El marco que nos hace pensar en ventanas
El otro día me acordaba de mi experiencia en la pandemia, cuando era el encierro rígido y solo podíamos salir una vez a la semana. "Es importante elaborar una rutina", te recomendaban.
Y así lo hice.
Muy disciplinado, me levantaba, hacía mis ejercicios (me bajé una app que me indicaba qué hacer), desayunaba, iba a mi estudio y me ponía a dibujar, luego almorzaba, veía algún video, volvía trabajar, después daba clases, cenaba y luego me ponía a jugar en la compu para solo entonces irme a dormir. Así, día tras día.
Esa época no escribía, solo dibujaba. Lo online era lo único que había. A veces miraba por la ventana cuando estaba aburrido, cocinaba, comía… el silencio y el vacío fueron mi chisme de cada día. Tal vez era jueves, tal vez sábado, ni idea. Después de un tiempo dejé de beber alcohol, así que me deslindé de las "cyber-farras" y aprendí a pasarla bien en esa soledad y vacío atmosférico que había.
"Hay que ser resilientes", decían, pero la verdad es que no había de otra. Sonaba la canción Resistiré hasta el cansancio, o pasaba el carro fumigador con su altavoz diciendo algo así como: "señores vecinos, por seguridad eviten el contacto", a lo que inmediatamente salía alguna vecina a su ventana a gritar: "¡GRACIAS!", creando esos pequeños momentos en que te hacían recuerdo que las personas no son un dispositivo, son reales. Estaban ahí cerca, pero también estaban lejos.
Mi día de salida era el martes, y lo esperaba con ansias. No solo porque podía salir de mi casa, sino porque quería observar lo que había más allá de mi calle. Todos recuerdan que no había mucho tiempo, que uno tenía que ir corriendo al supermercado, abastecerse con todo lo que podía para después volver cargado como mula y así esperar a la siguiente semana.
Pero uno de esos martes decidí cambiar mi rutina. Me fui por otras calles a hacer mis compras, vi otras cosas, vi que había seres humanos caminando, algunos con sus enterizos, otros con ropa normal. Yo tenía mi atuendo pandémico, era ropa viejita pero que funcionaba: mis guantes, barbijo y toda la parafernalia encima. Ese martes caminé otras calles por primera vez en meses y me parecieron muy nuevas, pese a que había pasado por ahí miles de veces; caminaba hasta donde había militares, esa era mi frontera, no salía de esas áreas de control, pero caminaba.
Esta anécdota no lleva a nada. Yo solo veía al mundo seguir su curso. Y lo disfrutaba.
En tus recuerdos, a veces asocias momentos que conectan con otros. Es como que una situación te lleva a otra de un contexto muy diferente y no entiendes el porqué. Hace muchos años atrás, yo estaba en el aeropuerto de Gatwick en Londres, tenía que tomar el vuelo a Buenos Aires para luego volver a Bolivia; era un momento emocional ya que se cerraba un capítulo de mi vida con aquel retorno.
En ese aeropuerto, cuando pasas el control de seguridad, llegas a un tipo hall rodeado de tiendas. Ahí mismo, al medio, hay una pantalla enorme que te dice los vuelos que salen y la puerta a la que debes ir; si no aparece tu vuelo, pues te toca esperar. Ahí noté a un hombre que apenas hablaba inglés e intentaba buscar información con el personal del aeropuerto, quienes le respondían muy abruptamente o con un acento muy marcado y el hombre no hallaba lo que quería. Yo, de lejos, observaba. De pronto, y casi instantáneo, dos chicas se acercaron al monitor, hablando entre ellas, y él se acercó y le dijo a una de ellas: “¿Sos argentina?”, y ella le respondió: “¿vos también?”. Se saludaron y se pusieron a buscar el vuelo juntos. Al escuchar el acento, apareció otra persona que los saludó, y luego otra, y otra, y eran varios al final, todos argentinos. Evidentemente ninguno se conocía, sin embargo, espontáneamente, se organizaron y caminaron juntos hacia la puerta de embarque ayudándose entre sí. Yo, como buen boliviano, callado y oportunista, fui detrás de ellos ya que, coincidentemente, teníamos el mismo vuelo. Mientras los seguí, en el vuelo, al llegar, siempre me mantuve en silencio. No dije nada, solo miré por la ventana.
