El camino del fantástico

Nathan Leaño nos habla de las diferentes formas y combinaciones de lo fantástico en la literatura, en un texto que explora a fondo cómo se conciben las historias, los mitos e incluso las religiones.
Editado por : Adrián Nieve

Con este texto no deseo demostrarle al mundo entero que el agua moja y que la media me da calor. Las bases de este ensayo ya vienen existiendo desde que empecé a tener una ligera comprensión del mundo y, también, de lo fantástico, rama literaria poco apreciada por los intelectualoides de quinta que prefieren mucho más una aburrida novela costumbrista que algo que se sienta ajeno a nuestro terreno y, por ende, artificioso. 

La rama de lo fantástico, sin dudas, es mucho más apreciada por el lector promedio, quien encuentra en sus páginas diversos alivios metafóricos a sus conflictos verdaderos. Así que, para los insomnes de la carrera de Literatura que, por vaga casualidad, se topen con este artículo, sepan que son libres de plagiarlo, mutilarlo, ajustarlo a sus criterios y hacer justo uso de las cosas que lean aquí.

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Terror

No todos pueden confirmar con honestidad que leen o que han leído a Lovecraft, pero todos pueden confirmar haber escuchado o leído la frase que se convirtió casi en un cliché para pronunciar, pero también en una base realista de lo que se refiere el terror: “El sentimiento más profundo de todos es el miedo. Y el miedo más antiguo de todos, es el miedo a lo desconocido”. 

Por lo tanto, si nos remitimos a la era cavernaria, podríamos afirmar que el miedo era la regla para seres nuevos en un mundo que les daba la bienvenida con un abrazo peligroso, cargado de truenos, volcanes, bestias tremendas y un clima de pocas pulgas. Toda la fatiga que pueda ocasionarnos la vida de hoy puede parecernos un tanto banal, pero si de repente existiese algo completamente fuera de lo común que causara nuestro desconcierto, la desesperación sería inmediata, justamente asociada hacia nuestra impotencia contra dichos factores fuera de nuestro control. 

Es pues, el terror un medio por el cual muchos escritores se han enfrentado cara a cara contra sus miedos personales, siendo completamente obvios al respecto o, ya entrando al terreno de las metáforas, en busca de un proceso mucho más sencillo y cargado de ejemplos para enfrentarse a ideas de vasta comprensión. ¿Cómo se puede pelear contra un miedo personal si no es por medio del conocimiento? Una vez que conoces a tu enemigo, este pierde un gran porcentaje de su fuerza al convertirse en algo palpable y de cierto entendimiento. Pero para llegar a ese proceso, el lector deberá terminar con el cuento o la novela que tiene entre manos y, hasta ese entonces, el escritor deberá cargar a su lector con distintas pruebas de resistencia hacia lo repelente, lo tenso, lo horrible. El terror se nutre a base de las reacciones primarias de su receptor. Sustos, sobresaltos, anticipación, deducción. Es, incluso, un terreno mucho más fácil de desarrollar que la comedia, cuya creación requiere de una conexión mucho más intelectual con el lector de la que podría apreciarse con el terror. 

Eso no quita que pueda existir un terror mucho más existencial y planificado, pero de eso ya no depende el género sino el autor y el grado de la metáfora que intente superar entre las páginas que le quiten el sueño. Sí, la insignificancia es un sentir pesado, síntoma clave de algunos territorios como el horror cósmico, pero eso no implica que el terror de quien fuera el protagonista de la historia tenga que afectarnos de primera mano con un valor existencial. Porque filosofar abiertamente sobre esto ya convertiría las cosas en dramas o ensayos, error muy común en la época de Poe, por ejemplo. En todo caso, podemos encontrarnos pensando mil veces en nuestra propia insignificancia con un susto o una descripción lo suficientemente efectiva que resalte mensajes mucho mayores, pero en un espacio de tiempo reducido. 

