Expansiones

Lo que diferencia a esta época de todas las anteriores, nos dice Mariana Ruiz, en su columna para 88 Grados, es nuestra enorme capacidad de incrementar exponencialmente nuestros errores. No es lo mismo cometer un acto insensato en nuestro cotidiano que hacerlo a gran escala, siempre sin pensar en las consecuencias.

Nunca, en la breve historia de la humanidad, fuimos tantos, ni estuvimos tan interconectados. Es algo que repetimos a diario, pero fue Yuval Noah Harari quien puso el dedo en la llaga: la razón por la que acabamos con todos los depredadores, cambiamos todos los entornos y contaminamos a escala planetaria, fue y será nuestra extraordinaria capacidad de trabajar en grupo. Para bien y para mal, todo lo que hacemos afecta nuestro entorno, y eso también se aplica en las actividades relacionadas a los animales y su uso comercial.

Sobre los animales de Susan Orleans, no es un tratado científico serio. Ni siquiera pretende serlo. Sin embargo, en sus artículos y viajes la fascinación que siente por los animales es contagiosa, sean éstos mulas siendo entrenadas para cargar armamento en Afganistán, leones que se reproducen como conejos, los mismos conejos, los pandas o los borricos de la Medina. 

Desde su pasión por tener gallinas, que la sacó de una ciudad para instalarse en un suburbio semi rural, hasta su incansable talento para entrevistar a personas coleccionistas de animales y asistentes a convenciones extrañas, el ojo de Orleans no cesa de encontrar detalles intrigantes en lo que termina siendo, por decirlo secamente, transacciones financieras a gran escala.

Y lo que empieza como una serie de excentricidades, a sus ojos, termina siendo, a los míos, algo revelador: cuando se juntan el hambre y las ganas de comer, cientos de miles de microtransacciones se convierten en fenómenos globales, con consecuencias, por supuesto, insospechadas e incalculables.

Comencemos por los felinos. Esos adorables depredadores, con almohadilladas patas de gato, capaces de comerse a un cuidador en tres segundos, (si es que se descuida y deja la jaula abierta). 

Hay en este momento más leones, tigres de bengala, panteras y ocelotes en cautiverio que en libertad. Estamos hablando de diez mil leones y veinte mil tigres, comparados con apenas cuatro mil felinos en su hábitat natural. Una proporción de cinco a siete veces mayor. 

Uno, porque a pesar de su ferocidad como adultos son adorables como peluches cuando son pequeños, y dos, porque las tendencias a filmarse con ellos de cachorros nunca contemplan qué hacer con ellos después de su transformación adolescente. 

Como a las pobres capibaras atrapadas en torres de edificios de Hong Kong, (por la café capibaramania), a miles de kilómetros de donde deberían estar; la facilidad de trasladar, reproducir y conservar felinos se salió, simplemente, de control. ¿Qué pasará con esos felinos si se prohíbe mantenerlos en cautiverio? 

Muy posiblemente sucederá lo que les pasó a los perros de Corea del Sur, luego de que se prohibió comer su carne (práctica habitual, ya que hay medio millón de ellos listos para ser consumidos, en granjas alrededor del país). Los productores tienen hasta el 2027 para deshacerse de esta carne ahora que ya no es bien visto consumirla, y muchos especulan que deberán sacrificarlos, sin más, y enterrarlos, para que no contaminen el medio ambiente.

El precedente es funesto: por la pandemia y la gripe del Covid, se sacrificaron en Dinamarca diecisiete millones de visones, destruyendo por completo la industria peletera del país nórdico. 

No solamente fue un sacrificio absurdo, sino que tuvo consecuencias de película de terror: debido a la enorme acumulación de metano producida por tanto cuerpo en descomposición, emergieron de sus tumbas como zombis, encendiendo las alarmas respecto a la contaminación del ambiente y de las aguas subterráneas. Echarle cal al asunto fue apenas un paliativo.

Y los ejemplitos no terminan. Así se sacrifican las yeguas cuando dejan de ser preñadas constantemente (su orina sirve para fabricar estrógeno, que a su vez se receta a las mujeres con menopausia), se trafican monos para ser torturados en cientos de pruebas de laboratorio y se comercializan ratones, camaleones, puercoespines, boas, tarántulas y hámsters en nombre del mascotismo.

Por último, hablemos de los conejos. Hay, por supuesto, especies nativas con hábitos y hábitats establecidos, depredadores que controlan su sobrepoblación y ambientes donde todavía pueden considerarse endémicos. También hay conejos asilvestrados, producto de su liberación tras haber sido -como los visones dinamarqueses- explotados en granjas por su piel y su carne, especialmente de razas californianas y neozelandesas. 

(Ni qué decir del comercio de conejos como mascotas, habiendo razas especialmente peludas y orejonas que llaman la atención, y, por consiguiente, los billetes).

Como pueden reproducirse cada tres o cuatro semanas, y proliferan en todo tipo de hábitats, son particularmente conocidos por haber arrasado el continente australiano y por vivir en libertad paradójica en lugares aislados como la isla de San Juan o la de Ōkunoshima. 

En Estados Unidos fueron, como en Europa, fuente de proteína industrializada hasta que criar pollos se volvió más barato. En 1995 perdieron su estatus de “ganado” y pasaron a ser solamente considerados como “mascotas”, perjudicando a la industria cárnica. Una ola de mixomatosis y otra de hemorragia nasal del conejo, coincidente con la pandemia, pareció disminuir los criaderos industriales en el continente. Sin embargo, es difícil saber cuántos conejos se encuentran asilvestrados en la actualidad. 

Como fuente de proteína para depredadores como zorros, lobos, gatos monteses y coyotes, son importantísimos. Como fuente novedosa de proteína para humanos, también tienen potencial. 

Criar conejos para consumo familiar podría, en el futuro, ser una moda como las gallinas que tanto fascinan a influencers como Martha Stewart, ya que existe un contra movimiento que busca huevos frescos y des-escalar lo que con tantos problemas expandimos para garantizar huevos grandes y pollos fritos en cadena. Un retorno a la economía semirural, con animales domésticos para garantizar un consumo alejado de las condiciones de hacinamiento actuales, no deja de tener su atractivo. 

¿Será que podemos modificar aquellas prácticas que nos afectan a nivel global, incidiendo en nuestros hábitos, el paisaje que nos rodea y nuestra salud? Como argüí en Extinguirnos, un ensayo para nuestro futuro las cartas ya se encuentran marcadas. De continuar en este camino expansivo y acumulador, solamente garantizaremos nuestra propia extinción. Y ya no podemos fingir ignorancia respecto al futuro que construimos nosotros mismos. 

Todas las decisiones son escalables, incluso aquellas que revierten errores anteriores.

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