Siete litros de gol

Una oferta de un bar se vuelve en un desenfreno de cerveza en esta crónica mundialera en la que Adrián Nieve recuerda cuando vio en vivo y en directo el Mineirazo rodeado de alemanes.
Editado por : Fernanda Verdesoto Ardaya

Ni bien entramos al bar, el Martín puso una expresión perversa, contento de ver el lugar atiborrado de alemanes jubilosos. Nos abrimos paso hacia una mesa para tres sintiendo las miradas de reojo y ese tipo de sonrisas que esconden un poquito de agresión. Había alemanes tan rubios que parecían calcados de un estereotipo, otros de cabellos más oscuros que hacían más albina su palidez, y todos posaban sus ojos azules en la polera amarelha de la selección brasileña que usaba mi amigo Martín Leandro con tanto orgullo que seguro pensaron que era brazuco. 

Era martes 8 de julio y jugaba Alemania contra Brasil en la semifinal del Mundial Brasil 2014. En minutos seríamos testigos del famoso Mineirazo, pero lo único que sabíamos, mi amigo Pedro Enríquez y yo, era que el Martín nos había rogado que vayamos a gritar los goles brasileños a la cara de unos cuantos teutones en un bar alemán y que nosotros le hicimos caso porque, bueno, al bolivarista del Pedro le encanta la polémica y siempre salía a chuparse con el Martín, acérrimo stronguista, para en vano discutirle sobre cuál es el mejor equipo boliviano. ¿Yo? Tenía el corazón recientemente roto y no deseaba estar solo ni un segundo.     

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Imagen: 88 Grados

Pronto se llenaron los dos pisos de paredes plagadas con decoraciones alusivas al folclore alemán y, cuando las selecciones comenzaron a cantar los himnos, recién confirmamos que la presencia boliviana en el lugar era minoría. Nosotros tres y quizás cinco personas más (sin contar los meseros), mientras que el resto eran turistas alemanes, la mayoría vestidos de manera casual, viajeros prudentes que sonreían y unos cuantos —los más jóvenes— llevaban blancas poleras de su selección y las mejillas pintadas con el negro, rojo y amarillo de su bandera nacional. En eso me fijaba cuando la voz boliviana de la mesera me devolvió a mi silla con una aseveración brutal: “por cada gol alemán, refill del chop de litro de cerveza gratis”.

Hoy por hoy, abunda la cerveza artesanal y los poseros que dicen saber catarla. En 2014 todavía era un milagro encontrar cerveza de importación, por lo que la deliciosa birrita artesanal de barril de aquel boliche era uno de esos lujos que solo se daban los más platudos, los que podían ir a ese bar temático a gastar un dineral en bebida fina, comida europea, mesas limpias y meseros amables. Nosotros entramos ahí dispuestos a hacer durar un litro por más de 90 minutos, pero aquella oferta nos hizo sonreír. Al menos un chop gratis nos íbamos a llevar.  

Los dichosos chops llegaron rápido, mientras el partido empezaba y nosotros discutíamos. El Pedro hacía eco de los comentarios de las otras mesas, donde se hablaba de la superioridad técnica de Alemania, de la suspensión de Thiago Silva y la lesión de Neymar. Ambos equipos venían de dos victorias y un empate en fase de grupos y dos victorias más para llegar a la semifinal, pero el Pedro y los alemanes empolerados insistían que el trayecto de Brasil (Croacia, Camerún, México, Chile y Colombia) había sido más sencillo que el de Alemania (Portugal, Estados Unidos, Ghana, Argelia y Francia), entonces los de la UEFA venían más afilados que los de la CONMEBOL. Pero el Martín se reía ante tales argumentos y, con su voz gangosa y llena de confianza, decía: “Mística, papá, mística e historia”, refiriéndose a la cantidad de copas mundiales y de América que ya tenía la canarinha, pero también al hecho que, hasta ese día, Alemania y Brasil se habían enfrentado 21 veces, de las cuales los brazucos habían ganado 12, siendo una de las últimas la gran final del Mundial Corea-Japón 2002, en las que el Fenómeno metió dos goles para levantar la Copa del Mundo. “Vamos a gritar el himno de Brasil en las caras de estos deutsches”, remató Martín mientras yo secaba mi cerveza, deseoso de olvidar mi corazón partido.   