En general, una clave para el terror es, sin dudas, la brevedad. Mientras más tiempo pases hojeando una novela de miles de páginas enfrentándote a criaturas horripilantes, terminas por tener tiempo para conocerlas en el camino, dejar de temerles. Por ese tipo de motivos, un cuento de Lovecraft resulta más aterrador que una novela de King, porque las novelas de King buscan justamente que resolvamos esos temores en el proceso, acompañándonos con personajes entrañables con los que podamos sentirnos acompañados en el largo camino a la aceptación y enfrentamiento con las criaturas del mal. En ese sentido, IT funciona como una novela de aventuras más que como una novela de terror. Fue el pésimo marketing que una novela tan extraordinaria como esa tuvo con el público (aparte de muchos otros factores que no vienen al caso) el causante de ese título simplista, así como un montón de imágenes de igual superficialidad, como ser: la forma del payaso, la escena del barco, la escena del refrigerador, entre otras para que el lector primerizo tenga una reacción primal, un miedo inicial y tema por su propia sanidad mental, excusándose para no leer el libro y enfrentar el que es, en realidad, un ejercicio maravilloso contra los miedos de la infancia. No por nada, Eso prefiere cazar a los niños, porque los adultos poseen miedos mucho más abstractos, complejos y, de cierta forma, aburridos. El miedo de un adulto no podría generar una verdadera historia de terror, sino dramas de otro tipo, que no se alinean de manera justa con el terreno de lo fantástico y, si lo hacen, quedan de manera forzada. No va a pasar que dentro de poco, en los cines, podamos disfrutar de la película de los “impuestos asesinos”, de la “hipoteca maldita”, de los “trámites del Diablo”. 

Entonces, volviendo a Lovecraft, en la brevedad de algunos de sus cuentos, el terror es mucho más efectivo porque no son miedos que se resuelvan. Es evidente que el buen Howard tenía problemas mentales, heredados por una crianza pesada que no logró trascender como persona, peor hacia el medio de la madurez y la adultez. Así que podemos afirmar que Lovecraft no fue alguien que transmutó efectivamente sus temores o sus prejuicios a través de la literatura como King sí lo hizo, sino que fue alguien que compartió dichos temores con el mundo, haciendo que otros teman como él, que sean conscientes de miedos que en ese entonces nadie creía como reales, pero que ahora, son una posibilidad, por más ficticia que nos parezca. 

Y es que la finalidad del miedo como género tampoco radica únicamente en ser un medio de superación hacia los horrores primitivos o efímeros de nuestra existencia, sino como un indicador de que estos pueden existir. Podemos fingir todo lo que queramos, pero el rayo, el clima, el volcán y el mamut fueron reales, y hasta que tuviéramos la paciencia de miles de años de evolución para enfrentarnos a dichas realidades, necesitábamos comprobar su existencia o de primera mano, o mediante la palabra enclenque de nuestros abuelos, o a través de los maravillosos medios artísticos de la humanidad como las pinturas rupestres. El terror funge como un pacto positivo bajo el objetivo de que el lector termine el escrito con la lucidez necesaria para aseverar que, en efecto, hasta los niños pueden matar, pero con la soltura clave para aceptar aquella como una de millones de realidades y no como aquella que nos congele en nuestro horror primario. 

El terror es acción, porque todos los personajes inactivos mueren de las peores formas. Y si queremos pensar de manera más básica, el terror es la muerte. Porque no tememos, cuando somos niños, que nos lleve el payaso maldito, sino que alguien le avise a nuestros padres que huimos de clases sin su permiso. Porque el miedo es un sentimiento evidente, real y, como dijo Lovecraft, el más antiguo y profundo de todos.

Realismo mágico

Los fenómenos extraños seguirán su curso, no tenemos control sobre ellos, no podemos comandarlos a nuestro designio. Si te cae un rayo, al final no es porque no tuviste los medios necesarios para evitarlo, solo pasó y ya está. Pero, una vez descrito aquel fenómeno como un rayo y no como la ira de un ser lovecraftiano, la gente puede pasar de largo del cadáver chamuscado y continuar con su vida, aun sin entender del todo lo que ha pasado. 

En eso se basa la rama del realismo mágico, costumbre que muchos atribuyen con falsedad al boom latinoamericano. Lo cierto es que desde el boom se acuña el término y se lo pasteuriza como una especie de cliché latino hasta la médula, pero eso no implica que el realismo mágico no haya sido empleado antes del boom, en otros territorios ajenos a nuestra realidad latinoamericana. 