Otra conexión, otro viaje: siempre en los aeropuertos pasan cosas interesantes. Estaba en el aeropuerto de Miami, me tocaba el vuelo a Santa Cruz, la sala de espera estaba repleta de compatriotas y tal vez tres o cuatro gringos. Todos estaban lo más posiblemente alejados el uno del otro. Nadie se hablaba. Nadie decía nada. Entonces se liberó un espacio de esos enchufes para que pueda cargar el celular y ahí fui. Al lado mío llegó una familia de cubanos (con ese acento imperdible) y, de inmediato, estalló una disputa familiar. Fingía revisar el teléfono, pero en realidad miraba por la ventana y escuchaba. Lo que pude entender es que la hermana le dijo no sé qué a la vecina, y la vecina les dijo no sé qué, y la madre se metió para decirle no sé cuánto, y el marido mencionó otra cosa… hablaban muy rápido, eventualmente no pude seguir el hilo del chisme y me dio pena no saber más.
Pero en ese caos recuerdo haber pensado que, por más candente que sea la discusión y uno busque un lugar cómodo para sentarse, comer pipocas y disfrutar del chisme, incluso tal vez involucrarse y tomar partido de si dijo o no dijo, tarde o temprano deseamos también el silencio.
Eso me recuerda que, en el aeropuerto de Santa Cruz, estaba esperando mi vuelo a Cochabamba, viendo a gente gritando al personal de tierra porque el vuelo se retrasaba una y otra vez. Era muy tarde en la noche, a mí me esperaban, pero no podía hacer nada para apurar el vuelo. Alrededor mío había gente que buscaba donde echarse para dormir un poco pese al ruido de las quejas. Lo peor: nadie vendía café y me quedé mirando la oscuridad de la noche por la ventana.
Otra conexión: me gusta soñar. Despierto y dormido. Lo irónico es que cuando duermo muy rara vez recuerdo mis sueños. Eso y que tengo insomnio. Lo cual es recurrente en mí, diferentes factores hacen que no tenga la mejor relación con dormir. Poco tiempo atrás me era imposible conciliar el sueño ni con pastillas recetadas y cada noche se sentía más pesada y más inaguantable, diría yo. No importaba el silencio y la oscuridad, mis ojos no se cerraban. En ese vacío de la noche, cuando puedes sentir el palpitar de tu corazón, empiezas a pensar, a recordar, analizar o a veces a hacerte historias en tu cabeza. Yo suelo pensar: "¿y si hubiese sido futbolista?", “¿si hubiese sido astronauta?”, “¿cómo hubiera sido mi vida?”.
A veces, en ese silencio, también recuerdo el pasado, recuerdo mis errores más que mis aciertos, así que me levanto y voy a la ventana a ver si observo algo que sea interesante. Por lo general pasan algunos borrachos recogiéndose de alguna fiesta, a veces un perro, otras veces el sereno, alguna vez un taxi que se detiene en alguna puerta cercana y sale algún vecino gateando. Más que otra cosa, no ves nada, solo las luces de la ciudad. Una ciudad ruidosa y caótica que por pocas horas te da una pausa.
En momentos así te suelen ocurrir ideas y algunas veces soluciones. Otras solo reflexionas en lo que hiciste, en lo que te pasó, te das cuenta que esa persona que siempre tuvo fracasos amorosos te dice cómo tienes que hacer cuando te peleas con tu pareja, o ese amigo mantenido por sus padres te pide plata para negocios “buenísimos”. En ese silencio y vacío ves el bucle al que caíste o zafaste, depende de tu suerte.
Alguna vez vi por la ventana a una vecina con una vestimenta tipo cocktail de camino de esquina a esquina, una y otra vez. Al frente había otro que no se mosqueó en cambiarse el pijama mientras salía así a pasear al perro. Aquello fue durante la pandemia. Hoy miro por la misma ventana y contemplo las montañas, los edificios, al mismo perro callejero pasar a buen galope, al heladero de antaño con su cornetita, al conductor apurado en su vehículo último modelo casi chocarse con un taxi y ambos gritándose: “jarjo, jarjo”. Por encima pasa un avión con destino a quién sabe dónde, con sus pasajeros mirando por la ventana a una ciudad que se aleja. Veo una nube acercarse, trato de buscarle una imagen… ya no me da. Solo veo la monotonía del ritmo, el trayecto de los pájaros que dan vueltas.
En el futuro, miraré por la ventana y no sé qué encontraré. Las sorpresas pasan cuando tu brújula se desajusta y apunta al sur, es ahí que viene un cambio de viento y te re direcciona al norte, mostrándote que en lo inesperado está el nuevo camino.
Es por la ventana de mi casa o de un aeropuerto que a veces me siento como un ente flotante que en la soledad observa un gran espectáculo. A veces, simplemente observo al mundo existir en soledad, a veces soy parte de ese mundo. A veces no.