Los primeros minutos de juego, la sonrisa de Martín fue la más ancha del boliche. Brasil comenzó presionando alto y violentamente, como para no darle espacio de pensar a los alemanes. Pero estos se recobraron de inmediato y, en un tiro de esquina ejecutado por Toni Kroos, un cabezazo de Thomas Müller marcó el primer gol del sete a um. Apenas habían pasado diez minutos. 

Los gritos y los “prost!” no se hicieron esperar. Mientras el Pedro gritaba bien fuerte el gol en la cara estupefacta, pero aún confiada, del Martín, yo me avivé y levanté mi chop para que la mesera cumpliera con la promesa del bar. Poniendo pausa a su pelea, mis dos amigos apuraron los suyos mientras la mujer atravesaba el boliche hacia nosotros y cuando llegó se llevó los tres vasos para volver con ellos llenos hasta el tope, angustiada porque todas las mesas pedían lo propio.

El partido continuó. El Martín sonreía, pero ahora el Pedro también, yo era el único que tenía una cara de poto sin igual. Aquel día se cumplía casi un mes del final de una relación en la que yo había puesto mi corazón entero, el tipo de amores que consideras imposibles, pero de pronto suceden y te redefinen. Dicen que no hay amor sin entrega y creo que muchas personas no alcanzan a amar porque la entrega es un salto al vacío, un salto de fe. En aquel mes de desconsuelo había aprendido que, contrario a lo que predican las mayorías, la fe no lleva a certezas. La fe es entrega, pero cuando se la da a un ser existente, también te hace endeble. Recordarlo me estrujaba el pecho, me inflamaba la mente, me quitaba el aire y me dejaba suspendido en un dolor imposible de localizar. Recuerdo estar rodeado de rubios sonrientes y tener miedo de ceder al dolor y ponerme a pelar cable o, peor, llorar delante de mis amigos que eran bien “hombrecitos”. Entonces volví a secar el litro de cerveza ante la mirada estupefacta del Pedro. “Parale, Nieve, que al menos te duren hasta el segundo tiempo”, me dijo, pero cinco o seis minutos después, Alemania metió su segundo gol.

Esta vez el estallido fue más potente porque, pese a su fama cervecera, aquellos alemanes eran unos pollos. Los brazucos se habían bajoneado y, con una defensa desorganizada y un David Luiz alteradísimo, no le fue difícil a Miroslav Klose marcar a los 23 minutos. De nuevo levanté mi chop vacío, grité: “¡amiga!” y mis amigos secaron sus vasos mientras ella se acercaba para el refill. En medio de ese caos, un alemán con laptop leyó algo que a duras penas traduje al Pedro y el Martín: con ese gol Klose se convertía en el nuevo máximo goleador histórico de los mundiales, destronando a Ronaldo Nazario, misma cifra y título que Lionel Messi obtendría en su partido debut del Mundial 2026. “No importa. Mística, mística”, dijo simplemente Martín, como imitando a un fan del Real Madrid en su hora más oscura, mientras que Kroos marcaba un doblete en los minutos 24 y 26. 