¿Qué es el realismo mágico, sino la cotidianidad de los horrores y lo fantástico? Entendemos que hay cosas raras en el mundo, que ocurren sin explicación aparente, pero nosotros ya no tenemos miedo, hemos generado la suficiente comprensión hacia los mismos y los tomamos como parte de nuestra cotidianidad, pero no para entenderlos a cabalidad. No comprendemos las bases científicas del rayo, solo sabemos que aparece cuando llueve y que a veces se lleva a algunos compañeros que pasean por la noche. Cuando Remedios la bella se pone a volar hacia los aires sin remedio ni regreso, la vida sigue para las gentes de Macondo, quienes se toman aquella como una anécdota de muchas que a nosotros nos parecen increíbles, porque las vivimos dentro de un mundo que niega el fantástico como algo verdadero. 

Y aun así, nos mentimos a nosotros mismos porque, al final, por más escépticos que seamos, siempre hay algún abuelo, o tío lejano, que cuenta historias extrañas sobre duendes, sobre desapariciones, sobre escenarios que creemos que nunca nos ocurrirán hasta que ocurren, y nuestra sola indiferencia ante aquellas realidades ya nos convierte en una obra de realismo mágico. 

Entre todas las ramas del fantástico que seguirán leyendo aquí, el realismo mágico es la más aceptada por la casta intelectualoide, justamente porque es el medio más consecuente con la realidad. Nuestra sola existencia es parte del realismo mágico, porque no la entendemos y, sin embargo, tampoco la tememos. Solo vivimos nuestra vida ocupándonos de nuestras propias cosas, sin que nos interese el hecho de que somos una partícula de tierra y agua flotando sobre la nada misma. Para pensar en esas cosas están los científicos, nosotros solo estamos aquí para tomarnos un café tranquilamente, mientras las gentes del campo pueden desaparecer a otros mundos, o conectarse con seres de otros planos como si fuesen visitantes asiduos y no presencias de las que deberíamos tener miedo. Si queremos ser burdos, el realismo mágico es la aceptación del absurdo de nuestra realidad como cosas que pasan, que así nomás son, y que no nos afectan ya tanto como cuando éramos niños o primerizos ante la idea del rayo, la bruja o el ogro. El realismo mágico implica que tomemos al ogro como otro depredador más, a la bruja como un mercader de fármacos y al rayo como una cosa que “pasa y te puede matar”, antes de seguir con otro día más, otro gato parlante más, otra película de Lynch, y un universo mucho más grande que el Gabo o la Allende.

Fantasía

No todo depende de nuestra ignorancia e indiferencia. Ante nuestra curiosidad, queremos darle una respuesta a todo lo que no la tiene, darle un nombre a lo innombrable y por eso también buscamos medios de defensa contra el rayo. Pero aún somos primitivos, no tenemos los medios para comprobar todo a nuestro alrededor. Y a falta de medios, a falta de lógica y a falta de paciencia, creamos mitología y luego de la mitología vienen las religiones, cuyas explicaciones nos bastan, porque de repente el rayo es un dios que se llama Zeus al que le debemos sacrificios semanales para que la gente ya no muera tanto. Por alguna razón humanizamos esa “ira” de la naturaleza en nuestro concepto de una deidad. No somos lo suficientemente astutos para asumir que un dios, por definición, es una cosa mucho más abstracta y trascendental que nuestras ideas vagas de un viejito con barba que comparte con nosotros la ira, la venganza, la lujuria y elementos que lo degradan como dios y lo convierten en una proyección de la humanidad. 

