidemos que era 1989, la segunda vuelta no existía en la constitución boliviana y si se daba este escenario de que ninguna de las fuerzas lograba la mayoría absoluta, el congreso recién electo debía elegir entre las fuerzas representadas al presidente y vicepresidente de la república. Nada de elegir entre los dos primeros, sino entre las fuerzas que obtuvieron representación parlamentaria: MNR, ADN, MIR, CONDEPA y 10 diputados marginales de la Izquierda Unida (IU). Más allá de los problemas que conllevaron esas elecciones y que como infante no entendía (la banda de los cuatro, anulaciones de partidas y mesas, etc.), comprendería muy joven en qué consistía la llamada democracia representativa. Se componía de dos actos: un primer acto donde muchos eligen a pocos y un segundo donde pocos traicionan a muchos. Siendo así como me sentí: traicionado. 

Sin aviso,  una mañana de domingo me desperté con la noticia: Jaime Paz Zamora, candidato del MIR y tercero en las elecciones, acababa de ser elegido presidente con el apoyo del segundo frente en el congreso (ADN), superando así los dos tercios necesarios para la elección. Había nacido el infame “Acuerdo Patriótico”(13) donde el flamante presidente junto a su brazo derecho Oscar Eid cruzaron ríos de sangre para compartir el poder con su antiguo perseguidor y verdugo de sus camaradas: Hugo Banzer Suárez. Todo ello pasando por encima de la primera minoría o “ganador” dentro de esas circunstancias: Goni y el MNR. De hecho, mi padre quedó muy bien parado: terminó siendo primer secretario de la cámara de diputados hasta 1993, gozando de un poder e influencia sin precedentes durante esa gestión. Quien sufrió una primera decepción en su vida fui yo, no podía creer que el tercero superé al primero. En el colegio, en los juegos con los amigos, con los primos, en las olimpiadas, en la tele, en todo lado el primero es el primero. Así lo veía y a pesar de que no había ganado el partido de papi, lo sucedido ahí me pareció una puñalada por la espalda a la voluntad de la gente. Había tenido mi primer baño de realidad muy joven, demasiado joven, a mis ocho años. Más allá de la rabia infantil que esto generó, de la fuerza con la que rompí las banderas, posters y volantes de ADN y de una especie de nihilismo político que me embargó hasta llegar a mis dieciséis años, este hecho sentó las bases de mi perenne militancia política y social que enmarca aún la forma como miro el mundo.

CONSIDERACIONES FINALES. RETROCEDER NO ES MEJORAR

Llegamos al final de este puntual pero extenso anecdotario. Quedó mucha tela que cortar. Podemos hablar de como viví los narco vínculos, la lista de políticos que recibían visa o no por parte de la embajada de los EEUU, la marcha por la vida, la guerra de baja intensidad que fue la política “Coca cero” en el Chapare que generó el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de la figura de Evo Morales Ayma, la guerra del gas, la guerra del agua donde aspire gas lacrimógeno hasta no dar más, el 21060 y su impacto, las privatizaciones, la mega coalición… Muchas cosas más que han hecho a esas dos décadas y que aún ahora extienden su larga sombra sobre la sociedad boliviana, sobre su magullada psiquis. Y es esa sombra la que falsamente se quiere presentar como futuro, como modernidad, como lo mejor que puede suceder. Siendo así, debo repetir lo dicho al inicio de este ensayo: abandonad toda esperanza. 

En las guerras híbridas, uno de los campos de batalla es la mass media. Ganar la mente de la gente, hacerse con su ideario de felicidad, con el futuro como tiempo donde el ser humano se realiza. Esto es clave para afianzar tu discurso en batalla y en esta etapa bisagra donde el ciclo “nacional popular” del Estado Plurinacional de Bolivia no termina de cerrarse y el futuro aún no termina de abrirse. A pesar de que llegó al poder por la vía democrática una opción de “centro” derecha como es la dupla Paz/Lara —con un gobierno débil, sin mayoría parlamentaria, copando las carteras con tecnócratas cuyo mérito en general parece ser la amistad con el nuevo presidente y demás menudencias de la política (14)— lo único que se siente en el clima social, en el aire, es incertidumbre. Y es ese sentir el mismo al que me referí en los primeros párrafos de este texto: es un retroceso, un regreso, la amenaza de la restauración de un país mendigo, de un país patético en todos sus niveles el que se quiere (re)construir. Una aberración porque a diferencia del Uróboro, serpiente mítica que puede morderse la cola, este es un animal enfermo que dobla su lomo en sufriente regreso, un monstruo deforme.

El ideario que trata de imponerse se sintetiza en una frase “La época anterior al Estado Plurinacional fue lo mejor”. Se habla de hacer renacer la república, se habla de volver a crear AeroSur, de volver a crear el Lloyd Aéreo Boliviano, devolver el registro de los abogados a los colegios profesionales. Se desea pintar una Bolivia maravillosa antes del 2005, donde supuestamente todo era felicidad, donde la corrupción, la pobreza, la desigualdad, el racismo, el machismo, la alta mortalidad y morbilidad no existían… Se trata de instalar la estupidez como lente a través del cual se entienda el mundo porque esa es la tónica casi constante de la forma mentis de las reducidas y patéticas clases dominantes bolivianas: grandes adentro, minúsculas afuera. Al parecer en este país de animales, quién debe gobernar, casi por derecho (divino) somos nosotros, destapando el olañetismo ramplón que pervive aún en la crianza diaria de ciertos sectores y de otros que aspiran a ser como esos sectores. Lo digo porque lo sé; lo sé porque me crié ahí, mamé de esa leche de la que mamaron mi padre, mi madre, tíos, abuelos y más generaciones. Hablo con conocimiento de causa y sin que me digan traidor de clase, ya que al igual que Marcelo Quiroga Santa Cruz y muchas y muchos más, salté por encima de ese determinismo lo mejor que pude, con tropezones y errores, pero salté.