Ya para ese momento todo era un maldito caos. Si el segundo gol trajo alegría y el tercero euforia, el cuarto despertó los lados más salvajes de ese grupo de turistas que ya no estaban pálidos sino rojitos y cantarines. Ni bien llegaron los chops del segundo gol, los bajamos instantáneamente, lo propio con los del tercero y el cuarto, que habían sucedido en el espacio de tres minutos. TRES MINUTOS. Los brazucos perdían cuatro a cero en el estadio Minerao de Porto Belo y el Pedro celebraba con unos teutones de la mesa contigua los goles como si él fuera alemán, feliz como pocas veces porque el pobre es gunner y rara vez tiene alegrías. Los meseros corrían de arriba abajo cargando litros y litros de gol para los sedientos espectadores, un eco boliviano de las camareras del Oktoberfest, que le entregaban sus chops a alemanes subidos a sillas, todos gritando vítores en su idioma, interrumpiendo sus sonrisas con cerveza, algunos acercándose a nuestra mesa a brindar con el único vestido de amarelho en todo el boliche quien, gallardamente, les devolvía el “salud” con una sonrisa resignada mientras los televisores mostraban a la afición brasileña abandonando el estadio y un gol más, de Sami Khedira, a los 29 minutos. 

Para el medio tiempo llevaba cinco litros de cerveza bebidos de sopetón y estaba rodeado de gritos alemanes que habrían alterado a un judío en los años 40, pero que en realidad eran alegría pura disfrazada por la dureza de su idioma. Los más viejos sonreían y te decían prost desde sus mesas, los más jóvenes hablaban fuerte entre ellos y hasta nos invitaron un refill que no dudamos en aceptar. Era un ambiente increíble, pero no podía evitar sentirme más hermanado de los brasileros que las morbosas cámaras mundialeras exhibían. De entre ellos el más recordado debe ser Clovis Acosta Fernandes, el bigotón que lloraba abrazado a una réplica de la Copa del Mundo y que murió de cáncer al año siguiente. Verlos llorar, lamentarse, se sentía más acorde a lo que pasaba en mi corazón. Casi como la cara de los barmans, cocineros y meseros que tenían que abandonar sus tareas para dedicarse a servir cervezas y cubrir la demanda de un montón de gente claramente borracha.

El segundo tiempo fue más relajado. La gente prestó atención como esperando cinco goles más, pero el sexto llegó al minuto 69 y, diez minutos después, el séptimo, exactamente seis minutos antes de que el administrador saliera con cara de malos negocios a decir que se había acabado la cerveza. El mismo administrador que se tuvo que comer los gritos de los pocos bolivianos que habían allí quejándose de no haber recibido su refill, y cuyo rostro abandonó toda esperanza cuando escuchó el grito de gol al minuto 90 y sonrió mientras suspiraba al darse cuenta que era el único gol de Brasil, el de honor, el de la dignidad mediocre.

El Martín intentó gritar aquel gol como si fuera una victoria, pero se desinfló cuando el resto de los alemanes también lo celebraron, sin ironía, con amable entusiasmo. No había honor, ni consuelo, lo dijo el mismo DT brasileño, Luis Felipe Scolari, aquel fue “el peor día de su vida”. Y, de hecho, el dolor latinoamericano no cesó con el pitido final. Los anfitriones, uno de los principales candidatos a la copa de ese año, había sido humillado por el equipo que, eventualmente, se convirtió en el campeón del 2014. Así que los brasileños comenzaron a expresar su desilusión y enojo. Ya antes de que termine el partido, las calles de Rio de Janeiro y São Paulo fueron el escenario de saqueos, buses volcados y banderas brasileñas siendo quemadas a manos de locales, mientras que varios medios reportaron que los fanáticos alemanes no salieron a celebrar la victoria, pero sí varios fanáticos argentinos que salieron a celebrar la derrota de su clásico rival. 

En Twitter, hoy por hoy X, este partido se convirtió en el evento deportivo más twitteado de la historia con más de 35 millones de tweets, entre los que destacaron los que enviaban a videos de Pornhub con repeticiones del partido (“Jovenes brasileros son cogidos por un equipo alemán”) y varias alusiones a un “Golocausto”, siendo la más famosa la de un parlamentario de Malasia que después enfrentó denuncias de diplomáticos alemanes por uso de expresiones de odio. 