De nuevo, si pensáramos en Dios como aquella chispa incandescente que se le aparece a Moisés en ocasiones, aquello sería horror cósmico y no una mitología aceptable y con reglas a cumplirse, porque nuestro desconocimiento genera el terror. Mientras que, si dibujamos a Dios como el amable viejito barbón, ya tenemos una conexión personal con él, asimilándolo como un ser humano más. Un ser humano con poderes, pero que contiene, en su apariencia, algo para sentirnos abiertamente identificados. Incluso con otras razas podemos sentir tal grado de identificación personal por medio de humanizaciones que, a fin de cuentas, son lógicas debido a nuestro interés por descubrir la verdad y nuestra falta de medios para entenderla. Elfos, enanos, hobbits, ogros, demonios, ángeles, dioses, toda criatura que creemos desde nuestro folclore, desde el aprendizaje que nos dejó nuestro realismo mágico se convierte en una pieza de una sucesión de reglas y virtudes a emplearse como un código moral, una resistencia contra lo extraño; todas estas criaturas parten de nuestra propia humanidad porque eso es lo que entendemos. No podríamos concebir a los elfos como unos seres de energía infatigable, si estos no pudiesen hablar para conectar con sus palabras, o pelear para que entendamos que también pueden morir o poseer un código moral que podamos compartir o no. Si existen tantos autores que generen en sus mundos, un sistema rígido de codificación mágica es porque no hablamos de literatura de terror donde la magia es algo que le pertenece a las brujas, sino porque entendemos que tenemos la chance para ser brujas si leemos el manual indicado, si contenemos los elementos necesarios y vocalizamos bien los conjuros. La fantasía es un género bastante simplón en ese sentido, porque nos limita a un entendimiento primario de nuestra existencia, algo sin mucho nivel de raciocinio, más ligado a nuestros sentimientos y cómo nosotros podemos proyectar nuestra esencia entre miles de criaturas o deidades. 

Y, sin embargo, aun frente a aquellos límites tan firmes, la fantasía es un campo de cultivo perfecto para la creación y, por lo tanto, un intento vano —pero admirable— de concebir un propio entendimiento de la existencia. Jugar a ser Dios, no te convierte en Dios, pero por lo menos entiendes a Dios de mejor forma que un plebeyo asustado que le reza al rayo todas las noches y, aún así, muere a la noche siguiente. Al menos, quienes profesan la religión mitológica, deberían considerar a Zeus como un dios indiferente y malvado que formaron como un medio de defensa contra el rayo, como una proyección humana. Aunque de esa manera se pierde la cotidianidad que generamos antes con el realismo mágico.

Ciencia Ficción

Cuando la gente comprenda que Dios no es real, sino una compleja estructura formada por nuestra propia impaciencia, la gente eventualmente hallará los medios por los que se demuestre que el rayo es un fenómeno climático que se puede contrarrestar por medio de pararrayos o por el simple hecho de evitar salir en medio de las noches lluviosas, peor si hay tormenta. 

En este sentido, ya no tenemos miedo, ya no vemos las cosas como algo cotidiano, o como algo mítico que podemos “controlar” a base de conjuros o rezos. La última pieza del fantástico como género radica en la comprensión total de los factores que dejan de ser extraños para nosotros y se convierten en hechos constatables y controlables. Entendemos que a Remedios la bella se la llevó un OVNI, y que la Fuerza no es otra cosa que el control puro de los midiclorianos. Atrás se quedaron las noches en vela, los funerales con fantasmas amistosos, y elfos andando en patinetas. La ciencia ficción es el último escalón de la lista porque, como dije antes, si el terror implica acción, la ciencia ficción es la culminación de todas las acciones empleadas por la humanidad en contra del miedo y la ignorancia. 

Por ende, la ciencia ficción evidentemente trata del progreso, siendo la rama más esperanzadora del fantástico, anticipando o creyendo que nosotros tenemos la capacidad para crear naves espaciales, robots, teletransportadores, armas de rayos gamma, transmutaciones orgánicas y mentales, y un sinfín de terrenos que producen una gran antipatía cuando cerramos las páginas y nos quedamos en un mundo donde, en 2001, cayeron dos torres por un atentado terrorista y no viajamos a Júpiter para encontrar un monolito. Sí, en ese sentido la ciencia ficción podría sentirse como algo decepcionante, porque como seres humanos aún no hemos llegado a ese paso dentro de nuestra evolución. 