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Imagen: Vicepresidencia en Facebook

Zavaleta Mercado en sus últimos días se preguntó: “¿Por qué nos fue tan mal a los bolivianos?”, dándonos a entender que esto que se va a vivir no es nuevo. Cualquier politólogo dirá que estamos en una etapa de transición, una encrucijada donde podemos retornar a ese neoliberalismo cruel o construir algo que realmente haga de la sociedad boliviana una sociedad donde uno quiera criar a sus hijos y vivir sin que esto signifique lanzar laureles a un MAS podrido en sus propios pecados y contradicciones. Sin embargo, siempre hemos salido adelante… hasta por ahí, porque con la certeza de crearme enemigos en todos los “bandos” involucrados en esta rapiña de poder y herencias políticas, de dinero y más elementos que hacen a la política nacional, afirmo claramente que la sociedad boliviana es una sociedad que a pesar de haber luchado valientemente por salir adelante, aún no ha acumulado el valor necesario para enfrentar su última y más decisiva batalla, su Megido espiritual, el racismo social y estructural que hace a la médula de nuestra conciencia como país. Y es que en un país que no es Sudáfrica (muy a pesar de parte de la lumpen burguesía que ahora afanosamente corre para retomar los cargos estatales que ve como su herencia de sangre) todos aquí somos indios por un lado o por el otro y lo digo con orgullo, con ese orgullo que no existe en enormes capas de la sociedad, desde la punta de la pirámide hasta la amplia y marginada base social. He ahí la médula de la atrofiada Bolivia a la que se refirió Basilia Catari (escritora y trabajadora del hogar) en su libro De Chualluma he venido, donde señala que mientras un pequeño grupo que se piensa “blanco” sueña con irse de Bolivia, pero sin dejar de ser “propietarios” de este país, quienes deben gobernar el país son quienes deseen quedarse aquí, asumirse como bolivianos o, más aún, como originarios (¿se tendrá el valor para eso?).

Para cerrar dejo unas citas. La primera de Ojo de vidrio, Ramon Rocha Monroy, quien en su obra Potosí 1600 explica en forma sintética y esencial el peculiar “desarrollo” económico y social de la Audiencia de Charcas, posterior República y actual Estado Plurinacional de Bolivia: 

La plata es inocente como la matica de paja brava, como un carnero. Lo que nos hizo mal fue el mal beneficio. El acto de mezclar el mineral con el azogue de la codicia. Y el de dormirnos en nuestros laureles pensando que jamás se agotaría la riqueza del Cerro. Vivimos en la molicie sobre las espaldas de los indios y cuando no obtenemos beneficios nos vamos en busca de una vida igualmente fácil… ¿sabes que es lo peor? Que sembramos mala semilla, y se reproducirá como lo que es, como maleza (2018, p. 135).(15)

Por último, cito a Rene Zavaleta Mercado: “Bolivia será india, o no será”.(16)

La explotación de unos sobre otros se basa en la mezquindad de un egoísmo atroz, en deshumanizar a ese otro; es el fruto de la mala semilla que se reproduce.


GLOSARIO: 

  1. Molina, F. (2021). Racismo y poder en Bolivia. Oxfam / Fundación Friedrich Ebert.
  2. Exeni Rodríguez, J. L. (2016). Democracia (im)Pactada: Coaliciones políticas en Bolivia (1985-2003). Plural editores.
  3. Morales, J. A. (1990). El ajuste macroeconómico boliviano de 1985 a 1989 (Documento de Trabajo No. 04/90). Instituto de Investigaciones Socio-Económicas (IISEC), Universidad Católica Boliviana.
  4. Véase la base de datos oficial en el Dosier de Indicadores de Pobreza NBI por Áreas (1976-2012) elaborado por la Unidad de Análisis de Políticas Sociales y Económicas (UDAPE) con base en los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE), Censo de Población y Vivienda 1992.
  5. Wikipedia. (s. f.). Poscolonialismo. Recuperado el 13 de junio de 2026, de https://es.wikipedia.org/wiki/Poscolonialismo
  6. “Defecto físico o psíquico, por lo común importante y de carácter hereditario”, según la Real Academia Española.
  7. Wikipedia. (s. f.). Era posterior a la Guerra Fría. Recuperado el 13 de junio de 2026, de https://es.wikipedia.org/wiki/Era_posterior_a_la_Guerra_Fr%C3%ADa
  8. Córdova, V. (s. f.). Noviembre rojo: El cambio (Capítulo 1) [Video]. YouTube. https://youtu.be/ww2LAMEN3Vs
  9. Proceso que se puede ver en Google patents: https://patents.google.com/patent/ES2263641T3/es
  10. Graeber, D. (2018). Trabajos de mierda (I. Barbeitos García, trad.). Editorial Planeta.
  11. Rodríguez Chávez, T. (2023). Tejidos etnoterritoriales de la migración interna de quechuas de Norte Potosí en Cochabamba. Temas Sociales, (52), 61–94.
  12. Herrera Añez, W. (2025, 22 de septiembre). Pactos democráticos. El Deber. https://eldeber.com.bo/opinion/pactos-democraticos_530839
  13. Wikipedia. (s. f.). Acuerdo Patriótico. Recuperado el 13 de junio de 2026, de https://es.wikipedia.org/wiki/Acuerdo_Patri%C3%B3tico
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