Y mientras ardían la calle y la calle online, los periodistas no se cansaron de subrayar lo humillante de la derrota e hicieron presente al fantasma del Maracanazo, aquella ocasión en que Uruguay venció a Brasil en el estadio Maracaná cuando todos ya contaban con la victoria de la selección canarinha. No sé si podemos equiparar ambas derrotas, Alcides Ghiggia, sobreviviente uruguayo del Maracanazo, pensaba que no, pero sí podemos decir que fue tan fuerte el Mineirazo en la cultura popular y verbal de Brasil que, al menos por un tiempo, se instalaron las expresiones “sete a um” para hablar de una derrota aplastante y “gol da Alemanha” como equivalente a “¡qué cagada!”. 

Todo ese dolor no podía sentirse en aquel boliche alemán que abandonamos en favor de un lugar más barato. Al irnos vimos botellas de Schnapps siendo repartidas solo a cabezas rubias y el olor del wurst con chucrut llenando el ambiente. El piso por el que arrastraban los pies los meseros fatigados estaba mojado con cerveza y alguna mano salamera cambiaba de canal cuando en las pantallas aparecían escenas de los disturbios en las ciudades de los derrotados. Ya en el otro boliche, uno de temática de engranajes, con jarritas baratas de trago potente sobre la mesa, parecía que el Pedro había ganado la Copa del Mundo. Brindaba, reía y aprovechaba al máximo el mutismo sonriente del Martín. De hecho, fue la primera vez que noté a Martín Leandro sin nada para decir. Quizás se preguntaba a dónde se había ido la mística, si acaso es real y caprichosa, o un placebo que se acaba. 

Pronto se nos unieron otros amigos que comentaron el partido, pero nadie habló del dolor brasileño, de sus jugadores llorosos, de su gente desolada, de las miserias de abusos y corrupción por las que había pasado el país con más de diez trabajadores y civiles fallecidos debido a derrumbes y fallas estructurales por trabajos apresurados, todo para terminar infraestructura urbana y estadios aptos a ojos de la FIFA y ser los anfitriones. Más tarde se descubriría que aquellas obras malhechas estuvieron a cargo de una de las mayores redes de corrupción de la historia de la región, un cartel de constructoras (Odebrecht, OAS y Andrade Gutierrez) que pagaron sobornos y manipularon licitaciones en al menos la mitad de los 12 estadios del Mundial, ganando mucho dinero al duplicar y hasta triplicar el costo de recintos icónicos como el Maracana en Río de Janeiro o la Arena Corinthians en São Paulo, desviando muchos de esos fondos a campañas políticas y coimas a gobernadores. Incluso se construyeron estadios en poblaciones que no tenían equipos profesionales, solo para inflar presupuestos públicos y también valerse de ese dinero, todo bajo la mirada del aparato institucional y gubernamental brasileño, en confabulación con Ricardo Teixeira, presidente del Comité Organizador del Mundial y de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF), quien tuvo que renunciar antes del torneo, acosado por investigaciones de lavado de dinero, transferencias ilegales y la aceptación de millonarios sobornos de la firma comercial ISL para la obtención de derechos del campeonato.

Pero, bueno, eso se descubrió después. Aquella noche yo solo pensaba en el corazón roto de los fanáticos brasileños que sufrían un montón por un partido de fútbol, por un equipo derrotado. Porque no hay amor sin entrega y la entrega es un salto de fe. Porque contrario a lo que predican las mayorías, la fe no lleva a certezas, la fe es solamente entrega. Y cuando se la da a un ser existente, también te hace endeble. Así lo atestiguaba el dolor y las lágrimas de Brasil, el silencio atípico de Martín, su sonrisa mustia, tal como mi corazón partido que no sabía que, durante la final de aquel Mundial, cuando Alemania derrotó a Argentina, mi futuro empezaría a escribirse: un nuevo salto de fe para seguir viviendo, como eventualmente siguieron viviendo, llorando y sonriendo aquellos que sufrieron el sete a um.

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