No creo que nadie se decepcione si se entera que seres como Cthulhu o Eso no existan en la realidad. No creo que a nadie le afecte saber que no hay cadáveres que atraigan mariposas doradas a sus tumbas, o que no hay un anillo que contenga toda la maldad en el mundo y que busca tentarnos. Pero sí nos cansa tener que enfrentarnos a un mundo donde no hemos logrado el sueño de nuestras colonias espaciales, de un Hilton en la luna, ni el reconocimiento entre especies de quienes ya tenemos la madurez necesaria para asumir como entes fuera de nuestra realidad humana. Lo cual no implica que la ciencia ficción deje de ser un terreno que nos deje soñar, advertir, o resolver con criterio. Es tan fuerte la influencia de la ciencia ficción en la sociedad que su existencia demuestra ser una paradoja más grande que los viajes en el tiempo, otra de las tramas favoritas de la ciencia ficción. 

Recientemente se arman, por medio de entusiastas ingenieros, proyectos para formar las primeras espadas de luz en el mundo y cuando uno logra ver aquellos prototipos primitivos puede conectar la imagen, con la visión de los Jedi de antaño, dibujados en los cómics canónicos (los de antes, no los de Disney). Y con estas pruebas presentes, vale preguntarse: ¿A quién se le ocurriría inventar algo tan ridículo si no hubiese sido creado por la influencia de Francis Ford Coppola, en una cena amistosa con George Lucas y como un arma únicamente aplicable a su propio universo? 

Son quizás, los autores de ciencia ficción, los nuevos inventores del futuro. Arquitectos, porque aún no existen albañiles para cumplir con sus diseños, pero existirán si tenemos la suerte suficiente. Podemos ver pruebas de eso no solo en la conexión que tiene la ciencia ficción con aquellos entusiastas que buscan replicar las fantasías de sus creaciones dentro de su realidad, sino por como ya se aplican en nuestro ambiente cosas de las que ninguno de los escritores bíblicos o mitológicos podría haber concebido en su tiempo, pero que ahora son piezas de un rompecabezas que no nos costó nada escribir y sí les cuesta a los científicos de verdad realizar gracias a sistemas que les parecerían mágicos a nuestros ancestros y quedarán obsoletos de aquí a un milenio. Pero algo es algo, y si tenemos la suerte para vivir y ver tales avances, culminaremos como ahora, con un viaje que nos llevó del miedo a la domesticación del miedo.

Terror + Realismo mágico:

Ahora bien, las reglas aplicables a cada uno de estos géneros, en los que vi conveniente explicar la evolución del fantástico,  no son reglas de piedra a obedecer con un recelo religioso, ni siquiera para el ámbito de la fantasía en general. Por ende, procedo ahora a mostrarles algunas cosas interesantes que uno pueda realizar mediante la combinación de los mismos.

Que te cagues en las patas por la extrañeza de los personajes de una novela, no implica necesariamente que ellos compartan tu miedo. Una de las claves del realismo mágico, no tanto desde la visión nostálgica latinoamericana, sino desde un enfoque mucho más cínico y surrealista, es que la extrañeza de sus eventos impacte de forma efectiva en el lector, como si este estuviese leyendo un equivalente de sus peores pesadillas. No hay nada más ridículo que una pesadilla aterradora. Un pato de hule, un globo aerostático, una cuchara, un tomate. Todos medios ridículos para abordar el terror. 

Pero todo eso cambia cuando llevamos el terror asociado con el realismo mágico a naturalizar y llevar a la realidad el misterio de los sueños, donde dichos objetos sí pueden trascender a un miedo muy superior, dentro del contexto en el que se aplique. Este es un medio por el que se pueden combinar ambos. El otro sería, simplemente, dejar que los antagonistas hagan lo suyo. Total, un protagonista prototípico de terror eventualmente sucumbiría a la locura si pisa por accidente el territorio de Macondo y sus extraordinarios personajes. Los Buendía podrían acostumbrarse a sus rarezas, pero no necesariamente nuestro protagonista de terror. Y en este contraste podríamos encontrar un equilibrio surreal para combinar ambos géneros.

Terror + Fantasía

El terror y la fantasía unidos contrarrestan sus verdaderas potencialidades, pero eso no las convierte en algo meramente negativo. El terror deja de asustarnos para llevarnos hacia una relación más estética y disfrutable. Y la fantasía deja de ser un conjunto de mitologías básicas para llevarnos a terrenos desconocidos y de una moral más problemática. Nuestro protagonista ya no es un caballero galante y se convierte en un hechicero oscuro y de pocas pulgas, lo suficientemente cruel para temerle, pero lo suficientemente responsable para que no lo veamos como un villano o un antagonista. 

La Dark Fantasy es el medio apropiadamente construido para este fin, combinando ambos géneros y, dependiendo de la estética, formular una mitología proyectada dentro de nuestros impulsos más terroríficos, sin llegar a ser algo panfletario o positivamente espiritual.

Terror + Ciencia Ficción

Podríamos conocer suficiente de nuestra existencia para descubrir el fuego y para darle uso, pero eso no implica que sepamos todo en esta vida. Nos faltarían mil vidas para saberlo todo sobre el todo. Por ende, el universo aún sigue siendo un lugar desconocido por el que se puedan aparecer, de repente, rozando nuestra nave, criaturas de las que no entendemos otra cosa que no sea su agresividad y, por lo tanto, hacen que el peligro y el miedo pesen mucho más que nuestras armas láser y nuestros cohetes. 

Ese es un medio clásico para juntar el terror con la ciencia ficción, pero otro que podríamos añadir, de manera un tanto más extraña, es el sobrevaloradísimo y aburridísimo género de la distopía. Aquí el terror no parte del desconocimiento, sino que, ajustándose con los conocimientos empleados por la ciencia ficción, ahora le tenemos miedo a algo que conocemos de sobra. La distopía, pues, nos llena de reglas como en el sistema de la fantasía, pero que, sin embargo, todas y cada una de estas reglas son negativas, y partimos de un juego terrorífico en el que estamos obligados a no romper ninguna de las difíciles reglas que abundan en la respectiva novela. De hacerlo, seremos ejecutados en el mejor de los casos. En el peor, seremos torturados hasta la despersonalización. 

El género de la distopía es de los pocos terrores que se basan en un conocimiento apropiado de nuestro entorno, y también por eso es un género débil porque (más que nada, recientemente gracias a influencias pedorras y negativas como las novelas de Los Juegos del Hambre, entre otros copypastes de peor calidad), ya que conocemos al enemigo, también podemos analizar cómo derrotarlo y de ahí parten revoluciones simplistas.

Así que uno tiene que tener cuidado al escribir distopías y tratar que las reglas del juego sean mucho más difíciles y terroríficas que la estructura del partido político que te caiga peor, no solo como un desquite adolescente. La creatividad y la lógica son clave para hacer de tu distopía algo genuinamente aterrador y no una excusa pelotuda para hacer un ensayo político de tres pesos.

Realismo mágico + Fantasía

¿Desde cuándo los lobos hablan y se visten de ancianas? ¿Desde cuándo existen las casuchas de chocolate? ¿Desde cuándo se afirmó que las zapatillas de cristal son un elemento seguro y estético dentro de la moda femenina? La respuesta a este y otros dilemas es simple: desde siempre. Porque un niño nunca va a cuestionar la realidad de las historias que le cuentan o que vive, un niño asume la realidad que se le plantea como una certeza máxima, tan clara como que el cielo es azul y la tierra redonda. Por ende, no hay mayor asimilación de la cotidianidad de los elementos fantásticos dentro de un ambiente mitológico que los cuentos infantiles, las fábulas, las leyendas guiadas para advertir a los niños o inculcarles valores apropiados. 

A los niños les horrorizaba la idea de que la bruja de Blancanieves tuviese que bailar hasta morir con los pies hirvientes, pero sonreían al final de la historia, sabiendo que Blancanieves venció a la muerte y recuperó el trono que le pertenecía por derecho. Así como a los niños les podría dar asco la idea de que las hermanastras feas mutilen sus pies para que estos quepan en la zapatilla abandonada, mas terminarían el cuento satisfechos de que el sufrimiento constante de Cenicienta no haya sido en vano y que terminase su aventura con un “felices para siempre”. Al final, lo terrorífico y lo extraño no dan el miedo suficiente para que consideremos estas cosas como una estructura de “terror”. Son escenas horribles, sí, y criaturas extrañas, también, pero el sentido de la fantasía de este estilo es un sentido mucho más cotidiano y, por ende, aguantable. Al no cuestionar las facultades mentales de un ratón, solo nos enfocamos en el mensaje positivo de la moralina final, y asumimos, no que un león y un ratón, amigos y parlantes, sean una abominación de la naturaleza, sino que aquella es una bonita fábula sobre la amistad y que, de ser yo un ratón y tener la oportunidad para ayudar a un león, lo haría con gusto.

Realismo mágico + Ciencia ficción

Conquistamos el espacio, creamos robots a nuestro servicio, podemos teletransportarnos si lo deseamos y nuestras necesidades están cubiertas de manera automatizada y efectiva. ¿Seguirá existiendo la pasión y la aventura luego de todos estos avances? Lo más sensato es decir que no. Hasta que encontremos un nuevo juguetito para crear, nuestra vida ha quedado en un limbo bastante tedioso, una rutina aburrida, y todo el progreso de la ciencia ficción se transforma en naturalidad. Series como Los Supersónicos podrían considerarse como muestras del realismo mágico dentro de la ciencia ficción. Porque, pese a que ya entendamos todos los factores que considerábamos como raros en el pasado, no implica que dejen de suceder. 

Ya acostumbrados a tales cosas, vivimos una vida con naturalidad, enfrentándonos a extrañezas con una sonrisa y con varios métodos de resistencia o de asimilación. Si perdemos nuestra ropa interior en el viaje teletransportador, no sufrimos por lo extraño del asunto, sino que le metemos una alta queja al servicio de teletransportadores por la falla, esperamos a que nos reciban el trámite, vamos a juicio, perdemos dinero, ganamos dinero, y cuando termine tal evento, a la mañana siguiente, nuestra nana robot terminó en un planeta lejano porque un OVNI la confundió con Remedios la bella, y ahora tenemos que hablar con el consulado de tal planeta para que se hagan los trámites necesarios para recuperarla y que se aclare el malentendido. Como les será obvio en este punto —y cualquiera que ha leído cosas como La Guía del Autoestopista Galáctico o Qualityland—, el realismo mágico combinado con la ciencia ficción siempre tratará sobre el absurdo de la humanidad, cubierta por tanta tecnología, y por ende, se hará la comedia.

Fantasía + Ciencia ficción

Puede ser que ya tengamos naves espaciales, pero eso no implica que no creamos en una deidad, o que en otros planetas sí crean en una deidad, o que a estas alturas la magia y la tecnología coexistan como un mismo elemento. 

El mayor medio por el que se puede combinar la fantasía con la ciencia ficción es la Space Opera. Aventuras entre mundos, espadas en un universo de pistolas, razas diferenciadas y con una cultura definida, tropos del medievo propuestos para una ambientación espacial. Feudos interestelares, monjes de rayos gamma, profecías, conjuros en teclado, magia que no es magia. Parecería que uno necesita tenerle fe a algo, aun si el progreso de la humanidad llega a su cúspide. Y por lo tanto, con la magia a un extremo, y la ciencia al otro, el ser humano aún vive cargado de conflictos, intrigas y el constante forcejeo de su superioridad como especie, como nación, planeta o feudo. O al revés, porque podemos proyectar nuestro genoma colonizador en una especie alienígena y sanguinaria para darnos un poco de esperanza al resolver que no todo es malo y que, en tiempos de crisis, la humanidad también puede unirse contra un enemigo mayor. El terreno de la aventura es muy amplio entre ambos géneros, combinando la épica con la lógica. A veces una puede ser mucho mayor que la otra, como en Dune, donde los factores de la fantasía pueden pesar mucho más que los factores de la ciencia ficción. Pero no quita la idea de que, combinando ambas ramas, se pueda explorar una épica mucho más cerebral que la fantasía promedio, que bebe de las mitologías y no precisamente, de su contraste hacia el progreso.

Existen muchas otras formas en las que se pueda aplicar el fantástico en cualquier medio artístico. Pero quise dejar aquí algunas claves básicas para su entendimiento, y una vez uno resuelva qué hacer con lo básico, desde ahí se puede formar algo nuevo. No por nada, la búsqueda de lo original siempre conducirá al fracaso, hasta que uno se dé cuenta que todo depende de qué tan bien se emplee un evento conocido, o qué tan bien se combine junto a otros.

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